martes, 16 de octubre de 2012

Jorge M. Molinero habla de Engaño Progresivo

Entrada original en La Juventud del Otro.



Detrás de una portada insulsa se esconde un poemario vertiginoso de la riojana Adriana Bañares, editado por la fundación Jorge Guillén.
Adriana retoma temas recurrentes en su escritura como los miedos, los muñecos, la música y el sexo con una prosa rápida, inquietante, que engulle al lector y a veces le abruma, con poemas como siempre muy viscerales, a veces oscuros y martilleantes y otras con un humor ácido y desconcertante.

Un recorrido por los engaños que la vida va desvelando con los años que la autora deja aparcados según los va viviendo, con un deje de conformismo, pero no sin rabia y cierto dolor.

Muy buen libro de Adriana, en el cual conjuga mejor incluso que en su libro La niña de las naranjas, la persona con el personaje creado, Awixumayita, recreando un universo paralelo con continuas convergencias en sus letras.

Una muestra:

MI VIDA ANTES DE GOOGLE

Marie se tira por la ventana y minutos después alguien sale del cine. Es mil novecientos noventa y ocho y yo tengo diez años y quien nace hoy tiene trece, como los que tenía yo cuando empecé mi primer diario. Aún sin Internet. Avergonzada tanto por  jugar –aún- con barbies. Nunca lo escribí. Que no lo sepa nadie. Mis barbies no sobrevivieron a Internet. No sobrevivieron a la literatura. No sobrevivieron a la adolescencia No hace mucho de mi vida antes de Google. Dos mil seis. Verano. Noche. Chat de Terra. Sala de autor en la categoría cine del chat de Terra. Madrugada. Una cuadrilla de freaks con niks pedantes improvisando guiones de madrugada. Antes de eso, la n­ada. Nadie sabía qué escuchaba si no le pasaba mix tapes. Qué retro te pones a finales de los noventa principio de los cien. Qué sientes ni qué me importa tu ruptura emocional tus versos gilipollas en blog. Tus estados de Facebook tus Tweets o tu estado civil. Mi vida antes de Google no rimaba/ ni siquiera conocía/ la poesía contemporánea. Mi vida antes de Google tenía sus noches, sus licores, sus despertares post virginales aún inexpertos sin foto Tuenti del día después como píldora anticonceptiva. Tenía libros de biblioteca; trabajos donde sí se citaba una fuente que no fuera la jodida Wikipedia. Mi vida antes de Google aspiraba a un futuro pero no a un presente. Sacar dinero de hasta debajo de los cojines del sofa´ para el último disco de los Red Hot o la súplica del “bájatelo de Internet” al colega friki que ya tenía novia por Internet y que aún sigue siendo virgen. Mi vida pre-Google conocía la intimidad sin necesidad de buscarla o evitarla. Mi vida antes de Google no necesitaba seudónimo porque era anónima con mi propio nombre. Mi vida antes de Google era menor de edad y no necesitaba Adsl para escribir mi intimidad de ficción bajo llave. 








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978-84-15046-15-8
FUNDACION JORGE GUILLEN   

lunes, 15 de octubre de 2012

Ícaro Incombustible Independent Arts Magazine: L´Érotisme

Tengo el gran honor de participar en el número 14 de Ícaro Incombustible con un pequeño relato breve-poema-anuncio por palabras. El texto ha sido traducido al inglés por Marta Anguita.

Disfruten, queridos:


sábado, 13 de octubre de 2012

Ciudades a escala



Aquí está Claudia. Son las tres de la madrugada en la estación central de tren de Frankfurt. Lleva una boina, el pelo sucio y claros signos de deshidratación (ver también: resaca). Su tren no sale hasta las cinco.
En el otro extremo de la estación está Kevin. Le acompañan un vaso de café vacío y una mochila bastante destrozada.
Kevin ha perdido la cuenta de las veces que Claudia ha cruzado la estación. Cuando vuelve a pasar por su lado él la para con un Hey!
Claudia le mira con un no sé hablar alemán (ni me apetece hablar con desconocidos), pero él se adelanta y le pregunta si quiere un café en inglés. Que a dónde va. De dónde viene. Es de esa clase de gente que sonríe mientras habla. Claudia hace una mueca. Trata de ser simpática pero solo consigue ponerse roja y decir España, Nuremberg.

- Me ll
amo Kevin. 
- Claudia.

