viernes, 5 de enero de 2007

Besitos sangrientos

Hola, sólo quería disculparme por haber dejado la conversación así, es que se me colgó internet. Es lo que tiene esta residencia, que como hay un “filtro” o como se llame, común para todas, pues si hay alguna descargándose algo se pierde la conexión… en fin.
Independientemente de si la conexión se pierde o no, la verdad es que tampoco hubiera sabido qué decir. Es cierto, es fácil hablar de la muerte y del terror que este tema puede llegar a causar cuando se piensa en él, pero el tema se complica cuando con quien estás hablando lo ha vivido de cerca… y no me refiero a hablar con un zombie, si no hablar con alguien que ha vivido la muerte desde fuera. Perder a alguien es tan duro… plantearse la vida sin él, y esa maldita melancolía que nos hace tan vulnerables.
No sirven las palabras, y expresar los sentimientos, los de verdad, tal y como se presentan en la mente, es prácticamente imposible. Tampoco quiero enrollarme hablando, no quiero que mis palabras se conviertan en un mal remedio.
Sentirse culpable, sentirse mal con uno mismo. Sentirse una porquería cuando te ves llorando por algo que apenas tiene importancia mientras a tu alrededor el mundo se desmorona. O quizá llorar por una tontería porque ha sido la gota que colmó el vaso. Tengo una prima de apenas un año de edad que nació con una malformación en el corazón (tetralogía de Fallot). Ella, desde el primer momento en que llegó al mundo, ha estado luchando por sobrevivir sin apenas darse cuenta, y ahora la angustia me asfixia, al pensar que en apenas un par de meses, ella estará debatiéndose entre la vida y la muerte en un horrible quirófano. Recuerdo que dos meses después de su nacimiento, mientras ella estaba interna en el hospital de Bilbao, yo le dije a un amigo que era incapaz de sentir algo por ella. No me sentía triste, ni bien, ni mal, y me sentía mal conmigo mismo pues veía al resto de mi familia llorar mientras veían unas fotos de mala calidad en donde aparecía ella metidita en un algo que intentaba aparentar ser una cuna, pero rodeada de “cables”. “No se puede amar a un trozo de madera” me dijo él. Luego me di cuenta de que era incapaz de amarle a él, pero bueno, eso es otra historia.
Nadie puede asegurarme que se salvará, ni si en el caso de que se salve su esperanza de vida superará los veinte años. Nadie puede consolarme, nadie sabe lo que siento. Ni siquiera yo sé qué siento… Puedo llorar, pero eso no consuela. Puedo emborracharme y reirme de todo con solo darle tres caladas a un porro de maria, puede salir a bailar reaggetón con mi vestidito negro y reírme de mí misma. Puedo soportar vivir en esta residencia en donde sólo gobierna la hipocresía, puedo decir que tengo una media de ocho y medio en el Votamicuerpo, y puedo reducir mis intereses a debatir, en clase de antropología social y cultural, si el toreo es un arte o un degradante espectáculo. Pero tras todo eso, se enconde una Adriana sola y triste. Una pesimista niña solitaria. Una chica que apenas habla, que se pasa las horas muertas tumbada en la cama, fumando y escuchando a Marsvolta. Una Adriana que, como Amelie, decidió protegerse del mundo introduciéndose en sus sueños hasta que llegue el día en que consiga huir. Escapar de todo y encontrar la verdadera felicidad.
Qué te pasa, me preguntan. Por qué estás triste, insisten. ¡Y yo qué sé! Tal vez ni siquiera pasa nada… Freud dijo que todo está en nuestro subconsiciente y que a veces se manifiestan en forma de estados de ánimo. Pues vale, quizá tuviera razón, quizá todas mis respuestas estén ahí, escondidas dentro de mi cabeza, y la única forma de encontrarlas es analizando mis sueños. Pero según Freud todo se resuelve a deseos sexuales reprimidos… Siempre fría, siempre distante, nadie es capaz de conocerme, y mucho menos comprenderme.

