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miércoles, 15 de febrero de 2012

Exaltación del Terrorismo


I

Bed Bugs

¿Recuerdas aquella vez que me dejaste tus llaves? Me dijiste que podría pasar la noche en tu casa del pueblo, que solías ir allí de vez en cuando, que estaba bien. Me dijiste que durmiera en tu habitación. La tercera puerta por la izquierda, la del edredón rosa. Me dijiste. ¿Recuerdas qué te dije cuando volví? Te dije que no entendía cómo podías dormir con tanto insecto muerto en las sábanas. Te dije que tuve que quitarlos yo. Que tuve que apartar todos tus insectos muertos y que no entendía cómo habías podido dormir antes allí. ¿Cómo habías podido dormir antes allí? Tuve que apartarte todos los insectos muertos. ¿Cómo podías dormir ahí? Tuve que quitarlos. Tuve que tirarte todos los muertos. Cómo pudiste dormir entre tanto cadáver. Por qué te hiciste esto. Entre tantos insectos. Tú me dijiste que tal vez querías ser parte de ellos. Pero que, en cualquier caso, tú no te habías dado cuenta de que las sábanas estaban plagadas de insectos muertos. Y yo te pregunté, pero no me respondiste. No me respondiste. No me respondiste cuando te pregunté si pensabas que yo también lo quería para mí: estar ahí, dormir para morir y ser un insecto más entre tus sábanas.


Naufragio

II


Nos solían molestar pocas veces. Cuando veíamos la tele en el salón, a veces les escuchábamos. Era incómodo, pero no quería golpear su pared. Después de todo eran personas. Quiero decir. Tenían derecho a hacer sus cosas. Aunque fueran repugnantes. Aun así puede decirse que la convivencia era apacible.

Todo se complicó cuando llegó la acusación. Fue en mayo de 2016. Aunque la libertad de expresión ya había menguado por aquel entonces, y los recitales de poesía se resignaban a la clandestinidad, una amiga y yo decidimos acudir a uno que prometía ser la bomba. Mi amiga y yo no acostumbrábamos a ir a este tipo de eventos suburbanos, pero mi amiga quería catar carne subversiva o reírse de los punk. Me pareció una buena idea. Podría describir como si lo sintiera ahora mismo, el frío de aquella tarde. Los dedos helados en los guantes. El rostro anestesiado. Las lágrimas incontenibles. Recuerdo con especial claridad que tuvimos que cruzar una pasarela por la que no pasaba desde que era una niña. Mi amiga y yo nos dimos cuenta de que al lado de la pasarela en la que estábamos, había otra similar pero ya casi derruida por completo. No recordaba haber visto dos cuando era niña. Cientos de metros bajo nuestros pies daban a parar a un entramado infinito de vías. El tráfico excesivo siempre me ha dado una sensación de apocalipsis. Creo que no iba mal encaminada. Fue mi amiga quien se percató del nombre de la otra pasarela. Comprendí entonces que era por aquella por la que caminaba en mi infancia. Desde hacía pocos años todo había cambiado muchísimo. El pasado se convirtió en algo indigno. Innombrable.

Cuando llegamos, el poeta, tal vez deslumbrado por nuestra pulcra belleza de centro, se acercó a nosotras, se mostró agradecido por nuestra presencia y nos dijo que no nos arrepentiríamos, que aquello iba a ser la bomba. Noté un cambio de entonación cuando pronunció “bomba”, pero no le dí mayor importancia. Mi amiga y yo nos acercamos a la barra: una tabla de madera sobre dos bidones de cerveza, con intención de tomar algo. Prefiero ahorraros el mal trago de la cerveza caliente. El poeta se subió al estrado. No había mucha gente. Me arrepentí de haber ido. Podía oler su sudor. No entendía la performance. Entre todos los amigos del poeta, armados de picos y otros enseres, derribaron la pared que había tras el escenario improvisado. No les fue difícil. El edificio estaba casi en ruinas. Tuve algo de miedo, he de reconocerlo. Pensé que se nos vendría todo abajo. Y se vino, sí, de alguna manera. El boquete irregular y completamente antiestético que lograron abrir, dejó a la vista algo que me impactó de una manera sobrenatural, como nada nunca antes me había llegado. Ni el frío, ni el vértigo de esta arquitectura demente. Mi amiga se asustó y decidió marcharse. No fui capaz de insistir en que se quedara, pero aun así se quedó un rato más. Creo se quedó paralizada. No es fácil adecuarse al medio cuando te desvelan, y aquellos tipos sucios nos lo acababan de hacer. Quitarnos el velo, quiero decir. El poeta, desde sus tablas, sacó una cámara de fotos y enfocó hacia el -escaso- público. Pensé que pretendía inmortalizar nuestra reacción. Patética idea: para qué fotografiar un momento que no podría hacer público después. ¿Qué descripción daría a la fotografía en las redes sociales? Nadie debía saber aquello. De saberlo, las consecuencias serían terribles. Yo seguía mirando a través del agujero. Veía también al poeta con su cámara de fotos, pero lo veía desenfocado, como en una fotografía, y también veía, por el rabillo del ojo, a mi amiga salir de allí. A mi amiga, hermosa hasta la herida, una manifestación viva de la estética, de la pose, de la belleza.
La foto me pilló pues, mirando hacia otro lado, hacia un punto más lejano, más allá del poema, hacia el horizonte. Un horizonte que no recordaba haber visto de niña. Tan sencillo fue acostumbrarme a la ausencia. El poeta escupía palabras que no llegaban como lírica. Ante tanta belleza sus palabras parecían un sermón o un mitin. Noté pasión en su voz, pero no me llegaba, estaba viviendo la mayor ensoñación de mi vida. De pronto un clic. De repente un bum. Desperté. Todos corrían. Me temblaba la sangre. Notaba mi sangre correr por todas mis venas. Notaba un latir molesto en mis arterias. El poeta corrió a mi lado pero no reparó en mí. Todos se fueron. Y entonces sonaron las sirenas de la policía.

III

  • ¿Sabes por qué estás aquí?
  • Estoy en mi casa, señor.
  • ¿Sabes por qué estamos aquí?
  • No.
  • Te lo repetiré otra vez. ¿Qué hacías en la Sede?
  • Fuimos a una lectura, señor.
  • ¿Quiénes?
  • … yo.
  • ¿Fuiste sola?
  • Sí. Señor, por qué estáis aquí, qué queréis de mí.
  • Nadia. No llores. Ya vale. Sécate las putas lagrimas y deja de reírte de nosotros.
  • No me estoy riendo de nadie, en serio.
  • Nadia, ¿sabes de lo que se os acusa?

