viernes, 11 de junio de 2010

martes, 8 de junio de 2010

Yo soy el final de Lost.


Mi piel,
tan suave,
que olvidan haberla tocado.
Patricia Maestro


Me dieron una infancia sin grandes complicaciones. Me impusieron una película favorita antes de que yo pudiera verla. La Sirenita. Me hicieron ver en su lugar La Cenicienta en casa de Amaya y Marimar. Me dieron una pierna más larga que otra, un alza de un centímetro en cada zapato izquierdo, el presupuesto de una ortodoncia que nunca me llegaron a poner, algo de miopía, una habitación exterior en el centro de Miranda y un cesto donde guardar los juguetes.

Me dieron un colegio que no era colegio donde compartí clase con niños de todas las edades. En el mismo edificio, el hogar del jubilado. Me regalaron una brecha en la cabeza al bailar en el porche con Héctor. Me dieron puntos, me dieron ganas de escapar y lo hicimos, Amaya y yo,  a buscar caracoles por las huertas del pueblo. Me dieron la intuición de abrir una alcantarilla y encontrar dentro una muñeca.

Antes de que me dijeran los demás niños la verdad y qué me estaba ocurriendo, decidieron dar un giro al guión, cambiar el oficio de mi padre, trasladarnos.  Cambiaron el escenario mientras dormía para despertar en otra ciudad con un paquete de plastilina. Piso nuevo, la dueña enseña, yo soy pequeña, estoy descontenta, y la dueña del piso me dice: “aquí estarás  mejor, hay más niños que en Castañares”.

Me dieron un colegio público con una portera con gatos y una perra que se llamaba Neska.  Me pusieron una pistola entre unos setos para que la encontrara. Telecinco existió sólo para mí. Todas las tardes a las seis X Men. Me dieron un video VHS para que grabara todos los capítulos y volverlos a ver por la noche, cuando volvía mi padre de trabajar. Hicieron que mi favorita fuera Pícara. Nadie puede tocarla.

No hay casualidades, no estamos muertos. Sólo un guión y actores a mi alrededor que se empeñan en seguir con toda esta historia. Los que no quieren y me aconsejan o tratan de alertar, se alejan. Por eso enviaron a algunos de mis amigos fuera de la serie. Al norte, a Italia, a Madrid, a donde fuera, lejos de mi lado. Personajes prescindibles para las nuevas temporadas.

Me pusieron en bandeja elecciones desacertadas. Me impusieron como favoritas a Ariel y a Pícara como antecedentes de todo lo que ahora me come, me corroe, me inquieta, me obsesiona.

Me colocaron The Widow en primera línea de trauma. Me escribieron todas las canciones del primer disco de Muse. Me dieron una familia falsa con dos universos paralelos. Me dieron flashbacks, flashforwards, me pusieron espejos diferentes dependiendo del lugar para dejarme más indefensa dentro de algunos decorados.

Me dieron una historia de amor casi perfecta no demasiado complicada. Me dieron una temporada de autodestrucción para mantener emocionadas a las masas. Me dieron tres amigas diferentes – personajes con carisma, personalidad propia, contrapuntos – para dar vida a la trama adolescente y a los episodios Sexo en Nueva York.

Hicieron del día a día un cúmulo de coincidencias. Me pusieron artículos sobre el VIH en los muebles del salón. Me pusieron a gente parecida a mí muy cerca. Menciones reiteradas a localidades que nada tienen que ver conmigo en diferentes contextos.

Me dieron un azote en el culo al nacer, supongo.

Me dieron días perfectos con gente a la que podría haber amado con locura y que luego prefirieron a otras.

Otras de otras localidades que nada tienen que ver conmigo pero que se me repiten reiteradamente en diferentes contextos. Otras que me doblan la edad y descomponen mi ideal, mi miedo a envejecer, mi obsesión y mi papel de Lolita que tanto les gustaba.

Me dieron razones para tener que recurrir al Norlevo en diversas ocasiones.

Me dieron noches de hotel y motivos para decir algún día: realizó pequeños trabajos como modelo durante su época universitaria. Me dieron celos, me dieron decepciones, desilusiones y un billete de vuelta a casa sin batería en el mp4.

Me llenaron el baño de hormigas y me colocaron un gato enfermo a mi lado para enseñarme a querer e introducir una temporada tierna, enternecedora, intimista y de transición en pleno otoño.

