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jueves, 3 de enero de 2013

Fosfatina



Fosfatina es el programa de radio que conduzco y locuto loquita loquita cada miércoles a las veinte en la radio online CCK.

Comencé con ello el pasado mes de octubre y desde noviembre subo los audios a Ivoox. Vamos, que soy una de esas modernas con podcast.

Como os habéis podido percatar, avispados lectores, tenéis el podcast ahí, a la derecha.


En Fosfatina hablo de poesía, principalmente. Recurro a La Fanzine y Erosionados. Titubeo porque soy tímida incluso en soledad e improviso, y lo hago mal, porque no soy locutora ni periodista ni nada parecido. Cuando me atasco tiro del Winamp y pongo música. Siempre cae una versión, aunque no siempre es bizarra. Tiro por las publicaciones alternativas, y esas rarezas que tanto se promulgan por la red. Gente que sube sus libros gratis a Isuu o plataformas similares. Y después, claro, las editoriales independientes que apuestan por la poesía. Menuda locura. Leo poemas.

Cuando leo no titubeo, me relajo. Ohm. Cuando pongo música no se me oye.

Soy un amor.
Nunca me gustó escucharme.

Tampoco soy de hablar por teléfono pero sí muy de hablar sola, así que
tomo el micro, cojo libros de la estantería, rebusco en Internet
y
.

Quier ser un poco Madame Psicosis, aunque el programa nada tenga que ver con el suyo pero quiero
que las minorías
vosotros, los raritos
frikis

quiero

teneros escuchando mi voz.


Se oye el clic a veces. Esto no es profesional
pero va en serio.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Energía Negativa

Foto extraída de aquí.



Los objetos tienen vida. Tienen energía. Positiv­a o negativa. El martes elijo la ropa inadecuada. Los vaqueros pitillo y las botas marrones de punta redonda y tacón de aguja. Tanto los pantalones como las botas fueron regalos de un antiguo novio. Pero no pienso en ello cuando me visto, ni cuando salgo a la calle, ni cuando estoy haciendo cola en RENFE para comprar el billete que me llevar de vuelta a Logroño. Vacaciones de Navidad. Cero ganas de volver. Hay un hombre en RENFE que me vende los billetes desde que vine a Valladolid, en otoño de 2006. Aunque haya tres trabajadores vendiendo billetes en venta anticipada, y más de veinte personas haciendo cola para comprar, a mí siempre me ha vendido los billetes ese hombre. Casualidades. Vínculos. Llámalo como quieras. La cuestión es que después de tres años estableciendo una relación de para el día X a Logroño. ¿Carnet Joven? ¿Sólo ida? ¿Efectivo o tarjeta?, el vínculo es evidente y pasas de tener un simple descuento por tener carnet joven a tener un descuento Estrella de la ostia. Pero el martes llevo puestos esos malditos pitillo y las putas botas marrones de tacón de aguja. Así que, por primera vez en tres años, me toca el número equivocado y no tengo descuento Estrella porque con la taquillera andrógina de RENFE no comparto ninguna especie de vínculo místico, ni mucho menos. Pago con dolor los veintipico y me alejo de allí, dolorida ahora no por el dinero, sino por las botas. Efectivamente. Ampollas. No tengo suelto para el urbano ni ganas de gastarme quince euros en un bonobús. Así que intento caminar dignamente. Tan dignamente que me acostumbro al dolor (¿masoquismo?) y opto por ir de tiendas con intención de gastarme algo de dinero. Gastar dinero es algo que suele hacerme feliz. Comprarme cualquier mierda. El caso es llegar a casa con algo nuevo. Entro en Blanco. Demasiada gente. Entro en Pimkie. Pff. Entro en el Corte Inglés. Me dejo subir por las escaleras mecánicas. Dejo que se me caiga la baba en la sección de zapatería. Fetichismo. Me dejo bajar. Llego a la sección de libros, discos y demás. En la entrada el DVD de la película sobre Coco Channel reza en la portada “Si quieres ser irremplazable, tienes que ser diferente”. O algo así. Lo demás, ni discos que merezcan la pena. Aunque estoy a punto de comprarme un recopilatorio de Madonna. Ni libros. Sólo grandes stands con los libros de Crepúsculo. Con libros sobre los actores de las películas. Con un montón de marketing sin sentido en torno a toda esa parafernalia vampírico adolescente. Me dan arcadas. Tres moleskines a doce euros. Acepto el trato, cojo el pack y me voy a caja. Pago con un billete de veinte y la señora dependienta me dice que no tienen cambios, que espere. Espero. Mucho tiempo. Demasiado como para percatarme de la cantidad de gente que está comprando libros de Crepúsculo para regalo. Una señora ha comprado los cuatro. Cada novela vale dieciocho con noventa. Detrás de mí, un libro escrito por Miley Cyrus, la pava que interpreta a Hanna Montana. Estoy empezando a sentir que estoy dentro de una parodia, de una broma de mal gusto, esperpéntica, del mundo occidental actual. Y no me está gustando una mierda. De pronto oigo un clic y noto un descenso de mi cuerpo hacia la izquierda. Perfecto. Se me acaba de caer el tacón de una bota. ¿Te debo ocho euros, no? Me pregunta la señora dependienta. Sí. Perdona por hacerte esperar. Intercambio de efectivo. Diez centímetros de tacón de aguja en mi bolso, yo caminando hacia la salida con un tacón fantasma para evitar ir cojeando, y en mi mano derecha una bolsa enorme dorada de qué bonita es la navidad made in corte inglés. Salgo corriendo de allí y entro a la tienda de enfrente sin mirar el letrero ni nada. Bienvenidos, estamos en Stradivarius. Por veintinueve con noventa me compro unos botines preciosos de tacón alto. La policía entra. Acaban de coger a dos chicas por robar en Zara. Entre sus cosas había una camiseta de lentejuelas de Stradivarius. Sólo necesitamos que nos hagáis un ticket con el precio. La camiseta os la quedáis vosotras. Gracias, agente. Salgo corriendo de la tienda con los botines preciosos de doce centímetros de cariño ficticio e incondicional, me siento en un portal cualquiera, me despojo de esas botas del infierno y camino con una felicidad materialista, fetichista y con aires de grandeza por la Plaza Mayor, dedico una sonrisa al escaparate de la tienda de chuches donde trabajaba hace un año por estas fechas, y observo con admiración mis tacones reflejados en él. Cómo adelgazan mis piernas, tensan los muslos, elevan mi culo, encorvan mi espalda, y disminuyen hasta hacerla plana, la curva de mi vientre. Y camino siempre con un pie un poquito por delante del otro, para que mis caderas parezcan más estrechas.

Ahora que tengo suelto, espero al autobús, y cuando llega dejo en la marquesina la enorme bolsa del Corte Inglés con las botas rotas dentro. Igual, quién sabe, a alguien le viene bien una buena dosis de energía negativa.

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