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jueves, 8 de enero de 2009

Nada nuevo




Julia iba vestida con el mismo vestido que se puso la Noche Vieja anterior. Aquel vestido negro, tan corto, con volantes, tan hortera. La única diferencia era que esta vez se le notaban las caderas redondeadas por encima de los volantes. Pero ella seguía interpretando su papel de diva. Caducada a mi parecer. Patética también, nada nuevo.


Me refugié en el baño. Me escondí del resto, desaparecí. Me oculté entre mis recuerdos, entre la mierda que se agarra a mi cráneo por debajo de mi pelo. Toda esa costra del pasado que enturbia mi mente.


Álvaro me ofreció y yo no me negué, nada nuevo. Flemas, sangre, semen, orina. Nada nuevo, como hace un año.


Encima del espejo una pequeña rejilla por la que se cuelan furtivas gotas de una lluvia que ha parado el tiempo.


Julia se tumba, no sé cómo ha entrado aquí. No le importa mi presencia y Álvaro me pide que haga lo que tenga que hacer con ella, pero que lo haga ya, ahora que se deja, ahora que lo quiere más que nada.


Como hace un año. Botellines de coca cola, gritos, y la costura del vestido que tapaba el desconcierto de aquel día vuelve a descoserse,


para coserla mañana,


para tapar lo de hoy, hasta dentro un año


o hasta la próxima lluvia.


domingo, 28 de septiembre de 2008

Modesty Carmen


Él tiene SIDA, y ella, aun teniendo novio, se masturba pensando en su mejor amiga. Llegar al clímax. Dejarse llevar, notar cómo llega. Es todo perfecto, tan placentero. Luego todo termina. Es el fin del mundo y esta´ sola, agonizante. Ronronea, como los gatos antes de morir. Experimenta el placer de la muerte, pero no muere de placer sino de vergüenza. Y a veces llora y la oyen sus vecinas. Segundos antes la oyeron gemir y gritar un nombre de mujer antes de derretirse. Esta´ loca la vecina del quinto, seamos amables con ella al cruzárnosla en el portal.
Según ella el SIDA es una enfermedad inventada. Él tacha en el calendario los días y ríe un poquito. Ninguno de los dos sabe nada. Tampoco el resto. Esos nunca saben nada.
Todos juntos comen bravas en la terraza de algún bar.
Él solía trabajar en clubs cuando era adolescente. Para pagarse los estudios, decía, aunque en realidad trabajaba por puro placer. Su nombre era Crápula, pero sólo cuando calzaba los tacones. El resto del tiempo, y para todos, era Eric. El chico con pecas. El frágil, el guapo. El sueño lascivo de las quinceañeras. Ella era Carmen, siempre Carmen, para todos. Pero nadie lo sabía.



- Me parece absurdo pagar un hostal por una noche si ya hemos pagado la parcela del camping.

Es todo muy absurdo. El camping lo cierran a las dos y media, luego si quieren salir esta noche tienen dos opciones: volver antes de esa hora o reservar una habitación en el hostal que hay justo al lado del camping. O no volver.

- Además, ese puto hostal es de los dueños del camping. Esto es una estafa en toda regla.
- Bueno, Carmen, pues quédate en el puto camping, joder. Pero si nos pillamos una habitación los dos nos sale ma´s barato.

Lorena ya se ha puesto cómoda, con su minúsculo bikini negro y un pareo morado sujeto a sus caderas. Demasiado morena, demasiado baja, demasiado vulgar, demasiado oportunista, demasiado puta. Perdón, idiota.
- Si quieres, Sergio, compártela conmigo.
Él acepta, sonriente, y Carmen se va, intentando parecer indiferente. Desaparece.

Todos son unos niñatos malcriados y este maldito viaje una soberana estupidez. Una estafa. Si esta noche Sergio se folla a Lorena le dará completamente igual. Ma´s puta que ella no ha habido otra ni habrá. Lorena no tiene tanta clase, es una barriobajera. Para comer una polla no sólo basta con metérsela en la boca.
Puede intentarlo esta noche con Sergio, hacerse valer un poco. Pero Carmen no tiene miedo porque después de haber estado con ella Sergio nunca podra´ estar realmente satisfecho con otra mujer. Por eso deja que Lorena lo intente. Le desea buena suerte.

Es ignorante e insustancial. Sinsustancia, eso es. A veces piensa que es inteligente, pero no es tan tonta. Por eso suele llorar, porque es consciente de sus limitaciones.
- Nadie puede enamorarse de ella ¿Quién podría…? Es imposible, es tan tonta…

Carmen baja la mirada hacia sus sandalias y mueve los dedos de los pies. Lorena es eso que dice Eric, pero la quiere de todas formas. Y esta madrugada no sabe si estara´ peor por Sergio o por Lorena, porque por ma´s que intente engañarse lo estara´pasando mal.

- Entonces sólo la quieren por el sexo.

Entonces sólo la deseo, Eric. Todos la deseamos, somos así de simples.


*Las fotos son de Jenni Tapanila

viernes, 4 de julio de 2008

Excrecencia

boomp3.com


Entre las uñas queda un rastro transparente, como el camino que marca el caracol en su angustiosa huida. No sangran sus heridas. Se rompe la espiral y la eternidad quebrada se hace pura evanescencia. Como las babas secas sobre el suelo de cemento. Y arden ahora bajo sus pies las baldosas, espolvoreadas con migas blancas y patas de araña. Abejas muertas. Muchas hormigas. Ni aun cuando llueva podrá desquitarse de esa pena, del colosal abismo que se ha abierto con una nueva herida. Que sí sangra, pero no se desvanece. Dormir sobre la hierba hoy no es una buena idea. Los gusanos y las lagartijas amenazan con entrar y arrebatar lo poco que dentro queda. De su casa, sus recuerdos. Quimeras escondidas entre la tierra, entre el sarro de las tejas. Con una sola piedra esta casa puede hacerse añicos. Sólo entonces podrá entrar en la buhardilla.

Alguien parece estar mirando por la ventana. Al menos él siente que observan cómo va dejando su rastro de lágrimas como rocío sobre las plantas. Y los insectos entre las rosas le recuerdan cuán insignificante es, y lo insoportable que se ha vuelto todo.

L
a obra que ilustra este texto es Provocación (1980), de Valle Camacho.

jueves, 22 de mayo de 2008

Reformas


Reacio a lamer el sobre, como si de una condena a muerte se tratara, mirando el resto de pancartas. Todas estarían apiladas contra su ventana, esperando volver a estar expuestas, ante alguien dispuesto a leerlas, como putas en un escaparate del Barrio Rojo.


Reacio a cerrar el sobre, como si la carta contuviera un arma nuclear o un clavo oxidado. Aún no se decide, el tiempo corre y las cortinas siguen manchadas del mismo olor a rancio. Igual que hace años, en el mismo sitio, pero con una tonalidad diferente, más transparente. Igual que él, igual de arcaico, pero superviviente.



En el cristal corren angostas las gotas de lluvia, como un pequeño afluente de penurias atrasadas. Todo lo que no lloraron entonces se convierte hoy en un charco sobre el alféizar. Las moscas muertas sobre el parqué, que hoy cruje, que se deshace bajo el polvo y corroe la carcoma que de él se apoderó hace un tiempo.



Todo resuelto con una carta, con palabras, con retórica entumecida, cobarde, tardía.

lunes, 19 de mayo de 2008

Curvas y Letras

La semana pasada descubrí el blog Literatura en Murcia. Es un blog creado por Yolanda Martínez Salmerón (filóloga), Raúl Masa Pacheco (documentarista) y Tamara Martínez Almeida (diplomada en turismo) a partir de un proyecto informativo en la asignatura de Tecnología de la Información en la Universidad de Murcia. Pero bueno, que esto nos importa más bien poco, la verdad. Lo curioso de este blog es que cada semana convocan un concurso de micro-relatos al cual se presenta bastante gente, a pesar de que el premio para el ganador es siempre simbólico.
Más que el blog en sí lo importante son los comentarios, que no son comentarios sino micro-relatos de cien palabras. Y ahí está lo interesante: cómo tres personas han conseguido fomentar la escritura desde un simple blog... cuyo diseño es el llamado “Quran” dentro de la modalidad “Religion” en finalsense.com.

El último concurso que convocaron, cuyo plazo de presentación finaliza hoy mismo, tenía por título “¿Qué vale más, una imagen o cien palabras?”, y su objetivo era que los concursantes escribieran un micro-relato a partir de una de las dos imágenes que se propusieron.
Esta es mi aportación y la fotografía que me sirvió de referencia:

Pulsiones
De madrugada, a escasos metros de la zona de marcha, la vi sentada en un banco, con la melena despeinada y el rimel corrido. No era pronto, pero tampoco tarde para volver a casa. Estaba allí, sola, borracha, tan vulnerable que quise follármela. Despertó mi deseo ese vestido tan corto. Sentada con las piernas abiertas y la mirada perdida. Quizá fue entonces cuando me di cuenta de quién era yo y en qué se había convertido ella. Huí con intención de cortarme la lengua, por no cortarme las venas. Por querer anular el deseo de quererme follar a mi hija.

Es una pena que sólo entren en concurso quienes tienen una cuenta Blogger.


Por otro lado, esta semana los del COLMO estamos de celebración. Si bien es cierto que apenas he ido a cuatro o cinco reuniones, los integrantes de este colectivo literario de Valladolid no vieron inconveniente en publicarme un texto en la Plaquette que presentamos este jueves a las 21.00h en el bar La Curva (José Mª Lacort, núm. 30, Valladolid) y que lleva por título Poemas de la Chica de la Curva.
Si queréis ir haciéndoos un
a idea de qué os vais a encontrar en la plaquette, os sugiero entrar en los blogs de algunos "colmillos": Eva Villavieja, Rut Sanz, Marina de Luna, Christian Supiot, José Luis Merino...
La idea es que cada uno de nosotros lea un poema, ya que con nuestra presentación daremos comienzo a las lecturas Curvilíneas , que tendrán lugar cada jueves en el ya citado bar.
Aún no sé si leeré o no, porque me supera la timidez, así que tendré que beber algo antes...
o necesitaré algo más que apoyo moral.

Espero veros por allí.

viernes, 16 de mayo de 2008

orgasmos de plástico

Vestida de negro se encaminó hacia un sex-shop. Era uno de esos que ya no se estilan y el dependiente la miró desafiante.
Ella sólo quería un “algo” que satisficiera y endulzara su solitaria vida de soltera recién y con pocas posibilidades.
Él pensó cuán grande sería su decisión; más grande que la suya, quizás. Hubiera querido follarla sin quitarle las bragas.
Pero más que una fresca parecía una melancólica caracola de roto caparazón.
Él sabía cómo se las gastaban aquellas, o eso creía él, o eso quería creer. Lesbiana reprimida. Bollera femenina de orgasmo fácil.
- Veintiocho con noventa.
- Las puntitas circuncisas parecen corazones, ¿verdcd?
No, no era una lesbiana reprimida de fácil orgasmo. Era una chupapollas; ninfómana insaciable.
Ella le miró sonriendo y bajó la mirada.
- Sí, son puro amor. – Intentó inútilmente hacer una gracia tardía.
- Tampoco nos pasemos.
Un trozo de plástico con pilas no podía darle amor, por muchos orgasmos que sus vibraciones le causaran.
Katriuska era sólo una princesa de medias rotas con síndrome de asperger. En su anterior barrio la llamaban despectivamente “autista ninfómana”. Cómo puede gritar tanto, se preguntaban, si apenas habla y cuando lo hace sólo emite murmullos inaudibles.
El placer, diría ella con su inaudiblemente erótica voz, nada tiene que ver con la sociabilidad.
El placer, ¿ha de estar vinculado a la empatía?
El problema sólo aparecía inmediatamente después de morir, aunque a veces hubiera agradecido algo de cariño. Pero ¿qué cariño se merece una mujer sumida en el silencio y la apatía?
- ¿Quieres que te enseñe a usarlo? – Se aventuró a preguntar el triste dependiente fan de Ok Go.
- Ok, go.
boomp3.com

Dedicado especialmente a Marta.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Vuélvete a dormir

Tal vez, se dijo, oiría la voz querida de su padre diciéndole que el corazón de cada ser humano era libre como los pájaros, cada cual era responsable de sus acciones, nadie podía decidir sobre los sentimientos de los demás, ni obligar a actuar en contra de la propia conciencia. Pero no encontró el consuelo esperado, el aire no traía palabras de aliento, y la tierra de sus antepasados permanecía muda.



