Ésta es la entrada 1111. Entrada sin extremidades.
Muchísimas gracias Óscar.
Muchísimas gracias Óscar.
ever realizeWhat it costs to sympathizeNo emotion
In a look. Jeremy Enigk
* Con ésta ya son 800 entradas.

Quiero que me lo hagas, y que me lo hagas bien. No cometas estupideces, sé muy bien que el instinto asesino te tentará, pero has de ser fuerte. Tampoco tergiverses las cosas: procura extirpar sólo lo que haga falta. Lo demás déjalo en su sitio, no quiero borrar todos los recuerdos.
Si no te ves capaz, no me hagas perder el tiempo y vete.

No quiero volver a experimentar el sentimiento de culpa cada vez que alguien se aleje de mí. No quiero volver a pasear sola como si fuera un fantasma y tener que ocultarme para llorar con ganas. No quiero seguir así otros tres meses, así que apunta bien o vete por donde has venido.

Pásame la ginebra. Coge el pica-hielo. No te preocupes, en serio, estoy dispuesta a correr el riesgo.
No me mires así, no quiero darte pena. Sólo haz lo que te digo; si no te ves capaz, en serio: vete por esa puerta y no vuelvas por el morbo que entraña poder encontrarme muerta.
¿Te vas, cobarde?
Recojo el pica-hielo del suelo, y observo durante un par de segundos el rastro que tus pasos de cobarde han dejado sobre el parquet. Tu silencio y tus estúpidas lágrimas no van a detenerme. Tu compasión no sirve de nada si cuando peor me siento huyes sin decirme nada.
Me miro frente al espejo. Es la última vez que voy a verme así. Después de esto seré tan feliz que volveré a quererme como antes, y ellos volverán a desearme hasta el final, y yo volveré a disfrutar de los amores breves.

El sentimiento de culpa se irá. Volveré a tener corazón. Dejaré de ser tan falsa, se irán mis mentiras como la sangre por el desagüe. Correrán con el agua purificados todos mis errores y los recuerdos, y las suposiciones, y el cariño que a pesar de todo te sigo teniendo.

Se irán contigo y todo lo que significaste en mi vida, y sólo serás un ciudadano más con quien cruzar una mirada en algún paso de cebra.
Sitúo el pica-hielo sobre el conducto lacrimal de mi ojo izquierdo y me miro fijamente a los ojos mientras sostengo con la otra mano un pequeño mazo de madera. Verme me duele. Me recuerdo a ti, como todas las cosas que te gustaban, y no puedo evitar desperdiciar otras pocas lágrimas.

Cierro los ojos y grito con todas mis fuerzas al tiempo que golpeo, y entra, y enredo, y me pierdo, ya no sé qué estoy haciendo, pero todo se está yendo. Lo noto. Noto que todo se está yendo, ya apenas te recuerdo, todo se va desvaneciendo, y sólo queda un intenso dolor de cabeza, y ceguera, y el olor a sangre. Sangre que se escapa y empapa mi rostro y se diluye con el sudor y el miedo, pero también con la tranquilidad que supone no volver a recordarte, y se va todo… se va…

Con las uñas rotas busco bajo la ropa la piel que se presenta tersa y a la defensiva, pero caliente. Me gusta arañarla y llenarme de tus escamas, me gusta impregnar de tu sangre mis dedos, observar tu sonrisa estúpida, como si pudieras darme lo que necesito, pero ni siquiera lo que quiero me lo sabes dar.
Desato con cuidado el nudo de tu ombligo y me adentro con mis manos en la humedad de tu vientre. El olor tibio me transporta a la infancia, casi al segundo previo a mi nacimiento, y cierro los ojos en un gesto que oscila entre la melancolía y el placer.
Acerco mi rostro a tu abdomen, y olisqueo como una perra hambrienta, antes de introducir mi lengua en tu interior y relamer mis dedos con una sensualidad tan perturbadora como ardiente.

Aparto con suma ternura los intestinos, introduzco más aún el brazo y a su paso toco el hígado suavemente hasta llegar a la vesícula biliar. Y, mirándote a los ojos, aprieto y me deleito con el sonido de sus piedras. Como una niña sonrío y tú sufres, pero no dices nada, aunque puedo ver en cada lágrima el dolor que derraman, que sientes, que surca tu estúpido rostro, que alimenta mi ego y me calma, que grita desde tus entrañas:
Estúpida, mira lo que has hecho: sólo yo estaría dispuesto a morir por ti.