Yo soy extremadamente dificil. Sólo soy una niñata caprichosa. ¡No! No, no soy ninguna niñata. Ya tengo dieciocho años y, aunque se me vaya demasiado la pinza y me dominen unos cambios de humor radicales, sé lo que no soy. No soy una niñata. Dios, debo cambiar. ¡Me estoy ahogando! Estoy muerta de miedo.
De “El movimiento de la lagarija”.
La verdad es que estoy mal, que sólo estoy feliz en determinados momentos, cuando tengo la mente distraída en otras cosas. Pero no sé realmente cuál es el núcleo de mi angustia y eso me hace sentir aún peor. Mi mente está repleta de cachitos de recuerdos amontonados, sin ningún tipo de conexión lógica. Plasmarlos en palabras es tan dificil…
Me siento sola y perdida en esta ciudad. Todo se ha quedado en Logroño, lo bueno y lo malo. Y yo estoy aquí, estudiando filosofía, viviendo en una residencia feménina (y de monjas), compartiendo habitación con una fan de Bisbal.
Corro en sueños, busco la salida pero no la encuentro. Me asfixio y me sitúo en lugares recónditos de mi imaginación. Lloro en mi interior, abrasando mis entrañas con pequeñas gotas de agua.
Cafeína y ácido acetilsalicílico con azúcar. Nervios, sudor frío y angustia. Histerismo, sentimientos reprimidos. Mi móvil, mudo, se llena de polvo en el sofá del salón. No llaman, nadie me reclama. Sentada en la estantería de objetos perdidos, ansío una llamada. ¿Quién me extraña?
¿Quién lloró en mi funeral?
Soy una muñeca rota abandonada en un desván. Soy tu juguete olvidado. Las Barbies ya no gustan; ahora las niñas juegan con las Bratz. Las muertas ni sienten ni padecen.
Psicodélica parafernalia de versos inconexos se mezclan sin razón en el núcleo de mi mente. Un núcleo oscuro, recóndito, desconocido, incomprendido, olvidado y derrotado. Un núcleo corrompido, debilitado por el mal uso y el paso del tiempo.
De “El movimiento de la lagartija”
Escribí El movimiento de la lagartija entre abril y junio de dos mil seis, un espacio de tiempo en el cual viajé a Londres y a Génova, mientras intentaba olvidar y me planteaba qué carrera estudiar o qué coño hacer al terminar el bachillerato.

3 comentarios:

  1. ahora comprendo todo...

    ResponderEliminar
  2. ¿Quién eres?
    ¿Qué has comprendido?

    ResponderEliminar
  3. Nadie puede comprender totalmente lo que siente otro. Sólo puede aproximarse desde su compresión, esperando hallar un punto de contacto. Uno que no haga sentir menos solos a ambos. Menos "incomprendidos".
    Tus recuerdos(que lo son ahora cuando los leo)me retrotrae a los míos. A muchos. Pero si tengo que elegir uno, quiero recordad la preocupación por la ausencia de sentimiento durante los días finales de una tía mía, que fue una segunda madre.
    No comprendía porque lloraba por una película, o con me entristecía con una canción, y no por su padecer. Hasta que un día me dijeron que se iba salvar. Entonces algo saltó en mi interior. Como un lebrel resucitado. Me llené de gozo. Y me di cuenta de que tenía sentimientos, y de que nunca más tenía que juzgarme a mí mismo o a otro por cómo sienten o viven sus circunstancias.
    Al final la noticia resultó ser errónea, y mi forma de afrontar la situación retornó. Pero ya no me preocupé de cosas como esas "de los sentimientos sanos". ¡O cómo carajo quieran llamarlos!
    ¿Qué si te comprendo? Eso sólo puedes juzgarlo tú. Y en todo caso, valorar si eso te sirve de algo.
    Un abrazo.
    P.J (Que no es el apodo de "pinchadiscos", para bien de la humanidad)

    ResponderEliminar

¿Quieres estar al tanto de cada nueva publicación? ¡Suscríbete!

Entradas y Comentarios