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jueves, 16 de agosto de 2012

Veo mi vida pasar a través de la ventana.



La veo pasar por la carretera. Sus luces son demasiado blancas. Veo mi vida pasar tan blanca, por debajo de mi ventana. Mi vida pasa como un coche, con la velocidad exacta para no inquietarme. Pero pasa. Y sé que es mi vida ese coche que ha pasado como un alud por su forma de cegarme. Sé que ha sido mi vida porque me ha mirado a los ojos y ha visto mi carne y le ha dicho “yo pasaré contigo”. Ha sido mi vida porque no es momento para otra cosa que no sea ver la vida pasar ante mis ojos. He visto mi vida pasar y no ha sido poesía. Mi vida ha sido máquina en movimiento. Máquina en movimiento
mi vida.

jueves, 14 de junio de 2012

Yo viví en un jardín

Die drei Lebensalter des Weibes und der Tod
Hans Baldung



Yo viví en un jardín. Y solo tenía miedo de mi reflejo en la noche. El brillo del espejo por las noches. Yo viví en un jardín y no tenía miedo de la muerte, tan lejana. Yo vivía en el invierno,
y recogía del agua animales muertos invertebrados. Y no tenía miedo
de la falta de significado en los cuerpos
de la falta de aire ni del frío
yo tenía miedo de mi reflejo. Pero no veía nada en los insectos ni en las arañas / no veía nada entre las hojas ni en el musgo de mi jardín.
Yo veía la muda abandonada entre las hojas
las escamas de mi piel tan blanca y el pelo enredado de las muñecas viejas
pero no veía irse la vida
no veía la pérdida ni la tristeza / no veía
la nada en los cuerpos blandos
la nada en el polvo de los insectos muertos.

Ahora que no vivo en un jardín y me aterra la muerte y la vejez en el espejo
ahora que son ellos los vivos y yo el cuerpo a explorar en esta celda
te veo a través del agua de las flores
llamándome a ser tú
tus arrugas y tu muerte
tu cuerpo invertebrado – aracne
a ser tú
a ser yo a quien veo y me mira / atrapada en el cristal
ajena al jardín, lejana
envejeciendo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Supersticiones


Carmela Soprano:  ¿Sabes qué es raro, Ro? Cuando vas a un lugar donde nunca has ido, es como si toda la gente fuera imaginaria hasta que llegas allí. Es como si no hubieran existido hasta que viniste, y tú nunca hubieras existido para ellos.

Ro: No sé, quizá seas una persona más filosófica que yo.

Carmela:  No, no, solo me hizo pensar,  es todo. ¿Sabes? Es lo mismo que cuando mueres: la vida continúa sin ti. Como lo hace en París cuando no estamos aquí.

The Sopranos. Capítulo once de la sexta temporada.







Aprovechando que el lunes 28 de Mayo era fiesta en Alemania por motivo del Pfingstmontag, decidí escaparme a Berlín a pasar un fin de semana largo. Me acogería Sara, en su Studentenwohneim en Potsdam. Esos lugares de paso que nunca terminan de parecer nuestros: las viviendas universitarias. Tienes tu llave, tus pósteres, tu olor, pero lo único que permanece es el carácter temporal. Lo dicen los muebles que dejaron los anteriores inquilinos, el menaje de cocina compuesto de diferentes vajillas. Nuestros nombres temporales inscritos en papel junto a la puerta. 


