lunes, 17 de junio de 2013

Acto 1, Escena 11

Fragmento de Al Desnudo (Tell-All), de Chuck Palahniuk.
Traducción de Javier Calvo.



Si me dejan que me salga de mi personaje y me permita otro inciso, me gustaría hacer un comentario sobre la naturaleza del equilibrio. O de la armonía, si lo prefieren. La ciencia médica moderna reconoce que los seres humanos parecen estar sujetos a unas proporciones equilibradas y predeterminadas de altura y peso, de masculinidad y de feminidad, y que alterar esas fórmulas ocasiona el desastre. Por ejemplo, cuando la RKO Radio y la Monogram y la Republic Pictures empezaron a prescribir inyecciones de hormonas masculinas para robustecer a algunos de sus actores a sueldo más afeminados, el resultado inesperado fue que a aquellos hombretones les salieron unos pechos más grandes que los de Claudette Colbert y Nancy Kelly. Parece ser que el cuerpo humano, cuando le das testosterona extra, responde aumentando sus niveles de estrógenos, siempre buscando regresar a su equilibrio original de homonas masculinas y femeninas.

De la misma manera, a las actrices que pasan hambre hasta quedarse muy, muy por debajo de su peso corporal natural no les cuesta nada inflarse hasta ponerse muy por encima del mismo.

Basándome en décadas de observación, yo postulo que los niveles repentinamente altos de elogios externos siempre desencadenan una cantidad equivalente de desprecio interno hacia uno mismo. La mayoría de los aficionados al cine han oído hablar de los teatrales desequilibrios mentales de Frances Farmer o de los excesos libidinosos de Charles Chaplin o de Errol Flynn y los hábitos químicos de Judy Garland. Se trata de unos comportamientos ridículamente toscos, llevados a extremos casi insostenibles. Mi suposición es que, en todos los casos, el famoso en cuestión se estaba limitando a hacer ajustes -a buscar de forma instintiva un equilibrio natural- para contrarrestar una atención pública tremendamente positiva.

Yo no tengo ninguna vocación de enfermera ni de carcelera, de canguro ni de au pair, pero durante los periodos en que ha recibido más aplausos del público, mis responsabilidades siempre han incluido proteger a la señorita Kathie de ella misma. Oh, la de sobredosis que le he evitado... la de estafas de inversiones inmobiliarias que le he impedido que financiara... la de hombres inapropiados que he alejado de nuestra puerta... Y todo porque en cuanto el mundo declara que una persona es inmortal, en ese mismo momento esa persona ya no para hasta demostrar que el mundo se equivoca. Rodeadas de rutilantes reseñas y comunicados de prensa, las mujeres más laureadas se matan de hambre o se cortan las venas o se envenenan. O bien encuentran a un hombre que está encantado de hacerlo por ellas. 





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