Toti Martínez de Lezea.


La hija de la luna.


Anaya. Madrid, 2003.



Duerme, pequeño príncipe de sueño inalterable.



Un día más, dentro de esta estúpida mediocridad, abre los ojos a un nuevo día. Las persianas están subidas, para que lo primera que vea cada mañana sea la luz del sol. Ni es tarde, ni es pronto, en esta habitación no existe el concepto de reloj.



Un picor en los ojos y el tacto de una legaña sobre un dedo que aún no ha logrado desperezarse le indican, antes de que suene el despertador, que sigue siendo un animalillo necesitado de acciones básicas que demandan su bajo vientre.


Por qué tiene que ser tan simple, se pregunta.



Sobre la pantalla de su ordenador surge la ventana, y frente a ella otra. Y a veces la mira, esperando que Nosferatu le mire fijamente. Pero, sí eso llegara a ocurrir, la vista en su lugar le mostraría a una tierna niña.



Se está quedando ciego.


Por qué tiene que ser tan simple, se repite.






lunes, 12 de noviembre de 2007

3 SON MULTITUD. Space Dementia

- Vive así, sigue así, ¡ amargada!

Una está preñada, la otra no sabe que yo la odio. Una es guapa, la otra no, una es pobre, la otra todo lo contrario. Ya me canso de discutir, y de verlas en ese plan Dolce vs Punk Roker.
Así que cruzo el salón y me encierro en una habitación que está llena de hojas, porque el otoño ha entrado hasta aquí, y no me deja ver ni un cacho de baldosín.

Y pienso en el odio y otras cosas, y me río de mí, y de ellas. Y quiero que se larguen, que tres son multitud. Que se vaya la pija y la otra se quede hasta que de a luz. Y que me dejen sola.

No me queda nada, porque si antes era lo peor en lo que mejor se me daba, ahora ni siquiera tengo conocimientos de ello. Porque esta sociedad me ha convertido en una inútil y debo prepararme para la trepanación. Recuérdenme que nací habiendo tenido que ser un aborto.

Que alegría, que alboroto, otro perrito piloto.

Y una que se va, otra que llora en su habitación. La mía está repleta de hojas secas que crujen al contacto con mis zapatos.

¿Cómo será la habitación de la pija? No la conozco, nunca he entrado. Ahora se ha ido, es mi oportunidad; entro con sigilo y no es cama lo que veo, no hay ventana ni colchón, sólo un enorme baño de azul color. Tres bañeras lo componen, tres enormes bañeras. No lo entiendo, ¿por qué hay hojas en mi habitación?

Me desnudo y miro en el espejo, un cuerpo extraño pero perfecto.
Un pecho falico-flacido, solitario y mi ombligo, cavidad que abarca todo mi vientre.

El agua caliente, mis ojos rojos, tengo frío, o quizá sea calor, y las bajas temperaturas a veces queman, y el agua caliente me mata lentamente.

Quisiera comprender qué está ocurriendo, y qué va a ocurrir, en caso de que detecten mi ignorancia. Si ven que no sé nada, o no tanto como pensaban, si no soy buena ni en lo que estudié, si no valgo tampoco para las relaciones sociales.
Y humanas.

Si me pierdo entre la gente, si no logro encontrar un camino (malditos tópicos, me estoy quedando sin ideas), y si nadie me salva de este agujero, si sigo cayendo, si llego tarde... Si me pierdo... por completo, si no logro...
Si ni siquiera logro encontrarme a mí.

Te daré un beso, diré buenas noches y volveré a perderme en este suelo lleno de hojas, aunque físicamente duerma abrazada a ti.


miércoles, 7 de noviembre de 2007

No sé cómo titular esto. Ni siquiera aún sé si quiero colgarlo.


- ¡Taxi, Taxi!

Eran las seis y treinta y cinco de una tarde utópica – atípica otoñal, a ratos hacía mucho frío y de repente muchísimo calor. La gabardina de un gris fosforescente, mis tacones sobre una acera resplandeciente. Poca gente y mucho tráfico, poca gente en el asfalto. Tenía que llegar a las siete al ayuntamiento, (por un asunto estresantemente burocrático), si quería conservar mis conocimientos de piano. Si no firmaba esos papeles, que serían mi billete de ida hacia una de las clases magistrales del Chirridito González, todos mis conocimientos de solfeo, ritmo y demás se esfumarían de mi mente. Así, en un soplido. Así como te lo digo, así como te lo estoy contando.
Así van las cosas aquí, al menos desde hace unos años. El sistema educativo ha llegado a tal punto que si no eres los suficientemente bueno en algo debes olvidarlo por completo, para así dejar sitio en la cabeza a otro tipo de conocimientos. En principio parecía algo eficaz: Los médicos se dedicarían sólo a la medicina, sin resquicios filosóficos que entorpecieran su precisión de cirujanos, y los de letras ni siquiera podrían ser capaces de aprender a hacer sudokus.
Pero cuando me dijeron que el piano no era lo mío, que debía abandonar y dejar sitio a las leyes civiles y el derecho, (que se supone que es lo mío), sentí verdadero temor por mi libertad, por mi derecho a ser una inepta musical. Pero no me quedaba más remedio.
Estaba a un paso de conseguir el nível mínimo aceptable, pero para ello necesitaba mano dura: un par de horas con el Chirridito González, un portento del piano capaz de hacer entonar el himno nacional con total sensibilidad a un miembro de la revuelta social.

- Venga, suba, que no tengo todo el día.
Me senté, como siempre, detrás, y sin decirle nada arrancó el coche y puso en marcha el contador. Pero bueno, estaba tranquila: en cinco minutos llegaría al ayuntamiento.
Pues no. En cinco minutos llegamos, pero no al ayuntamiento, sino a una parada de taxis que había en la calle del León.
- Venga, señoras, que no tengo todo el día.
- Hija, ponte en medio, que nosotras estamos muy gordas.
- ¿Pero qué...?
Dos señoras subieron como si, en lugar de un taxi, aquello fuera un autobús. Una a mi derecha, otra a mi izquierda.
- Ponte el cinturón, muchacha.
Y pensé que no era necesario, teniendo en cuenta que el ayuntamiento estaba a tiro de piedra, pero ellas comenzaron a atarme literalmente.
Cinturones de seguridad que apretaban mi cuello, se aferraban a mis muñecas, mi cintura y mis tobillos.
- Oiga, por favor, vamos al ayuntamiento.
- Tranquilita, señorita, a mí no me vengas con prisas. Si querías un viaje directo haberte cogido un autobús.
Intenté hacer un gesto de desistimiento, y a la vez de zozobra, angustia, inquietud, pero las correas me lo impidieron. No iba a llegar al ayuntamiento, no podría presentar mi solicitud y mucho menos acudir a aquella clase. El tiempo se me echaba encima, de vez en cuando lo veía encima de mi cabeza riéndose de mí, aunque otras veces me ponía carita de pena, como diciendo: no es culpa mía haber nacido atemporal.
- ¿a dónde se dirige usted, muchachita?
Miré a la bruja vieja con antipatía primero, extrañeza después.
- Ya lo he dicho. Al ayuntamiento.
- Yo voy al hospital, a que me trepanen. Debo llegar ahora, ¡ahora mismo!
- ¿a que la operen?
- No, no. – Dijo la otra mujer. – Está un poco... – Se señaló la cabeza y bizqueó los ojos. – Como ya no es útil le harán una lobotomía. Es a lo que aspiramos todos.

Abrí los ojos, subí las cejas y miré hacia un lado, buscando la cámara oculta, pero en lugar de eso encontré el reloj de la vieja: 19.01h.
Abrí los ojos más, la vieja puso las manos debajo por si se me caían, y yo pregunté:
- ¿Sabe tocar el piano? ¿ algo de música, algo?
- ¿Perdona?
- Necesito que me pregunte algo.
- ¿Do, re mi fa...?
Y no sé si fueron los nervios, la emoción del momento, o qué, pero empecé a tararear una canción de Bisbal, y me asusté. Evidentemente, me había convertido en una inepta musical.
No había marcha atrás.
- Por favor, por favor, ¡déjeme bajar...!
- Un segundo, por favor, antes que nada, coja este libro. Me lo publicarán mañana, en un acto público en la estación de autobuses.
- Gracias. –Dije a regañadientes, cogiendo aquel libro, y muerta de envidia. Los taxistas no deberían escribir si yo no puedo tocar el piano.

Estaba cerca del maldito ayuntamiento, centro de la burocracia perversa, así que fui hacia allí y me senté en un banco.
Y volvió a hacer frío, me arropé con la gabardina, y no fui capaz de llorar porque hace tiempo me dictaron que no lloraba correctamente.
Pero de todas las sentencias, tal vez la peor sea la inadaptación social.
- No eres apta. No eres social.
En este país los tímidos son una raza aparte, una raza inferior si cabe. No, no cabe, es que lo son.
En este país los tímidos no valen nada, no pueden ejecutar ninguna actividad de prestigio y se les niega el derecho a amar. Muchos se dan a la bebida, otros son yonkis y otras prostitutas. Son el despojo social, y la sociabilidad es algo irrecuperable.
Como mis conocimientos de piano.
Yo tenía una prima que era así, tímida. Cuando sentenciaron que era una inadaptada social perdió la facultad del habla y ahora vive sola con unos gatos que, de un momento a otro le sacarán los ojos.
Los tuertos tampoco son bien vistos, y mucho menos los que carecen de ojos... Es muy triste, pero desde que los globos oculares se convirtieron en objetos de lujo es necesario andarse con cuidado, pues siempre aparece alguien que te los quiere arrebatar. Es por eso que es común ver gente con gafas de soldador.


***

- ¡Olivia! ¿Qué haces ahí sentada con la helada que está cayendo?
- El frío amortigua mi tristeza.

