domingo, 18 de enero de 2009

m i c r o c o s m o s

A continuación, una práctica de descripción basada en tópicos que tuve que realizar para la asignatura Técnicas de creación literaria.
Se la dedico con mucho cariño a Rubia Underground.

Bajo los guantes de látex mi piel se resquebraja. El tacto de las pipas agua sal sobre el guante es peculiar, pero me desespera. Se caen. Derramo pipas entre mis dedos. Y mi jefe, a quien le faltan un montón de dientes, tararea la canción chumbeta que ha puesto a todo volumen. Las ancianas que entran a la tienda en busca de ronchitos me piden que la baje, pero señora, no soy yo la encargada. Y le faltan dientes sí, un montón de dientes. Y pelo, y gusto musical. Es un adolescente en cuerpo de treintañero. Porque es treintañero. El típico treintañero hijo de empresario, niño pijo, inculto, la oveja descarriada que ahora tiene que hacer como que trabaja en la tienda de su padre para que éste no le eche de casa. Me tira los trastos, como un baboso. Intenta, como todos los babosos, hacerme reír, porque a alguien se le ocurrió alguna vez lanzar al mundo que a las chicas te las ganas haciéndolas reír. La Cosmopolitan, seguramente. Y yo sigo a lo mío. A puñados recojo las pipas, los maíces y las nueces de macadamia. Entra, entonces, una señora de cincuenta y tantos, peripuesta, con un caniche en brazos. No se pueden meter perros, señora, le digo desde lo alto de la escalera de mano. Ella, y el perro, que sin duda van al mismo peluquero, hace como que no me oye al tiempo que da un traspié a las patas que me sostienen y retiemblo desde lo alto, a punto de caerme. Maldita zorra reprimida. No tiene hijos, el perro lo sustituye todo. Ni hijos, ni marido; sólo una vida social basada en superficies y montones de caramelos de regaliz a precio de lechazo. De fondo sigue sonando techno y mi jefe, mientras la atiende, me pregunta si me gustan las mujeres. Le digo que sí, que me gusta todo, hasta los animales. Ella ni se inmuta, sólo refunfuña. Ha aprendido a comunicarse con el caniche. Y mi jefe se pone nervioso, se ríe, y cambia el disco por los Cuarenta Principales. Suena la misma canción que sonara´ dentro de media hora, por la que habrán pagado quién sabe cuánto. La canción que a gente como a mi jefe les derrite el cerebro hasta el punto de llegar a poner el sonitono en su móvil de última generación. La canción que retumba en su coche. La canción con la que se restriega contra las quinceañeras cada sábado en la discoteca en la cual, hace tiempo, antes de ser yonki – o durante – trabajaba como portero.
Se abre la puerta y entre mis manos envueltas en látex se amontonan cerebros rellenos de gelatina. Entra la nueva pubertad, los niños con chapas de My Chemical Romance, flequillos a plancha muy a la derecha, corbatas de a clock work orange y zapatillas de lona de más de sesenta euros. Buscan algo que les dé la clase que les falta: chocolate negro, muy puro, y regaliz. Esos niños, adolescentes antes de tiempo, intentando aparentar tener una cultura que no tienen. Niños, porque aunque luego se pongan ciegos en un bar, ahora están en una tienda de dulces. Todos somos llamados a nuestro estado natural.
Otro grupo entra. Pantalones cortos, como bragas. Medias transparentes y botines con muchísimo tacón. Los labios rojos y el pelo muy cuidado, sombra de ojos azul, o rosa, o marrón que no hacen sino acentuar su minoría de edad. Ríen, intentando aparentar, porque son pavas disfrazadas de hienas. Y una mujer que recién ha entrado, pasa por mi lado y mirándolas de arriba abajo suspira: Ay virgencita, que no se convierta en esto mi niña.
Son las nueve y media, cierro la última bolsa de patatas, me quito los guantes, que están llenos de aceite industrial, y mis manos, resentidas, piden a gritos crema hidratante. Ahora que ya he puesto el cartel de “cerrado”, mi jefe me mira tras el mostrador mientras friego con una fregona de palo bajo que me obliga a forzar las lumbares. Ha vuelto a poner el disco de antes, a atentar contra mi gusto musical, pero ahora que estamos a oscuras sube el volumen y me dice las ganas que tiene de fiesta. Las ganas, intuyo, de salir con unos tipos tan inmaduros como él, jugadores del World of Warcraft incapaces de vivir sin el arropo de los padres, a intentar follar con quinceañeras borrachas y, ante todo, ponerse hasta el culo de coca y perder los pocos dientes (y dignidad) que le quedan.

8 comentarios:

  1. Muy buena tu descripción, amiguita. Te dejo un beso,
    V.

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  2. ¡Gracias a ambos dos!

    a mí me da gusto ver comentarios como es

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  3. Te va a dar matrícula. Lo bordas.
    Un saludo.

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  4. Madre mía, tu descripción ha sido perfecta. Dan asco tipos y 'tipas' como los que has descrito, y, tienes toda la razón del mundo. Más de una vez comento esas actitudes de la gente con mis amigos. Es asqueroso y repulsivo. La pena es que lo hace la mayoría de la gente.

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  5. Un millón de gracias por dedicarme las letras que juntas con tus dedos. Dos millones de gracias a ellos por juntar las letras de tu mente cada poquito, aunque no vayan dedicadas.

    (Nunca comento porque me siento pequeñita... nunca he sabido hablar de tú a tú con las obras de los genios)

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  6. Muchas gracias por tu comentario de verdad! y la verdad que amiga, escribes de putisima madre! jejeje que sepas que tienes un nuevo adepto a tu blog!

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  7. La entrada me ha parecido genial, pero quiero revindicar la dignidad del wow, que tantas horas de abandono de la propia vida nos ha dado a tantos jugadores. El blog muy bien porcierto. Hacía tiempo que no lo leía.

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