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domingo, 20 de mayo de 2012

Despegar aviones.



A través de los cristales / del cristal
de cada tren que me llevó a Frankfurt,
del bus que me llevó al aeropuerto de Hahn -
ese aeropuerto tan pequeño y recóndito que huele a muerte,
nada que ver con el aeropuerto de Frankfurt,
esa arquitectura de luces y enormidad
que remite a otra muerte
como casi toda la arquitectura marciana de Frankfurt que tanto me impresiona cuando me encuentra allí el amancer.

Yo vi, durante ese camino matutino, que las nubes estaban muy
bajas,
esponjosas,
nubes como cerebros, algodón de azúcar. El blanco neutro,
todo,
al parecer,
tan tangible.
Sabía que el despegue de mi avión me iba a impresionar
porque las atravesaríamos todas.

Me aterra volar. Y mira que se ha convertido en algo casi cotidiano para mí desde septiembre, pero no lo puedo evitar. Afortunadamente, no me dejo dominar por el pánico
y trato de llegar siempre pronto para agenciarme ventanilla. Si he de morir, que sea viendo el pasiaje
y no desconocidos que gritan.

Y seguramente será por esta tradición cristiana en la que me he criado,
pero el despegue siempre me remite a la muerte. No concibo la muerte de otro modo que no sea el ascenso.

Por eso me emociono al despegar, y más me emocioné al atravesar las nubes y verlo todo tan claro
dentro de ellas
la blancura cegadora
[acogedora]
como si me estuvieran limpiando /
expurgando todos mis pecados,
todos mis miedos y preocupaciones.

Y dentro de la nube recordé la úlima vez que había estado en España.



Cuando estuve en Marzo en España fui con mi padre a visitar a mi abuelo, que vive en un pueblo chiquitico de La Rioja: San Torcuato.

En San Torcuato hay un aeródromo al que nunca antes había ido.

Mi abuelo tiene un perro que se llama de muchas maneras y que tiene una forma de ser un tanto felina. Sale cuando quiere y vuelve cuando le da la gana. Esta vez el perro no estaba. Mi abuelo me dijo que seguramente estaba en Bañares. Que últimamente se iba mucho allí porque debía de haber una señora que le daba comida. Mi abuelo sospechaba que el perro le fuera a abandonar por esta mujer. Sentí mucha tristeza al respecto.
Mi padre propuso que nos fuéramos hasta el aeródromo, que está en lo que todos llaman el monte, aunque San Torcuato tiene la línea del horizonte más clara que he visto en la vida. Mi abuelo dijo que solía ir mucho allí de paseo, con el perro, y que el perro jugaba con los raposos. [zorrillos].
Fuimos en coche. Mi padre le dio al play y se disparó mi cd de Lana del Rey por la canción Carmen. Me pareció significativo porque mi abuela se llamaba así. Mi abuela murió en 2001. Llegué a casa después de clase, mi madre abrió la puerta y dijo que mi padre había llamado, que había pasado algo. Yo ya sabía que había muerto. Es curioso. Cuando mi abuela materna murió fue mi padre, por teléfono, quien me avisó. Siempre parece que la muerte está tan lejana. No, que la vejez es tan lejana.
En fin, que fuimos a ver el aeródromo. Yo nunca había estado. Cuando voy a San Torcuato me limito a estar en casa de mi abuelo. Recuerdo que de pequeña iba mucho. No al aeródromo, porque no existía, pero sí al “monte”. Me cogía la bici y daba vueltas por allí lejos. Bicis BH del año que reinó Carolo, en herencia de mi padre o mis tías, y con licencia creative commons a compartir entre las primas. Pero después me hice un tanto beatnick, ya sabes. Ciudad. Consumismo. Fobia a los insectos. Esas cosas. Entonces, de pronto
me veo
en el monte que no es monte. Mi abuelo, mi padre y yo. Gallinas campando a sus anchas por los alrededores. Esos zorrillos que sabemos que están pero no se manifiestan, y una pista para aeroplanos. Turistas que se gastan 45 euros para ver La Rioja desde el cielo.
Y mi abuelo,
que ha dejado en el aire en una conversación durante la comida el tema de la herencia,
que ha hablado de su edad
y el abandono.
Mi abuelo, en la valla de la pista diciendo
“vamos a verlos despegar”.

Yo suelo venir mucho aquí, a verlos despegar.

Y entonces me quedó ahí, a su lado, y vemos cómo una de esas avionetas (o lo que sean, esos objetos voladores), desaparece en el horizonte.




lunes, 12 de diciembre de 2011

No le pienso dar al Enter

Hola soy Blogger y me gusta desconfigurar entradas. Con todos ustedes,  el texto centrado.