Nadia se seca las lágrimas sin esfuerzo. Sólo consigue difuminar su máscara de ojos. Mira alrededor. Están en su casa. Ella, dos policías y varias personas que vio en el recital.

  • ¿Dónde está mi madre?
  • En comisaría.
  • ¿Por qué?
  • Saldrá pronto, no te preocupes.- Ahora que se ha secado las lágrimas, Nadia puede diferenciar a los dos policías. El que le habla ahora no parece llevar el odio en la entraña. Nadia empieza a sentirse mejor.
  • Exaltación del terrorismo.- Interrumpe un segundo policía. Pequeño, delgado, moreno. Nadia no ve mucha diferencia entre él y los chicos que tiraron el muro de la Sede. No le gusta. La hace llorar.
  • ¡Por favor! ¿Puedes hacer que pare? Menuda actoraza. ¿Qué pasa, que eres tonta? ¿En serio quieres que nos creamos que no sabías lo que iba a pasar en la Sede? ¿Vas a un puto recital a las cloacas de la ciudad y no sabes que se va a tratar de un acto subversivo?
  • Sí, yo... sí sabía adónde iba. Pero sólo soy una espectadora. Yo no hice nada. Yo no tiré el muro.

Los dos policías se miran. El pequeño exhala un suspiro de impaciencia y se frota los ojos. Se va a la cocina, dejando solos a su compañero y a Nadia.

  • Nadia. Han asesinado al presidente.- Le dice en voz baja, con la paciencia con la que se explican los temas delicados a los niños tontos.
  • ¿Al presidente Bellver?
  • Sí, Nadia, fue durante el evento de la Sede. No había poesía allí, ¿entiendes? Detonaron la bomba que habían colocado en su casa a través de una cámara compacta.
  • ¿Eso es posible?
  • Se ve que sí, Nadia. Intento creerte cuando dices que no sabías nada, pero es difícil. Estáis todos acusados. El poeta, desde luego, esta´acusado de asesinato, pero el público de exaltación del terrorismo.
  • Yo no fui allí a aplaudir ninguna acción terrorista. Ni siquiera he expuesto mi opinión sobre el tema, es absurdo.
  • Las cosas estaban muy jodidas ya antes del Cambio, Nadia, pero ahora con la muerte del presidente es todavía peor.
  • Yo no tengo nada que ver con su muerte. Si lo hubiera sabido no hubiera ido.
  • Te pueden caer treinta años por esto, según están las cosas.

Nadia inspira un grito que dura exactamente lo que le cuesta calcular la edad que tendría cuando saliera de la cárcel.

  • Me vais a quitar toda la vida.
  • Nadia, espero que las cosas salgan lo mejor posible.
  • Toda la vida.

El policía pequeño vuelve al salón. Mira al otro policía enfadado.

  • No le des tregua a esta pequeña mentirosa, Berenguer.
  • ¡Saldría de allí con cincuenta y cuatro!
  • Qué pasa, Berenguer, ¿que la has enseñado a sumar? A esta hija de puta la metemos al cuarto ahora mismo, que se calme.

Nadia está tan agotada de llorar, que se deja arrastrar unos metros hasta la puerta del salón que nunca ha abierto. A Nadia le da a una arcada. Los policías saludan a alguien con la mano. Cierran.

IV

Aquel subhumano maloliente y enano devolvió el saludo a los policías y dejó que cerraran la puerta conmigo dentro. Tenía unas ganas terribles de vomitar. El cuarto no tiene ventanas. Las paredes son de color verde vejiga. No sé a quién se le pudo ocurrir semejante atentado estético. Pensé que si dejáramos de alquilar el cuarto, nuestra casa podría ser más grande. Podríamos tirar la pared, pensé, y entonces recordé el recital. Me sentía terriblemente triste. Si me metían a la cárcel, perdería muchos años de mi vida. Me corrompería emparedada en soledad. Me alegré de no haber delatado a mi amiga. No quería que se desperdiciara su belleza. Observé a esa persona que vivía en el cuarto. Sabía que no vivía solo. A veces escuchaba demasiado ruido para una sola persona. El cuarto estaba iluminado por una lamparilla de noche de toque retro, muy hortera. Supuse que no era vintage sino antigualla. Despojos del pasado de los dueños en pisos de alquiler. Quienes vivían en el cuarto nunca tenían relación con nosotras. Procuraban salir de allí cuando no estábamos en el salón y el pasillo hasta la puerta de la entrada estaba despejado. Nunca me había cruzado con uno de ellos. Hasta ese día. Él se siguió comportando de ese modo. Como si fuera invisible. Llegó una mujer. Se me antojaron parecidos. Me causó tal repulsión que no fui capaz de ir hacia la puerta y salir aprovechando su apertura. Hembra y macho comenzaron a copular sin pasión sobre el colchón que yacía desnudo, sucio y estropeado sobre el suelo. Escuché el repugnante sonido que solía evitar cuando me encontraba en el salón. Las nauseas llegaron a un extremo tal, que tuve que correr hacia la puerta. No fue necesario ningún esfuerzo. La puerta estaba abierta. El policía hijo de puta se rió de mí. Quise responderle pero mi cuerpo se me adelantó vomitando sobre la alfombra del salón. Me prometí a mí misma nunca más volver a entablar el menor contacto con los inquilinos del Cuarto. Había quedado patente que no eran buenos para mi salud.

El policía alto, lo que yo suelo denominar un verdadero cuerpo de policía, se acercó a mí con un pañuelo y un vaso de agua. Me dijo al oído:

  • He hablado con la Comisaría. Tu madre ya ha salido. Está bien.
  • ¿Por qué a mí no me dejáis salir de aquí como a ella?

No me respondió. Me pasó mi abrigo y me dijo que huyera. Calló. Le miré. Cogí mi abrigo y corrí.
Esto era un Carpe Diem para la chica joven y hermosa. No te pudras en una celda y vive.


