jueves, 8 de noviembre de 2007

Unintended. Pieces of the life I had before.

En esta casa nunca hace calor, ni siquiera en pleno julio. Siempre me ha puesto de los nervios eso, que mientras fuera hace un sol espléndido, aquí dentro siempre tengo que andar con esta bata azul o la sudadera ultra grande de los años noventa de mi tío. Y el invierno es peor.

Siempre con las manos frías.

Creo que la única persona capaz de aguantar eso era mi abuela, sentada en su mítico sillón, con tantos cojines para evitar (o quizá sólo apaciguar) el dolor de espalda, (o el dolor de haber enviudado hace tantos años, o de ver cómo esa casa se iba vaciando con ella dentro, o el dolor de ver a una nieta recién nacida con problemas de corazón) al calor de un brasero y los programas de televisión.

Se saca de la manga (literalmente) un pañuelo de papel y me lo da, a mí, a su nieta mayor, la que pese a todo sigue siendo una mocosa, y me pregunta para qué sirve mi carrera, que si no la he terminado ya, para continuar después con un estudia mucho y no dejes que nadie te toque el culo.

Oh, ya ha vuelto a desenchufar todo..., pensó en cuanto entró en la oficina y vio el enchufe de la televisión en el suelo. Una oficina, ¿qué es una oficina? No, aquello no era una oficina, aunque lo llamaran así. Era una pequeña habitación, en la planta baja y con ventana a la calle, donde habitaban una televisión con tdt, el aparato de música –plato de discos incluido-, y una colección de vinilos que iba disminuyendo por momentos. Vinilos de sus hijos que ellos mismos se fueron llevando al irse de esa casa.

Milagros no solía estar en la oficina, pero su nieta sí. Su nieta mayor, eso sí, la que le dio quebraderos de cabeza desde antes de nacer. Y es que, por mucha transición que hubiera, y pese a estar sólo a dos años de entrar en los noventa, las tradiciones, el qué dirán, todo sazonado con una pizca de ese halo clerical que se respira en Baños, Milagros no podía entender cómo su hija mayor se había quedado embarazada sin contraer antes matrimonio.

Adriana se acercó al enchufe para volverlo a poner, y se encontró con que la base no estaba ahí, así que siguió el rastro de los cables hasta llegar al patio, donde suspendidos en el aire, sobrevolando el seto que precedía a la “mesa del árbol”, se encontraban todos ellos, sujetos a una plancha de metal.

Una plancha cuadrada de metal, de unos treinta y cinco metros cuadrados de la cual emanaban cantidad de cables, unos iban hacia la derecha y otros a la izquierda, pero de ninguno se veía el final. Cables que se perdían en el infinito.

Eran las seis de la tarde, verano.

Viendo que no podía hacer nada ante tal cataclismo electrónico, Adriana decidió matar el tiempo con un batido frío de chocolate en la cocina del patio. El resto del mundo llamaría a aquello “merendero”, como también denominarían a la oficina “sala de estar”, pero para ella siempre sería la cocina del patio. Una cocina oscura, donde siempre se escondía algún que otro arañón. Una cocina donde solían comer en familia los domingos de verano. Pero ahora estaban ellas dos solas en casa.

A Adriana no le gustan los insectos: le provocan pesadillas. Los insectos en general y las arañas en particular. Las arañas en general y las grandes en particular. Las grandes en general y las peludas en particular. Una vez vio una. Sólo una vez (sin contar parques naturales y exposiciones de bichos muertos), en la fregadera del patio. En esa fregadera enorme (que tantas veces utilizó como piscina no oficial de Barbie Superstar) había visto lagartijas volviéndose locas al resbalar por el blanco muro. Pero las lagartijas no se llaman así en esta casa: aquí se llaman zarcilletas.

- ¡Nena, ven para que veas esto! – Gritó su tío Hilario desde la susodicha.

Adriana, que por se la pequeña no se llamaba así, sino “nena”, se acercó, vio y gritó.

- Desde luego, este hijo mío –nos remitimos a Hilario- ¿no va a dejar ya de enchufar cosas en la oficina?

Adriana sonrío y pensó que lo mejor sería no decirle que eran las seis de la tarde, para evitar que al saber que había estado dormida hasta ahora, se sintiera enferma o débil, si es que había diferencia alguna entre ambos casos.

- Siéntate abuela, te pondré el desayuno.

Milagros se veía bien, como siempre. Con sus ojos azules, su vestido negro de pequeños lunares blancos, el pelo corto y bien teñido: castaño oscuro, o quizá más negro. Sus manos morenas, bonitas y delgadas, las dos alianzas aferradas a su corazón de las que nunca se despojara.

Milagros, que nunca ha sido tonta, sino todo lo contrario, sabía bien qué hora era, así como también era consciente de su dolor, de su enfermedad y de su fecha de caducidad, observaba a su nieta partiendo magdalenas por la mitad con cuchillo de sierra. ¿Qué es esto que me está ocurriendo, que la niña a la que bocadillos de tortilla hasta hace bien poco le he tenido que hacer, es ahora quien me da de comer?

La piscina está empezando a ensuciarse, porque nadie tiene ganas ya de bañarse en ella, y en sus frías y turbias aguas reposa un sapo reventón nadando de espaldas.