Estas últimas semanas he estado trabajando en un libro. Prosa. Aunque tal vez demasiado poética. Demasiado poética para ser relato, demasiado largo para ser breve pero demasiado corto para ser novela. Con la estructura por el suelo y el final, según se entienda, por los aires. En fin. Pero hacía mucho tiempo que no me ponía a escribir de esa manera. Desde La Soledad del Café. ¿Sabes lo que eso significa? Y es extraño, porque de aquella han pasado ya casi, si no lo han hecho, siete años, pero aun así sigue ahí esta obsesión por lo onírico, y más ahora que la hija de mi gurú en el tema, Armando Carranza, se encuentra cumpliendo condena por haber asesinado a su ex marido y a un ex novio. Marta me habla de bucles por el Facebook y no tengo muy claro si cuando dice “bucles” se refiere a “vínculos”. I mean: a esa relación de ideas, conceptos y situaciones que nos hace volver y repetir lo mismo durante toda la vida y más allá. No sé si ella ve lo mismo. Pero yo me pierdo en tanta coincidencia. De todas formas, es lo de menos. Sólo quiero comentar que estas últimas semanas he estado trabajando en una historia. Y que la mayor parte de esta historia ha sido escrita a mano. Concretamente con boli bic negro y azul sobre hojas de cuaderno cuadriculado. Me ha sentado muy bien volver a encontrarme. Cuanta más gente sigue mi blog, más me cuesta expresarme. Tengo miedo a que no me entendáis o a que me juzguéis mal (o bien, yo qué sé) y digáis de mí que estoy zumbada o que soy una pedante o que me lo flipo y que trato de ir de una cosa que no soy, o que soy posmoderna por pose. Es que ya no entiendo nada. Lo siguiente que diréis de mí será que soy demasiado mayor, pero esa es otra historia a la que también le estoy dando muchas vueltas últimamente, porque el tiempo no deja de seguir hacia adelante y me aterra tanto no poder hacer nada contra ello que, buf, pum, exploto. Pero lo que venía diciendo es que en las últimas semanas he estado trabajando en una historia. He estado escribiendo, y escribiendo de verdad, y me he sentido muy bien. Porque había olvidado la catarsis que supone escribir desde un personaje, y digo un personaje de verdad, un personaje ajeno a ti, no un jodido alter ego. No. Ser todos los personajes y no ser ninguno y poder amar y entender a la asesina, formar parte de ella, darle vida y quitarme horas a mi de sueño y atención -fragmentos escritos en clase cuando se me escapan los minutos en un inglés con acento alemán que a veces no entiendo- de mi vida para dar con ese jodido final monoligofrénico y el punto que cierra la suy. He estado escribiendo y el vacío (inmenso de mis noches yo le siento...) que siento desde que la di por finalizada -hecho jodidamente de menos a mi protagonista- me ha dejado muy clara una cosa: esto NO es un hobby. Ya, ya, lo sé, shh. Veréis, en mi clase de alemán para extranjeros (y olé) estamos estudiando ahora mismo los hobbys y los oficios. Se supone que nosotros somos estudiantes y nos gusta, yo qué sé, leer, escuchar música, ir al cine, ir de paseo o ir a discotecas (Ej. Ich bin Studientin. Meine hobbys sind Bücher lesen, Musik hörer, ins Kino gehen, spazieren gehen und mit Freunden in die Kneipe gehen). Vale. A ver si me explico. Voy a seguir con los ejemplos. A principios de septiembre, yo me vi con dos futuros viajes, que puede que no parezcan la hostia, pero para mí, que las únicas veces que había salido de España fue con el instituto, a visitar, como mucho en una semana, Toulousse, Burdeos, Génova o Londres, pues os podéis imaginar. El primero se trataba del viaje aBrescia (Italia) y el segundo del Erasmus en Bayreuth (Alemania). Como ya comenté en su momento, al primero me invitó el Ayuntamiento de Logroño para representar, en calidad de escritora, a España (y olé), en la Giornata Europea delle Lingue. Pocos días después de mi regreso, tomaría otro avión hacia Bayreuth, donde me encuentro desde entonces con una beca Erasmus, terminando esa carrera que prometía diálogos y discursos propios del cine de Richard Linklater pero que al final resultó ser una puta mierda: Filosofía. Entonces, alguien de mi familia (de esa parte de la familia que piensa que estoy perdiendo el tiempo en cosas inútiles para estos tiempos de crisis, porque a quién se le ocurre estudiar Filosofía, que no sirve para nada; porque por qué perder el tiempo escribiendo mingadas y publicando morralla y leyendo en bares) me dijo: “Pero lo de Italia es sólo por tu hobby, ¿no?”. M I H O B B Y. Y entonces yo, señoras y señores, me pregunto: ¿Qué es un hobby? Tengo un amigo que no supo qué responder a la casilla “Hobbys” del formulario inicial que le entregó su psicólogo, por ejemplo. Con esto quiero decir, ¿existen los hobbys? La gente se apunta a talleres de costura (Por cierto ¿qué es eso que me dice Pau de que ahora tejer es una actividad hipster? Que lo ha visto en las noticias de Antena 3, me dice), de bolillos, de salsa, o sale a correr, o se ve una peli o la tele, o yo qué sé. Joder, no sé. Yo entiendo que pintar sea un hobby si hablamos de esa gente que se apunta a un taller para pintar paisajes fijándose en cuadros de mierda del año que reinó Carolo, o que se tiran diez meses, dos horas a la semana, copiando los girasoles de Van Gogh. Y entiendo que se considere Hobby hacer bolillos o ir a yoga o... no, tampoco tengo claro nada de esto. ¿Cuáles son mis putos hobbys? ¿Leer y ver películas? ¿Escuchar música? Yo creo que le doy una importancia mayor a la literatura, al cine y a la música como para relegarlos a la categoría de “cosas con las que perder el puto tiempo”. Yo no escribo para pasar el rato. A mí escribir me duele por necesario. Y es así, ¿con cuántos de vosotros he hablado alguna vez Filosofía? Si me preguntan “Qué tal en Bayreuth”  yo sólo respondo sobre mi asesina, sobre los relatos que tengo en mente para las próximas antologías en las que voy a aparecer, o sobre los libros que estoy leyendo. Porque esa es mi vida y es a lo que me dedico. Así lo siento. Mi hobby es la Filosofía. Aunque sea por la que estoy aquí (oficial y burocraticamente) y por lo que fui a Valladolid (y me fui de Logroño). ¡Ja! Trampa. ¿Por qué estudio Filosofía? ¿Por qué me fui de Logroño? ¿Por qué estoy aquí, asistiendo a seminarios de Filosofía en inglés, por qué quise salir de España, por qué quise conocer otro país, por qué vine a un pueblo perdido de Alemania? Todo lo que he hecho ha sido para escribir. Y vosotros diréis, ¿y por qué Filosofía y no Filología? Pues yo os lo digo, señores: porque me salió de los. ¿Cuál es la conclusión a la que llegamos con todo esto? Que no escribo por hobby. Y, dicho esto, y volviendo al tema que me ocupaba, estas últimas semanas me he estado dedicando a escribir una novela corta relato breve que será publicada, según lo previsto, la tercera semana de marzo, con la editorial peruana Toro de Trapo. He dicho peruana, sí, de Perú, lo que quiere decir que a este país no le basta con una Adri irreverente. 