Poesía en la pared del cuarto de Sara


El sábado por la tarde fuimos a visitar el Muro. Yo no lo había visto y tenía ganas. De pequeña ya tenía interés, y es normal, porque crecí con los vinilos de Pink Floyd. A mi tío no le gusta que hable de él en el blog, y aunque no diga su nombre ya saben que hablo de él porque es mundialmente conocido en su pueblo por su admiración a Pink Floyd. Pero oh, lo siento. Hablar del Muro sin hablar de Pink Floyd, en mi caso, es imposible. Yo no tenía ni idea de Holocaustos ni guerras mundiales, yo sabía del Muro por The Wall, y sabía que Berlín era la capital de Alemania porque el Muro del que hablaban Pink Floyd en The Wall era el Muro de Berlín, y qué era Berlín, y mi madre me dijo La capital de Alemania.  Así que que quería verlo. Me parecía un sacrilegio ir a Berlín y no verlo, sacrilegio que ya había hecho cuando fui en Diciembre. Un viaje absurdo organizado por la oficina internacional de mi universidad, sin otro menester que acudir a una ultrafiesta de Erasmus. Porque ya sabéis los tópicos que flotan como moscas alrededor de los Erasmus. Como si los Erasmus no fueran universitarios, solo adolescentes tardíos, guiris, borrachos sobrehormonados. Por eso la oficina internacional de mi universidad no estaba interesada en organizar un viaje cultural a Berlín sino a una fiesta de Erasmus. Pero bueno, vi Berlin dos meses después de haber llegado a Bayreuth. Era más de lo que podía esperar. Ahora ya tenía el tiempo y el clima idóneos para volver, y ver a Sara, la única persona en este país con quien puedo hablar de literatura española contemporánea. Y el sábado por la tarde fuimos a visitar el Muro. Ese muro que ya parece haber perdido todo su significado, que parece ser solo una exposición mundial de graffitis, con inscripciones en edding de turistas, la mayoría hispanohablantes, que han perdido todo el respeto a la Historia y al Arte. Porque el Muro ya ha perdido todo su significado, porque el pasado no existe.


Pasamos el Muro. Saltamos turistas que ríen y hacen fotos, y pequeños puestos de souvenirs. Recuerdo una taza que me trajo mi padre de Benidorm: “Esta taza me la ha traído de Benidorm mi padre que me quiere un huevo”, y el huevo estaba representado por un dibujo de un huevo frito. Otra amiga tenía una camiseta que decía algo parecido, solo que en vez de “padre” ponía “abuelos”. Esas cosas impersonales   “recuerdos de”. Yo no quiero un recuerdo de una ciudad, quiero que me recuerdes en ese sitio. O que me lleves. Como cuando mis tíos entrados en la treintena, ahora cercanos a la cincuentena, me traían recuerdos y experiencias de sus visitas a Port Aventura y lo único que podía esperar era hacerme mayor para poder ir a los sitios a los que me hubiera gustado ir de niña. Así me veo viendo el Muro que me hubiera gustado ver cuando era niña y que parecía mucho más real en los documentales, las fotos y las películas. No me apetece hacer fotos porque son fotos a murales. Me acuerdo de Pat porque a ella sí le gusta el graffiti. No me apetece hacer fotos a inscripciones vacías de turistas que no son nadie, que en su condición de personas de paso, de muertos vivientes, tratan de permanecer con un “yo estuve aquí”. Sara me hace una foto, por tener también un “yo estuve aquí”, pero la luz del sol y mi cámara no se llevan bien y el encuadre al que se ve obligada me muestra sólo ante un graffiti que representa al Muro.



Detrás, el río. Nos sentamos en la orilla y esto sí parece real. Lo que más me gusta de las ciudades es el agua.


En mi bolso, la primera hoja de mi cuaderno se ha soltado y no me da buena impresión. En esa hoja hay escrito el borrador de un proyecto muy importante para mí y que representa todas mis aspiraciones a corto plazo, porque he apostado todo mi futuro próximo a una sola carta. Hago con el papel un barco. Hace tiempo que no hago barcos. Desde hace un año solo suelo hacer grullas, por superstición. Pero esta vez, tal vez sugestionada por el río y los ferrys que pasan, me sale un barco. Por lo que lleva en su estructura no quiero que se rompa. Como si el proyecto fuera la propia hoja de papel donde lo describí. Como si el proyecto fuera el primer borrador de la descripción del proyecto. Lo sitúo en la orilla y le hago una mala foto. La brisa breve de este día de verano hace su aparición y lo lanza al agua. En ese mismo momento, aparece flotando un pez muerto. El pez es blanco, aunque no tengo claro si siempre fue así o le ha quitado el color la muerte. Mi barco ha caído bien y navega. No me lo puedo creer. 



