lunes, 29 de abril de 2013

Casa de Insectos (Frag.) Carnaval






Quizá el problema fue no darme cuenta de que lo hubieras hecho todo por mí. Eres todos, como si solo me hubiera enamorado una vez, de ti, y los que han venido después hayan sido solo proyecciones tuyas. Por eso esta noche no supe si eras tú o Rodri, y daba igual.

Estábamos en el bar de nuestro padre, en el pueblo. También estaban algunos amigos tuyos. Esos amigos a los que al parecer no podré acceder nunca. Y no es algo que te reproche. No es tu culpa. Es esta cosa mía de no verme a la altura de nadie. Me quedo callada detrás de ti y parece que me comporto como si fuera tu complemento, aunque no sea esa mi intención ni mucho menos, ya lo sabes. Pero me quedo así. En una posición como esa ¿cómo no habría de pasar inadvertida incluso para ti? Y son ellas, tus amigas, las que sí están en escena. Las que controlan tus temas y las que parecen haber formado parte de tu vida antes que yo. Y eso que nos corre la misma sangre, Pablo. Pero yo estoy fuera de ti. Tan pequeña. Estamos así, Pablo, y miras a María, que está contigo. Porque tú no eres Pablo sino Rodri, y es Rodri quien mira a María, que está contigo. Pero ¿cómo no la va a mirar, Pablo, si es ella quien está y no yo? Es ella quien posee la belleza y la elocuencia. Quien habla mirando a los ojos. Quien habla, al fin y al cabo. Y la miráis, claro. Los dos. Porque tú ya decidiste quererla a ella. Lo digo, “decidir”, como si el amor se tratara de eso. Porque trato aún de convencerme -y me lo creo- de que no la amas, o al menos no del modo en que me amaste a mí. Del modo en que me empeño en creer que aún me amas. Y Rodri también la mira. Y me arden las entrañas, Pablo, cada vez que lo hace. Pero cómo no la va a mirar, si ya la quería antes de conocerme. Si la quiso de una manera imposible que jamás podrá quererme a mí. Porque ella será siempre tan inaccesible para él y yo qué valor puedo tener después de haberlo dado todo y a la vez esta nada absoluta que me separa tanto de vosotros. Y me voy. Salgo del bar porque me oprimen los celos y me quedo fuera, tan patética e ingenua, esperando que salgas. Pero no lo haces. Rodri tampoco. Y me imagino que no lo hacéis porque ni siquiera os habéis dado cuenta de mi ausencia. Porque de algún modo ya estoy muerta. Así que empiezo a caminar. Ya es de noche y no hay autobuses que me saquen de este pueblo que apenas conozco. Es tuyo, no mío. Tú te quedaste aquí con papá, no yo. No sé ni por qué he venido. Me arrepiento cada vez más y me culpo y me insulto. No puedo salir de aquí sin ti. Así que te llamo y con una voz de niña que no es la mía, con una voz de dependencia absoluta, de falta de dignidad, te pido: ven a buscarme. Te enfadas, claro, niñata, ¿por qué te fuiste del bar? Tú y tus malditos celos. Déjanos vivir. Yo ya me he ido del bar, estoy en casa, cenando con mi familia. Después volveré a salir. Hemos quedado todos en disfrazarnos a las doce. No me pidas que vaya a buscarte, déjame divertirme. Tengo derecho a salir con mis amigos. Cuelgas. La familia de la que hablas no es la mía. La última vez que estuve en casa de nuestro padre, que es más padre tuyo que mío, con esa hermana tuya que no es mi hermana y que se quería comportar conmigo como si pudiéramos ser amigas, me mantuve al margen como siempre. Porque yo no podría estar a la altura de esa familia tuya que no me pertenece. No podría ser digna de ser amiga de esa hermana tuya. No podría ser tan guapa. No podría ser. Cambio el rumbo que estaba siguiendo y decido, en lugar de salir del pueblo, seguir en él. Llegar a tu casa y no cometer los errores del pasado. Me sentaré a la mesa con los músculos relajados. Hablaré con tu hermana. Trataré de estar al mismo nivel. Me llevaré bien con ella y así podrás quererme sin incomodidades, como a ella. Porque yo también soy tu hermana. Pero no sé llegar a tu casa. Necesito que me guíes. Y con todo el dolor de mi corazón, porque no quiero molestarte, vuelvo a llamarte. No sé llegar a tu casa. Diana, no puedes hacerme esto. Estoy cenando. No me voy a levantar ahora de la mesa, no voy a dejar a mi familia. No voy a salir a buscarte, ¿no te das cuenta de que no me dará tiempo después a disfrazarme? Pide un taxi y que te lleve a casa. La ciudad está al lado, no te costará mucho dinero. Incluso yo he ido mil veces caminando. Tú nunca eres capaz. Cuelgas. Me quedo en la plaza. Se nota el ambiente festivo, aunque Carnaval no empieza oficialmente hasta las doce y, hasta entonces, nadie saldrá disfrazado. Me quedo sentada en los escalones de un bar y un perro orina a mi lado. Como si no existiera. Me quedo sentada, como si estuviera esperando. Como si tú me hubieras dicho: quédate ahí y no te muevas; ahora mismo te voy a buscar. Como se les suele decir a las hermanas pequeñas que se pierden. Una orquesta de bajo caché toca canciones típicas de verbena que ahora suenan a tristeza absoluta. Me recuerdan a las noches de fiesta que me quedaba en casa, y, desde la calle, con un eco atroz, retumbaban en las ventanas de mi cuarto y no me dejaban dormir. Una vez más, me siento como si no estuviera ahí. La gente sigue entrando y saliendo del bar sin percatarse de mi presencia. Huele a vino y cerveza, y al humo asqueroso de los petardos que lanzan los niños. Ni siquiera ellos están disfrazados. La plaza se va quedando vacía porque es la hora de la cena y todos se van a sus casas. Después volverán todos disfrazados, y harán de esta verbena de pueblo algo aún más triste. Apareces. Vas caracterizado de Drácula y la gente se ríe de ti porque has salido disfrazado antes de tiempo. He venido a buscarte, me dices. He venido a buscarte, tonta. He venido a buscarte, qué remedio. Si no ibas a ser capaz de volver a casa por tu propio pie. Si no ibas a haber tenido el arrojo de llamar a un taxi e irte sola. Porque no eres capaz de salir de aquí. Porque estás atrapada aún, Diana. Porque aún me tienes encerrado ahí, en tu cabecita, y no lograrás salir hasta que me saques. Y te doy la mano y te sonrío y me voy contigo, pero no tengo claro a dónde porque ahora tienes una cara diferente.




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