sábado, 5 de junio de 2010

Horquillas. (Fake Plastic Self)

Hace unos días publiqué la tercera parte de este relatillo. Hoy lo cuelgo entero, aprovechando que ha sido publicado en el primer número de la revista digital Ohio.


HER GREEN PLASTIC WATERING CAN
FOR HER FAKE CHINESE RUBBER PLANT
IN THE FAKE PLASTIC EARTH
THAT SHE BOUGHT FROM A RUBBER MAN
IN A TOWN FULL OF RUBBER PLANS
TO GET RID OF ITSELF
Fake plastic trees. Radiohead

I.                   Leo y Nilda.
A Leo le fallan las piernas de vez en cuando. Se le duermen con facilidad y cae rotunda al suelo sin quejido alguno. En silencio, desde el salón, escucha el vapor de la plancha por encima incluso del cantante francés que parece ahogarse dentro de la vieja radio que tienen en la cocina.  Sin dejar de planchar, Nilda eleva la voz sobre el moi non plus y pregunta con una sonrisa de fotocall si quiere tomar algo.
Leo echa un vistazo rápido al salón antes de contestar. El sofá donde está sentada es beige de no sabe muy bien qué tipo de piel, pero la de su muslo izquierdo, desnuda por la minusculinidad de su falda, ha quedado pegada a él. Frente a ella, una enorme televisión de plasma rodeada de aparatos que intuye son: un descodificador de no se sabe si el Astra o el Hispasat, quizá tengan de ambos. Reproductores de beta, vhs, dvd y blue ray. Mandos de todo tipo, bafles de todos los tamaños y muchas cosas que desconoce, no entiende o no recuerda el nombre. A la derecha del home cinema, entre el piano de pared y un maniquí que se parece a Woody Allen, un viejo toca discos y una decena, calcula, de vinilos fuera de sus fundas desperdigados, como si alguien acabara de escuchar emocionado una canción de cada uno. A la izquierda de la televisión, una pared cubierta de baldas cubiertas de cedés.
Leo eleva el muslo derecho. Sobre el izquierdo un ronchón rojizo que derivará en variz. Tiempo al tiempo. Cuando logra despegar su piel del sofá e intenta erguir con dignidad su pequeño cuerpo sobre el terreno que sin duda cuesta más que el salario de toda su vida y de su vida en general, le falla el tobillo, la rodilla, el cuerpo y en definitiva la propia dignidad hasta ver como ésta y todo su cuerpo sin reparo alguno, caen hasta quedar a la altura de todos esos,  tratados como vanos, vinilos.
Nilda pone en posición vertical la plancha un momento. Del bolsillo de su delantal  de diseño, cuadros blancos y negros, saca una horquilla, se la introduce en la boca, mira de reojo a la puerta y como un gato gira la cabeza con rapidez hacia el foco del ruido, mientras se recoge el pelo con la mano izquierda. Sin mover los dientes, para evitar que caiga la horquilla, pregunta:
- ¿Pasa algo, querida?
Y del salón llega la negación de Leo.
Escupe la horquilla, se suelta el pelo, coge algo de encima de la alacena – insultantemente rosa como insultante es el azul pastel de la pared – y se dirige hacia el salón.
La sonrisa de Nilda es un insulto en sí misma. Las mejillas en tensión brillan lisísimas como plástico y sus labios son sólo dos finas líneas bordeando una hilera de dientes impecables.
- ¿Pero qué coño haces? -  Sus delicadas manos. Su manicura perfecta con esmalte rosa. Sus dedos largos y finos. Sus nudillos blancos por la tensión que supone agarrar con la fuerza y la seguridad necesarias un arma. La experiencia debida. La tranquilidad absoluta.
- ¿Qué coño haces tú?
Nilda suspira, tira la pistola, se lleva las manos a la cabeza, sonríe, saca un puñado de horquillas del bolsillo y se agacha junto a Leo.
- ¿Tú te crees que esas son formas de hablarle a tu madre?
Leo le escupe en la cara y ella se lame los labios, atrapando con la lengua algo de saliva de su hija.
- Levántate y haz el favor de ponerte bien la falda, Alejandro está a punto de llegar. – Le acerca el puñado de horquillas. – Recógete el pelo.
Nilda y Leo mantienen sus sonrisas, se miran fijamente, intentan infiltrarse en la mente de la otra, pero el timbre las desconecta de un golpe y Nilda se pone nerviosa.
- Oh, Dios, ya está aquí. ¡Corre! La falda, el pelo, ¡venga, venga!