V

Tras la muerte del presidente Bellver, los acontecimientos se precipitaron. El poeta logró escapar de la cárcel, pero fue asesinado poco después por un grupo de melancólicos por el régimen. Con sus amigos y seguidores en la cárcel, no hubo quien vengara su muerte. Apareció un nuevo presidente como de la nada y restringió aún más las libertades. Se abolió Internet y prácticamente la cultura. Parecía que estábamos en una película mala de Wesley Snipes y Sandra Bullock. Yo me quedé en lo que quedaba de la Sede, unos cuantos meses, escondida, mirando a través del boquete del muro. Un día simplemente salí.

Soy la única superviviente del naufragio. 




http://pixdaus.com/by-aquarelka-woman-sea/items/view/130946/

sábado, 11 de junio de 2011

Blanca y Oxidada


Prólogo
Porque lo toca todo. Como si buscara más de lo que hay. Como si no lo viera, aunque lo mira, y por supuesto que ve, y toca. Lo toca todo. Los papeles, dobla y desdobla, mesa las hojas, los deja en su sitio; los libros, los post-its, las revistas y los folletos. La comida, si está frío o está caliente, y sirve desde la sartén al plato los filetes, las tortillas y el aceite se le queda entre los dedos sin importarle. Porque lo toca todo. La cartera, abre y cierra la cremallera y toca las monedas y desdobla y dobla y enrolla los billetes y cierra. Y toca a la gente. La abraza. La besa. Y soba el pelo de las novias de sus amigos y las amigas de sus amantes y los amigos de sus amigos y las amigas de sus amigas. Toca. Y hace el amor, pero sólo con [amor] pero sin [protección], no vaya a ser que no baste la emoción para sentir. Porque lo toca todo. Como si buscara más de lo que hay. Como si no lo viera, aunque lo mira, y por supuesto que ve,  toca. Lo toca todo. Lo toca porque este nuevo tacto no lo ha sentido nunca bajo el agua. Desde que está aquí se ha interesado particularmente en la escultura. Le llama la atención la solidificación del barro, la sensación en sus manos cuando se seca, los dibujos cartográficos en su piel cuando se cuartea. Es la peor de su generación en Bellas Artes pero nadie se resiste a sus cantos de sirena.

Francesca Woodman

I
Yo la conocí cuando la trajo la marea. Apareció enredada entre algas y me supo a pez muerto cuando traté de practicarle la respiración asistida. Me mordió los labios al despertar, y relamió los suyos. Escupió sobre la arena mi sangre y se echó a llorar. Tocaba su rostro enlagrimado y la arena con un gesto de sorpresa absoluta. Tanta como la que a mí me suscitaba verla desnuda sin ningún tipo de pudor. No porque estuviera desnuda, -algo que me presentaría como un ser realmente simple- sino por su actitud despreocupada. Lo único que parecía importarle era hasta dónde sería capaz de introducir su mano en la arena.
Como si la dominara una fuerza superior se abalanzó sobre mí en un abrazo. Con su pequeño cuerpo aún entre mis brazos le pregunté su nombre, pero comprendí que no entendía mi idioma. La ayudé a ponerse en pie, pero fue incapaz. Le dolían tanto las piernas que al tratar de caminar exhalaba gritos de una magnitud desconocida, que al mismo tiempo sobrecogían y atraían como una fantasía que de tan ansiada debía ser irrealizable. Y así, desnuda y curiosa como si acabara de nacer, entre mis brazos, la hice parte de mi vida. Poco a poco ella misma se convirtió en mi vida, pues caí profunda e irracionalmente enamorado, como si estuviera dominado por una fuerza superior.

II
No fue difícil incorporarla en la facultad. Aunque no entendía el idioma, ni yo conocía nada de su vida anterior, ni siquiera su edad, sabía que no sería difícil. Había algo en su voz que nos atrapaba a todos como un péndulo hipnótico, aunque sus melodías fueran siempre tan deprimentes y el idioma de sus letras incomprensible e impronunciable para nosotros. Nos dominaba a todos, y eso no me gustaba. Podía tener a quien quisiera y conseguir de él todo lo que se propusiera con su sola presencia. Pronto los celos se fueron apoderando de mí y dejé de interesarme por sus peculiaridades. Su enajenación en torno a la escultura y los sentidos, sobre todo esa extraña fijación por tocarlo todo. No lo soportaba. Había pasado de ser mía a ser el foco de atención para todo mi entorno. Yo dejé de existir y ella de hacerlo sólo para mí. Me fue abandonado de manera escandalosa, pero no así a mi vida. Se apoderó de mi casa, donde organizaba encuentros con gente que conoció en diversos lugares, en los que experimentaba con todo tipo de drogas y placeres. Cantaba, reía y gritaba mientras yo agonizaba de celos en la habitación que otrora sólo fue un estudio fotográfico, y desperezaba mi amargo insomnio atravesando un salón donde todos, salvo ella, dormían profundamente extenuados. Ella se acercaba a mí rozando con sus manos la pared, el tapizado de los sofás, el parquet del suelo con sus pies, y me acariciaba el pelo y las lágrimas y me miraba, como si realmente sintiera algo, y yo me dejaba engañar enamorado, porque ella era lo único en lo que se había convertido mi vida. 

III
Convirtió mi estudio en un museo hortera de luz tenue y obras de sirenas. Una luz azul envolvía todo y desde la mitad de una de las paredes hacia el suelo se extendía un póster enorme de Daryl Hanna como la sirena Madison, tumbada a la orilla del mar, en Splash. Compró un radiocassette a precio de saldo en el rastro y una cinta de sonidos del mar que reproducía a todas horas. Las fiestas se trasladaron a esa habitación, pero pronto dejaron de celebrarse porque los invitados se aburrían. No entendían si aquello era new age o ya sobrepasaba los límites de lo kitsch y la peculiar locura que antes les atraía ya había perdido la magia hipnótica de las primeras veces. Y así fue como ella empezó a conocer la soledad, silenciosa, entre aquellas cuatro paredes que emulaban un mar de fantasía Disney decadente, sin tocar nada.

IV
Las figuritas de barro que realizó en la facultad, todas ellas amorfas y carentes de cualquier valor estético, se mantenían ajenas a todo sobre la televisión, la encimera, las estanterías y los alfeizares de todas las ventanas. Ella se mantenía como si fuera una más, en su pecera. Pese a todo, me alegraba de que volviera a ser sólo mía.