 Volveré con noticias.

martes, 17 de mayo de 2011

a Olaia Pazos








tuve oportunidad de conocerla un día en Madrid. Muy poquito tiempo. Estábamos en su casa y yo me mantuve callada (así soy yo en el primer contacto) mientras ella ensayaba lo que tocaría un par de horas después en la presentación de Generación Blogger en la Fnac. Mientras la miraba, a ella, a su habitación preciosa repleta de accesorios y objetos de circo, de actriz, de teatro, el balcón, etc. no dejaba de pensar que a esta tía tendría que conocerla Pat. O esta tíPat. Olaia imitaba su amigo Paco Sevilla, a quien tuve ocasión de conocer en la complutense en aquel homenaje a Miguel Hernández, cuando conocí también a Óscar Aguado, y vi un ambiente universitario que me gustó y debates filosóficos en las puertas de los baños y cachis de calimotxo por los pasillos y a gritos y el rector expulsando de la facultad a Paco y a Óscar. Qué enamorada estaba yo de la bohème y  cuán ingenuamente creí a Leo Zelada cuando hablaba de Madrid como "la nueva París". Y qué claro lo tuve en casa de Olaia. Qué envidia me dio: poeta, cantante, actriz. Una envidia por lo que no vivo(í) ni parece que vaya vivir, como cuando leí Chamuscadilla de Malicia Cool: 




Yo pensaba -tenía muy claro- que la clave era Madrid. Vivir en ella y leer en los bares. Pensaba que la bohème era todo aquello: las camisetas de Neorrabioso, el fondo azul de Los Diablos, los gin tonic con pepino en el Manuela. En definitiva: el cielo rojo-gris de Madrid.                       


Pero Madrid se valejando y en Los Diablos parece que siempre -y sólo- lee la misma gente. A mucha de la cual admiro -quede claro-, pero del mismo modo que inserto ese "quede claro" entre guiones, me da la sensación de que todo  al final se está convirtiendo en un nosotros y los otros, en una endogamia que ya roza lo patético. Dentro de los guiones como dentro del círculo: como siempre el miedo a quedarse fuera, a ser olvidadoMi idea de Madrid como nueva París literaria murió el día que recibí un correo de Leo Zelada donde me proponía participar en unantología previo pago de X euros. Pero también murió el día en que los poetas abandonaron el papel por los smartphones, iphones, o lo que sea. Murió el día en que las poetas funcionaron mejor como modelos. Murió y ahora yo me voy lejos desde donde publicaré poemarios póstumos que no leeré en público.


Murió pero me llevo Quieres que te cuente un cuento en el MP4, Chamuscadilla en el E-book, y Blis Blas Blues en mi blog roll, mientras espero que llegue un paquete de Casa del Libro con Sois todos tontos y me lamento por la incontinencia verbal que descargo en este blog -pero no en la calle- y me va cerrando puertas entre un círculo que ya no sé si aboga por el amor a la literatura, por el ego o por la moda, pero del que no quiero salir.




El disco de Olaia es una maravilla, como sus poemas:







domingo, 24 de octubre de 2010

Prosía, medias y leggins estampados y una postal desde Italia. O cómo hacer de la poesía un mundo en el Messenger. O en el facebook o en el gTalk.

Recupero una cosilla que escribí en marzo.



No me considero poet(is)a. Nunca lo he hecho y tampoco he sido nunca capaz de escribir un soneto. Un soneto bueno. Contar sílabas y rimar palabras sabemos todos. Pero si hay algo que me jode más que que (cococó) me llamen poeta es que me digan que no lo soy.
Me conecto al Messenger una noche, o una tarde, o una mañana, hace días, quiza´ más, y A. me pasa una web cuyo título reza “Auténtica Poesía”. Como soy una persona fácilmente irritable, me lo tomo como que si me estuviera diciendo indirectamente que lo que yo escribo no es poesía. ¿Quiénes son estos rancios? Pregunto. No sé si serán unos rancios, responde él, pero tienen razón.
No habría necesidad de poner el apellido de auténtica a la palabra poesía si no fuera porque cada día más, la prosa poética está adoptando su nombre de forma fraudulenta.