Me dieron un amor de verano al que no le importó que dejara de hablarle en noviembre. Me dieron personajes excéntricos que me hicieron entrar en conflicto con los veteranos de la serie. Introdujeron episodios de madrugada que desenterraron desazones de pasadas temporadas.


Manipularon mi cuerpo e hicieron estallar burbujas dentro de mi boca.

Me dieron amigas incondicionales que poco a poco se fueron alejando o haciéndome daño para que pudiera olvidarlas sin esfuerzo.

Me dieron miedo a perder las encías. Me dieron miedo a quedarme ciega. Me escribieron un pasado ambientado en Andalucía. Me dieron como ídolo un personaje de ficción a quien nadie puede tocar.

Me dieron síntomas, dolencias, hipocondría. Me dieron, me dijeron, me propusieron.

Hoy ondina, mañana sirena.

Children's Book Of American Birds #9

REPORTAJE | CRISTINA FANJUL

En el umbral del décimo aniversario

Leteo cumple en el 2010 diez años de vida, y su revista un lustro con dos gestaciones anuales

07/06/2010 

Ilustración de Plujàcida, que reúne a Asione & Megan
Plujàcida
El club cultural Leteo acaba de editar el noveno número de su revista The children-s book of american birds, que nace bajo el título de La rareza , tal vez porque ha sobrevivido al Fin, la edición anterior, cuya supervivencia estuvo en el aire ante los vaivenes de la crisis económica. El responsable, Alberto R. Torices, destaca que se trata de uno de los números más logrados, tanto en forma como en contenido. «Realmente, sí que nos parece que ha habido una progresión, una mejora en la calidad de los trabajos y del resultado final. Queda mucho que hacer, por supuesto, sobre todo en lo referido a nuestro papel como editores, pero al mismo tiempo creo que podemos decir que The children-s Book ha ido poco a poco, número a número, convirtiéndose en una revista literaria de calidad», explica. Y es que lo que parecía la obra efímera de un grupo de poetas se ha convertido en el mascarón de proa de un navío que muchos se rifan. Así, han conseguido lo que se propusieron en un primer momento: mantener la idea original de publicar dos números anuales, en primavera y otoño. Un logro complicado en un país en el que se vende sólo o sobre todo un tipo de «literatura» de digestión fácil y rápida, sin compromisos intelectuales. En la revista han colaborado grandes como Antonio Gamoneda, Fernando Arrabal, Luis Alberto de Cuenca, Amélie Nothomb o -caso este último número- Jesús Hilario Tundidor. No obstante, y como ellos mismos siempre remarcan, su atención suele enfocarse en autores más jóvenes, cuya obra aún no ha tenido una gran repercusión.
Haciendo honor a su espíritu, The children-s Book ha acogido las primerísimas publicaciones de no pocos autores, como Paula Lapido, Antonio J. Alías, Blanca Fernández, Daniel Boydem o Mareva Mayo. Junto a ellos, Alberto R. Torices subraya la participación de escritores como Llucia Ramis (reciente premio Josep Pla en lengua catalana), Agustín Fernández Mallo (autor de la conocida trilogía Nocilla Project), o uno de los mejores prosistas jóvenes del momento, Joan Ripollès Iranzo, además de narradores como Sergi Puertas (autor de la novela Cómo destruir ángeles) o Matías Candeira (autor del volumen de relatos La soledad de los ventrílocuos).
Y es que Torices recuerda que la razón de ser a la revista, el motivo de su nacimiento fue el intento de arrojar un poco de luz en esa «vasta zona de penumbra donde trabajan las nuevas promesas de nuestra literatura». De ahí que Leteo siempre haya tenido predilección por autores que están en las primeras etapas de su carrera literaria, con pocas publicaciones o ninguna, y que no han accedido a los grandes medios editoriales. Es en esta aparente debilidad donde reside su gran fortaleza.
La rareza , porque realmente esta revista es una extravagancia editorial. Así lo refleja su portada, una ilustración imposible, obra de Eduardo Rubio, ilustrador mexicano que ya ha colaborado con Leteo. Alberto R. Torices explica que tras la marcha de Javier Arce -responsable de todas las portadas hasta el número siete- se perdió su sello de autor, que mezclaba «lo lúdico, lo onírico y lo naif». Como contrapartida, las últimas dos revistas muestran un estilo y un mundo creativo distinto, que enriquece la imagen de la obra.
Como siempre desde el número cuatro, the Children-™s incluye una sección especial dedicada a la literatura que está viendo la luz a través de la web. «Nos parece que buena parte de la mejor literatura del momento se está haciendo en ese medio y siempre nos gusta rastrear en busca de las perlas que esconde la red», asegura Torices. En este número están presentes autores como Adriana Bañares (http://awixumayita.blogspot.com), Marta Castro (http://ternuraporno.net), Brute Bacharach (http://brutebacharach.blogspot.com) o Mareva Mayo (http://hogueradeideas.blogspot.com).