Siempre, cuando no quieres encontrarte con alguien, alguien te encuentra.
Aquella tarde-noche quería ser un individuo anónimo, como tantos que hay en la plaza del ayuntamiento o en el paseo del Espolón. Aquella tarde-noche quería estar sola. Si la gente me veía como una desgraciada, me daba igual: La misma desgracia tenían todos ellos.
Él era Badea, un antiguo amigo de la infancia que hizo un módulo de ebanistería. Le acompañaba una funda con forma de guitarra, y me enfadé con el mundo. Si yo no puedo tocar el piano, un carpintero no tiene porqué saber tocar la guitarra.
Será que tiene mucho espacio en la cabeza.
La verdad es que siempre fue bastante cabezón.
- Te estuve llamando, Olivia. Te llamé... hace unos años.
- Sí, bueno, estuve ocupada.
Cuando me despojaron de la capacidad de llorar me encerré en casa y me estudié la constitución. No por nada en especial, sino porque era ese el único libro que tenía en casa. La razón era muy simple: cuando llegaron al gobierno los actuales mandatarios, lo primero que hicieron fue enviar una Constitución a cada domicilio. Al cabo de un mes enviaron a ciertas personas vinculadas al partido a revisar cada hogar, y si no encontraban el dichoso librillo condenaban a los miembros del hogar al aislamiento social. Sí, ya ves: Los convertían en repulsivos tímidos antisociales.
Como mi padre es barrendero y mi madre funcionaria, por decreto no necesitaban leer, así que de la noche a la mañana se despojaron de toda la literatura que hubiera en casa, a excepción de las instrucciones de la tele y la dichosa Constitución.
De ahí que me convirtiera en una prestigiosa abogada.
- Te llamé tantas veces porque tenía pensado formar un grupo de rock, pero la cosa no funcionó... Con la ley de espacio cerebral se han perdido muchas promesas de la música... Sigh. Últimamente sólo se escucha reaggetón, ¿te has dado cuenta?
- Sí, bueno, yo también empiezo a soñar con Bisbal...
- Pero, ¿cómo, Olivia? ¿No me dijiste que tenías conocimiento mus...?
- Tenía, pero se fue. Precisamente hoy, ni más ni menos, por no llegar a tiempo he olvidado completamente lo poco que sabía de pi... ehm...
- Piano.
Sus ojines se tornaron tristes y pequeños. Se apagaron y perdieron todo su valor por un segundo... Vi ese momento como un instante precioso, para pillarle de improviso y arrancárselos de cuajo, pero claro... aún me quedaba algo de sentido común que a duras penas luchaba contra la codicia.
Como yo no podía llorar mis ojos no solían bajar la guardia. No hay mal que por bien no venga. El problema es que la tristeza que no sale en forma de lágrima, de otra forma tendrá que salir, y se manifiesta en sangre a través de las yemas de mis dedos. Desde luego, bien es cierto que no me convenía tocar el piano, pues si me emocionaba al tocar una partitura de Chopin las teclas se llenaban de sangre, me resbalaban los dedos y salían melodías más amargas aún. Y volvía a necesitar llorar, esta vez por ira o tal vez impotencia, y mis yemas borbotones de sangre me engendraban...
Siempre acababa tirada en el suelo, inconsciente, anémica perdida.
- Abre esto, a ver que te parece. –
Puso el artefacto sobre mis piernas y deslicé la cremallera, para sacar después de la funda una guitarra de madera.
Unos siete centímetros de grosor, madera sin pulir, sin formas redondas. Era una placa de madera con forma de guitarra pixelada.
- Unas cuerdas y un redondo boquete. Badea, esto es un juguete.
Rasgué las cuerdas y de ellas no brotó sonido alguno.
- Definitivamente, si me quedaba alguna duda, ¡soy una inútil musical!
- Que no mujer, es que le tienes que dar al On.
Abrí los ojos, subí las cejas y miré hacia un lado, buscando la cámara oculta. Badea puso las manos debajo, por si se me caían.

Fin de la primera parte.

martes, 2 de enero de 2007

LA MUSA ONÍRICA



Despertó de una siesta neutra, apacible pero sin restos de vivencias oníricas que le hicieran sentir viva. Se levantó pausadamente y se percató de que The Killer Barbies interpretaban un tema en su mini cadena. También se miró las uñas, y, al ver que entre ellas había restos de su piel, se rió de sí misma, preguntándose cómo podía ser tan tonta de arañarse mientras dormía.
Una vez hubo llegado al baño, se miró al espejo y se vio a sí misma, pero también vio algo raro: algo en su ojo izquierdo. Estaba debajo de su brillante iris verde y, en un principio, le pareció una pequeña mota roja. Para asegurarse, acercó más su rostro al espejo. Esto le permitió tomar conciencia de que, en lugar de una pelusa o una triste pelusa ahogada en su mirada, aquella era una pequeña incisión, una herida en su globo ocular. No pasa nada, pensó, el ojo se regenera, y miró hacia el techo en un acto reflejo. Un acto reflejo desafortunado, inoportuno, que le valió el crecimiento instantáneo de la incisión en forma de línea horizontal que se traslada hacia la izquierda. Cerró los ojos rápidamente para amortiguar el dolor y, cuando ya se hubo calmado un poco, les devolvió el derecho de recibir luz exterior y se miró con temor en el espejo: Ahora su pequeña incisión era un agujerito de una profundidad considerable del que nacía un corte que sesgaba su ojo por la mitad.
En el salón se escuchaban risas de niños, el tintinear de las cucharillas en las tazas de té y las voces graves y maduras, vehículos de conversaciones estúpidas. A Érato le entró un sudor frío al escuchar aquellas voces, pues entendió que no debía molestar a nadie por esa estúpida razón, después de todo, el ojo se regenera... Pero tenía miedo y necesitaba ayuda.
Entró al salón y todos la saludaron educadamente. Ella se tapaba la cara con el pelo angustiosamente.
- Érato, ¿Pasa algo? – Preguntó su madre de forma demasiado fría y superficial.
- Tengo que ir a urgencias. – La chica estaba nerviosa, aterrada. - ¡Mi ojo!
Miró a su alrededor y lo primero que divisó fueron las miradas preocupadas de los niños, cosa que le hizo recapacitar. No tenía edad de quejarse a los mayores, mis problemas son míos, se dijo antes de regresar a su habitación y mirarse por última vez en el espejo.
La incisión había continuado su sesgo en su carne, desde el final del globo ocular hacia la oreja. Emitió un gemido de dolor, pero sus labios produjeron un movimiento en los músculos faciales que dieron lugar al desgarramiento de la profunda herida. Abatida, se sentó en el suelo y se dijo, mentalmente, repetidas veces, que aquello sólo era un sueño, pero no le bastaba con eso, pues todo era muy real. Se golpeó a sí misma en la cabeza, pero fue en vano. Pronto se vio buscando un teléfono móvil para utilizarlo como conector a la realidad, como vio en el film Matrix, pero al no encontrarlo decidió imaginárselo. Imposible. Menudo subconsciente más vacío, pensó, que ni siquiera tiene teléfono. O tal vez es que esté tan desordenado que le es imposible encontrar las cosas más básicas. Entonces se dio cuenta: ¿Imaginarse un móvil para establecer contacto con la realidad? Definitivamente, estaba soñando. Cómo si no iba a pensar tales estupideces...
Y se sintió libre. En ningún momento pensó en intentar despertarse. Tampoco le hubiera servido para algo, ya que claramente se trataba de un sueño de despertar imposible y el intento se hubiera traducido en una angustia asfixiante. Así que decidió aprovecharse de la situación: Estaba viva, viva como un yo pensante dentro de su subconsciente, y podía hacer cualquier cosa. Capaz de todo. Ya no se preocupó de su rostro mutilado: ella había decidido que desapareciera la incisión y así fue. Se levantó felizmente y abrió la ventana, espantó a las palomas y ocupó su lugar. No tenía vértigo, aunque estaba al borde del precipicio, e incluso se puso de pie con seguridad. Tras esto, comenzó a subir por el aire, como si unos escalones se hubieran colocado ante ella. Una escalera hacia el cielo. Subió, subió velozmente las etéreas escaleras, mirando complaciente cómo se iba alejando de su triste, oscura y degradada ciudad. Abajo se quedaba su familia y sus estúpidas reuniones para tomar el té, la angustia, el prejuicio, la soledad, la ignorancia, la envidia, el orgullo, la superficialidad, la falsedad y la hipocresía de un mundo tan perdido que no valoraba ni la vida.
Siguió su ascensión, pero llegó un momento en el que no le fue posible continuar. No era falta de oxígeno, tampoco era fatiga. Simplemente había algo que le impedía elevarse más. Así que decidió bajar, deslizarse en un descenso limpio, rápido y atrevido, por una rampa imperceptible. Siguió así hasta encontrarse con un frontón que se asemejaba a la boca de un metro: las gradas, como enormes escaleras, bajaban hacia un frontón cubierto y hediento de sudor y orín. Érato se deslizó a gran velocidad hacia el interior de aquel deprimente lugar y asustó a unos cuarentones sudorosos que se entretenían jugando a pelota. Por último, puso los pies en el suelo y se disculpó ruborizada a los pelotaris aficionados. Pero ellos no le hacían caso, la ignoraban por completo y ella se sintió absurda, avergonzada de sí misma, pequeña, sucia e insignificante, por lo que se puso en cuclillas y murmuró que jugaran con ella. Suplicó que jugaran con ella, que la usaran de pelota. Ellos se miraron extrañados, pero pronto uno de ellos se atrevió, la cogió del suelo, la hizo botar y la lanzó contra el frontis. Ella reía divertida, dando volteretas en el aire, chocando su retorcido cuerpecito contra la pared. Pero después se fue sintiendo pesada, le costaba botar y el camino del suelo al frontis ya no era divertido, sino lento y excesivamente denso. Una vez más, se sentía sucia, intrascendente, ridícula. Así que decidió marcharse de allí.
El impertinente sonido del teléfono despertó a Érato. Somnolienta, intentó alcanzar con el brazo el aparato que seguía vibrando y emitiendo terribles sonidos melódico-penetrantes desde la mesilla.
- ¿Qué? – Preguntó con voz pastosa cuando al fin logró tenerlo en su oreja, después de adivinar por tanteo en dónde estaba el botón verde.

Sofocada tarde de verano la de aquel martes de 1997. Tomás, sentado en la terraza del bar más solitario de su barrio, pega un último sorbito a su refresco de limón. Si seguía con aquel modo de vida acabaría muriéndose de aburrimiento.
Aún no se habían puesto de moda los impertinentes “sudokus”, los móviles no tenían color y las Spice Girls acaparaban todas las emisoras de radio. Un buen año para suicidarse, sin duda.
Cuando al fin decidió levantarse de la incómoda silla de plástico, se dio cuenta de que no había sacado la cartera. Es igual, pensó, soy tan insignificante que el camarero ni siquiera reparará en mi ausencia.
Pesimista, cabizbajo, desganado...
De pequeño se entretenía arrancando las patas a las arañas, pero ahora prefería pisarlas directamente.

