sábado, 30 de enero de 2010

mi prima estudiaba en un colegio de monjas

Mi prima estudiaba en un colegio de monjas. Creo que era concertado, como la mayoría de los colegios de Logroño. Nunca he entendido muy bien qué coño significa concertado ni en qué se diferencian de los privados. Pero de pequeña les tenía una tirria terrible. Seguramente porque entre mi prima y yo siempre ha habido un grado de competitividad latente o yo qué sé. Mi prima y yo no nos veíamos mucho. Coincidíamos en casa de nuestros abuelos, que vivían en un pueblo perdidísimo de la mano de Dios, cercano a Santo Domingo.  Recuerdo esa casa siempre fría y con un olor peculiar, como a jamón y madera. Mi abuela hacía almendras garrapiñadas. En casa de mis abuelos siempre ha habido un perro. Tengo grabada en la memoria la imagen de uno de esos perros llorando mientras mis padres me llamaban desde el coche. Vamos, que nos vamos. Son bonitas esas cosas. Qué sería de aquel perro. De aquella casa me gustaba mucho perderme en la cuadra. Bueno, lo que en su día fue una cuadra. Desde que yo recuerde, ha sido sólo un almacén lleno de trastos y arañas.  No sé por qué pasaba allí tanto tiempo buscando entre los libros de adolescencia de mis tías (novelas cursis de amor, de Puck, de alguna Jeannette o Rebeca o personajes femeninos del estilo) y entre los juguetes que mi prima ya no quería y su madre depositaba allí (ella siempre tuvo más que yo, por eso le sobraban) si me daban tanto miedo (y me dan) las arañas. Me ocurría lo mismo en el almacén de la casa de mi abuela materna, en Baños. Y me pasa, aunque ya no es lo mismo. Ya no quedan juguetes míos (tiré todas mis Barbies a los trece años), ni trastos o  recovecos donde buscar, aún a riesgo de encontrarme con alguna araña. Pero sigue el frío y la oscuridad, y la mesa de la oficina de mi abuelo, aunque ya di con todas las tarjetas de visita y demás papeles cuando era una niña. La lonja de San Torcuato tampoco es ya la misma. Mis primas la convirtieron en chamizo para las fiestas. Cuando tenía quince años decidí quedarme en las fiestas. Hacía mucho que no lo hacía y no he vuelto desde entonces. Allí estaban mis primas, tres amigas suyas y una francesa que había venido de intercambio. A mi prima siempre le han  gustado estas cosas. Intercambios, campamentos. A mí nunca me ha gustado. Los juegos de campamento, el compañerismo. Deportes. En fin. Mi prima por el contrario siempre ha hecho deporte. Que si tenis, natación, esas cosas. Era un poco como Renata. La protagonista de aquel libro infantil. Ya sabes, la que toca el piano, estudia inglés y etcétera, etcétera, etcétera. Éramos tantos que no cabíamos en casa, y a mis primas se les ocurrió la genial idea de quedarnos a dormir nosotras en la cuadra. Aquella noche cogí por banda a la francesa. Yo daba francés en el instituto,  pero ya sabéis lo que pasa con las optativas en los institutos. Ella tampoco es que se defendiera muy bien con el español, pero a la hora de ir al bar del pueblo a por unos cachis de calimotxo, no hacía falta hablar mucho. El recuerdo de aquella noche se me presenta nubloso y en colores pastel. Estábamos en el parque de San Torcuato, (que es casi más grande que todo el pueblo en total). Una de las amigas de mis primas desafinaba la canción que ese año fue a Eurovisión (la de Beth, dime qué es lo que puedo hacer…). Yo escribía mensajes al chico del que pensaba que estaba enamorada, aunque en realidad sólo tenía más ganas de perder la virginidad que las protagonistas de a ma soeur!. Llevaba unos vaqueros de la talla treinta y cuatro y una camiseta rosa sin tirantes.  Los chicos del pueblo nos vacilaban,  me aburrían y les insultaba con mi cachi de calimotxo. Una de las amigas de mi prima le decía, tía, cómo mola tu prima. Egoístamente y para paliar el aburrimiento, les propuse hacer espiritismo. Yo lo había hecho ya un montón de veces, con mis amigas de Baños. Pero aquella noche no resultó. Además la francesa tenía miedo, así que desistí en mi intento.  Después nos fuimos a la cuadra. Colchones en el suelo y, por ahí desperdigados, los mismos trastos de siempre. No pude dormir. Los ratos que me quedaba dormida soñaba con arañas. Fui a casa de mi abuelo. Por aquel entonces mi abuela ya había muerto. En el salón estaba la francesa leyendo un libro enorme. Creo que de vampiros o algo del estilo. Me quedé con ella y no me dio tiempo a dormir nada, porque en cuanto amaneció apareció mi padre y me dijo que no aguantaba más, que nos íbamos de allí. Mi padre es como yo. No soporta a la gente. Aquella noche tuvo que dormir en lo que era la habitación de mis primas debido al overbooking.  Estaba enfadado por no poder estar cómodo en la casa de su padre. Cogió las cosas de mis primas (ropa, zapatos), que estaban tiradas por el suelo de la habitación, y las tiró al porche. Mi abuelo se enfadó, discutieron, me despedí de él y nos fuimos.  No queríamos quedarnos por nada del mundo, más que nada porque ese día había comida popular y por ahí sí que no pasábamos. Comer con toda la gente del pueblo, hacer el paripé, tener que hablar con ellos. Prefería las noches de navidad a las fiestas. En diciembre no había nadie en el pueblo. Cuando éramos pequeñas y mi prima aún era hija única, compartíamos habitación las noches de navidad. Nos quedábamos despiertas hasta las mil. Hablando, escribiendo y dibujando en un cuaderno. Hacíamos cadáveres exquisitos gráficos. No sé si ella lo recuerda, hace mucho que no nos vemos. Mi prima iba a un colegio de monjas y como nació un año después de mí, siempre iba un curso por detrás. Su madre se empeñaba en que llevara sus deberes a San Torcuato, y cuando no sabía hacer algún ejercicio le decía “pregúntale a tu prima”. Pero yo pasaba del tema, sobre todo si se trataba de matemáticas. Entre sus cuadernos de clase vi un dibujo de un supermercado que había hecho ella, y en el que ponía algo así como “con mi madre en el Mercadona”.  Yo no conocía ese supermercado. En Miranda no había mercadonas. A mí me gustaba hacer la compra con mi madre en un Spar que recuerdo muy grande. También comprábamos en el Eroski, o Consum, o como se llamara. Me llamaba la atención que fuera tan blanco y luminoso. Cuando íbamos, llevaba una Barbie y la sentaba en el carro. Me daban mucha pena las Barbies porque pensaba que tenían vida aunque no pudieran moverse ni hablar ni morirse. Lo que hice a los trece años, quizá, de manera inconsciente, fue algo ritual. Una forma de liberarlas. Pero lo que más me gustaba era coger el coche e irnos los tres a comprar al Sabeco grande que acababan de abrir en Haro, o, mejor aún, a Vitora. A mi madre le encantaba el Corte Inglés, aunque no pudiéramos comprar nada. También le gustaba mucho Cortefiel. Ir a Vitoria era ir a Cortefiel. Y todo era muchísimo más grande. Y no hacía tanto frío. En mil novecientos noventa y ocho, una de las primeras veces que me quedé a dormir en casa de mi padre - en Vitoria -  después del divorcio, cenamos pizza (del Pizza Hut, por supuesto) y vimos Pulp Fiction.