Me siento un poco pava. Esa chica que hace barcos de papel y se alegra porque caen al agua y caen de pie y navegan sin hundirse. El barco sigue a flote y va camino a la otra orilla. El pez muerto también. Trato de no perder de vista el barco a pesar de la miopía. Sé que, aunque lo lograra, no llegaré a verle llegar a la otra orilla, pero intuyo el punto blanco que sigue a flote, y me siento bien. Por pura superstición. Mi proyecto está a salvo. Parece estar asegurado, aunque sé que se trata solo de una ilusión. Que mi proyecto no es un barco de papel cruzando el río Spree.  El pez muerto sigue su rumbo cerca de él. Llega un momento en el que ya no distingo mi barco de papel del pez muerto. Y entonces me doy cuenta
de que mi proyecto mis aspiraciones mi futuro
todo
es estéril.
Todo viene esposado a la nada. Toda esta vida asentada en lugares de paso, sola.
A distancia. 


Llegó un momento en el que ya no distinguía mi barco de papel del pez muerto

viernes, 2 de marzo de 2012

march, spring, melancholie

Estrella de mar entre colillas a los pies de un árbol en Richard-Wagner-Straße




Después de haber permanecido despierta durante casi 40 horas seguidas, decidí obligarme a cerrar los ojos y dormí. Si hay algo que me gusta del insomnio -a parte de que los días parecen más largos y parece que el tiempo pasa más despacio- es que a causa de que la mente esté tan cansada, y después de pasar unas horas en un periodo casi de viaje astral en vigilia, los sueños suelen ser mucho más vívidos e intensos. Vamos, que se duerme poco, pero lo poco que se duerme se disfruta.

Anoche, tras casi 40 horas de vigilia continuada, soñé que era una sirena, y en el sueño no pasaba nada, sólo nadaba y nadaba y nadaba. Cuando desperté sentí el frío y la angustia de no ser tan libre y notar este pulso de estar viva que sólo me indica que seré muerte.

Le pregunto a O si a él no le da miedo. Me dice que no es cuestión de lamentarse toda la vida porque vayamos a morir, que hay que tratar sólo de vivir bien. Y yo no entiendo cómo se puede vivir bien sabiendo que sólo vamos a morir.

Como si fuéramos objetos animados.

Sale el sol en Bayreuth. Como si la primavera hubiera llegado de pronto, y es esto, la primavera y no la niebla, lo que me recuerda a Valladolid.

Salgo a pasear de nuevo el abrigo verde, después de tantos meses con ese horrible plumas informe negro, las john smith de imitación y la boina naranja. Como si los colores nos dieran la energía positiva que necesitamos para seguir vivos. Hofgarten repleto de niños, dando fe del aislamiento al que nos condena el frío (a veinte grados bajo cero). Me acuerdo de la primavera en Valladolid. Las tardes en la playa con Pat. La Fanzine. El insomnio compartido con collages, poemas y dibujos. Me acuerdo de la noche que bajamos a pasear, con Portishead sonando en el móvil de Pat, dando a todo un sentido lyncheano, o la noche que bajamos el día que Salerm me decoloró y cortó la melena negra, y nos fumamos un peta tranquilas en los columpios de Poniente.

Paseo mi condición de humana por Bayreuth. Caminar me resulta cansado con un cuerpo tan pesado. Fumo. Me deterioro. Es marzo. Es primavera. Melancolía.
Porque la vida que tengo -siempre- nunca es la que quiero vivir.  

domingo, 26 de febrero de 2012

La parada de los monstruos


Hoy es un día sin música. Se oye la respiración de las paredes y el golpeteo de quien quiere entrar por la ventana
a esta casa de insectos.
Dios se acurruca en una nube, asustado. Tiene miedo de sus hijos y del eterno murmullo de las almas que no dejan de entrar
en esta casa de insectos.
Yo me arrastro entre cuatro paredes y no salgo
ni a maullar humo porque temo al abrir encontrarme a quien trate de entrar
a esta casa de insectos.

me quedo quieta y dejo las luces encendidas / me dan miedo los monstruos
me quedo dormida y tiemblo al menor ruido / me dan miedo los monstruos
me quedo sin aire y respiro -aun así- porque aquí / a mí / no han de entrar
los insectos.

Aunque se tomen la licencia de ignorar el vado y vengan a morir a mis entrañas
aunque canten los gusanos -te aceptamos- y caven mi tumba en el jardín
yo no moriré no seré pan para ellos ni la nada en mí / aunque vengan a parar aquí
todos mis monstruos.  







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