Érato era impulsiva, infantil, alocada y desconcertante. Cambiaba fácilmente de humor y fácilmente se podía poner a llorar sin motivo aparente. Basaba su vida en canciones y pretendía grabar un recopilatorio al que titular “La banda sonora de mi vida”, con temas que oscilaran entre Supertramp y Patti Smith pasando por Oasis o, por qué no, Laura Pausini. Su humor iba acorde con el tiempo, por eso nadie la llamaba si llovía y su buzón se llenaba de mensajes si hacía sol. Tomás, no. Tomás no hablaba con el calor y filosofaba cuando había humedad, por eso Érato le llamaba cuando había tormenta y él recurría a ella si incordiaba el Sol. Por eso siempre estaban tristes.
Érato odiaba despertarse, siempre, aunque estuviera soñando la peor pesadilla. Había aprendido a controlar sus sueños, a tener conciencia de sí misma en su mundo onírico, y había llegado un momento de su vida en el que prefería estar dormida, pues sus sueños le brindaban la oportunidad de ser libre y despojarse de la mediocre realidad. No le gustaba su vida. Era aburrida y monótona, casi perfecta.
Inmediatamente después de hablar con Tomás, que como la mayoría de los días de estío reclamaba su presencia en algún poco transitado café y una conversación desesperada, se levantó pausadamente y se percató de que The Killer Barbies interpretaban un tema en su mini cadena. Se acercó al espejo y observó con detenimiento sus ojos. Primero suspiró aliviada, después se rió.
Ya eran más de las ocho de la tarde y eso significaba que se había pasado prácticamente toda la tarde durmiendo. Se dispuso a poner todo en perfecto orden: Quemar una barrita de incienso, ordenar el armario de la ropa, poner la máquina de escribir sobre la mesa de manera que pareciese que había estado escribiendo durante toda la tarde, algún libro sobresaliendo de la estantería para parecer culta, hacer la cama, ducharse, ponerse bien el pelo, maquillarse, vestirse lo más mona posible, poner música relajante... Todo, incluso ella, debía estar perfecto para Tomás pues él tenía siempre en cuenta cada mínimo detalle. Pero de repente, mientras terminaba de poner en perfecto estado la colcha, se detuvo en seco. Tenía que esperar a Tomás, que vendría de un momento a otro, pero realmente sentía que no quería saber nada de él. Sabía que eso era egoísta, ya que él la recibió con los brazos abiertos en la última tormenta, pero hoy no quería sentirse mal. Hoy quería volar como en sus sueños, saltar por la ventana y sentir todos y cada uno de los poros de su piel abriéndose, absorbiendo en su totalidad la energía que el sol proyectaba sobre ella, nutrirse de adrenalina, de vida.
Decidió salir, huir como en su sueño, pero en el portal se encontró con Tomás, que la agarró fuertemente del brazo y le recriminó:
- ¿Te vas? ¿Ibas a plantarme?
Ella temblaba de ira y miraba sin expresión hacia el infinito.
- ¡Contéstame!
Ella seguía temblando, su corazón palpitaba a gran velocidad y su piel, suave y joven se volvió áspera, casi artificial, como la desagradable piel de las gallinas.
- ¡Mírame! – Ella seguía ausente – Érato, ¿Por qué te ibas? Estoy mal...
- - Los peores problemas son los que desconocemos, los que no pertenecen al mundo físico. Los verdaderos problemas son aquellos que se ocultan en nuestro subconsciente, los que no se exteriorizan pero nos hacen llorar sin motivo, nos hacen desconfiar hasta de nosotros mismos y estar mal con los demás. Los verdaderos problemas son racionalistas y no dependen de la experiencia. Los verdaderos problemas son aquellos que sólo puede solucionar el afectado, se agravan con los consejos ajenos y desembocan irremediablemente en depresión, locura o paranoia. No hay psicólogos ni psicoanalistas en este mundo capaces de ordenar nuestra mente, porque nadie puede pensar por otra persona. Sólo uno mismo puede meterse dentro de sí mismo y encontrar el problema que le come y aísla.
- Quizá sólo somos poco sociales.
- Probablemente. – Repuso Érato con desilusión. Después se despojó de la mano que la retenía, miró hacia el cielo, que estaba despejado, y disfrutó de los últimos instantes de sol.
- ¿Qué es lo que quieres realmente? – Preguntó él, perturbando el estado anímico de su amiga.
- Eso es exactamente lo que no quiero, realidad. No quiero realidad, quiero soñar.
- Ay, mi pequeña musa onírica...
Ella dejaba que él la llamara con ese apelativo cariñoso, pero le molestaba que él nunca se hubiera preocupado por saber que su nombre, Érato, era el nombre de la musa de la poesía amorosa. Pero a ella no le gustaba escribir, ni mucho menos el amor. Sólo basaba su vida en buscar la felicidad inmediata, y esa no está en el amor, está en el sexo.
Aquella tarde había disfrutado, pero era consciente de que, pese a todo el control que ejerció en él, sólo era un sueño. Aquella tarde había subido a lo más alto que podía llegar y había descendido también hasta lo más degradante de la estirpe humana, en donde había disfrutado siendo simplemente un objeto. Pero sabía que aquello no era bueno, que prácticamente se había dejado violar, aunque parezca una paradoja. Deseaba con todas sus fuerzas desear algún día a alguien que en verdad la desease. Sentir lo que es realmente el amor, vivirlo en el mundo físico y tangible, pero el amor hay que buscarlo y bastante tenía ya con encontrar la felicidad. Y la felicidad no está en el amor, la felicidad, según Érato, estaba en la libertad; y el amor, muchas veces, la aniquilaba, al contrario que los sueños, que la exaltaban. La libertad estaba en sus sueños, en donde, por lo tanto, no existía el amor.
Pronto anocheció y comenzó a llover. Érato bajó la cabeza, avergonzada: ahora necesitaba a Tomás.
- Te he hecho daño. – Dijo la joven. – Pon un precio y te recompensaré.
Dado que las mísera gotas de agua que resbalaban por su frente le iluminaban la mente, propuso a la chica salir a vivir. Vivir como si esa noche fuera la última.
La elección del bar corrió a cargo de Tomás, por lo que acabaron en un oscuro pub levemente iluminado por unas escasas luces de neón y con música de los Ramones como banda sonora de la depresión que causa ahogar la angustia existencial en chupitos de vodka.
La ingesta de dos despreciables chupitos de esa cristalina bebida y Érato comenzó a sentirse mareada.
- Creo que estoy demasiado borracha, Tomás... Vamos a bailar un poco, porque si me quedo así, me va a entrar el bajón y yo... yo ya sabes que soy de llorar...
- ¿Y si salimos fuera? – Propuso él.
- No, no quiero... – Se acercó torpemente a su oído. – Bésame, por favor.
Él la rechazó fríamente y ella, al notar esa reacción, se ruborizó.
- Me encuentro muy mal. ¿Por qué no me das cariño?
- ¿Qué te ha dicho está tarde el espejo?
Érato no veía con claridad, todo daba vueltas a su alrededor y la voz de Tomás la percibía extraña, como desnivelada en cuanto a tono y timbre, pero había escuchado aquella pregunta y se había asustado. De pronto recordó su rostro mutilado, su ojo sesgado, y buscó rápidamente su reflejo en cualquier botella, en cualquier rincón... pero fue en vano. Tomás, que por supuesto no tenía conocimiento del sueño de Érato, siguió hablando en tono intelectual sobre cosas que se le aparecían por la mente, intentando que sus palabras pareciesen dignas de un interesante pensador:
- Si el reflejo del espejo no muestra lo que deseas, es que ha llegado el momento de cambiar. Tira todo, incluso lo que creas que es de mayor relevancia o importancia. Me pediste un precio para recompensarme, pero no hay dinero suficiente para pagar por lo que me hiciste. Te comportas como una araña que aparece justo antes de que las nubes expriman su jugo sobre nosotros, una araña que busca desesperada un lugar donde cobijarse porque su tela, esa que le hace sentirse un animal tan seguro y superior ante el resto de sus inmundos vecinos, no es capaz de resistir tan siquiera unas míseras gotas de agua, de vida. No, no hay dinero suficiente para pagar por lo que me hiciste, niñata desagradecida y egoísta. Me pediste un precio, y aquí lo tienes. – Concluyó, mostrándole un bote de cualquier medicamento, vacío. – Mi pequeña Musa Onírica, bienvenida: Aquí comienza tu sueño eterno.
Érato salió a duras penas del bar, tambaleándose. Aquella droga ejercía un poder tan grande sobre ella que le era difícil hasta el tan básico hecho de respirar y caminar al mismo tiempo.
Miró hacia la calle principal de la popular zona de bares, pero todos estaban cerrados y la única persona que transitaba La Desolada era un hombre que, en un vehículo, se encargaba de limpiar la ciudad. No es posible que hayan cerrado ya, pensó, no es posible que ya haya pasado tanto tiempo... Su mente había sido violada tan brutalmente que incluso había perdido la noción del tiempo.
Tropezó. Resbaló. Cayó impotente al suelo.
Cayó en un profundo sueño.
Mojada por su gran enemiga la lluvia, se sumió en un profundo y eterno sueño que ni los posteriores truenos, ni el radiante Sol de Julio que la descubriría a la mañana siguiente, lograrían perturbar.














NAFTALINA




Nunca olvidaré la primera vez que la vi. Cada movimiento se mezclaba con sus ojos, de una inexpresividad que asustaba, y una seguridad en sus pasos que afianzaba su imagen de femme fatale. Pero detrás de aquella confianza en sí misma que intentaba evidenciar, yo supe que había algo más. Algo oculto, algo que fácilmente podría ser terrible o incluso repugnante. La verdad es que lo que aquellos oscuros y brillantes ojos se empeñaban en ocultar podía ser cualquier cosa, y, aunque supieron ocultarla, no lograron convencerme de que nada trataban de ocultar. ¿Pero qué era exactamente lo que querían esconder? ¿De qué se escondía aquella mujer?
Durante noches reviví en soledad aquella imagen: hermosa pero sobrecogedora, de largos cabellos oscuros y ondulados. Una Medusa capaz de convertir a los hombres en piedra con sólo una mirada.

- ¿Quién es? – El timbre seguía sonando y Patricia caminaba con frialdad por el pasillo.
- No soy nada. Sin vida. Sin alma. Odiado. Temido. Para el mundo estoy muerto. ¡Escúchame! Soy el monstruo que los seres que viven matarían. *
Patricia giró con apatía el picaporte y, una vez hubo abierto, se apoyó en la puerta sin demasiado entusiasmo y dijo:
- Bienvenido a mi casa. Entre libremente, siéntase cómodo y deje aquí parte de la felicidad que trae consigo... *
- No hace falta que te entusiasmes tanto... - Le respondió irónicamente Francisco, mientras entraba con total confianza en el apartamento de su amiga.
- Es que no entiendo esa manía tuya de hablar con frases literarias.
Francisco percibió que la frialdad de Patricia era más intensa esa mañana, y que sus palabras mecanizadas más tenían que ver con el malestar personal que con la impertinencia que la caracterizaba. Por eso le preguntó que qué le ocurría, aún sabiendo que ella nunca le desvelaría su verdadera preocupación. Maldita piscis, pensaría él, escurridiza e imposible de conocer. De darse a conocer.

Aunque sabía perfectamente que no podía estar allí, no me sentí mal por ello en ningún momento. Además, los policías y demás profesionales relacionados con ese mundo, estaban demasiado concentrados en su trabajo como para preocuparse por un pobre diablo como yo.
Visualicé rápidamente la habitación, tratando de encontrar la personalidad de aquella misteriosa mujer, que, aunque ahora carecía de identidad para mí, más tarde descubriría que se llamaba Elizabeth. Pero todo se me hacía tan complicado...

§ ¿En qué momento un bodegón deja de ser tal y se convierte en una naturaleza muerta?
· ¿Me lo dices o me lo cuentas?- Elizabeth volvió la mirada al
escaparate de la boutique, ensimismada en aquel corpiño gris de extraña opacidad. Nunca entendería las preguntas retóricas de Francisco, ni las impertinencias magentas de su novia Patricia. Nunca se reconocería imperfecta, nunca se vería perfecta. Siempre sola en su mundo, angustiada por el olor a naftalina de su rosácea habitación.
o Nunca tendrás ese corpiño, Lilith...
· ¿Por qué me llamas así? – Elizabeth le hizo esta pregunta a
Patricia sin esperar respuesta. Ensimismada en la fría maniquí que lucía paupérrimamente aquel sublime objeto de deseo.
o Tú no tienes un pecho digno de tal preciosidad.- Prosiguió Patricia, embadurnada
de un aura de envidia camuflada de impertinencia.
§ ¿Tú, cómo lo describirías, Elizabeth, como un bodegón o una naturaleza muerta?– Siguió Francisco, enfrascado en su obsesivo patetismo, animado
por su ignorancia a admitir barbaridades sociales como el homicidio, pero incapaz de sentirse bien consigo mismo cuando una idea absurda le rondaba por la cabeza.
· ¿Por qué me llamas Lilith?
o El corpiño debería ser de alguien con más clase...
§ ¿Bodegón es el macho cabrío convertido en bodega?
· En mi bodega hay un corpiño quemado por la ira.
o La ira de mi vida convive con una Lilith sanguinaria.
§ Si sanguinario es mortecino, el corpiño es maligno.
· Maligno no es un corpiño, es un concepto.
o El concepto de pensar que la femme fatale es algo más que una mujer liberal.
§ Si el maniquí está condenado a estar recluido en un escaparate... ¿Es el maniquí una naturaleza muerta o lo es todo el escaparate?
o Muerta, muerta... Lilith está muerta.
· ¿Pero por qué me llamas Lilith?

Manchas granates coloreaban la habitación, pero, a pesar del fuerte y putrefacto olor de la sangre, me llamó la atención que mi nariz se embriagó de un intenso olor a naftalina. La situación en la que me encontraba en ese momento era de una siniestralidad única. Las manchas de sangre otorgaban a la habitación un aspecto típico de película de terror, e invitaba al espectador a imaginar qué terribles actos se habían perpetrado allí. Pero el hecho de que fueran suaves, transparentes como sensibles manchas de acuarela, y se mezclaran con la ternura del rosa que decoraba casi por completo la habitación, y ese olor... ese penetrante olor a naftalina, dotaba al lugar de una estética que superaba todo lo que había visto y vivido hasta entonces.
Sublime. Cálido. Erótico.