Oh Dios mío, ¡maldita sea esa mala perra! Nos está arrastrando hacia una crisis aterradora e inevitable. No, prosa poética, aléjate de estas rimas. Vete con tu verso libre al infierno de la narrativa y deja de mancillar impunemente a la pura poesía.
Mientras tanto, R., que me sobrevalora, me pide consejo. Dice que sus textos no enganchan. No creo que eso sea cierto. Al menos yo disfruto mucho con sus escritos. Pero bueno, le digo, yo qué sé, que pase de comerse tanto el tarro y saque su mala leche.
Pero entonces se mete por banda, por otra ventana, el tercero en discordia y me pregunta si no va siendo hora ya de alejarme del realismo sucio. Que David González y Vicente Muñoz Álvarez NO son el ejemplo a seguir.
Vuelvo a R, que ahora se está rallando. ¿Crees que soy muy ñoña? ¿Aburro? Que no que no, no me hagas caso. Nada de mala leche. Yo no soy nadie para dar consejos, R.
A. sigue a lo suyo. Considera que la poesía es, como dice el subtitulo de la web que me ha pasado “el verso con rima y medida”.
Un cuarto. Le comento que tengo pensado presentarme a un concurso de poesía, pero claro, lo mío no es poesía, porque no sigo ni rima ni medida ni pollas. Él me dice que me quite de etiquetas y presente poemas en prosa.
A me dice: “si no digo que lo tuyo sea malo, sólo digo que no es poesía”.
Al tercero le pregunto si soy demasiado hardcore. Él me dice que no le malinterprete, que a él le gusta lo fuerte, pero que lo que (quiquiquí) fallan son las formas.


R. me dice que se ha leído Inné y que se muere de envidia por cómo transmito. Bueno, pero ni siquiera es poesía, y la forma… 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Green Tea After Lunch

Para cuando vuelvo del baño, Elena ya le ha echado canela al batido de vainilla. Ver a Elena tomarse un batido de vainilla con canela me devuelve a la realidad. Que veintidós años sí son años y fumar ni siquiera tiene ya ningún aquel. La lima en el vodka sin marca, para qué. Por no mencionar las noches recopilando céntimos hasta del suelo para entrar al puto Concept. Leti espera una beca para irse a Italia. Me dice, “Capulla, tú te vas a Iowa, sí o sí”. Me obliga a irme. Me pregunta su padre si sigo por Salamanca y le respondo que sí. Valladolid, papa, apunta ella. Da igual. Marta mece a Gracia, ésta sonríe. Me habla de cosas que se me escapan. La última oferta en el Eroski de pañales. La ropa en Zara niños no es tan barata como parece. Leti mete la última maleta al coche. Cada vez que te vas es como si te fueras de casa, le dice su madre. Los antiguos amigos que nos encontramos por la calle son tan desconocidos que me da apuro hasta levantar la mirada para saludar.

Elena y yo, en otros tiempos, con un montón de gente de la que no me acuerdo ni de la mitad, semitiradas por el suelo.

Las fiestas ya no me gustan. Veo pasar a las peñas y me lleno de tristeza. Suena con eco el Paquito Chocolatero desde lejos. Barón Rojo en la plaza del Ayuntamiento. La Laurel a tope, como siempre. Alguien se pregunta por qué la gente sólo toma esa actitud en fiestas y no la extiende hacia el resto del año. No me parece nada tan diferente, en realidad. Hace seis años también estábamos en las escaleras del portal de Leti. Entraban, saludaban, salían y se despedían exactamente los mismos vecinos.  

Leti visiblemente decepcionada por lo que le regalamos en su 16 cumpleaños.

Nosotras ya somos viejas, dice Elena riéndose. Gracia se ha quedado dormida, Marta puede tomarse el café más tranquila. En la mesa de al lado hay una chica que me recuerda a Elisa, una antiquísima amiga de la infancia. Estoy tan segura de que es ella que hasta me da miedo levantar la mirada. Me avergüenza lo que soy. En la pared de la cocina he apuntado: Green Tea After Lunch. Té verde después de cada comida, para matar a esas perras desde dentro. Pero como siempre, no he cumplido mi promesa porque a mí nunca me he hecho ningún caso. Tenía una incipiente muela del juicio en la parte inferior izquierda de la boca. Un piquito blanco de nada que asomaba tratando de llevarse bien conmigo. Cada cierto tiempo sin dar señales de vida, me dolía un poco. Nada comparable a las historias para no dormir que me han contado sobre las muelas del juicio. La semana pasada fui al dentista y me la saqué aunque aún no se vislumbraba de ella más que un mísero punto blanco. Al ver cómo pasaban el hilo, me acordé de una escena horrorosa de la peli no menos horrorosa de los zombis nazis o los nazis zombis. También me acordé un poco de Jeppers Creepers, o como se escriba, y me temblaron las piernas como a una gilipollas. Un amigo me envía una solicitud para que me una a un grupo del Facebook: NECESITAMOS 50.000 FIRMAS CONTRA EL ABORTO PARA LA ONU. Y pienso que no podría habérmelo enviado en un momento más oportuno


martes, 14 de septiembre de 2010

Symmetry Of Empty Space




Valladolid es una ciudad desoladora. Supongo que, llegado un momento, todas las ciudades lo son. El primer año que viví en Logroño me llamaba la atención que no se viera a nadie en la calle a partir de las diez de la noche. Con el tiempo se aprende a mirar y se descubren personas con maletas de madrugada, yendo o viniendo de la estación de autobuses.

