jueves, 5 de julio de 2012

Prefacio a algo que contaré después


      Yo quería ser actriz. Lo he dejado caer por aquí de vez en cuando. Pese a mi extraordinaria timidez, desde muy pequeña quería ser la protagonista de algo. Estar expuesta, ser vista y ser otra. En la primaria fui a clases particulares de teatro. Vivía en Miranda de Ebro. Me gustaba el final de curso. Actuar en un escenario. Disfrazada de otro yo. Iluminada, ante mucha gente a la que solo podía intuir entre la oscuridad del patio de butacas. Después se me partió la vida.
      Es algo que no voy a poder superar nunca porque no se puede volver al pasado. (Marty Mc Fly, marry me). No me quiero repetir, porque siempre termino hablando de Baños (de río Tobía), pero no quiero que se vuelva a cometer un error así con otros niños. Yo no quiero tener hijos. Tengo una visión demasiado pesimista sobre la vida. Que no vivo en la tristeza absoluta. De hecho este pesimismo me impulsa a vivir más intensamente. Pero no veo el sentido a la creación de una vida que se va a acabar. Tenemos esa idea absurda y egoísta de tener hijos para que quede nuestra semilla por ahí, como si el hijo fuera un trozo de nuestra carne, como si nuestra carne fuera nosotros. Es un placebo simple como la idea del cielo. Yo en Baños, con solo ocho años, morí. No había teatro. Y yo no era nadie porque ni siquiera podía convertirme en otra persona. Tocaba el piano. Tocaba para un público al que no le interesaba. En casa me gustaba tocar por tocar. Composiciones efímeras. Hay una tristeza intrínseca en el aprendizaje de la música. Porque se aprende tocando cosas ya creadas. Copias de copias de copias. No hay creación. Solo notas medidas encerradas en cinco líneas, compases, un dos tres, vals. No podía escapar de mí tocando el piano.
      Yo viví en el jardín. Los jardines son tristes también, sobre todo en invierno. El suelo sucio, los insectos muertos. La piscina vacía o congelada. Durante muchos años vacíabamos la piscina después del verano. Después se nos ocurrió que manteniéndola llena durante el invierno evitaríamos las grietas. Manteniéndola llena creábamos vida. Esos insectos que me fascinan por su carácter anfibio. Los garapitos. Esos insectos brillantes que bucean, que viven en el agua, pero que también vuelan. El espectáculo de verlos volar cuando vacíabamos la piscina al despuntar el verano, para volverla a llenar, pero para mantenerla con esa falsa idea de limpieza, envenenada de cloro, el falso oasis para los insectos.
      Asi pasé mi vida desde los ocho hasta los trece años. Viviendo en un jardín. Jugando sola. Mi imaginación desbordada la canalizaba jugando con las barbies. Todas esas historias, esas vidas que creaba en un jardín. Con las barbies, en el suelo, a su altura, los insectos tenían el tamaño de los gatos. El césped era aterrador y hermoso, salvaje. La piscina era un mar. La piscina congelada, la antártida. Los pinos bloques de viviendas. Sus huecos, donde a veces encontraba algún nido, apartamentos. Había barbies en posición horizontal entre los huecos de los pinos, durmiendo. La idea de vida en el objeto culminó el día en que decidí incluir la muerte. Enterré una barbie en el jardín.
      Yo quería ser actriz. Quería ser personaje. Nunca creí en la autenticidad de las personas. Después, cuando nos mudamos a Logroño, participé en alguna cosa de teatro. Algún curso intensivo de improvisación. Pero nada serio. En Valladolid me tiré cinco años pensando en apuntarme a un grupo de teatro, pero no llegué a hacerlo. Llegué, sin embargo, a COLMO, ese colectivo literario que ya se arrastra hacia su declive definitivo, a Pat y a La Fanzine y, ante todo, a Internet y a este universo tan curioso de la blogosfera.

      Que a lo que voy: que yo quería ser actriz. Que yo quería ser un personaje.

      Por eso, cuando hace unos pocos meses Daniel Barredo me propuso participar en el falso documental que se realizaría sobre su libro El Viaje a Budapest (Berenice, 2012. Premio Andalucía Joven de Narrativa 2011), no me lo pensé dos veces y reservé los billetes para volar hacia Málaga.

      Reservé los billetes sin tener claro casi nada y sin haberme leído siquiera la novela. De hecho, a Daniel Barredo no lo conocía absolutamente de nada. Era solo un contacto más, entre toda esa multitud de desconocidos que tengo en Facebook, con quien había mantenido alguna conversación sobre el panorama poético-literario de esta España mía, esta España nuestra. Pero el chico me dio buena espina, el libro parecía tener una pinta estupenda, nunca había bajado al sur de España, me hacía muchísima ilusión ponerme ante una cámara a improvisar y encima me ahorraba las dietas y el alojamiento gracias a la generosidad y buen hacer de Daniel, a quien, por supuesto, estoy muy agradecida por su inmejorable hospitalidad.

      El plan de rodaje era el típico plan de snuff movie: 10 jóvenes de entre 24 y 35 años (bueno, supongo que sería más propio para una snuff que los implicados fueran más jóvenes) cada uno de ellos especializados en diferentes campos artísticos o relacionados con el ámbito literario-editorial, en una casa aislada, durante un fin de semana. La idea era muy fresca: una fiesta. Una fiesta real, con su barbacoa, su alcohol barato, un ambiente distendido y entre tanto entrar en escena, hablar entre nosotros sobre el libro, sobre el estado actual de la cultura, de la sociedad... etcétera.

      Antes de ir al lugar de los hechos a encontrarnos con el resto de los implicados, acompañé a Daniel al súper a comprar los víveres para el fin de semana, ya que a efectos prácticos íbamos a estar incomunicados. Los víveres se resumieron en toneladas de alcohol barato. Vodka, ginebra, ron, whiskey, sangría y cervezas para aburrir. Me lo paso bien en los súpermercados. Soy como una niña para muchas cosas y esta es una de ellas. Llevar el carro, y llevarlo hasta arriba, que casi sea él quien me lleve a mí. Esa alegría preparty. Además yo estaba muy nerviosa porque no conocía a ninguno de los participantes. Nerviosa por mi timidez incontrolable, por supuesto, pero también porque todos ellos eran personas interesantes, que viven por y para la cultura. Es algo que echo mucho de menos durante mi estancia en Bayreuth. Es cierto que aquí he conocido gente estupenda con quien me lo paso realmente bien, pero echaba de menos relacionarme con gente de mi campo, con quien hablar de intereses comunes y las frikadas propias del artisteo. Estaba nerviosa y emocionada como un niño antes del primer día de colegio.


Me cortan la conexión. Vuelvo mañana.
Besos.

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