V
Extrañé su voz y su curiosidad infantil. Extrañé su modo de caminar titubeante y su gesto de dolor infinito. Extrañé su fijación por tocarlo todo. Extrañé su hambre voraz y salvaje de carne poco hecha y su miedo a  las gaviotas. Verla cada día en su pecera me hizo ver que no era tan especial. Su tristeza creo que se debía a que ella también se había dado cuenta de que había perdido una magia que nunca había tenido. Comencé a dibujarla, y, aunque entre la penumbra de aquella habitación era difícil distinguir los colores, su inmovilidad me facilitó el trabajo. La dibujé durante horas, cada día. A través del dibujo fui viendo cómo se iban formando mapas en su piel, y que ésta olía a óxido, y que cada vez se iba volviendo más y más blanca hasta que el dibujo se convirtió en un plano lineal sobre el lienzo que indicaba el camino al mar.

VI
Débiles nos arrastramos por la arena hasta la orilla y creamos castillos, pero ella no tenía apenas fuerza y le chirriaban las espinas. Estaba tan seca que sólo lloraba sal. La tomé con suavidad entre mis brazos y nos adentramos en el agua, donde el abrazo se hizo más fuerte y me sumergió nadando impulsada por su iridiscente cola hacia la inmortalidad. 



martes, 8 de febrero de 2011

La Isla (y todo lo demás)

Recupero un texto que escribí el pasado Septiembre.

Una mana cualquiera. Valladolid.


“Un leve roce. Tu mano en su mejilla. Cualquier cosa. Esto no es una infección, una enfermedad, un poder. Mucho menos un don. No es una maldición. No es un defecto, no es un modo de vida ni parte de mi carácter. Es mucho más. Es todo lo que tengo para ofrecer. Ofrezco quedarme contigo sin poder darte nada de mí.

            Hoy soy mujer. Tan mujer que se me atraganta la jota de juventud, poco antes de llegar a la erre de roto, de errante, de error, de rémora. Pero sobre todo la erre de no poder siquiera rozarte, de no poder recorrerte siquiera con la mirada. Se me atraganta la erre de recuerdo. La erre de remiendo, de recorte, de Rocío.

            Sobre todo de Rocío.”

            Marcos vuelve a doblar la carta y la introduce con prisa y descuido en el sobre. Con los mismos nervios la guarda en la caja y, de una patada, deja que se deslice hacia la oscuridad, debajo de su cama. Su madre ya ha gritado su nombre tres veces. Eso significa que su padre ya ha vuelto del trabajo. Que la cena ya está en la mesa. Que ella comerá menos de la mitad de calorías de las que ha preparado para su padre y para él. Que estará encendida la televisión en el mismo canal de todas las noches. ¿Las noticias o alguna serie de sketches de humor que cada día va perdiendo más la gracia? Las risas han llegado a convertirse en tristes suspiros fugaces que escapan de medias sonrisas. Las bocas son paréntesis caídos que oscilan boca arriba.

            Marcos mueve con el tenedor los pequeños trozos en los que ha descuartizado las salchichas. De un extremo a otro del plato. Su mirada se mantiene fija hacia un punto, en medio de los ojos de su padre. Sigue moviendo los pedazos, cada vez más despacio. Cada vez más fuerte. Hasta que el sonido del tenedor llega a ser insoportable para su madre, que muerde con fuerza la servilleta y grita.

-         ¿Pero qué haces? ¡Deja de hacer eso! Qué dentera, por Dios.

Su padre, que durante todo ese tiempo ha estado distraído comiendo y viendo la televisión, traga el último pedazo y se dirige a su mujer.

-         Rocío. – Ella no escucha. Todos sus sentidos están pendientes de Marcos, pero el niño sólo tiene ojos para el padre. Parece un duelo a tres bandas. Quién disparará primero. Quién sobrevivirá a los otros dos. - ¡Rocío!

Ella vuelve la cara hacia su marido. Ha sido la primera en caer. Aprieta los dientes, eleva un poco la cabeza, cierra los ojos, aspira con fuerza. Al destensar todos los músculos de su cara, en ambos lacrimales pueden apreciarse sendas gotas furtivas y saladas.

-         ¿Se puede saber qué pasa? ¿Hace falta ponerse así?

-         Me tenéis harta. – Titubea un poco al señalarlos. – Los dos. ¡Hartísima!

Se levanta y corre, huyendo de algo que sólo ella es capaz de ver.

Ya en su habitación, a puerta cerrada, creyéndose a salvo de esa amenaza fantasma, se sienta en la cama. Tan grande, tan desoladora. Frente a ella un espejo donde hoy ve su rostro esclavo de la rutina. Qué fue de la Rocío rompecorazones, a la que odiaban las mujeres y deseaban todos los hombres. ¿Se ha resuelto su vida en un matrimonio de sexualidad insatisfecha y noches de cena, telediario, Marcos los deberes y a dormir? Con un rotulador negro permanente borra esa idea de su mente. Observa su anillo. La prueba irrefutable del compromiso. Del triunfo sobre aquellas que quisieron ser las primeras en lograr la estabilidad económica – sentimental. Juega con él. Lo toca, lo soba, lo humedece con sus propias lágrimas, lo observa con más deseo del que haya podido profesar nunca hacia su marido y éste cae. El anillo, no el marido. Plof. Tan dorado y sin embargo cae como un soldadito de plomo abatido y rueda por debajo de la cama hasta chocar, clin, contra algo metálico.
Rocío se adentra en la oscuridad, sorteando todas esas pelusas que la nueva asistenta se ha negado a aspirar y la toca, la sujeta con fuerza y la atrae hacia sí. Al abrirla sólo encuentra papeles. Recortes, cartas, notas, etc.
Dentro se encuentra ella misma y el miedo. El suyo propio y hacia sí. Un delirio estúpido, taquicardia o sugestión, un dolor nuevo y un temor vergonzoso a morir.
Un temor obsceno. Un temor repugnante.
Un miedo cobarde.
Sepsis.
Búsqueda interminable, señales. Lesión psicosomática o dolencia real en cérvix.
Impotencia. De verdad o ficticia. Ausencia de aire al dormir. Temor a la noche, a la inconsciencia. Sueños rápidos estando despierta. Los pensamientos se presentan en fotogramas. Por cada latido un nuevo clic. Clic. Clic. Miedo a un ataque. Miedo a morir. Absurdo y simple. Vocación sobrenatural. Algo le come.
Enciende todas las luces. Busca su reflejo deformado en el espejo pero está despierta.
No quiere volver a la cama: tiene dientes. En la caja se encuentran sus sueños, que son la enfermedad que grita su nombre. Que golpea su pecho. Que le asfixia y le retiene. Una parte de ella cae y se rompe. La otra trata de mantener la calma pero ya no queda aire. Sólo miedo y nuevos síntomas. Sólo miedo y oscuridad.
La puerta se abre. Su marido espera encontrársela llorando, y se queda bajo el marco de la puerta, con miedo a entrar y no saber consolar a una histérica.  Pero en lugar de eso se la encuentra frente al espejo con una hoja de papel en la mano. Él reconoce al momento la caja de metal que se encuentra abierta en el suelo y le tiemblan las manos, como cada noche. A ella, se le inmoviliza una pierna – parálisis histérica – y cae, y grita maldiciendo su impotencia.
-         ¡Ójala se muera!
-         ¡No hables así, no sabes quién es!