El domingo fui a casa de Pat, porque ya no vivimos juntas, aunque sí cerca, y vimos “Los Mundos de Coraline” porque “¡no me puedo creer que no la hayas visto!”. Algo así me dijo el año pasado antes de ver “Corre Lola, Corre”. Pensé en la desolación después, de vuelta a casa. La desolación iba más allá. Se habían terminado las fiestas. Unas fiestas de las que, como todos los años, no he sido muy consciente. La razón que me lleva a estar en Valladolid en septiembre no es otra que los exámenes. Septiembre es tierra de nadie, una ciudad pasada la semana de fiestas. Una nueva habitación o un nuevo piso. Y, como siempre, las decisiones a última hora. Salimos cualquier día. Periodo de entreguerras entre examen y examen y por la calle alguien grita que son días de fiesta. Un pincho, una caña, en cualquier caseta. Pero los temas de conversación no tienen que ver con ningún tipo de celebración. Incomodidad. Hablar de trabajo, estudios, becas, proyectos. Stop.

Volver a casa y el silencio. En las calles y en mi piso. Los propósitos para el nuevo curso. ¿Adelgazar? No fumar, no beber, ser constante, ir a clase to-dos-los-dí-as. Acudir a las tutorías, a ese tú a tú forzado del explíquemelo otra vez. Tócala otra vez, Sam. A ese no sé cómo decirte ya que estoy hasta la polla de Descartes, Kant y su puta madre. Pero sobre todo harta de Popper, Kuhn, Frege, Russell y aún más de todos los medievales. A ese quiero terminar de una puta vez pero se me hace interminable. Así que barajamos las opciones. Todo esto sin haber mirado una sola nota. Manías. Alargar la agonía de la incertidumbre hasta el día en que se abra el plazo de matrícula. Para no tener ya nada que hacer. Para no tener que suplicar un medio o un punto entero más, ni tener que admitir que fue un error elegir esta carrera. Tener que admitirlo otra vez. Tener que decir que pese a lo poco o nada que me puede interesar la lógica, y lo muchísimo menos que me puede llegar a gustar tener que volver a cursar, otra vez, las mismas clases de filosofía medieval y moderna, con sus mismos profesores, sus mismas caras, sus mismos gestos, y los mismos pero con otras caras alumnos que levantan la mano y preguntan y responden y replican tontamente y citan a multitud de autores, y aburren hasta hartar, una y otra vez, una y otra vez, las mismas historias, desde bachillerato y hasta el infinito, siempre lo mismo, lo mismo, lo mismo, San Agustín, Santo Tomás, Abelardo, Escoto, blah, blah blah. Siempre lo mismo pero peor, con menos ganas, con la motivación de primero deprimida y por los suelos. Harta de estudiar Filosofía y sin mirar siquiera las notas de este septiembre intento decidir, con el miedo aún en el cuerpo —lo mucho que me aterran las muñecas de trapo— en la desolación de una ciudad a la que se le ha acabado el tiempo de recreo, en qué matricularme este año. ¿Me matriculo en quinto o me dedico a limpiar el primer ciclo?

Oigo latir en el bolso “El Sofá de los Valientes”, de Bolo, y me acuerdo del pasado 10 de septiembre en el sur del sur de Madrid, como me dijo Nacho. De cualquier manera, pensar en Valladolid como un espacio vacío me remonta a Madrid, y por un momento creo que sé qué quiero pero no puedo moverme de aquí. Es lo que hay. Valladolid es esa estación de mis últimos sueños. Esa estación a la que nunca llego a tiempo o donde no me quieren vender billete a ningún sitio. Todas las noches entro a un vagón de tren que se cierra antes de tiempo. Nadie de los que están a bordo sabe cuál es el destino. Todas las mañanas despierto con miedo. El miedo a no poder salir. El miedo a tener que volver cada vez de nuevo a casa. El miedo a volver a repetir los mismos patrones. Una y otra, y otra, y otra vez. A la oscuridad, al eventual “se ha detectado una amenaza” del antivirus de turno. El antivirus, el retroviral, la droguita de turno que nos da seguridad ante el peligro. Qué divertido. A sentarme, otra vez, ante los mismos apuntes de junio, pero con muchísimas menos ganas, para el último examen de la temporada. ¿Me matriculo en quinto o me dedico a limpiar el primer ciclo? Limpiar el primer ciclo. Qué bien suena, qué apropiado. Limpiar. Dejarlo todo limpio antes de marchar. A otra carrera, a otra ciudad, a otro país. Pero no volver ni quedarse esperando.
Este año tiene que ser el último. Anótalo como propósito —como único propósito— de nuevo curso. 
Este va–a–ser–el–último.

P.D.: El jueves tengo una entrevista de trabajo.


lunes, 29 de marzo de 2010

Estupenda

Salgo de casa. Botines de Mustang, vaqueros pitillo de Bershka, cinturón fino del bazar chino, camiseta de tirantes negra, cazadora corta de H&M, cazadora de cuero entallada de Mango, boina de Musgo. Pelo liso y sedoso cortesía Tresemmé y planchas Tahe.  En Fin. Mo-der-na-de-mier-da. O, lo que es lo mismo: hoy me siento estupenda.

Me enfundo el Mp4. Camera Obscura, French Navy. Y el bolso de cuero MiSako dentro del cual va Kahlo en el país de las Dadanoias, hace bailar la pegatina de La Fanzine manufacturada por Pat, cuando con el vaivén de mis caderas éste choca contra mi muslo izquierdo al caminar.

(Yeah!)