También hay en el fondo una enorme lombriz, - casi parece una tenia – que murió de forma humillante al inclinarse para beber. Las arañas aterran a Adriana incluso cuando se encuentran ahogadas en el fondo del estanque, pues con el movimiento del agua sus patas se pliegan y extienden. Ya lo dijo alguien, que el agua es vida, pero las esperanzas cada vez están más desnutridas.

Regresemos adentro, que empieza a refrescar, siéntate en tu sillón, veamos un poco la televisión. Discutamos, vuélveme a reñir o hablemos mal de gente del pueblo, que esto, para qué mentir, me hace sentir bien. Háblame del abuelo, de cómo negaste tener piscina para no declarar aunque aquel hombre te enseñara las fotografías que habían hecho desde el helicóptero. Dime, ¿por qué Boris vino de Venezuela y abrió ese maldito armario?, si sigo defendiendo a los gays me ganaré un ostión.

- Sé que me estoy muriendo.

Apoyada en su sillón, agarrada fuertemente a uno de los apoyabrazos. La sien derecha apoyada en el extremo de madera.

Sus ojos azules se hicieron agua, algo nuevo para la retina de su nieta, que nunca la había visto llorar.

La cámara enfoca un primer plano de sus manos, asidas ahora a ese saliente de madera.

Adriana supuso que si a ella le dijeran que iba a morir, también haría lo mismo: se agarraría fuertemente a ese sillón y gritaría:

- No me llevéis de aquí. No me saquéis de esta casa. – Decía Milagros a un punto de fuga infinito, tal vez incluso al Dios que hierático y sentado en su trono, sujetaba la bola del mundo sobre el armario del salón.

La cámara se fijó entonces en sus ojos azules, derramando lágrimas sin llanto, sólo lágrimas (de las que queman).

- No me llevéis de aquí...

Los mismos que la grabaron la ayudaron a levantarse, y dijeron a Adriana que se la llevaban a Madrid.

- Se la han llevado para que conozco a María Callas. – Dijo Valle a su hija desde el sofá rojo del salón unas horas después. – a Madrid.

Adriana no se preguntó si era un eufemismo para evadir la muerte o si era cierto que estaba con María Callas, sin darse cuenta de que para ver a María Calas era necesario estar muerto. Últimamente se ha olvidado de su agnosticismo y cree fervientemente en el cielo y el infierno.

Valle, junto a sus tres hermanos y sus parejas, se encontraban en esa casa, pero al otro lado del biombo que separa las dos mitades del salón, pues algo les obligó a alejarse del sillón de su madre.

Eso sí, la televisión la han pasado a la otra mitad.

Adriana, mientras los demás se concentraban en la televisión, se empeñó en arreglar el reloj que yacía parado y colgado de la pared del salón, pero en la mitad del sillón. Que angustiosa sensación de impotencia, las pilas no encajan, las pilas no entran.

Televisaron el funeral, que fue en la Ermita de la Virgen de los Parrales. No escatimaron en iluminación, y el cura se parecía a Robert De Niro:

- ¿Se ha pasado un poco con el photoshop Don Jose Felix, ¿no? – Preguntó la hija pequeña.

El pianista, impecable, tocó una melodía preciosa, casi feliz. Todo era tan perfecto, hermoso, de categoría, como ella merecía.

Y Adriana corrió hacia el patio, a la zona de la piscina, se arrojó a la hierba, la mordió y emitió el grito más amargo que en aquel pueblo se escuchó.

Y lloró, lloró, lloró.

Y desperté, y pensé:

Ha sido un sueño. Mi abuela no ha muerto.

Miré a la mesilla y vi el despertador de mi abuela: la noche anterior le había quitado la pila porque su maldito tic tac no me dejaba dormir.

Y lloré, lloré, lloré.

6 comentarios:

  1. estos dias necesito una mecedora mullida,de esas viejas y desgastadas. Una en la que sopesar si me mudo o no. Una en la que replantearme si vale la pena esta soledad o corro a los brazos de alguien.Este post me ha aclardo algunos puntos que andabna divergentes.

    Besos convergentes

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  2. Cachos de vida y de dolor,
    cosidos en nuestra mente con sangre,
    que a veces llamamos sueños.
    Malas pasadas nos juegan a veces,
    y otras emergen y se quedan ahí,
    en nuestra memoria,
    hasta el día en que nos toca rellenar la fosa.
    Quien sabe por qué existen,
    quien sabe si tienen realmente una utilidad,
    pero es una de las pocas cosas gratis que nos quedan...

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  3. Sueños, llantos y emociones...
    El combustible de la vida.

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  4. hola:
    un gusto primeramente niña de las naranjas.
    yo pienso que al final de nuestra vida uno se quedará en una ventana o en una casa y mirará hacia el horizonte en busca de sus recuerdos, si me pasará quedarme en una casa donde he pasado buena parte de mi vida no me gustaría irme jamás. de alguna manera las cosas y las costumbres habidas alli son parte de mi.
    tengo a mi abuela en casa de mi madre y a veces cuando llego de visita (y cuando estaba alli) aprecio en sus ojos cuanto de nostalgia existe por aquel pueblo y aquella casa dejadas años atrás.

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  5. KE manera de contar las cosas tan particular tienes

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