Kevin es francés. Le dice que ha venido en tren desde París. Ella tomó un vuelo low cost que la dejó en un aeropuerto de juguete muy alejado de Frankfurt, de modo que su viaje también ha sido una odisea. Claudia no le dice que ya tuvo que pasar cuatro horas de autobús desde su ciudad hasta el aeropuerto, ni que casi pierde el avión. Tampoco le comenta que en el autobús que le ha traído a la estación ha venido sentada con un señor que olía a puro, ni que ha tenido su cabeza bastante parte del trayecto apoyada sobre su hombro. Claudia no le describe el asco que ha sentido, ni el miedo irracional que le produce la arquitectura extraterrestre de Frankfurt. Pero él le cuenta que es el sexto de diez hermanos, y que tres de ellos ya están muertos. Kevin le dice que aún le cuesta hablar en alemán aunque viaja mucho a este país. También le habla de unas vacaciones que pasó hace unos años en Mallorca. Le dice que lo poco que aprendió de español se lo debe a la hija pequeña de los dueños del hotel.

- Si quieres aprender alemán, rodéate de niños.

A Claudia no le suena muy bien eso que acaba de decir Kevin, pero no le da tiempo a reaccionar de ninguna manera porque a su lado ha aparecido un hombre de unos cincuenta años que huele a whiskey barato y canta a gritos New York de Frank Sinatra. De hecho solo dice, con un marcadísimo acento alemán:

- Frank Sinatra New York, ja, Frank Sinatra.

Kevin ya no sonríe. Mira fijamente al mendigo y éste responde tendiéndole la mano. Agitan las muñecas sin dejar de mirarse a los ojos, serios, desafiantes. El mendigo le dice: Frank Sinatra, New York. Pero a él no le interesa Kevin y al segundo se dirige a Claudia: Woher kommst du?
Clase básica de alemán. Aus Spanien, a lo que él responde, no solo con su acento alemán, sino con el deje propio del borracho: ah, yo de Madrid, de Madrid, Frank Sinatra, New York, ja.

Claudia recuerda entonces otra madrugada que pasó en aquella misma estación. Aquella vez, un mendigo se le acercó pidiéndole dinero y ella se hizo la loca respondiéndole en castellano, a lo que él reaccionó con un efusivo abrazo al tiempo que decía Ay, amiga, yo soy de Córboba, de Córdoba, chiquilla. No eran pocos los españoles que emigraron a Alemania persiguiendo el nuevo american dream y terminaron pasando las noches como turistas de paso en estaciones. Aquella vez Claudia se separó del mendigo con repelús, le dio cinco euros en monedas, y se refugió fuera de la estación, al frío, ante la abrumadora arquitectura de Frankfurt. Claudia no dirá que áquel fue el primer abrazo que recibía en meses.
Frank Sinatra, a pesar del intenso olor a alcohol y sudor impregnado en su ropa, no causa en ella ese rechazo. Al contrario: le hace gracia. Frank Sinatra repite la cantinela y Claudia ríe. Ante el éxito, él se crece y amplía el repertorio. Claudia tararea con él Strangers in the night, elevan el tono, rompen en carcajadas. Cuando llegan a Love was just a glance away, a warm embracing dance away, Frank Sinatra se deja llevar y la estruja entre sus brazos. El impacto es tan repentino que la boina de Claudia cae como un pájaro que ha sufrido un paro cardiáco en pleno vuelo. Ella se desabraza con brusquedad y se agacha para recogerla. Es en ese momento, aprovechando el hueco que ha dejado la mitad superior de la chica, cuando Kevin proyecta su puño hacia el rostro colorado de Sinatra, que cae a cámara lenta contra el suelo mientras ambos gritan cosas que Claudia aún no ha aprendido en su clase de alemán.
La chica decide que es el momento de, como en una película francesa, ponerse la boina y desaparecer.
Cuando llega al final de la estación, se queda mirando la maqueta de la ciudad. Hay maquetas de ciudades en varias estaciones de Alemania. A Claudia le parecen viejas, aunque a decir verdad todo lo que ve en Alemania le parece retro. Ella se fija más en el cristal que protege la maqueta que en la maqueta en sí. Se da cuenta de que no ha salido de la estación en las casi dos horas que lleva en Frankfurt. Kevin se acerca, pero ella no se da cuenta. Él introduce una moneda y al poco tiempo comienza a nevar dentro de la ciudad. Se quedan mirando como dos niños, como dos ancianos ante un edificio en construcción, sin hablarse. Llega con eco New York, Frank Sinatra, como si no hubiera pasado nada. Llega el tren de Claudia. Kevin aún mira la nieve artificial cuando ella sube a su vagón.

martes, 9 de octubre de 2012

Pesadilla. (Casa de Insectos, frag)