Al llegar a la plaza de Zorrilla, a mi rollo con Camera Obscura a tope, mi sexto sentido se agudiza: noto que alguien me está mirando (se ha erizado el vello de mi nuca), pero no presto atención y sigo caminando por detrás de las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión para no caer, que todos años acabo gastándome la vida en libros horteras.

Un año me pillé Nueve Semanas y Media.

Sigo a tope con She & Him,  Why do you let me stay here? Cuando noto una ráfaga de aire y un golpe seco, fuerte, certero y doloroso en mi trasero.
Y un tío que se aleja en bici por la acera de Recoletos sin darme tiempo a reaccionar, que me he quedado quieta con la boca abierta mientras Zooey Deschanel dice You make me feel like I am just a child, Why do you edit? Just give me credit, I'm just sitting on the shelf… 




lunes, 21 de diciembre de 2009

Energía Negativa

Foto extraída de aquí.



Los objetos tienen vida. Tienen energía. Positiv­a o negativa. El martes elijo la ropa inadecuada. Los vaqueros pitillo y las botas marrones de punta redonda y tacón de aguja. Tanto los pantalones como las botas fueron regalos de un antiguo novio. Pero no pienso en ello cuando me visto, ni cuando salgo a la calle, ni cuando estoy haciendo cola en RENFE para comprar el billete que me llevar de vuelta a Logroño. Vacaciones de Navidad. Cero ganas de volver. Hay un hombre en RENFE que me vende los billetes desde que vine a Valladolid, en otoño de 2006. Aunque haya tres trabajadores vendiendo billetes en venta anticipada, y más de veinte personas haciendo cola para comprar, a mí siempre me ha vendido los billetes ese hombre. Casualidades. Vínculos. Llámalo como quieras. La cuestión es que después de tres años estableciendo una relación de para el día X a Logroño. ¿Carnet Joven? ¿Sólo ida? ¿Efectivo o tarjeta?, el vínculo es evidente y pasas de tener un simple descuento por tener carnet joven a tener un descuento Estrella de la ostia. Pero el martes llevo puestos esos malditos pitillo y las putas botas marrones de tacón de aguja. Así que, por primera vez en tres años, me toca el número equivocado y no tengo descuento Estrella porque con la taquillera andrógina de RENFE no comparto ninguna especie de vínculo místico, ni mucho menos. Pago con dolor los veintipico y me alejo de allí, dolorida ahora no por el dinero, sino por las botas. Efectivamente. Ampollas. No tengo suelto para el urbano ni ganas de gastarme quince euros en un bonobús. Así que intento caminar dignamente. Tan dignamente que me acostumbro al dolor (¿masoquismo?) y opto por ir de tiendas con intención de gastarme algo de dinero. Gastar dinero es algo que suele hacerme feliz. Comprarme cualquier mierda. El caso es llegar a casa con algo nuevo. Entro en Blanco. Demasiada gente. Entro en Pimkie. Pff. Entro en el Corte Inglés. Me dejo subir por las escaleras mecánicas. Dejo que se me caiga la baba en la sección de zapatería. Fetichismo. Me dejo bajar. Llego a la sección de libros, discos y demás. En la entrada el DVD de la película sobre Coco Channel reza en la portada “Si quieres ser irremplazable, tienes que ser diferente”. O algo así. Lo demás, ni discos que merezcan la pena. Aunque estoy a punto de comprarme un recopilatorio de Madonna. Ni libros. Sólo grandes stands con los libros de Crepúsculo. Con libros sobre los actores de las películas. Con un montón de marketing sin sentido en torno a toda esa parafernalia vampírico adolescente. Me dan arcadas. Tres moleskines a doce euros. Acepto el trato, cojo el pack y me voy a caja. Pago con un billete de veinte y la señora dependienta me dice que no tienen cambios, que espere. Espero. Mucho tiempo. Demasiado como para percatarme de la cantidad de gente que está comprando libros de Crepúsculo para regalo. Una señora ha comprado los cuatro. Cada novela vale dieciocho con noventa. Detrás de mí, un libro escrito por Miley Cyrus, la pava que interpreta a Hanna Montana. Estoy empezando a sentir que estoy dentro de una parodia, de una broma de mal gusto, esperpéntica, del mundo occidental actual. Y no me está gustando una mierda. De pronto oigo un clic y noto un descenso de mi cuerpo hacia la izquierda. Perfecto. Se me acaba de caer el tacón de una bota. ¿Te debo ocho euros, no? Me pregunta la señora dependienta. Sí. Perdona por hacerte esperar. Intercambio de efectivo. Diez centímetros de tacón de aguja en mi bolso, yo caminando hacia la salida con un tacón fantasma para evitar ir cojeando, y en mi mano derecha una bolsa enorme dorada de qué bonita es la navidad made in corte inglés. Salgo corriendo de allí y entro a la tienda de enfrente sin mirar el letrero ni nada. Bienvenidos, estamos en Stradivarius. Por veintinueve con noventa me compro unos botines preciosos de tacón alto. La policía entra. Acaban de coger a dos chicas por robar en Zara. Entre sus cosas había una camiseta de lentejuelas de Stradivarius. Sólo necesitamos que nos hagáis un ticket con el precio. La camiseta os la quedáis vosotras. Gracias, agente. Salgo corriendo de la tienda con los botines preciosos de doce centímetros de cariño ficticio e incondicional, me siento en un portal cualquiera, me despojo de esas botas del infierno y camino con una felicidad materialista, fetichista y con aires de grandeza por la Plaza Mayor, dedico una sonrisa al escaparate de la tienda de chuches donde trabajaba hace un año por estas fechas, y observo con admiración mis tacones reflejados en él. Cómo adelgazan mis piernas, tensan los muslos, elevan mi culo, encorvan mi espalda, y disminuyen hasta hacerla plana, la curva de mi vientre. Y camino siempre con un pie un poquito por delante del otro, para que mis caderas parezcan más estrechas.