Aquel día, cuando llegó Joel... En mi interior estaba desconcertada, no era capaz de hacerme a la idea de lo que había ocurrido en casa de Elizabeth, pero debía mantenerme fría ante él para que no sospechara absolutamente nada. Sin embargo, aunque la fortaleza exterior siempre había sido una de mis mayores cualidades y Joel era un hombre bastante simple, mi sentimiento de culpabilidad superaba con creces cualquier otro sentimiento. Tenía miedo...

Llegó a casa sin corpiño, riéndose de sí misma y de las conversaciones tan peculiares que mantenía con sus tan poco ordinarios amigos.
Lo primero que hizo fue buscar el nombre de Lilith en la enciclopedia, pero su búsqueda fue en vano. Los libros que componían su biblioteca particular estaban amontonados en la estantería del salón, llenos de polvo y olor a naftalina. Los miró detenidamente, intentando encontrar entre ellos uno que pudiera satisfacer su curiosidad. La metamorfosis de Kafka, las leyendas de Bécquer, Los cien golpes de Melissa.P, Drácula de Bram Stocker, Hierba a la luna... Fue sacándolos uno a uno, primero de forma elegante y delicada para evitar causarles el mínimo daño, pero poco a poco su fallida búsqueda la llevó a la desesperación. Pronto se vio arañando la portada de El Perfume, arrojando con fuerza la historia del arte contra el parqué, la biografía de Dalí y mordiendo con ira las intimistas estrofas de Rosalía de Castro. Páginas entintadas de rojiza sangrecilla se perdían en un montículo de libros corroídos por el polvo y la humedad. Elizabeth, abatida y exhausta, se arrojó al montículo, sintiéndose un desamparado libro más.
Elizabeth se había abandonado a sí misma como en su día abandonó a sus libros. Lo sabía, sabía que Lilith estaba en alguna parte, allí entre sus libros, pues aquel nombre se le hacía familiar, pero no lograba recordar.
Cerró los ojos... cerró los ojos y se concentró en todo aquello que alguna vez le había sido trascendente en su vida. Pero temía que en plena reminiscencia se encontrara con momentos que deseaba no recordar. Con pulsiones inconscientes que le mostraran quién era en realidad. Consigo misma...

¡Los dos estamos hechos del mismo barro, del mismo suspiro! ¿Por qué debo subyacer ante él...?

Yo pertenezco a ese factor de la sociedad indeciso e inseguro que quiere tenerlo todo pero se conforma con poco, y que, teniéndolo todo, no se conforma con nada. Cada día me levantaba pensando si ese sería el día de mi muerte o, si al menos, ese día estallaría, gritaría y me volvería loca. Más loca. Siempre creí que ese día me llegaría pronto... por lo menos creí que sólo me ocurriría a mí. Nunca a Elizabeth.

Sentí evadirme de la superficialidad del mundo, ahogarme dentro de mí, soñando despierto cómo serían las noches con aquella extraña mujer, en aquella casa, embriagados de la imperecedera naftalina.
Yo la había visto antes, sólo una vez. Una única vez que yo trataba de hacer eterna por medio de la mente y la imaginación. Pero yo sabía que nunca podría tenerla realmente y eso me frustraba. Y la odiaba. La odiaba por estar fuera de mi alcance, por besar a aquella mujer que estaba a su lado aquella única vez. Ambigua y perfecta, misteriosa y erótica, ahora también malvada.
Pero yo era ingenuo. Tan ingenuo que me bastó verla una sola vez para someterme a su influjo.

Joel era de carácter muy débil. Se le podía manipular fácilmente, por lo que pensé que no me sería difícil darle la confianza necesaria para destruirle.
Me visitó una noche de abril, hace un par de años, pasados unos días desde la “imprudencia” de Elizabeth. Por aquel entonces, yo ya vivía sola, pero con miedo, y por eso los pocos amigos que tenía solían avisarme antes de venir. Todos salvo Francisco, de quien no volvería a tener noticias.
- ¿Patricia? – Aquel personaje seguía golpeando la puerta con los puños, pero yo no quería abrir a nadie. Aún sentía mis manos sucias y mi piel aún olía a aquella extraña mezcla de sangre y naftalina. – Ábrame, sé que está ahí dentro y no me iré hasta que... ¡Abra la puerta! – Fantástico, ni siquiera sabe hablar, pensé mientras me frotaba todo el cuerpo violentamente con el guante de crin. Pero aún sentía aquel olor... me sentía tan mal que me hubiera desollado con tal de deshacerme de las partículas de naftalina. Y pensé que la muerte de las polillas es el suicidio tras un chute involuntario de ese terrible producto.
Me rocié con lejía, con alcohol, con todo tipo de perfumes... ¡Pero no lograba despojarme de aquella terrible mezcla de sangre y naftalina! Abatida, me tapé con una toalla rosa y me dirigí a la puerta de madera mortecina.


Despertó con los síntomas típicos de una resaca monumental. Le dolía todo el cuerpo, pero en especial le resultaba irritante el escozor que producían las yagas de sus dedos. Se recompuso lentamente sobre aquel montículo bibliotecario e intentó recordar cómo había llegado allí. Elizabeth era mujer de mal despertar y el día que no lo hacía de mal humor le costaba una eternidad regresar al mundo de la vigilia. Sentada, cogió un libro al azar y observó con detenimiento la portada: Torah: Preceptos judaicos del Antiguo Testamento.
Elizabeth ni siquiera recordaba que tenía aquel libro, si se lo regalaron o dónde lo compró, si lo compró... ¿Qué hacía un libro de doctrinas judías en sus manos? De doctrinas de cualquier carácter religioso, pues ella no se encontraba integrada en ninguna tendencia sectaria. No obstante, le entró la curiosidad de saber qué escondían las páginas de aquella obra y optó por echarle un vistazo que, en principio, pretendía ser rápido.

Deseaba con todas sus fuerzas lograr que su destino, y el del resto de las mujeres que poblarían más tarde aquel recién creado planeta, no se basara en estar por debajo del hombre, sino a la misma altura o ¿por qué no? Por encima...

Al ver que Patricia no le hacía ningún caso, decidió irse de su casa y visitar a Elizabeth, deseando encontrar en ella el afecto que no recibía de la otra. Sabía que llegar a Elizabeth también era difícil, sobre todo por su amnésica personalidad, pero ella nunca había sido borde con él. Nunca le había reprochado su forma de ser.
Estuvo un buen rato llamando a la puerta antes de que Elizabeth se decidiese a abrir.
- ¿Quién eres? – Le preguntó ella.
- ¿Otro ataque de ansiedad? – Le preguntó él al ver sus manos sangrantes.- Elizabeth, soy yo, Francisco.
Elizabeth sacudió la cabeza e hizo un gesto con la mano, como diciendo “ya sabes cómo soy”.

Estuvimos bastante tiempo sin hablar. Sentados uno frente al otro, yo en el sofá del salón y él a unos dos metros de distancia, en una silla que más que de asiento servía como criadero de polvo. Yo notaba que me miraba de una forma extraña y temía que eso se debiera a mi delatador olor. La verdad es que ahora pienso que su mirada se debía a que yo, empapada, estaba simplemente arropada por una toalla. Pero aquel día no era capaz de pensar cosas demasiado simples.
- ¿Qué desea? – Le pregunte, perturbando aquel silencio tan inexorable.
La verdad, respondió él. Simplemente la verdad, repitió mi hiriente mentalidad.
- ¿A qué se refiere?
- A la sangre, a las acuarelas infantiles, a la vida en general. A la soledad, al olor que te ruboriza, a las canciones que te hieren, a los hechos, a la verdadera muerte de las polillas. A la naftalina que se mezcla con tu rosa protector.

... y huyó en busca de su independencia. Corrió, corrió hacia el Este, huyendo del proteccionismo obsesivo de Adán, huyendo de la autoridad divina...

Me puse nerviosa. Sus palabras entraron en mí por cada poro de mi sucia pero desinfectada piel. Moví la cabeza de un lado a otro, sacudiendo mi húmeda cabellera negra. Rápido, rápido, rápido. La sacudí, intentando con ello despojarme de cada concepto que se aparecía en mi mente como punzantes puñaladas, tratando de controlarme, deseando algo que no lograba comprender... y entonces comprendí que el día que en que había estado pensando durante todas las mañanas de mi vida había llegado.
Grité, grité como una posesa, y me despojé de la maldita toalla creyendo que así me liberaría.
De mí misma. De Elizabeth. De la vida. ¡De la perversa naftalina!
Recuerdo que él intentó calmarme con sus brazos, pero no lo consiguió. Es más, le inyecté mi locura, le obligué a fundirse en mí. Me retorció el brazo izquierdo para imposibilitar mi movilidad y me obligó a sentarme en el sofá. Aún recuerdo cómo me mordió en los brazos. Yo le empujaba, le golpeaba con mis piernas. Él gritaba y me azotaba, pero no violentamente, sino como se azota a los niños que han cometido una travesura.
Reír, reír, reír... Reí. Reí como nunca antes había reído y él también río. Reímos.
Pensé que estaba loca... y eso me hacía feliz.

- He tenido un incidente con los libros. –Y se rió estrepitosamente mientras caminaba hacia el salón.
Francisco miró el montículo de libros sin mostrar ningún tipo de emoción y luego desvió la vista hacia un libro que estaba abierto sobre la mesa central.
- ¿Has estado leyendo el Torah?
- Sí, pero yo no soy Lilith. ¡Alicia está loca!
- Patricia.- Le corrigió él, mientras leía con poca atención algún que otro pasaje del Génesis. - Hoy estás peor que nunca, Elizabeth... ¡Dios, qué chute de naftalina!
- A mí me gusta, además repele a las polillas.
- ¡Las induce al suicidio! – Exclamó él, antes de sumirse en un torrente de carcajadas. Pero después se puso serio. Demasiado serio. – Elizabeth, he venido a confesarte algo.
- Seguramente lo olvidaré pronto. – Dijo ella, bajando la cabeza con vehemencia.
- Mejor. – Susurró él.

Pensé que estaba loco y eso me hizo sentir bien. Siempre había sido un chico bastante reprimido y tenía miedo de que aquella represión radicara algún día en descontrol y enajenación, pero aquel día con Patricia lo vi todo tan claro... O quizá no, ¡qué paradoja! La verdad es que estaba completamente desconcertado, pero, no sé... me gustó aquella sensación.
Una vez más, bajo el influjo de una mujer. Eso me hirió el orgullo y por eso quise lastimarla, incluso se me pasó por la mente la idea de violarla o matarla. Pero yo soy débil y ella era tan...
Aquella humedad en su piel, aquel olor a naftalina y su rosada toalla. Verla a ella era como ver la habitación de Elizabeth y eso me resultaba excitante.
Cuando dejamos de reír ella comenzó a llorar y me confesó que se había portado muy mal.
Yo no tenía fuerzas para consolarla, sentía que me había quedado mudo y además me sentía ruin por querer besarla.
¿Cómo es besar a la amante de tu novia platónica?
- He estado en casa de tu amiga... – Dije, cuando me hube repuesto de mi fantasía. Ella, por su parte, dejó súbitamente de sollozar y me miró aterrada.
Sólo consiguió preguntarme si era policía. Yo se lo negué. Ella respiró aliviada. Qué eres, me preguntó. Un curioso, respondí. Qué has visto, me preguntó. A ti, le respondí.
Patricia me confesó que mantenía una relación a dos bandas con Francisco, un tipo bastante
peculiar, según me describió ella, y Elizabeth, una chica cuyo mayor distintivo era una extraña falta de memoria. Patricia me comentó que el día que la conoció se enamoró perdidamente de ella. De ella y su memoria de pez. También la envidiaba, y la odiaba por el simple hecho de que sabía que nunca lograría conocerla del todo, pues había veces que ni la propia Elizabeth era consciente de sí misma.