A María le despierta un zumbido horroroso. Su primera impresión, aún sin abrir los ojos, es que en la habitación ha entrado un abejorro, grande y gordo, que se está dando golpes contra el cristal de la ventana. Porque sobre el zumbido se escucha un ruido crujiente.
Un sonido crujiente.
Cuando pasan unos segundos y María está más consciente, se asusta. El zumbido es suave, pero no cesa. El crujido es continuo y más intenso. Todo es irregular. Viene del suelo. Se lo imagina infestado de cucarachas. Cucarachas apelotonadas unas sobre otras, haciendo sonar sus cáscaras, cas, ca, ras, cas, ca, ras.
Pero las cucarachas no zumban.
María se tranquiliza y pone los pies en el suelo y escucha un crack que le revuelve el vientre aún vacío. CRACK.
Y mira al suelo.
Hay unos insectos desconocidos poblando el suelo de su habitación.
Parecen semicírculos negros, como gambas, pero negros, del tamaño de su pulgar.
Todos ellos tumbados en el suelo de perfil [posición fetal], incapaces de alzar el vuelo.
Abren y cierran las alas [parece que hace daño] y mueven sus múltiples y minúsculas patitas, rozando el lomo del otro, que se abre y despliega unas alas negras que vuelve a esconder y pillar las patas del otro y todo
parece
tan doloroso.
María ve el ojo que ve de cada uno
un solo ojo enorme y redondo
en cada insecto.
María
cree ver en todo esto una alegoría al mito de los andróginos.
Con todo, no puede evitar la arcada y vomita sobre el suelo.
Cuando termina, el ruido ha cesado y no hay rastro de los insectos en la habitación. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Humor Vítreo (Casa de Insectos, frag.)




No entiendo por qué os estoy viendo desde fuera. No sé dónde estoy ni por qué os estoy viendo. En 
cualquier caso no me pregunto por qué vosotros no me veis a mí. Y nieva tanto como si fuera pleno invierno, como si fuerais de esa clase de gente cómodamente feliz que celebra hasta la navidad con ganas. Aunque estamos dentro de casa, veo caer los copos, enormes, ante mis ojos. Como un filtro que no me deja ver del todo bien. Como un gadget estúpido animado en un blog. Todo está blanco.

Y estás tú. Con tu chica y con otra chica. No conozco a ninguna pero tengo claro que ninguna de ellas soy yo.

Tú sales. Me parece absurdo que salgas con la que está cayendo, y llevas en tus manos un bote de spray rojo. Te has propuesto pintar todos los pinos de alrededor de rojo. Esos pinos que están blancos y parecen plástico, todos, con el bote de spray, vas a pintarlos de rojo. Me da todo mucho miedo. Tú no me ves. El paisaje es muy limpio. Me ciega. Se acaba el spray. Deja de nevar. Esto debe de ser la muerte. Entras.

Estoy condenada a veros. A ti,

en este paisaje de muerte tan limpio tan blanco tan rojo,
tras esos copos que no dejan de caer de mis ojos y que no son sino esa parte de mí que no quiere
aceptar la verdad
que ya no me quieres ni me deseas como sí deseas a ellas
a todas las que no son yo.

Tú les dices las dos palabras mágicas. Tengo hambre.
Y ellas se dejan comer. Se despojan de la ropa como si fueran crisálidas. Quien quiera un poco
de sangre que levante la mano y dadme
de beber.

Quien quiera un poco de piel que se la quite.

Tus otras desnudas en el sofá, pálidas talla cuarenta y pelo sucio, sin maquillar. Tus otras sudor,
dentadura imperfecta, no fumadoras, cejas sin perfilar. Mis ojos,
fríos en almíbar, están a punto de desbordarse.

Tienes las manos manchadas de rojo y las tocas. Es otro paisaje de muerte. Marcar así la carne antes de llevarlas al matadero.

Vamos a hablar del orgasmo como muerte. Vamos a hablar del sexo como despiece. Y estos tres se
comen así, por partes.

Empieza a oler a cámara frigorífica. Empieza a oler a carne congelada. Pero veo bombear la sangre a través de sus pieles casi transparentes. Veo el deseo en tus ojos -ese que nunca tuviste por mí- y su disposición a compartirte. Se comen las bocas para ti. Bordean los labios de la otra con la lengua. Se tocan la una a la otra como si se tocaran a sí mismas. Son tan parecidas, tan pequeñas, tan poca cosa, tan iguales, que se funden hasta hacerse siamesas. Ahora ya no hay más que un coño, pero es un monstruo de dos cabezas, como una mujer partida por un espejo. Tú hombre sable. Tú corte transversal. Tú estaca -que me parte el alma, corazón-
que mata al monstruo y lo separa
que mata al monstruo y lo hace humano.

Yo te hubiera dado más pese a mi simetría simple. Pese a mi carácter inacabado.

Todo mi cuerpo es una herida mal curada. Soy un miembro amputado,
soy esa parte despreciable de ti que cayó al nacer.

Yo no hubiera muerto porque nunca termino [mujer inacabada]. Hubiera permanecido cruda para ti,
sangrante y tierna, yo
me hubiera conservado en frío
hubiera podido saciar tu hambre.

Sin embargo, nos quedamos a distancia, atrapados
con el estómago vacío,
entre cuerpos inertes,
y barreras de humor vítreo.





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