Seguro que es estupenda, piensa ella. Tan estupenda, tan víctima, tan buena, tan
agradable. Seguro que juega estupendamente sus cartas del pobre de mí. Seguro que son estupendos los juegos alternativos al sexo también. Seguro que es estupenda, sea quien sea la triste anónima de las cartas. Tan lírica, tan intocable. ¿Qué le pasa? ¿Habla del VIH o del VPH? ¿Tiene miedo a infectarte de algo? Como si eso importara algo: bastante tienes ya estando vacío.
            De pronto se pone en pie. Se ha encendido una mecha y sobre su cabeza aparece de pronto una bombilla. Duda si antes, en la cocina, las cosas ocurrieran así.

-         Entiendo que estés dolida, pero esas cartas no son de ahora, Rocío.

Rocío se mira a los ojos en el espejo y da marcha atrás en el tiempo hasta volver a la
cocina. Apoyada en la encimera observa el panorama sin que ninguno de los tres se dé cuenta.
            Marcos observa fijamente a su padre mientras juega con la comida. Típico de Marcos. No come apenas. Una noche más dejará el plato prácticamente intacto en la fregadera y se irá a la cama sin cenar. Rocío mira la tele como si tuviera anestesiado el cerebro. El silencio al que sólo perturbaba la insoportable voz de “la princesa del pueblo” se quebranta ahora por la del padre.
-         ¿Quieres dejar de mirarme de esa manera? Y cómete la cena, hostia. Todas las noches lo mismo.
-         ¿Cuándo tienes pensado dejarnos por la puta de las cartas?
Rocío desvía la mirada de la televisión al tiempo que se oye un “¿me entiendes?”.
-         ¿Qué has dicho, Marcos?
-         Pregúntale a papá. A ver de quién son las cartas que guarda debajo de la cama.
Rocío mira a su marido un momento. También observa a su hijo. Con su acento de
chulo madrileño, pero barriobajero, los pantalones bajos, la sudadera cutre pero tan cara, y las pupilas aún dilatadas por la última sustancia.
-         Me tenéis harta. Los dos. Hartísima.
Y se levanta de la mesa, y deja a Belén Esteban llorando sus desgracias en la tele, y
deja también la cena ultra light para seguir estupenda a pesar de todo y de todos y se va de la cocina, mientras la Rocío del ahora la observa desde la encimera.

-         Rocío, escúchame, ¿quieres? Marcos se equivocó. Esas cartas no son recientes.

Son de antes de que te diagnosticaran la lesión en el cérvix. Rocío se adelanta y
responde mentalmente. Eran de una chica que conocí en el Manuela, una noche después de una lectura de poemas. Sólo nos acostamos esa noche, te lo prometo. No está bien, lo sé, pero estas cosas suceden. Después nos vimos un par de veces más, hasta que me dijo que tenía un tipo de  VPH y que tenía miedo a mantener relaciones sexuales por si se agravaba la infección. Como a los hombres el tema del papiloma no nos afecta especialmente, pasé olímpicamente de hacerme pruebas o le pedí a mi médico de cabecera que me las hiciera pero éste me dio largas o me dijo que no le diera mayor importancia. Después volví a ti, a quien no quiero en absoluto porque ya no eres ni por asomo aquella mujer con la que me casé. Porque ya no soy la envidia de mis amigos como lo era cuando salíamos juntos y tú te ponías esos vestidos cortos tan atrevidos y las boinas francesas que te daban aquel toque tan moderno, sofisticado e intelectual que no tenía ninguna otra. Volví a ti porque con la otra ya no había nada qué hacer, y seguí acostándome tristemente contigo, casi sin ganas, pero siempre es mejor eso a un juego solitario después de todo. Después lo tuyo. Ya es casualidad. Ella seguía escribiéndome cartas y tonterías que guardé porque me sirven para alimentar el ego. Es tremendamente grato saber que aún soy capaz de enamorar a alguien…

-         Son incluso de antes de casarnos.

Rocío deja de hacer cábalas y de buscar culpables. Buscar culpables, de todas
formas, es lo único que ha hecho desde que el ginecólogo le dijera aquello de “tienes una lesión en el cuello del útero”. Entonces Rocío retrocede hasta unos meses antes de la boda, en mil novecientos ochenta y nueve, y se acuerda de la complicidad que había entre él y su hermana, Leire.
            Se sienta en la cama de Leire sin que ésta se percate de su presencia y sonríe al ver que su hermana está a punto de poner un vinilo de Ramoncín. Fe Ciega. Manda cojones. Se enciende un cigarrillo y escribe. A Leire le gustaba escribir, sobre todo poemas. A Rocío le gustaría reconciliarse con su hermana, o al menos despedirse como es debido, pero no es tarea fácil viviendo en planos temporales diferentes. Así que vuelve a su habitación con su marido. La transmisión del VIH en España tuvo su punto álgido al final de la década de los ochenta, principios de los noventa. Ya lo sé, responde Rocío a los datos que le llegan de la coordinadora estatal de VIH - SIDA. Como para no saberlo.
-         Agh. Son de Leire.
-         Claro, por eso lo de que no puede tocarm…
-         Ya.
-         ¿Ya no vas a decirme nada?
-     …












Tanto gilipollas y tan pocas balas:
https://detenganlavacuna.wordpress.com/category/vph/
http://megaordenmundial.blogspot.com/2009/03/virus-del-papiloma-humano-la-vacuna-del.html




La moraleja de todo esto es que, de una manera o de otra, quieren acabar con nosotras. 

domingo, 22 de agosto de 2010

La Plaza Infinita



Véase en tonos pastel y a cámara lenta.


