domingo, 20 de mayo de 2012

Despegar aviones.



A través de los cristales / del cristal
de cada tren que me llevó a Frankfurt,
del bus que me llevó al aeropuerto de Hahn -
ese aeropuerto tan pequeño y recóndito que huele a muerte,
nada que ver con el aeropuerto de Frankfurt,
esa arquitectura de luces y enormidad
que remite a otra muerte
como casi toda la arquitectura marciana de Frankfurt que tanto me impresiona cuando me encuentra allí el amancer.

Yo vi, durante ese camino matutino, que las nubes estaban muy
bajas,
esponjosas,
nubes como cerebros, algodón de azúcar. El blanco neutro,
todo,
al parecer,
tan tangible.
Sabía que el despegue de mi avión me iba a impresionar
porque las atravesaríamos todas.

Me aterra volar. Y mira que se ha convertido en algo casi cotidiano para mí desde septiembre, pero no lo puedo evitar. Afortunadamente, no me dejo dominar por el pánico
y trato de llegar siempre pronto para agenciarme ventanilla. Si he de morir, que sea viendo el pasiaje
y no desconocidos que gritan.

Y seguramente será por esta tradición cristiana en la que me he criado,
pero el despegue siempre me remite a la muerte. No concibo la muerte de otro modo que no sea el ascenso.

Por eso me emociono al despegar, y más me emocioné al atravesar las nubes y verlo todo tan claro
dentro de ellas
la blancura cegadora
[acogedora]
como si me estuvieran limpiando /
expurgando todos mis pecados,
todos mis miedos y preocupaciones.

Y dentro de la nube recordé la úlima vez que había estado en España.



Cuando estuve en Marzo en España fui con mi padre a visitar a mi abuelo, que vive en un pueblo chiquitico de La Rioja: San Torcuato.

En San Torcuato hay un aeródromo al que nunca antes había ido.

Mi abuelo tiene un perro que se llama de muchas maneras y que tiene una forma de ser un tanto felina. Sale cuando quiere y vuelve cuando le da la gana. Esta vez el perro no estaba. Mi abuelo me dijo que seguramente estaba en Bañares. Que últimamente se iba mucho allí porque debía de haber una señora que le daba comida. Mi abuelo sospechaba que el perro le fuera a abandonar por esta mujer. Sentí mucha tristeza al respecto.
Mi padre propuso que nos fuéramos hasta el aeródromo, que está en lo que todos llaman el monte, aunque San Torcuato tiene la línea del horizonte más clara que he visto en la vida. Mi abuelo dijo que solía ir mucho allí de paseo, con el perro, y que el perro jugaba con los raposos. [zorrillos].
Fuimos en coche. Mi padre le dio al play y se disparó mi cd de Lana del Rey por la canción Carmen. Me pareció significativo porque mi abuela se llamaba así. Mi abuela murió en 2001. Llegué a casa después de clase, mi madre abrió la puerta y dijo que mi padre había llamado, que había pasado algo. Yo ya sabía que había muerto. Es curioso. Cuando mi abuela materna murió fue mi padre, por teléfono, quien me avisó. Siempre parece que la muerte está tan lejana. No, que la vejez es tan lejana.
En fin, que fuimos a ver el aeródromo. Yo nunca había estado. Cuando voy a San Torcuato me limito a estar en casa de mi abuelo. Recuerdo que de pequeña iba mucho. No al aeródromo, porque no existía, pero sí al “monte”. Me cogía la bici y daba vueltas por allí lejos. Bicis BH del año que reinó Carolo, en herencia de mi padre o mis tías, y con licencia creative commons a compartir entre las primas. Pero después me hice un tanto beatnick, ya sabes. Ciudad. Consumismo. Fobia a los insectos. Esas cosas. Entonces, de pronto
me veo
en el monte que no es monte. Mi abuelo, mi padre y yo. Gallinas campando a sus anchas por los alrededores. Esos zorrillos que sabemos que están pero no se manifiestan, y una pista para aeroplanos. Turistas que se gastan 45 euros para ver La Rioja desde el cielo.
Y mi abuelo,
que ha dejado en el aire en una conversación durante la comida el tema de la herencia,
que ha hablado de su edad
y el abandono.
Mi abuelo, en la valla de la pista diciendo
“vamos a verlos despegar”.

Yo suelo venir mucho aquí, a verlos despegar.

Y entonces me quedó ahí, a su lado, y vemos cómo una de esas avionetas (o lo que sean, esos objetos voladores), desaparece en el horizonte.




3 comentarios:

  1. me ha encantado esa forma de hilar poesía con tu mundo más interior, tus miedos y fobias, con regresiones a la niñez que sigue en el monte, en el presente, pero siempre en el aire hay poesía.

    muy bueno, Adriana

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  2. Hermosa tu poesia, quede encantado. A mi me encanta ir a los aeropuertos a ver despegar los aviones los fines de semana porque hay mas silencio en la ciudad y podes prestarle atención a los aviones. Saludos

    ResponderEliminar

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