sábado, 5 de junio de 2010

Horquillas. (Fake Plastic Self)

Hace unos días publiqué la tercera parte de este relatillo. Hoy lo cuelgo entero, aprovechando que ha sido publicado en el primer número de la revista digital Ohio.


HER GREEN PLASTIC WATERING CAN
FOR HER FAKE CHINESE RUBBER PLANT
IN THE FAKE PLASTIC EARTH
THAT SHE BOUGHT FROM A RUBBER MAN
IN A TOWN FULL OF RUBBER PLANS
TO GET RID OF ITSELF
Fake plastic trees. Radiohead

I.                   Leo y Nilda.
A Leo le fallan las piernas de vez en cuando. Se le duermen con facilidad y cae rotunda al suelo sin quejido alguno. En silencio, desde el salón, escucha el vapor de la plancha por encima incluso del cantante francés que parece ahogarse dentro de la vieja radio que tienen en la cocina.  Sin dejar de planchar, Nilda eleva la voz sobre el moi non plus y pregunta con una sonrisa de fotocall si quiere tomar algo.
Leo echa un vistazo rápido al salón antes de contestar. El sofá donde está sentada es beige de no sabe muy bien qué tipo de piel, pero la de su muslo izquierdo, desnuda por la minusculinidad de su falda, ha quedado pegada a él. Frente a ella, una enorme televisión de plasma rodeada de aparatos que intuye son: un descodificador de no se sabe si el Astra o el Hispasat, quizá tengan de ambos. Reproductores de beta, vhs, dvd y blue ray. Mandos de todo tipo, bafles de todos los tamaños y muchas cosas que desconoce, no entiende o no recuerda el nombre. A la derecha del home cinema, entre el piano de pared y un maniquí que se parece a Woody Allen, un viejo toca discos y una decena, calcula, de vinilos fuera de sus fundas desperdigados, como si alguien acabara de escuchar emocionado una canción de cada uno. A la izquierda de la televisión, una pared cubierta de baldas cubiertas de cedés.
Leo eleva el muslo derecho. Sobre el izquierdo un ronchón rojizo que derivará en variz. Tiempo al tiempo. Cuando logra despegar su piel del sofá e intenta erguir con dignidad su pequeño cuerpo sobre el terreno que sin duda cuesta más que el salario de toda su vida y de su vida en general, le falla el tobillo, la rodilla, el cuerpo y en definitiva la propia dignidad hasta ver como ésta y todo su cuerpo sin reparo alguno, caen hasta quedar a la altura de todos esos,  tratados como vanos, vinilos.
Nilda pone en posición vertical la plancha un momento. Del bolsillo de su delantal  de diseño, cuadros blancos y negros, saca una horquilla, se la introduce en la boca, mira de reojo a la puerta y como un gato gira la cabeza con rapidez hacia el foco del ruido, mientras se recoge el pelo con la mano izquierda. Sin mover los dientes, para evitar que caiga la horquilla, pregunta:
- ¿Pasa algo, querida?
Y del salón llega la negación de Leo.
Escupe la horquilla, se suelta el pelo, coge algo de encima de la alacena – insultantemente rosa como insultante es el azul pastel de la pared – y se dirige hacia el salón.
La sonrisa de Nilda es un insulto en sí misma. Las mejillas en tensión brillan lisísimas como plástico y sus labios son sólo dos finas líneas bordeando una hilera de dientes impecables.
- ¿Pero qué coño haces? -  Sus delicadas manos. Su manicura perfecta con esmalte rosa. Sus dedos largos y finos. Sus nudillos blancos por la tensión que supone agarrar con la fuerza y la seguridad necesarias un arma. La experiencia debida. La tranquilidad absoluta.
- ¿Qué coño haces tú?
Nilda suspira, tira la pistola, se lleva las manos a la cabeza, sonríe, saca un puñado de horquillas del bolsillo y se agacha junto a Leo.
- ¿Tú te crees que esas son formas de hablarle a tu madre?
Leo le escupe en la cara y ella se lame los labios, atrapando con la lengua algo de saliva de su hija.
- Levántate y haz el favor de ponerte bien la falda, Alejandro está a punto de llegar. – Le acerca el puñado de horquillas. – Recógete el pelo.
Nilda y Leo mantienen sus sonrisas, se miran fijamente, intentan infiltrarse en la mente de la otra, pero el timbre las desconecta de un golpe y Nilda se pone nerviosa.
- Oh, Dios, ya está aquí. ¡Corre! La falda, el pelo, ¡venga, venga!