“Lilith, el ‘alter ego’ judío de Eva. La radical, la ‘femme fatale’ por excelencia. Lilith.
‘¿Por qué, si estamos hechos del mismo barro y el mismo suspiro...? Dime una sola razón por la que deba someterme a Adán.’
El Creador no quiso contestar a tal pregunta. Pero ella no quiso darse por vencida, y huyó en busca de su independencia. Corrió, corrió hacia el Este, huyendo del proteccionismo excesivo de Adán, huyendo de la autoridad divina. Huyendo del supuesto Paraíso.
Lejos, se encontró a Sammael: progresista liberal que se dignó a conocerla.
Huyó con él hacia las Tinieblas, en donde más tarde se convertiría en la única y todopoderosa Diosa del Infierno.”

Fue como si la escuchase dentro de mi mente, reclamando mi presencia, suplicándome que la ayudara. Por eso fui aquella tarde a su casa.
El olor a naftalina era más intenso que nunca y el rosa de las paredes se intensificó con la potente luz que proyectaba el sol de abril. Me dirigí a su habitación, guiada por los gritos, y allí me la encontré, tan bonita y delicada como siempre, empapada en sangre y alcanfor.
Me preguntó que si la quería y yo le respondí que sí, pero mi afirmación fue bloqueada por los insoportables gritos de Francisco. Él dice que no, siguió diciendo ella, acurrucada en una esquina y rodeada de bolitas y más bolitas de naftaleno.
Al otro lado de la habitación se encontraba Francisco, atado en una silla, agonizando de dolor. En su tronco brotaba sangre de una multitud de cortes que componían el dibujo de una polilla.
- ¡Elizabeth, eres una artista! – Exclamé, intentando que mis palabras de aprobación evitaran que
ella optara por matar al único amigo que tenía. Después, me alejé de su lado paulatinamente y me acerqué a Francisco, a quien despojé de sus ataduras. Me empapé de su sangre y me sentí parte de él, pero debía reprimir mis sentimientos para no enojar a Elizabeth, que ahora estaba de pie, mirándome con aquella mirada inexpresiva que un día me enamoró.
Me alejé con Francisco hacia la salida de ese apartamento y su terrible olor a naftalina. Cuando ya estábamos en la puerta, Elizabeth se acercó lentamente, hierática como un fantasma, y, si no fuera porque escuchaba sus suaves pasos sobre el parqué, habría jurado que en lugar de caminar flotaba. Aquella sería la última vez que viera su mirada.
Salí de allí sosteniendo a duras penas a Francisco. Desconcertada porque deseaba volver allí y estar con Elizabeth, porque la amaba a pesar de todo.

Esa inseguridad, esa envidia, ese desconcierto que le infundía inconscientemente Elizabeth a Patricia, llevó a esta última a recurrir a Francisco. Ambos se aprovecharon de la debilidad de su amiga para dar rienda suelta a una pasión, y se divertían confundiéndola con frases incoherentes que agravaban su débil estado emocional. Elizabeth sólo era un títere.
A mí me daba pena saber eso. Yo no quería que Elizabeth fuera así, no quería saberlo. Prefería inventármela fuerte y segura, como la Medusa que un día, aquel día, me mostró su presencia. No, Elizabeth no era una loca... Elizabeth era mi musa, mi fantasía, mi novia platónica.

Pasó el tiempo y no volvimos a saber de ella. Ni rastro, ninguna pista, nada... hasta que un melancólico domingo de septiembre, mientras intentaba averiguar cuándo un bodegón deja de ser tal para convertirse en una naturaleza muerta, el impertinente sonido del teléfono me sorprendió.
- Patricia, ¿Por qué me llamas Lilith?

