martes, 25 de diciembre de 2012

Y esto fue lo primero que hicimos Javier y yo después de borrarnos del Facebook




Me gustaba el olor a mandarina, hasta ese día que presencié aquella violación en la frutería. Desde entonces, su olor se me antoja como dulce olor a napalm. Me resulta extraño porque, lejos de parecerme un olor agradable, evoca en mí una mezcla de sensaciones. Un espectro confuso que va desde la sordidez al placer culpable. No recuerdo la razón por la que mi olfato se enfocó hacia esa caja de mandarinas. Quizá fuera la necesidad de encontrar un resquicio de belleza en aquel cuadro dantesco.
La mayoría de ellas estaba en mal estado. No tanto por el tiempo que llevaban allí como por la cantidad de hormigas que habían aparecido en los últimos días, con el calor. De todas formas, y pese al miedo que sentía por cualquier tipo de insectos, aquella imagen le infundía una ternura especial.
Cuando volvió la vista atrás, recordó cómo José María Cañeda, su amigo de la infancia, entretenía sus horas muertas quemando las patas de insectos con ayuda de una lupa. Ese olor a carne quemada trastornaba sus sentidos; se sentía horrible por la suerte de aquellos desgraciados insectos, pero aquel olor le transmitía una sensación de nostalgia por la infancia perdida, por las crueles travesuras de una inocencia violada por el olor a mandarinas. 
Era por eso, tal vez, por lo que se sentía tan atraído por ella. Hueles a patio de colegio. A la hora del recreo. Olía, en definitiva, a mandarinas. En cuanto le dijo esto, ella sonrió y se dejó llevar. A donde quieras, le dijo. Y lo hizo. Pero ahora ella no estaba y quien se dejaba arrastrar a donde fuera era él.
Era habitual que, en su deriva, devorase la mitad de una enorme bolsa de patatas, dedicando la mitad restante a desperdigarla por el camino como pistas para que sus camaradas nazis lo encontraran. Pero, al final, los nazis daban con un mejor entretenimiento, dejándolo perdido en su propia estupidez. Aunque juraban no volver a rescatarlo, ella siempre seguía el rastro de las patatas hasta que divisaba al imbécil, tirado en el suelo, rodeado de insectos, jugando con mandarinas. 
Volvían a casa remontando el río con una improvisada embarcación formada por neumáticos que encontraban en el sumidero de una vieja fábrica.
A través del agua vio unos peces marrones bastante grandes y pensó que sería buena idea pescar alguno para satisfacer su hambre sexual. Sin embargo, tuvo que desechar su idea al descubrir que se trataban de carpas mutantes carnívoras letales.
Nada importaba demasiado. Sabía que los cuervos le arrancarían los ojos en cuanto llegasen a la orilla, así que decidió sumergirse en el agua y dar batalla a esas malditas carpas del infierno.
Lo cierto es que, aunque fueran letales, le dispensaron un trato exquisito: le sirvieron pastelitos y fanta naranja que rechazó amablemente. Ese gesto de desprecio fue interpretado como una declaración de guerra. Temiendo que la resistencia fuera inútil y prolongara su agonía, dejó que aquellas carpas devorasen su cuerpo, mientras ella fantaseaba con acostarse con el reparto de Amar en tiempos revueltos con el fin de alejar de su mente tanto pensamiento funesto. Por su mente correteaba el teniente coronel Armenteros en calzoncillos. Sonreía pícara mientras se introducía en la boca otro gajo de mandarina. Mordió con fuerza y estalló su fantasía. Iba a ser difícil sobrevivir. Nunca antes el camino de regreso había sido tan duro. 

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Ángel! Aunque en este relato somos culpables tanto Javier como yo :)
      Te dejo su blog (recién nacido):
      Náusea en el ascensor

      un abrazo

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  2. Feliz, Navidad el proximo año te seguriré leyendo, un abrazo
    Santi

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    Respuestas
    1. ¡Igualmente, Santi! A ver si este año que entra me pilla por banda la inspiración, que desde que volví a Logroño no consigo arrancar... y bueno, eso, hacer que este blog vuelva a ser lo que era.
      Un abrazo

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  3. Te ha (os ha) pasado como a Zahara, que pasa(i)s del Olor a mandarinas a temas mucho más oscuros, y ahora 'mola' más...
    Fanástico relato (por si no había quedado claro)

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  4. No sé porqué ha salido a otro nombre (ese Pedro Crespo no soy yo...)

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