 Pongamos un paisaje nublado. Toulousse un día de lluvia. San Sebastián o cualquier lugar de Asturias. Mochileros, quinquis, chicas monas con maletas pequeñas rígidas coloridas con cuatro ruedas. En el centro de una plaza cualquiera, una iglesia, un santo, like a prayer, las mujeres confiesan sus pecados. Las unas a las otras, sin intermediarios. Tú me esperas a la salida. Pareces sacado de una película americana. Pareces un guiri yanqui o un japonés con cámara de fotos.

Alrededor de la plaza: una farmacia, heladerías artesanas y un Virgn Store que sólo veré de lejos. Malos tiempos para comprar discos. Ahora los vinilos sólo sirven para hacer relojes. Carátulas y carátulas de bandas sonoras de cine erótico de los setenta invaden las paredes del salón.

-          Espérame en la Plaza Infinita. Recuérdalo. La Plaza Infinita. En dos horas.
-          Nos vemos en la Plaza Infinita.

Empieza a oscurecer y te vas alejando. Dices que tengo cosas que hacer. Sólo te dejo espacio.

Camino sin saber qué es eso que tengo que hacer. Tengo tanto espacio que no sé cómo aprovecharlo, y en las calles sólo hay oscuridad y puñados de soledad esparcidos por el suelo. Huele a arroz, a carne, a básicos e indispensables, y a la derecha siempre hay plazas. Todas igual de marrones, con bancos mojados, iglesias en piedra. Todo húmedo. Huele como en cualquier domingo de otoño. Plaza del Círculo. Plaza Circular. Todas las plazas de esta ciudad evocan al ciclo y a la eternidad.

El final de la calle es un precipicio. Se corta la calle en carretera. No hay horizonte ni desvíos. Sesga la niebla el camino en una línea perfecta. Se acaba la ciudad en un abismo. Me pregunto si más allá de la niebla se encontrará el infierno.

Miedo. Vértigo. Por todos los poros de mi piel se hace patente el frío de la angustia. La insignificancia y la impotencia ante el final.

Retrocedo y bajo por unas escaleras hacia un portal cualquiera y llamo con la desesperación del perdido.

Unos niños gitanos me abren la puerta y me invitan a pasar al interior de una cocina pequeña. En el fuego sopa caliente.

-          Tengo que llegar a la Plaza Infinita. Hace tiempo que me están esperando. ¿Cómo se llega?

Los niños se miran extrañados. El mayor traza un plano sobre un papel arrugado. Sólo son líneas paralelas.

-          Pasé por todas las plazas, pero el final de calle es sólo niebla. No me dejaba avanzar.
-          A través de la niebla no hay nada.

Me pongo nerviosa. No me quiero quedar en esa ciudad. El hecho de no poder salir me aterra. Intento calmarme: llegaré a la Plaza Infinita, me reuniré contigo y cogeremos el primer autobús de vuelta.

-          Dejadme llamar a un taxi. Dejadme salir. Tengo que llegar a la Plaza Infinita.

El niño habla con una espumadera en la mano. Cree que lo único que necesito es comer. No quiero comer. Quiero salir de aquí. Necesito salir. ¡No necesito comer! ¡No necesito hospitalidad!

Callo.

Shhh.

Lo siento. No quiero que me odies. Lo siento. Me abraza como si fuera él quien tuviera que disculparse y salgo de allí. Avanzo en dirección al final pero me desvío en el último callejón. Allí el viento es más fuerte. Se siente la proximidad del vacío. Una placa dice que estoy en la calle Charco de Césped. Debo haber leído mal. Tanta oscuridad y tanto aire no me dejan ver bien. Dos señoras de negro pasan cerca, se dirigen al final de calle. De la niebla emerge un camión enorme que continúa por la calle. Tras él, muchos más coches nacen y se adentran a la ciudad.

-          Disculpen, creo que no alcanzo a leer el nombre de esta calle.
-          Charco de Césped. Dígaselo así al taxista, no tiene pérdida.

Te llamo. Rechazas mis llamadas y siento que te has cansado no tanto de esperarme como de mí. Ir a tu encuentro ya no tiene el menor sentido. Cuando llega el taxista le digo que me lleve a la estación de autobuses, pero el camino por el que me lleva parece no ser el correcto. Giramos en círculos. Giramos. Giramos.  Salto del taxi en marcha y corro. Del suelo brotan baldosas de colores, enormes columnas amarillas, y en el centro una piscina enorme en la que te encuentras tú. Te pido que salgas. Que nos vamos. Que se nos acaba el tiempo. Vamos a quedarnos encerrados en este lugar. Me niego. Sal del agua. Sal.

Oigo tus pensamientos y te veo dentro. Como tú hay tantos más que no pueden salir.
-          No tengo sensibilidad en las huellas dactilares.
De tus dedos salen, al contacto con cualquier cosa, enormes chispas blancas.
-          No puedo salir a la superficie. No tengo sensibilidad en las huellas dactilares.

De tanto pensar en ti me caigo al agua y llego al fondo contigo y con el resto.
Insensibles y atrapados nos quedamos mirándonos como pidiéndonos perdón.
Lo único que nos quedaba era la identidad en una ciudad extraña.
Y hasta eso hemos perdido. 




lunes, 25 de mayo de 2009

moscas y veneno



Apuesto lo que quieras a que antes tampoco sabían que éramos parte del vecindario, porque mi padre siempre se encargó de no mantener relación con los demás: a no ser que fuera para discutir, no hablaba con nadie.

Pero aquella tarde hacía muchísimo calor, un calor pegajoso, y nuestros cuerpos olían a sudor rancio, no a sudor sexual, no a sudor nervioso. Era un sudor denso, salado y corrosivo, casi venenoso.


Así que le echamos morro al asunto y nos fuimos al antiguo vecindario, porque allí sí teníamos piscina, y no en este nuevo barrio, tan limpio aún y tan caro que parece artificial. Cuando nos trasladamos nos pareció una idea estupenda, pero al cabo de unos meses ya dejaron de gustarnos las fuentes de aguas cristalinas, los coches brillantes y el asfalto casi impoluto, el parque de hierbín homogéneo. Y tan lejos del centro. Era como vivir una vida que no era la nuestra, como estar dentro de una mentira de Pin y Pon.

Volvimos a ser parte de la realidad, de la más sucia, entre aquellas personas imperfectas, podridas, y sus blancuzcas y mórbidas barrigas de amas de casa y obreros de construcción, tirados al sol como si éste les pudiera dar el ansiado pasaporte a la exquisitez.