* Drácula, Bram Stoker, 1897

MISI


El viento entraba por las rendijas de la persiana y el frío invadió el cuerpo de Misi, que seguía tirada en el suelo de su habitación, tal y como la había dejado Fran. No quería llorar, ni tampoco gritar. No quería nada. La verdad es que ya había perdido toda esperanza. Creía que nunca podría salir de aquella prisión y pensó que si se moría en ese preciso instante no le importaría lo más mínimo. Ya todo daba igual...
Se levantó muy despacio y, lentamente, se dirigió al espejo de la pared: Sus ojos estaban enrojecidos por no dormir y contrastaban con el morado de sus ojeras. La nariz, hinchada para no variar y con restos de sangre que no merecía la pena limpiar, y el labio inferior abierto en un lateral. Su imagen era pésima, y su pelo, alborotado y sucio daba una sensación de asco y malestar visual. Cómo he terminado así, pensó mientras se dirigía al armario, el cual le mostró una colección de prendas que tan pocas veces se ponía. Rebuscó entre la ropa hasta encontrar el vestido negro que llevaba la noche que conoció a Fran. Una vez encontrado, se dirigió con él hacia la cocina y con las tijeras de la pesca comenzó a rasgarlo con rabia, con tanta violencia que terminó hiriéndose ella misma las manos. El vestido, desgarrado y manchado de la sangre de Misi parecía más obra de un psicópata que de una víctima. Pero Misi no quería sentirse una víctima y, aprovechando que Fran tardaría en volver, volvió a la habitación y del cajón de su mesilla eligió su conjunto de ropa interior más bonito y, de su armario, su prenda preferida. Fue con todo ello al baño, se encerró, se desnudó, miró su cuerpo en el espejo y dijo en voz alta y con una sonrisa que dañaba su labio herido: Misi, eres perfecta.
Sentía el agua cálida sobre su piel y se sentía protegida, acariciaba su pelo y se sentía deseada... Después, masajeó todo su cuerpo con crema, se puso las medias moradas, la minifalda negra y la camiseta de tirantes morada. Con mucha espuma y con ayuda del secador, se arregló el pelo, transformándolo en una hermosa melena rizada, y se maquilló: Corrigió esas terribles ojeras, disimuló con carmín la herida del labio y con rimel le dio a sus ojos una mirada misteriosa y cautivadora.
Para terminar, volvió a su habitación, se puso aquellas botas blancas de tacón que tenía abandonadas en una caja encima del armario, se puso la cazadora de cuero negra y salió de casa con la tarjeta de crédito, sus pocos ahorros y su seguridad, que valía millones. Una vez cerrada la puerta por fuera se juró a sí misma que nunca jamás volvería a entrar allí y, nada más salir a la calle se dirigió a un contenedor y tiró las llaves.
No sabía dónde ir, se veía sola en el mundo y sin nada. No tenía nada ni a nadie... y de pronto le entró el pánico: ¿Y si Fran la encontraba? No podía permitir que eso ocurriese... Ella misma sabía mejor que nadie que Fran era capaz de matarla.
Siguió caminando sin rumbo a pesar de los pensamientos que residían en su mente, hasta llegar a un pequeño bar ubicado en un barrio oscuro y cerrado en el cual predominaban unas viviendas de desgastadas fachadas y persianas rotas. El bar en sí era muy estrecho y oscuro. De fondo sonaba una canción de Texas que la trasladó al año mil novecientos noventa y siete, cuando ella tenía dieciséis años y salía por la noche con sus amigos los fines de semana. Aquellos si que eran buenos tiempos, pensó Misi, parecía que una tontería era el fin del mundo... y ahora el fin del mundo me parece una tontería. Mientras saboreaba aquel café quemado y amargo, pensó en aquellos amigos suyos. Qué habría sido de ellos... hacía tanto tiempo que no mantenía contacto con ninguno de ellos... Aquel fue el último curso en el instituto. Después, en verano, Misi se puso a trabajar para ayudar económicamente a su familia. Al finalizar el verano decidió independizarse de sus padres y fue a la ciudad a buscarse la vida por su cuenta. Tenía tantas ganas de vivir, tantas ganas de ser libre... Luego apareció Fran. Fue casi por casualidad: Misi se sentía muy sola en aquella gran ciudad en la cual no conocía a nadie y por eso una noche de viernes decidió salir a tomar algo. Tenía ganas de conocer gente nueva, así que se puso su precioso vestido negro y se dirigió al centro. Entró al bar de moda y se acercó a la barra a pedir un cubata. Se percató entonces de que un chico bastante atractivo la estaba mirando. Fran era muy atractivo, moreno de ojos verdes, muy alto. Se conocieron y al poco tiempo empezaron a salir. Misi era muy feliz con él, era perfecto, pensó, tan atento, tan amable, tan detallista... tan posesivo. Al cabo de unos meses decidieron irse a vivir juntos y poco después comenzó la pesadilla: los celos de Fran comenzaron a parecer enfermizos y poco a poco fue dejando ver su agresividad. Se alteraba por las pequeñas cosas y discutía con Misi cada dos por tres. No le apetecía hacer nada. A Misi le daba miedo caer en la monotonía pero supuso que esos cambios serían algo normal, después de todo era la primera vez que convivía con alguien y por eso decidió tener paciencia y esperar a que el carácter de Fran volviera a la normalidad. Además le quería tanto... Pero Fran nunca volvió a ser aquel chico que la cautivó aquel viernes en aquel bar. Si no todo lo contrario: al cabo de un tiempo comenzaron las palizas, las continuas agresiones... hasta que llegó un punto en el que Misi se sentía tan insignificante e inútil que creyó ser de su propiedad. Cada día que pasaba era una eternidad, se iba rompiendo por dentro y eso se notaba por fuera. Solo salía a la calle para hacer la compra de vez en cuando, aunque se tiraba incluso semanas encerrada sin apenas comer nada. Con apenas veinte años se sentía tan vieja, tan sucia, tan muerta...
Sentada en aquel bar, en aquel remoto barrio, con ese café, con Texas... Aún no se terminaba de creer que hubiera conseguido salir de aquella casa, que hubiese sido tan valiente...
Pagó aquel asqueroso café y salió de aquel antro rumbo a ninguna parte.
Miraba al cielo y pensaba en lo insignificante que parecía todo, miraba al suelo y se sentía grande y superior, miraba al frente y pensaba: adelante.
Se sentía observada por todo el mundo y eso le daba miedo, creía que alguien la reconocería y la delataría a Fran. Sin embargo, no se derrumbó, y siguió caminando...
Estaba débil, pero se sentía invencible; los tacones le hacían daño en los pies, pero no quería dejar de caminar; no sabía dónde ir, pero no importaba, solo quería huir...
Cerró los ojos un momento y siguió caminando a ciegas, sintiendo el viento en su piel, sintiéndose libre y viva.
Pronto llegó a un barrio antiguo y descuidado de la ciudad. En él predominaban los bares (por no llamarlos antros) oscuros, las esquinas de la lujuria, las aceras de la miseria, las casas de las familias irreparables... el fin del mundo.
Cualquier recoveco de esa zona le causaba desconfianza y temor al mismo tiempo, pero se había jurado a sí misma no retroceder jamás. Así que se decidió a entrar en uno de los bares. Para acceder a él, debía bajar unas veinte escaleras sobre las cuales colgaba un cartel que decía “El infierno empieza aquí”. Llegó abajo y se percató de que no había absolutamente nadie: nadie en la barra, nadie en las mesas... El silencio era aterrador y solo un póster de Marilyn Manson que oscilaba en la pared del fondo lo desafiaba.
Misi notó que el mero hecho de respirar ya se hacía difícil ahí abajo: el ambiente estaba muy cargado, era húmedo y muy cálido. Daba la terrible sensación de que faltaba el oxigeno, y pronto se dio cuenta de que no había ni una miserable ventana. Sin embargo, el póster seguía moviéndose de derecha a izquierda, cada vez más y más deprisa, más y más deprisa... Oyó entonces unos golpecitos suaves que provenían, también, de la pared del fondo. Eran similares al trote de un caballo, pero muchísimo más suave... En medio de la angustia que aquella situación le producía, Misi recordó con anhelo su infancia, cuando su padre la llevó al hipódromo a ver los caballos. Como, a pesar de que estaban allí en contra de su voluntad, le infundían una libertad enorme. Aquellos golpecitos no cesaban, y, al igual que el movimiento del póster, comenzaron a aumentar de velocidad e intensidad. Tacatá, tacatá, tacatá... como si alguien estuviera golpeando sus dedos contra una mesa... Pero allí no había nadie. El póster no paraba, su movimiento mareaba, aquel sonido la desquiciaba, tacatá, tacatá, tatá, tatá... Y de pronto aparecieron: salían todas juntas de debajo del póster, eran tan grandes... se amontonaban, subían unas encima de las otras, se caían... y no dejaban de salir y salir. Arañas. Grandes, negras, con unas patas enormes que movían con tanta elegancia... salían tantas... Era científicamente imposible... Misi creyó haberse vuelto loca cuando vio que, cuando caían al suelo, se convertían en una mancha negra sobre el suelo granate. Cada vez caían más arañas, y la mancha iba haciéndose más grande. Una mancha que iba cobrando una forma triangular a medida que iban cayendo más arañas. Un triángulo cuyo extremo se iba acercando a ella. Misi no podía moverse, estaba alucinada, aterrada... pero, al mismo tiempo, aquello le parecía bonito, sublime... No deseaba salir de allí.
El triángulo se acercaba cada vez más a Misi, hasta que llegó a tocar sus pies. De pronto, Misi sintió algo muy extraño en su interior, como si la sangre que corría por sus venas hubiera cambiado. La notaba circular por cada vaso sanguíneo que recorría su cuerpo, la notaba fría, rápida. Mientras tanto, la sombra iba subiendo por su cuerpo a medida que iba cambiando su aspecto: unas botas negras y altas hasta las rodillas, con un tacón de infarto y de un material satinado; un vestido asimétrico que por la izquierda caía hasta la mitad de su muslo y, por la derecha caía a ras del suelo; con un escote de palabra de honor que jamás se hubiera atrevido a enseñar, unos guantes negros que le cubrían hasta los codos pero no sus dedos, que dejaban ver unas uñas negras y largas perfectamente cuidadas; una gargantilla negra resaltaba su precioso cuello, un carmín rojo sangre hacía sus labios irresistibles, una sombra negra convertía su mirada tímida en misteriosa y provocativa. Sobre sus hombros caía una larga melena negra y lisa con casuales mechas rojas. A medida que la sombra la cubría, ella se sentía en estado de éxtasis, gritando y abriendo los brazos hacia el cielo en manifestación de la libertad que nunca había logrado con Fran. Como la libertad que la inundaba ahora. Una vez terminada la transformación, Misi cogió aire con seguridad y caminó totalmente erguida y sin mirar a ningún lado más que el póster de Marilyn. Caminó hacia él, que seguía oscilando. Una vez en frente suyo, lo miró desafiante durante unos segundos y, después, lo arrancó violentamente. En su lugar apareció un agujero del cual seguían saliendo unas pocas arañas. Las apartó sin recelo y miró a través del orificio. Ojos, ojos rojos la miraban. Voces, murmullos que le decían: “La vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía con el universo”. Atraída por aquellas extrañas miradas y aquellas palabras fugaces, comenzó a agrandar el boquete con sus propias manos, sangrando, pero sin sentir dolor... Una vez el agujero fue lo suficientemente grande, se decidió a entrar. La nueva habitación se iluminó mediante velas que iban encendiéndose paulatinamente por los bordes de la sala, en el suelo. Al ver la sangre que corría por las manos de Misi, una mujer joven y bastante atractiva se acercó a ella y comenzó a lamérselas lascivamente y, poco después la besó apasionadamente en los labios. Misi era consciente de que aquello estaba totalmente fuera de lo común, pero no le desconcertaba, le hacía sentirse bien.
Unas treinta personas estaban dentro de la habitación. Todos ellos poseían unos ojos rojos que hipnotizaban y una piel tan pálida que resultaba realmente erótica.
La chica que la había recibido tan efusivamente le dijo:
- No sabes por qué has llegado hasta aquí. Sabes qué somos pero no te atreves a reconocerlo. Una parte de ti dice que esto no está bien, pero tu otra parte dice que es lo mejor que te ha pasado en estos últimos años. Misi, eres libre... eres invencible. Ese desgraciado no es nada a tu lado, aunque haya intentado hacerte creer lo contrario. Tienes el poder, tienes el poder de hacerle sufrir como él te ha hecho sufrir a ti. Tienes el poder de hacer lo que quieras. ¡Eres libre!
Salió de allí decididamente, haciendo sonar sus tacones sobre el suelo granate en el cual seguía aún impresa la enorme sombra negra y triangular. Subió las escaleras, sobre las cuales ahora el cartel decía: “Aquí empieza tu venganza”.
Caminó a través de las calles de aquel barrio que en un principio le pareció desagradable, pero que ahora le parecía reconfortante, y siguió andando bajo la atenta mirada de la gente.
Llegó de nuevo al bar en el cual escuchó a Texas unas horas antes, y entró a tomarse otro café.
El camarero, un hombre de unos sesenta años pero muy vital, la reconoció y le hizo unas señas a una mujer de unos treinta, guapa, pero con un aspecto un poco desaliñado. Al darse cuenta de que estaban pendientes de ella, Misi preguntó seriamente si había algún problema. A lo que el hombre mayor le respondió: - ...V... no, solo comentaba con Linda tu cambio de look, je je. –
-¿Linda?- Preguntó Misi con indiferencia.
- Sí, es mi hija.
- Sí, hola.¿Vienes mucho por aquí?– Le preguntó Linda interesándose por ella.
- No.- Contestó fríamente.
- La primera vez que vino fue esta tarde. Tú también estabas.- Le respondió el hombre mayor a su hija, como si Misi no estuviera. – Perdona- Refiriéndose a ella- Yo no me he presentado... Soy Antonio.- El hombre le tendió la mano a la chica, y ésta, educadamente también fue a dársela, pero al ver que Antonio miró con sorpresa y retraimiento las heridas abiertas que cubrían gran parte de su mano, la apartó apresuradamente.
- Mi nombre es Misi.
- ¿Qué...demonios? – Gritó Linda, a la vez que tiraba al suelo el taburete en el cual estaba sentada. -¡Déjame ver eso!
- ¡No es nada! Unos arañazos que me hice... Me caí, simplemente.
- Están muy abiertos ¡y sin restos de sangre!- Exclamó Linda.
- Me los lavé... no sé tú, pero yo suelo desinfectarme las heridas...- Le dijo Misi, con un tono que pendía entre la ironía y el temor, mientras ocultaba sus manos entre sí mismas.
Linda se dio la vuelta y fue hacia la barra. Entró y, de ahí, fue hacia una puerta que estaba al fondo y que daba entrada a la cocina. Al llegar al umbral se volvió hacia su padre, señaló a Misi e hizo un gesto con la cabeza; indicándole que la echara de allí. Antonio, que era muy amable, no entendió muy bien el comportamiento de Linda y como, pese a las apariencias, Misi no le parecía una amenaza, decidió dejar las cosas como estaban y hacer caso omiso a Linda. Misi, que se percató de lo que allí estaba ocurriendo, se levantó del taburete y, con paso decidido, se dirigió hacia la cocina.
-¡Eh! No puedes entrar ahí.- Le advirtió Antonio.
Misi giró la cabeza hacia él, le sonrió y siguió su camino. Allí, en la cocina, Linda estaba apoyada en la pared, de espaldas a la puerta y fumando con nerviosismo.
- No deberías fumar aquí.- Le dijo Misi.
Al oír su voz, Linda se giró sobresaltada y retrocedió un par de pasos. Misi, al ver aquella reacción, se rió y comenzó a caminar hacia Linda, hasta dejarla entre ella y la pared.
Se acercó a su cuello e hizo amago de morderle: - ¿Me tienes miedo?- La respiración de Linda se hizo más fuerte y a Misi le pareció un hecho simpático.- ¿Estás nerviosa...?
- ¿Qué quieres de mí?-
- Estoy tan cerca de ti que casi puedo escuchar tus pensamientos...- Misi cerró los ojos y empezó a susurrarle al oído: - Piensas que estoy loca, piensas que te quiero matar... y eso no quieres tú ¿verdad? Tú querrías otra cosa...- Misi le agarró del cuello de la camisa y la llevó hacia una silla, en donde ella, obediente, se sentó. A continuación, Misi se sentó sobre Linda y empezó a lamerle el cuello.
- ¿Qué haces?- Linda estaba cada vez más desconcertada.
- ¡Calla!- Y comenzó a besarle con intensidad, con fuerza, con pasión... - ¿Me ayudarás?
- Depende.
- A matar a mi novio.
- ¿Qué?- Se levantó sobresaltada, apartando bruscamente a Misi. – Sabía que no eras de fiar...- Sabía que lo que Misi le había pedido no estaba bien, pero por alguna extraña razón, se le hacía imposible contradecirla. Aquellos ojos negros la miraban fijamente, infundiéndole sometimiento y compasión.
Salieron del bar apresuradamente, sin despedirse de Antonio, que cada vez estaba más alucinado.
Linda intentaba llevar el paso de Misi, que caminaba con rapidez por las calles mojadas y asquerosas de aquella triste ciudad.
De esta manera llegaron al portal del bloque en el cual Misi y Fran vivían. Pero justo en el momento en que ésta decidió entrar, recordó que aquella mañana había tirado las llaves a la basura y, más importante aún: Se había jurado a sí misma que nunca jamás entraría en esa casa. Así que se dio la vuelta y caminó.
- ¿No dijiste que era aquí?- Le preguntó Linda.
-Y así es pero... – Se sentó en un banco cercano y miró a la carretera. Los coches iban, venían, iban, venían... – Mira, esta tarde aprendí que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía con el universo. Mi vida está llena de momentos fugaces que recuerdo con anhelo. Recuerdos que me hacen saber la vida tan maravillosa que he llevado... hasta que conocí a Fran, claro. Pero a ver, ¿Qué coño es Fran? ¡No es nada! Hoy he salido de esa prisión, me he encaminado hacia el mismísimo Infierno e, incluso allí, me han tratado mejor que él. Hoy me he dado cuenta de que no estoy sola, que soy joven y que tengo poder. Tengo poder para vivir en libertad, tengo poder para decidir, para querer, para ser querida... Nunca jamás volveré a tener miedo, Linda, nunca.
- Vale, pues si has acabado ya con esa estúpida teoría filosófica acerca del infierno y esas tonterías de los momentos fugaces, yo me piro. Ala.- Y diciendo esto, se dio la vuelta y se marchó.
Poco después, paró el autobús urbano y, como no tenía nada que perder, Misi subió en él. Se sentó atrás del todo y miró a través de la ventana. Fuera se veían parejas, amigos, vagabundos, trabajadores... y ella se sentía tan perdida... No sabía cuál era su sitio y estaba convencida de que nunca lo encontraría. No se veía capaz de integrarse en ningún grupo de amigos: era tan tímida que llegaba a parecer borde, arisca y hostil. Sus antiguas amistades desaparecieron de su vida poco después de irse a vivir con Fran... Había estado siendo marioneta de un hombre durante dos años que habían parecido una eternidad.
Última parada. Misi se baja. Ya no es la chica segura de sí misma que salió aquella tarde del Infierno. Es la chica aterrada e insegura que salió aquella mañana de su propio infierno. Camina con la cabeza baja, haciendo sonar el enorme tacón negro sobre el asfalto. El viento la hace sentir existente, pero no viva. Misi mira al frente: El Infierno. Y en la entrada una chica que le dice: - Está dentro. Mátalo.