Ahora que tengo suelto, espero al autobús, y cuando llega dejo en la marquesina la enorme bolsa del Corte Inglés con las botas rotas dentro. Igual, quién sabe, a alguien le viene bien una buena dosis de energía negativa.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

"Nunca acierto cuando elijo un número"

Voy a aprovechar que sigo en Logroño y dispongo de Internet para desahogarme. Hacía mucho tiempo que no recurría al blog como válvula de escape para gritar mis mierdas, pero son las cinco menos veinte de la mañana, estoy intentando sin éxito centrarme en un trabajo para clase y, para terminar de rematar la faena, he visto La Fille Sur Le Pont. Seré sincera. Vi esta película hace muchos años, en La 2. Recuerdo que me enamoró perdidamente y se convirtió instantáneamente en mi película preferida. Pero no, no la volví a ver. Hasta hoy. No recuerdo cómo era yo cuando la vi. No recuerdo las emociones, ni en qué nivel me vi reflejada en Adèle, pero hoy me he sentido terriblemente identificada.

Ya no se trata de desengaños amorosos, de desamores, ni de pollas en vinagre. Se trata de que me hagan creer que soy especial, que me digan me gustas demasiado, que decirme te quiero sea tan fácil, y yo me lo crea como una idiota. ¿Cómo puede pasarse tan rápido del te quiero al paso de verte? Del me gustas tanto al he conocido a alguien muy especial.
Así me quedo, atrás, siempre, atrás, detrás de las otras, de ellos, de las mentiras, de los vodkas con lima y los chupitos de pêche o de las continuas noches de insomnio frente a papeles en blanco, canciones que me harto de escuchar, como de mi vida, y los remordimientos por haber sido tan y tan patética alguna noche de estas, intentando en vano fingir que puedo sentir algo cuando lo único que consigo es sexo sin ganas, ni garantías, ni orgasmos. Sólo dolor. Dolor y la vergüenza absoluta por un cuerpo que sigo sin apreciar ni sentir como mío. Pero como Adèle, igual soy incapaz de decir que no porque estoy harta de ser quien espera en la estación.




Os dejo el diálogo inicial de la película, y, si pincháis aquí , podéis ver la escena en cuestión doblada en español.
Vanessa Paradis está estupenda.


- Adelante Adèle, cuéntenos.

- Pues... tengo...


- Tiene 22 años...


- No, los cumpliré dentro de dos
meses.

- Y dejó de estudiar muy joven porque
quería empezar a trabajar. ¿Es así?

- Sí, pero no fue para trabajar, sino
porque conocí a alguien. Me apetecía estar con él, por eso me fui de casa. Prefería vivir con éI que con mis padres, y al conocerle, aproveché... la oportunidad.

- ¿Era una necesidad de libertad?

- No sé. Lo hice para acostarme con él, porque
cuando era más joven creía que la vida empezaba el día que hacías el amor, y que antes no eres nada. Era el primero que me... lo proponía y me marché con él para estar juntos y empezar mi vida. El problema fue que no tuve un buen comienzo.

- ¿No se Ilevaba bien con éI? ¿Por qué no tuvo un buen comienzo?

-
Porque conmigo siempre es así, empieza mal y termina peor. Nunca acierto cuando elijo un número. ¿Ha visto esos papeles en espiral para atraer moscas? Yo soy igual. Atraigo las historias cutres que pasan a mi lado. Creo que hay gente así, que son como un imán para aliviar a los demás. Nunca acierto cuando elijo un número. Todo lo que intento o toco se convierte en una putada.

- ¿Cómo se lo explica, Adèle?

- La mala suerte no se explica... es igual que el oído musical, se tiene o no se tiene.

- ¿Qué pasó con ese chico?


- ¿Con cuál?

- El primero, con el que se fue. ¿Llegaron a hacerlo?

- Sí, lo hicimos.

- Pero le decepcionó.


- No. Y ahí está el problema, porque si no me hubiese gustado, no estaría... donde estoy. La primera vez no estábamos muy cómodos.


- La primera vez nunca es fácil. No estaba cómoda porque ambos eran... muy jóvenes. - No, porque eran los servicios de... una gasolinera y no es muy práctico. ¿Lo ha intentado usted?

- No.

- Es complicado. Sobre todo en las autopistas. Fue idea mía hacer dedo, porque
creía que las historias de amor siempre ocurrían al lado del mar. Estaba equivocada, pero... es normal, porque nunca he tenido buenas ideas. Siempre me pasa igual, enseguida me embalo, no pienso, es un defecto. Menos mal que me recogieron, porque hubiese sido capaz de tirarme debajo de un camión.

- ¿Quién la recogió?

- No se lo puedo decir porque estaba casado, un psicóIogo. Se dio cuenta enseguida de que tenía una "depre" de la leche. Hizo lo que pudo para levantarme la moral. Se desvivió tanto que creí que me había quedado embarazada. Por fortuna, sólo era apendicitis. Por fortuna, por decir algo, porque con el anestesista tampoco tuve mucha suerte.


- ¿Tuvo problemas con él?