II.                Ratas.
Me agarra. Tiene mucho cuidado para que ni me escape ni me rompa. Se engancha como un parásito a mis costados, me retuerce de cosquillas, me desangra y se desvive por mantenerme con vida. Me rodea con sus brazos peludos y mugrientos, repite religiosamente en mi oído, susurros que desequilibran mi vello y mi vergüenza. Corrompe con sumo cariño mi dignidad y no soporta que me niegue. Se preocupa por mí si no obedezco, me mira fijamente y no lo entiende. Le sabe mal la verdad, sólo se alimenta de mentiras, y con su lengua corrupta intenta afianzar una conexión que sólo existe en su entelequia.
Por debajo del sofá, entre los discos, en los armarios de la cocina, en la olla donde hierve la pasta que prepara Nilda, cucarachas. Cucarachas enormes que se alimentan de toda la repugnancia que nos mantiene con vida a los tres.
Media hora, una hora, dos, o toda una noche. Si se pasa de la raya con el alcohol es un alivio, y me quedo mirando, desde la cama, a través de los barrotes de la ventana, cómo intentan entrar las ratas, cómo se agolpan desesperadas, impacientes y hambrientas. Como ellas, yo también espero, y calculo cuánto tiempo podrían tardar en conseguirlo y comernos antes de que termine con nosotros alguna infección o la vergüenza abrumadora que supondría para Nilda y Alejandro que algún vecino descubriera este panorama.
Sin embargo, y a pesar de todo lo que estoy soportando, debo estar agradecida. Estaba mal de pasta, es evidente, y mamá me dio trabajo.
Cuando todo termina me quito las horquillas y me lavo el pelo. Nilda me espera en el salón. Sobre la mesa siempre hay un plato preparado para Alejandro. Le devuelvo las horquillas, me entrega un sobre rosa con dinero en efectivo y sin dejar de sonreír se le escapan lágrimas de envidia. Admiro su entereza a pesar de todo. Debe ser duro tener que pagar para satisfacer a su marido. Eso debe ser amor.
A pesar de todo.

III.             Cucarachas.
Por amor. Por amor a sí misma y por miedo. Ese miedo típico de las que nacen flower power  y se convierten en mujer florero. Ese miedo de la dependiente, ese miedo típico a la soledad que las convierte en patéticas esclavas de la superficie, del mainstream, del bótox, del miedo a reencontrarse consigo mismas en el espejo. A Nilda no le gustan sus ojos sin maquillar. Sus ojos sin maquillaje: los ojos, iguales a los de su padre. Idénticos, los mismos, sin cambiar ni un ápice, los mismos ojos con los que nació. Esa mirada, esa retina, que no ha podido cambiar la cirugía, ni la inflamación de los párpados ni la oquedad bajo sus ojos rematadas con corrector de ojeras cada mañana desde hace veinte años. Nada ha podido extirpar de su rostro los ojos de su padre ni todas las cosas que han pasado ante ellos. Nada ha podido borrar todas sus miserias, todos sus anhelos, la soledad detrás del plástico, las ratas, la cochambre, los insectos, la bajeza de tener que recurrir al reflejo de su juventud perdida para mantenerse a salvo, aunque sea viviendo un falso ideal de compañía.
Una a una se va recolocando las horquillas. Sesenta horquillas como sesenta promesas dichas al aire. Religiosamente las va colocando sobre su cabeza sin dejar de mirarse fijamente a los ojos en el espejo. Diez avemarías. No me dejes sola. Diez avemarías y un viacrucis por su cabellera.
Por debajo de la puerta, por los grifos, por las rejillas, por el inodoro, la bañera, van entrando cucarachas.  Nilda mira fijamente su reflejo y espera.
En la otra habitación Alejandro ronca  y a Leo se le han dormido las piernas. Tirada en el suelo observa a las cucarachas de cerca. Están al mismo nivel. Las ve venir,
 y espera.
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