UN VAGO RECUERDO SIN IMPORTANCIA

Miró hacia el techo y vio que aún estaba aquella dichosa gotera que acompañaba sus momentos de soledad cuando sólo era una niña. Por aquel entonces la odiaba con todas sus fuerzas, aquella maldita mancha de humedad que cubría gran parte del techo, pero ahora le gustaba. Cerró los ojos e inhaló profundamente aquel espeso olor, transportándose a su infancia, viéndose allí, sentada en el suelo, con la cabeza gacha, sintiendo una dolorosa ira en su interior, muerta de miedo, con los ojos cálidos y dibujando extrañezas en el parqué con el odioso pintalabios rojo de su madre. Las niñas de ocho años no deberían hacer esas cosas. Pero Alexia siempre fue una niña solitaria, más bien una amante de la soledad. Le gustaba sufrir, contener las lágrimas para sentir como ardían sus ojos, aquellos ojitos verdes. La soledad no es lugar para las niñas de ocho años.
La gente entraba y salía de allí. Aunque parecían tristes, Alexia estaba convencida de que sólo iban allí movidos por el morbo, por la atracción que les infundía el ver un cuerpo ahorcado. Y, más aún, si aquel cuerpo pertenecía a una joven de veintiún años, una bellísima chica de veintiún años. Eva estaba perfecta, incluso muerta era envidiada por Alexia. Eva estaba perfecta. Alexia nunca hubiera imaginado que un cuerpo se tensara hasta tal punto cuando era ahorcado.
Aquella imagen era terrible, pero Eva estaba bellísima.
Lo sublime es cautivador, lo sublime te atrapa, te aterra, te atrae... Lo sublime es cautivador. Eva era sublime.
* * *
- ¡Ales! ¡Ales! – Eva corría detrás de Alexia, con las manos embadurnadas del chocolate blanco que chorreaba derretido de aquel poco apetitoso bollo industrial que sostenía con gran ansiedad.
- Equis, equis, equis. – Murmuró a regañadientes Alexia, pero no demasiado bajo, para que Eva pudiese oírla.
- ¿Qué equis? ¿Qué dices? – Eva lamió uno a uno los chocolateados dedos de su mano derecha mientras sostenía el gran bollo con la izquierda.
- Equis, Eva, que a ver si aprendes de una vez a pronunciarla. Mi nombre es Alexia, no Alesia.
- Vale, vale... – Dijo con la boca llena. - ¿Falta mucho?
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eran amigas desde que iban al colegio y desde entonces siempre se habían tenido incondicionalmente la una a la otra, pero Álex ya se estaba cansando de su imperecedera ingenuidad y falta de madurez. Cuando eran unas alocadas adolescentes de instituto era divertido, pero con veinte años ya era una patética forma de pensar, de ser y de actuar.
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eva lo está pasando realmente mal, pensó Alexia, lo ocurrido con Héctor ha sido un durísimo golpe para ella. Álex, paciencia.
- ¿Quieres? – Le preguntó Eva, enseñándole aquel bollo como si de un exquisito manjar se tratara. La cara que puso Alexia sirvió de respuesta. – Tú te lo pierdes. Oye, ¿A dónde vamos?
Álex suspiró y dijo:
- A la sala Amós Salvador. Quiero que veas una exposición muy buena que hay ahora. Es de dibujos surrealistas acerca de la mujer. Fui ayer y me gustó mucho, he pensado que a ti también te gustará.
- ¿Hasta allí? ¡Pero si está lejísimos! Además, no me apetece, ¿Por qué no vamos a tomar algo y punto, como la gente normal?
- ¿Qué? Tía, te va a gustar, ya verás.- Alexia se frustró, sólo intentaba agradar a su deprimida amiga y ella no hacía más que comportarse como una niñata caprichosa y desagradecida.
- Me voy a casa.
- ¡Pues que te lo pases bien!- Dicho esto cambió el rumbo que estaba siguiendo y caminó deprisa para que Eva no la siguiese. Eva nunca se esforzaba por nada.
* * *
- ¡Álex! – Alexia levantó la cabeza y dejó a un lado su única preocupación en ese momento: hacer bailar una copa vacía de cualquier bebida, en la mesa de una terraza de cualquier bar. Ante ella, imponente pero simpático, Héctor.
Alexia sintió algo muy extraño cuando le vio. No era miedo, ella no tenía por qué temerle; tampoco era sorpresa, ella no era de las que se sorprendían fácilmente; y no eran nervios, para nada le ponía nerviosa aquella persona. Aquel personaje.
- Ah, hola Héctor– Dijo fríamente sin tan siquiera levantarse de la silla. - ¿Qué tal?
Mientras él le contestaba lo típico y le argumentaba de manera vulgar y poco creíble lo mucho que añoraba y quería a Eva, ella se amarró fuertemente a su bolso y se levantó de la silla.
- ¿Le dirás algo a Eva? Yo la quiero, Álex, no te puedes ni imaginar lo mal que estoy.
Alexia le miró a través de sus oscuras gafas de sol un momento y luego dijo:
- Pues si tanto la quieres, como tú dices, te aconsejo que la dejes en paz. Es lo mejor para ella.
- Pero ella me llama y...
- ¿Que ella te llama? No me vengas con hostias, Héctor, que nos conocemos.
Además, ya sabemos muy bien lo que ocurrió. Eva no es tonta, no te engañes, no creo que te llame después de... ¡Me das asco! – Alexia estalló. Nunca podría entender
cómo alguien podía ser así. Cómo alguien podía ser tan ruin y despreciable, como se podía carecer tan fácilmente de sentimientos y de razonamiento.
- ¿Y qué tal está?
Alexia ya estaba a más de un metro de distancia de la mesa cuando oyó aquella pregunta. Se volvió hacia él, le miró fijamente y le dijo:
- Por lo menos te has dignado a preguntármelo. No muy bien, la verdad, pero lo estará.
- Seguro que ahora se pasará el día devorando chocolate... – Héctor sonrió. – Siempre lo hace cuando está depre.- Se puso serio súbitamente. -¿Se va a...?
- ¿A operarse? Sí, bueno no sé, se lo está pensando, pero ya me encargaré yo misma de convencerla para que lo haga.
- ¿Qué? Álex, no. Álex, sabes muy bien que...
- ¿Qué? ¿Que a ti no te gusta? ¿Que a ti no te gustan las mujeres si no tienen dos tetas? – Alexia no lo soportaba, no podía. No era capaz de comprender aquella forma tan machista y arcaica de pensar de Héctor. Y, menos aún, teniendo en cuenta que la vida de Eva estaba en peligro. – Héctor, es un cáncer, estas cosas no se pueden tomar a la ligera… ¿Por qué no entiendes… por qué coño no te quieres hacer a la idea de que si no se opera…? No sé cómo tienes la cara, encima, de decir que la quieres, Héctor. Ahora, si me disculpas, debo irme.
Dicho esto, se dio media vuelta y siguió su camino indefinido, con un crispamiento superior a sus fuerzas, odiando a Héctor, odiando a Eva.
Héctor era terrible. Su manera de pensar era incomprensible.
Eva era tonta, una tonta enamorada. El amor es tonto.

Aún podía recordar con amarga inquietud el día en que Eva recibió los resultados de las pruebas.
- Alexia, he recibido una carta de sanidad. – Eva la miraba sin expresión, pero Alexia sabía lo que sentía. Tenía miedo.
- ¿Ya te han dado el resultado?
- No, me han citado para dármelos, debo ir esta tarde.
Alexia intentó tranquilizarla, no tenía por qué temer. No pasará nada malo, repetía Álex, ya verás, nada malo. Pero, en el fondo, ambas sabían que nada iba realmente bien. Desde que Eva se notó aquel impertinente bulto en su pecho derecho, nada iba realmente bien.
Aquella tarde fueron juntas al hospital. Héctor no sabía nada, ni de las pruebas, ni del bulto, ni de nada.
Llegaron a casa de Eva destrozadas. Eva ya tenía los ojos secos y enrojecidos de tanto llorar, y Alexia, empeñada como siempre en parecer fría, incluso (sobre todo) en las ocasiones más difíciles, estaba pálida y nerviosa, y ocultaba la expresión de su mirada tras sus incondicionales gafas de sol. Pero aquel día no dejaba de llover.
Héctor estaba en el salón, como siempre, viendo la tele que, como cada tarde, narraba la triste historia de una mujer asesinada a manos de su pareja.
Héctor era joven, un poco más mayor que Eva, pero tenía la mentalidad de un hombre rústico de sesenta años. Bueno, quizá esa clase de hombres incluso sean más tolerantes que Héctor, porque la reacción que tuvo cuando le comentaron lo ocurrido fue terrible, incomprensible.
- Nos han dicho que, ahora mismo, la mejor solución sería operar. – Le dijo Alexia, manteniendo la calma, como siempre.
- ¿Operar? Pero, ¿Cómo…? – Preguntó él.
- Me tendrían que amputar un pecho. – Enunció Eva, bajando la cabeza con timidez, como si le ruborizara, como si aquella salida fuese motivo de avergonzarse, como si aquello fuese indigno.
- Te habrás negado ¿no? – Le preguntó Héctor.
- ¿Qué? – Alexia perdió su característica calma por un momento. Una vez tranquila continuó. – Héctor, debe hacerlo, es la única solución.
Pronto, aquel salón se convirtió en escenario de una gran discusión. Álex argumentaba que esa era la única salida que Eva tenía, a un Héctor imposible de convencer, que se negaba sin razones convincentes a aceptar aquello. Eva sólo callaba, ni siquiera escuchaba. Estaba perdida.
- Me voy a operar. – Dijo en un murmullo. Álex y Héctor seguían gritando, no la escucharon. – Me voy a operar. – Repitió, esta vez más alto. Seguían sin oírla. – He dicho que me operaré. Voy a someterme a esa jodida operación ¿entendido? Héctor, tengo veinte años, no pienso joderme la vida por tus putos prejuicios ¿entendido?.
Álex nunca la había visto así antes. Eva siempre se había comportado como una mujer sumisa que siempre veía la decisión de su pareja como la más acertada. Porque era una tonta que se sometía al amor.
Alexia se enorgulleció de Eva.
Héctor miró a Eva con superioridad y se acercó a ella.
- ¿Qué? – Y le propinó una bofetada tan fuerte que la obligó a caer sentada sobre el sofá.
- ¡Hijo de...! – Alexia se acercó a él, imponente, pero él la apartó sin esfuerzo y la echó de su casa. Miró a Eva, que le indicó con la cabeza que se fuera de allí.
- Como quieras. – La miró con un gesto de incomprensión. A Héctor no quiso ni mirarle, y se fue de aquel apartamento con una carga de culpabilidad.
Eso pasó hacía apenas unas tres semanas. Eva ahora vivía con ella, pero aún no había decidido operarse. Quería tanto a Héctor que pensaba que, si no se operaba, todo volvería a ser como antes, que él volvería a ser el mismo.
Los días se hacían eternos en esa casa. La convivencia con Eva se hacía cada vez más insoportable para Alexia, acostumbrada a vivir sola desde hacía un par de años. Eva aún seguía siendo aquella niña caprichosa y extremadamente susceptible, aquella niña bonita e ingenua, aquella niña inconsciente que nunca sabía lo que quería, lo que tenía.
* * *
Alexia la miró una vez más, de arriba a abajo, de abajo a arriba.
Eva estaba ahí, colgada al lado de la mancha de humedad, perfecta, más guapa que nunca. Una vez más, Alexia sintió calor en los ojos. No, no iba a llorar por una necia.
Salió de aquella casa y empezó a correr; al principio no sabía a dónde ir, pero algo en su interior le iba marcando el camino. El camino para encontrarse con él, con Héctor.
Oculta en su desesperación huyó a través de los árboles que adornaban débilmente la hoy sombría Ribera del Ebro.
En su desesperada huida chocó con botellas vacías, con el hedor de las más bajas necesidades y con ciertas parejas etílicas ignorantes de corazón.
Miró hacia atrás. Sólo el Ebro, ya contaminado hasta la saciedad, y sus pequeños supervivientes, habitantes de espinas cansadas, infundían algo de tranquilidad a Alexia. Lo demás sólo era un vago recuerdo, se dijo, un vago recuerdo, sólo será eso, un vago recuerdo sin importancia.

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