Suenan Rumble Strips.


yonoséquéopinióntemereceesto

9 comentarios:

  1. Veces se nos agolpan en la garganta y van saliendo encadenados, cual ristra de chorizos... ays, los recuerdos...

    PD: Renata era (y es) ideal.
    :)

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  2. Veo tu fuerza de nuevo, Adri. Me gusta.

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  3. Orologiaio, Renata era uno de mis libros preferidos cuando era joven e inexperta. Y, aunque en este texto la compare con mi prima, me sentía muy identificada con ella. Porque yo tocaba el piano y estudiar inglés, no, pero sí que me interesaba por las letras de las canciones que escuchaba mi madre, que ella solía traducirme m´as o menos.
    Y sí, es cierto, una vez que empiezas a recordar, no puedes parar... y eso que sólo quería hablar del Mercadona. En próximas entradas sera´.

    Raquel, me alegro de que me digas eso. No eres la primera que me lo dice (el otro día una amiga me dijo que últimamente había tenido una época en la que "me lo había flipado" bastante"). Y es que a veces intentamos aspirar demasiado alto y lo único que conseguimos es hundirnos m´as. Y no por codearse con poetas se convierte una en uno de ellos. Os aviso de una nueva y larga temporada de prosa, y la poesía, para los que sepan.

    un besazo a los tres

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  4. Solo por jorobar, aunque no sea relevante, un centro concertado es, básicamente, un colegio privado financiado en gran parte por el estado, es decir, que puede entrer todo el mundo (en teoría) pero es de esos que hay que ir con uniforme y se da religión.
    Muy guapa la historia, aunque estoy un poco grogui y me fijo en los detalles. ¿Qué les pasó a tus barbies a los trece?

    Un abrazo.

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  5. Ya no quedan juguetes míos (tiré todas mis Barbies a los trece años), ni trastos o recovecos donde buscar, aún a riesgo de encontrarme con alguna araña.

    No te fijas tanto, Óscar ;)

    Eso, las tiré. Después de quemarlas en la chimenea del patio.

    Bú.

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  6. Uy, que cagada. En mi defensa, que no he dormido una mierda y me cuesta pensar.
    De todos modos, la imaginación me había hecho pensar en una decapitación masiva para liberar sus almas tipo secta. Lo de la chimenea es menos perturbador y mucho más... espiritual.

    Bú, abubu.

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  7. Quiero unos relato de éstos en Groenlandia.

    :D

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Entradas y Comentarios