- No, era encantador, y parecía tan enamorado que le hubiera seguido hasta el fin del mundo, pero sólo fuimos hasta Limoges. Es curioso, ¿no? Cómo la gente puede parecer colada por ti... cuando no lo está. Debe de ser fácil fingirlo. Me decía que le hacía el mismo efecto que un cointreau. Pero se cansó rápido del cointreau y se fue a llamar por teléfono.

- ¿A quién?


- No lo supe porque desapareció.


- Estábamos en un restaurante, y yo no sabía que había otra salida, y me quedé esperando hasta que cerraron. El dueño vivía encima. Olía un poco a fritura, pero tenía las manos delicadas y suaves.
Las manos engañan, te hacen creer cualquier cosa. Así es como empecé a trabajar. Me contrató de relaciones públicas en su restaurante.

- ¿En qué consistía su trabajo?


- Al principio, tenía que recibir y sonreír a todo el mundo... No me daría un infarto con ese trabajo pero una sonríe y la gente se equivoca, y en Limoges hay tantos hombres que se sienten
solos... Desde fuera no te das cuenta. El juez me dijo que era una de las zonas de Francia con más personas deprimidas.

- ¿Qué juez, Adèle?


- El que se encargó de mi caso cuando cerró el restaurante, por el tema de las relaciones públicas. Él también era depresivo. Pero fue igual, tampoco se ocupó de mí mucho tiempo. Ni 15 minutos. En una habitación de hotel, sin almohada, sin tele, sin cortinas...
Creo que no era mala persona. Al verme los ojos rojos de tanto llorar, me ofreció su pañuelo y se marchó. Quizá no me merezca nada mejor. Debe de estar escrito en algún sitio. Hay gente que ha nacido para ser feliz, y a mí todos los días de mi vida me han engañado. Todo lo que me prometieron me lo creí, pero nunca conseguí nada. No sé hacer nada, no le importo a nadie, no soy feliz, ni realmente desgraciada, porque seguro que lo eres cuando has perdido algo. Pero nunca he tenido nada mío, sólo mi mala suerte.

- ¿Cómo se imagina el futuro, Adèle?

- No lo he pensado. Cuando era pequeña, sólo deseaba crecer. Quería que sucediera deprisa.
Pero ahora no sé para qué ha servido todo esto, no lo sé. Hacerme mayor... El futuro es como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y tras los cristales gente que pasa corriendo. Sin verme, tienen prisa. Cogen trenes o taxis. Tienen un sitio adonde ir, alguien con quien encontrarse... Y yo me quedo sentada, esperando.

- ¿Qué espera, Adèle?

- Que me ocurra algo.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Si quieres que te ame, dame serie b

Por cosas como esta mi madre se avergüenza de mí.

Hola chicos.

Echaba de menos escribir sobre mi vida. Pero no, no se me había olvidado cómo comenzó este blog. Yo no era poeta. Sigo sin serlo. Debería dejar de intentarlo. Las rimas me quedan horteras. También debería dejar de beber casi a diario. Pero no se me pone la castaña.

Os voy a hablar de mi afición a lo cutre: Me gusta lo cutre.
Me pasaría el día tarareando Híbridos, de Virüs. Resistirás hasta verme en un pantano.


Me flipa la ropa de los bazares chinos. Y me encanta la época ochentera de Madonna.
Like a Virgin, touch for the very first time. Y Buscando a Susan desesperadamente es una obra de culto.

Me encanta mi abrigo verde que me compré en Stradivarius hace cinco años.

Y sobre todo me gusta la decoración de mi piso. Setentera, terriblemente hortera. La tele sin mando, y, en la pared, mis cuadros surrealistas hechos con acrílicos de Casa sobre cartones, al lado de los académicos de Pat.

Y fumar con los colegas mientras vemos despropósitos como Maldito Bastardo, mientras algún subnormal se entretiene dejándome comentarios anónimos.




Porque yo también os quiero, y me alegro tanto de ver cuánto os alegra verme feliz, no pienso abandonar este blog. En vosotros queda entrar o no.



Anónimo Homónimo
Homínido Mínimo
Minino Anímico
Arrítimico Canónico
Canónigo Patético
Paupérrimo Híbrido
Ínfimo Batracio
Panteismo Ilustrado
Incrustado Heterónimo
Hegemónico Apático
Apartado Cosmético
Modélico Cretino


Ale, a cascarla

domingo, 21 de junio de 2009

Sinécdoque

Luego,

tal vez tú y yo podamos tomar un trago.

Y podamos intentar entender

esto entre nosotros...

y por qué lloré.

Porque nunca sentí por

nadie lo que siento por ti.

Y quiero penetrarte hasta que

nos volvamos una quimera...

Una bestia mítica con el pene

y la vagina unidos eternamente.

Dos pares de ojos

que sólo se miran entre sí...

y labios que nunca se tocan.

Y una voz que suspira para sí.

Synecdoche, New York.

(Charlie Kaufman, 2008)

Mira lo que hemos conseguido creando nuestras vidas al margen de nosotros mismos. Buscando en los sucedáneos lo que perdimos de nosotros, retrocediendo en el tiempo, pero sin rejuvenecer. El resto es cartón a nuestros ojos. No somos capaces de ver que detrás hay un mundo entero totalmente diferente que no seremos capaces de digerir aunque los polvos sean mucho más fáciles y no haya lágrimas antes, ni después.

Reemplazos. Copias de copias de copias que se vuelven en nuestra contra cuando al conocerlas decepcionan.



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