II.                Ratas.
Me agarra. Tiene mucho cuidado para que ni me escape ni me rompa. Se engancha como un parásito a mis costados, me retuerce de cosquillas, me desangra y se desvive por mantenerme con vida. Me rodea con sus brazos peludos y mugrientos, repite religiosamente en mi oído, susurros que desequilibran mi vello y mi vergüenza. Corrompe con sumo cariño mi dignidad y no soporta que me niegue. Se preocupa por mí si no obedezco, me mira fijamente y no lo entiende. Le sabe mal la verdad, sólo se alimenta de mentiras, y con su lengua corrupta intenta afianzar una conexión que sólo existe en su entelequia.
Por debajo del sofá, entre los discos, en los armarios de la cocina, en la olla donde hierve la pasta que prepara Nilda, cucarachas. Cucarachas enormes que se alimentan de toda la repugnancia que nos mantiene con vida a los tres.
Media hora, una hora, dos, o toda una noche. Si se pasa de la raya con el alcohol es un alivio, y me quedo mirando, desde la cama, a través de los barrotes de la ventana, cómo intentan entrar las ratas, cómo se agolpan desesperadas, impacientes y hambrientas. Como ellas, yo también espero, y calculo cuánto tiempo podrían tardar en conseguirlo y comernos antes de que termine con nosotros alguna infección o la vergüenza abrumadora que supondría para Nilda y Alejandro que algún vecino descubriera este panorama.
Sin embargo, y a pesar de todo lo que estoy soportando, debo estar agradecida. Estaba mal de pasta, es evidente, y mamá me dio trabajo.
Cuando todo termina me quito las horquillas y me lavo el pelo. Nilda me espera en el salón. Sobre la mesa siempre hay un plato preparado para Alejandro. Le devuelvo las horquillas, me entrega un sobre rosa con dinero en efectivo y sin dejar de sonreír se le escapan lágrimas de envidia. Admiro su entereza a pesar de todo. Debe ser duro tener que pagar para satisfacer a su marido. Eso debe ser amor.
A pesar de todo.

III.             Cucarachas.
Por amor. Por amor a sí misma y por miedo. Ese miedo típico de las que nacen flower power  y se convierten en mujer florero. Ese miedo de la dependiente, ese miedo típico a la soledad que las convierte en patéticas esclavas de la superficie, del mainstream, del bótox, del miedo a reencontrarse consigo mismas en el espejo. A Nilda no le gustan sus ojos sin maquillar. Sus ojos sin maquillaje: los ojos, iguales a los de su padre. Idénticos, los mismos, sin cambiar ni un ápice, los mismos ojos con los que nació. Esa mirada, esa retina, que no ha podido cambiar la cirugía, ni la inflamación de los párpados ni la oquedad bajo sus ojos rematadas con corrector de ojeras cada mañana desde hace veinte años. Nada ha podido extirpar de su rostro los ojos de su padre ni todas las cosas que han pasado ante ellos. Nada ha podido borrar todas sus miserias, todos sus anhelos, la soledad detrás del plástico, las ratas, la cochambre, los insectos, la bajeza de tener que recurrir al reflejo de su juventud perdida para mantenerse a salvo, aunque sea viviendo un falso ideal de compañía.
Una a una se va recolocando las horquillas. Sesenta horquillas como sesenta promesas dichas al aire. Religiosamente las va colocando sobre su cabeza sin dejar de mirarse fijamente a los ojos en el espejo. Diez avemarías. No me dejes sola. Diez avemarías y un viacrucis por su cabellera.
Por debajo de la puerta, por los grifos, por las rejillas, por el inodoro, la bañera, van entrando cucarachas.  Nilda mira fijamente su reflejo y espera.
En la otra habitación Alejandro ronca  y a Leo se le han dormido las piernas. Tirada en el suelo observa a las cucarachas de cerca. Están al mismo nivel. Las ve venir,
 y espera.

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