Nosotros ya lo teníamos. Nosotros: yo con mi juventud y mi belleza; tú con tu madurez y tu experiencia.


Y semidesnuda, con mi desconcertante finura, y mirándote con una media sonrisa, me metí en el agua con el resto de los niños. Porque, sorprendentemente, desde el momento en que llegamos, me sentí menguar. Poco a poco fui sintiendo cómo me iba haciendo más joven hasta ser vergonzosamente púber. Y tú seguiste mirándome de la misma manera.


El agua, verde y densa, como nuestro sudor, repleta de moscas negras y gordas, muertas.
Y no sentí ningún asco. Qué asco iba a sentir si siempre me he sentido cómoda en la mugre de nuestros actos, que sobrepasaban con creces la densidad inmunda de aquella piscina.

Mis pechos de niña manchados por multitud de patas de insectos y alas de libélula, y mis párpados cerrados, manchados como el resto de mi rostro de verde, como el resto de aquellos niños. Pero a mí se me notaba más porque no lo obviaba como ellos: yo lo disfrutaba. Y por primera vez en mi vida vi en tu mirada algo ajeno al deseo: el asco y la vergüenza. Te vi arrepentido, y tan avergonzado. Por fin me veías como a tu hija, como a tu niña. Tenías que sacarme de allí cuanto antes. Antes de que los demás se dieran cuenta de quiénes éramos.

Pero no quiero que me saques. No quiero ser como ellos, quiero seguir contigo del mismo modo en que hemos estado durante estos años, y que me sigas enseñando lo que nadie sabe. Quiero seguir sintiendo esa vergüenza arrebatadora cuando nos corremos a la vez. No me saques de aquí.


Pero tú no me escuchaste, sólo me agarraste fuerte de los hombros, arrodillado en el bordillo, manchándote las manos al tocarme, delatando tu vergüenza.

Tengo veneno, tengo veneno. Gritaste. Tengo veneno.


Y te fuiste corriendo, dejándome sola, sucia, húmeda y desnuda, en el bordillo de la piscina. Pensé que nunca volverías a por mí. Pensé que me dejarías allí para que toda esa plebe me lapidara y me hiciera comer a puñados las moscas que infectaban su piscina como yo había infectado su vulgar vecindario.


Pero volviste, y lo hiciste con veneno. Y me limpiaste con él. De nada sirvieron mis gritos suplicando que me dejaras así. Me frotabas con tanta fuerza que quemabas mi piel. Me escocía todo el cuerpo, me quemaba toda la piel. Pero tú seguiste ungiendo mi cuerpo con veneno.
Cuando terminaste me tapaste con una sábana blanca y me llevaste en brazos al coche.


Y me prometiste amor eterno.





La foto de la morenaza la he pillado de
esta web.



sábado, 10 de enero de 2009

Los garapitos de Isabel



Había una vez, hace mucho tiempo, mucho, mucho tiempo, un pequeño, muy pequeño, muy, muy pequeño pueblo al norte de España, donde siempre hacía mucho frío.

Allí nunca pasaba nada y a la vez no había día en que no pasara algo. Como en una telenovela. El sol aparecía poco antes de las ocho con el primer cantar de los pájaros, dejando ver los chuzos de hielo que colgaban de las tejas, formados durante la noche por el frío. Siempre el frío.

El jardín de los abuelos de Isabel siempre estaba blanco por las mañanas. Agua de rocío helada sobre las plantas, la piscina cubierta por una espesa capa de hielo bajo la cual nadaban presas decenas de garapitos y cucharatones.

A Isabel no le gustaba el frío, pero sí que el hielo encerrara a aquellos insectos, porque así podía observarlos con detenimiento, cómo nadaban hasta la superficie y se chocaban contra el hielo, cómo huían asustados cuando pateaba la escalerilla, lugar donde solían cobijarse. Esos insectos son muy sensibles a las vibraciones.

El colegio también estaba blanco: la hierba del patio estaba cubierta por una fina película blanca que parecía nieve.

Se sentaban en las escaleras del porche, casi todos los niños, muertos de frío. Algunos, para entrar en calor, jugaban al balón. Otros, intentaban en vano entrar al hall, pero el director del colegio, que estaba dentro, en la sala de profesores, tomando un café calentito con sus compañeros, no lo permitiría.

El motor del viejo coche de la anciana profesora Maribel, que, como cada mañana, se asomaría a la ventana del aula, aspiraría el frío y diría: no sabéis la suerte que tenéis, indicaría el momento en que el colegio se abriera para ellos. Siempre llegaba a la hora exacta, ni un minuto menos, ni un minuto más: las ocho y veinticinco.

No sabéis la suerte que tenéis.

Pero ellos no se sentían afortunados. Más bien encerrados. Encerrados como los garapitos de la piscina de Isabel, bajo una gruesa capa de normas que no lograban comprender.

Sólo había un niño al que parecía no importarle todo aquello. Él era Guillermo, el hijo de la Bernarda, una mujer mayor que vestía siempre con enormes abrigos de piel y las orejas decoradas con bastos pendientes dorados. Muchas mujeres la tenían como un ejemplo a seguir, como una madre modelo, una buena parroquiana. Otra gente, como los abuelos de Isabel, no podía ni oír hablar de ella. Isabel le temía. Le temía muchísimo, a ella y a Guillermo. Estaba convencida de que habían hecho un pacto con el diablo para poder tener tantos caprichos.

No podía comprender por qué ella, viviendo sola con sus abuelos, tuviera que seguir pescando garapitos en su piscina para poder seguir viviendo.

Guillermo se sentaba en la primera fila, con la espalda muy erguida, mirando fijamente a la pizarra. Cualquier pregunta que formulara Maribel él sabría contestarla.

Muy de vez en cuando giraba la cabeza para fijarse en Isabel. Las uñas sucias de Isabel, el pelo oscuro y grasiento de Isabel, las pinturas diminutas, el estuche heredado, la foto de sus padres arrugada sobre el pupitre. Su cara de niña, pese a tener ya doce años. Parecía más niña que el resto, y eso a Guillermo le fascinaba.

Guillermo estaba convencido de que Isabel era una bruja. Pensaba que había soltado un maleficio contra sus padres para que se quedaran encerrados y estáticos en aquella foto y así poder dominarlos.

