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| Die drei Lebensalter des Weibes und der Tod Hans Baldung |
jueves, 14 de junio de 2012
Yo viví en un jardín
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Nuestros muertos

Nos observaron impotentes,
no pudieron reprendernos.
Tus muertos, que me ven y lo saben
todo
me odian y se jactan de mi agonía.
Los demás, cuando se aburren
se largan. Apagan el televisor,
el reality de nuestras vidas,
y pasean sin rumbo.
Ni siquiera se hablan.
Nuestros muertos,
no se encontrarán
con nosotros,
ni nos echarán de menos,
ni siquiera volverán para decirnos
qué hemos hecho mal. Sólo
nos mirarán el día que lleguemos
y, sin cambiar su gesto distante,
nos tirarán con el mando
en las narices,
para buscar
en el mundo de los vivos
las lágrimas de nuestros amantes.
martes, 15 de septiembre de 2009
mi cuerpo es un no-lugar
(Centros comerciales, estaciones de servicio, aeropuertos...)"

No soy de aquí
soy de algún lugar lejos
en el espacio.
Aquí soy sólo una chica de paso
Aquí sólo soy un par de noches
un par de meses
unos cuantos años.
Sólo soy una chica de paso
venida a menos
con su corazón de trapo.
Desconocidos son todos
los personajes de mi vida
y yo en ellos sólo dejo
el leve sabor de lo nuevo
antes de retomar la huida.
Sólo soy una chica de paso
la de las manos sucias
y los ojos cerrados
esperando ser encontrada
en el baño de señoras
de algún bar de sábado.
Sólo soy tu chica de paso.
La que se olvida en otoño
y vuelve en verano.
viernes, 5 de junio de 2009
Orla

Todos iguales, como piezas de un puzle en blanco, encajados zafiamente en la puerta de algún sitio del cual saldrán sin fuerzas.
Todos iguales, creyéndose importantes. Serios, patéticos, vergonzantes, con la triste intención de mostrar en sus rostros el orgullo que sólo tendrán sus madres.
Todos iguales, como los cromos repetidos guardados en un cajón aparte.
Y yo casi desnuda, despeinada y de resaca, los observo tras mis gafas de sol y sólo siento repugnancia.
Pensar en ellos como objetos sexuales ni siquiera me vale, porque sólo imaginármelos sudando en mi cama me produce arcadas. Sus miembros finos, pequeños, bailando tristemente dentro de mi cuerpo. Sus torpes lenguas, sus estúpidos mordiscos, sus palabras desafortunadas y fuera de sitio, y sus estúpidas versiones al día siguiente en el patio de recreo.
Ya me conozco el juego de hacerse valer, como si eso alguna vez sirviera para algo. Ya me conozco el juego de morderse la lengua antes de llamarles gilipollas. Y el de romperse las medias, perder el zapato, restregar las ganas por su cuerpo, apurar el vaso mientras miran con descaro al ganado reaggetonero que sí está a su nivel.
Todos iguales, cerrando la boca a última hora, en el segundo exacto en que salta el flash.

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