Su madre siempre le dijo que Dios nos recompensa por las buenas acciones. Obviamente Isabel tuvo que haber sido muy, muy, mala, para que Dios dejara que se alimentara de los insectos del jardín. Su madre también le dijo que es de malas personas pasarse el día asomado a la ventana, vigilando a los demás. Pero Guillermo no le hizo caso, y siempre que podía observaba desde su ventana la piscina de Isabel y a ésta haciendo un pequeño agujero en el hielo con un tenedor para cazar media docena de insectos. A veces tenía suerte y conseguía pillar algún gorrión o algún ratón. O algún gato callejero.

Tenía que tener mucho cuidado con los garapitos, porque aparte de nadadores, son voladores, y si se descuidaba, podían escaparse.

Guillermo se preguntaba por qué si su madre le decía siempre lo que era y lo que no era de buenas personas, ella no le llevaba a Isabel y sus abuelos un buen plato de lentejas con chorizo, de esas que a él tanto le gustaban y su madre tan bien preparaba. Se preguntaba por qué cada domingo en la parroquia el cura hablaba ser buenos feligreses, y él tampoco hacía nada por sacar a Isabel de aquella casa. Se preguntaba por qué Maribel no se llevaba a Isabel lejos de este pueblo. Por qué repetía cada mañana “no sabéis la suerte que tenéis”.

Una mañana, estando en las escaleras del porche, Guillermo decidió acercarse a Isabel, aunque sabía que a su madre no le gustaba. A la Bernarda no le gustaba la gente que no se limpiaba las uñas.

- Hola Isabel.

Isabel tenía miedo. ¿Qué podría querer aquel niño de ella?, ¿también se llevaría su alma?

Se alejó un poco hacia la izquierda sin levantarse, y miró con recelo al hijo de la Bernarda.

- Mis abuelos dicen que tu madre no tiene alma.

Guillermo se quedó un momento callado. No podía ponerse en contra de su madre, pero tampoco quería ser descortés con Isabel.

- ¿Y por qué dicen eso?

- Dicen que nos está chupando hasta la sangre.

En ese momento sonó el coche de Maribel. Hora de entrar en el colegio.

Subieron al aula en fila, arrimados a la pared, y una vez sentados en sus pupitres, Maribel realizó el ritual de cada día.

- Señorita Maribel, ¿por qué dices que tenemos suerte? – Preguntó Isabel. El descaro de la niña provocó un gran silencio en el aula. Apenas se les oía respirar. Maribel había bajado la cabeza con tristeza y la persiana con desgana. Todo se hizo silencio y oscuridad.

- Porque sois niños.

Isabel abrió su estuche y sacó de él un pequeño garapito. Lo encerró entre sus manos y se acercó a la profesora para ofrecérselo. Los ojos de Maribel se tornaron muy tristes, muy, muy, tristes, pero aceptó el regalo de la niña y se metió en la boca al pequeño insecto, como si fuera una píldora, sin masticar. Inmediatamente el rostro de la profesora se iluminó con un brillo especial. Rejuveneció unos años, no muchos, aún seguía siendo mayor, pero menos.

- Gracias.

Guillermo entonces pensó que sí estaba en lo cierto cuando pensaba que Isabel era una bruja.

- ¿Eres una bruja? – Le preguntó el niño a Isabel.

- No, Guillermo, ella no es ninguna bruja. – Respondió la profesora. – El poder no viene de ella, sino de su piscina.

Según les explicó, ella en realidad era mucho más joven de lo que aparentaba. No tenía más de treinta años. Pero cuando ella vivía en el pueblo y tenía apariencia de adolescente, Mateo, el marido de la Bernarda, se enamoró de ella perdidamente. La seguía a todas partes, le enviaba flores y regalos bonitos. Mientras tanto, en su casa encerrada, se encontraba la Bernarda, que no podía soportar el paso del tiempo y la incipiente llegada de la vejez. Envidiaba tanto a Maribel que decidió hechizarla para que dejara de ser joven, de ser bonita. Para ello se asomó a la ventana y soltó un maleficio hacia lo primero que vio desde allí: la piscina de Isabel.

Todas las noches, cuando el frío impedía que nadie saliera a la calle, la Bernarda se asomaba a la ventana y dejaba caer un pequeño cubo sujeto a una larga cuerda para recoger un poco de agua de la piscina. A continuación, rociaba con aquella agua las flores que su marido tenía preparadas para regalar a Maribel a la mañana siguiente en la puerta del colegio.

Con sólo aspirar su perfume, rociada de agua maldita, el conjuro hacía su efecto, acelerando el crecimiento, la vejez, de la joven Maribel.

En un pueblo tan pequeño pronto se supo lo ocurrido, por eso Maribel decidió alejarse de allí, aunque, tal vez porque el ser humano es así de raro y no hay que darle más vueltas, decidió volver años más tarde convertida en la profesora que ahora era, ahora que nadie del pueblo la reconocía.

Lo que no sabía la Bernarda es que con aquella acción había maldecido de por vida a la familia de Isabel, sumiéndola en la más absoluta pobreza. Pero tampoco sabía que los animales que habitaban en aquella piscina se habían convertido con el tiempo en el antídoto de la maldición, propiciadores de la codiciada eterna juventud.

Guillermo no podía creer lo que estaba escuchando. Su madre era una auténtica bruja, y maligna además. Pero no podía permitir que hiciera más daño.

Así que al llegar a casa, sin pensarlo ni un momento, se armó de valor y le dio una buena lección a la mujer que desde siempre le había indicado qué hacer y qué no para ser una buena persona. La sorprendió en la cocina y la empujó por la ventana, dejándola caer sobre el hielo de la piscina de Isabel, que con el golpe se hizo añicos, empapando así a la Bernarda en agua maldita.

Guillermo observó con detenimiento cómo el cuerpo de su madre pataleaba intentando salir del

agua, y envejeciendo a pasos agigantados a la vez, hasta convertirse en un cuerpo pequeño, arrugado, inmóvil.

Isabel salió al patio corriendo al escuchar el estruendo.

El hielo estaba destrozado. Los garapitos podían ser libres.

Observó con rabia, con un llanto agonizante, desgarrador, cómo se iba volando

su juventud y la salvación de Maribel.

Observó a los garapitos volando en bandada. Escuchó el sonido de sus alas moviéndose en busca de la libertad.

Y Guillermo sonrió feliz, brindando por el estado natural de las cosas.

Como debe ser.

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