dentro de unas horas me van a sacar sangre. busco material para el blog Erosionados.tengo muchas cosas que hacer y no hago nada. creo que me estoy colgando. recojo de la estantería el juego favorito de cohen. No son horas para releer. acabo de leer antibiótico. Lo que me ha gustado, me ha gustado mucho, pero. decepción. logroño se intensifica. me escapo para sumergirme. reencuentro con mi castillo. no me quedan juguetes en el pueblo, solo espacios en el jardín. ese era mi castillo.
hace frío. el cementerio. matamos flores del jardín para los muertos. creo que me estoy colgando. me sacan sangre. cohen. yo veía el castillo. las dos plantas, las habitaciones. veía el lujo inmenso. lo recordaba así. las barbies de elisa tenían un chalet rosa de plástico. Las señoras del pueblo que no me conocen me dicen
hemos leído tu libro [el rosa]
nos ha encantado
los que te conocemos. los que te conocemos.
sabíamos que eras especial.
yo solo inventaba espacios en el patio. hablaba sola como buena hija sola. y temía a los insectos.
sabíamos que eras
es_pe_cial.
pero hace más de cinco años que no salgo del jardín cuando voy y casi diez desde los panties fucsias.
la hija de la valle, la nieta de la milagros, la sobrina de camacho. [pink floyd y el bar vacío]
me atrapo en el patio y me cuelgo. se escapa cat power por la calle. canto tirada en la hierba.
sabíamos que eras
especial.
te conocemos.
las ventanas van a dar aquí. rescato insectos de la piscina. dejo que recorran mis brazos. sumergirme es dejarme al margen. hace frío.
flores muertas. ya no soy capaz de ver el castillo.
soy un reino muerto.
las señoras miran las cicatrices
(in nomine patris)
no me miran a los ojos
/porque/ no me conocen.
Para los niños, las cicatrices son medallas. Los amantes las utilizan como secretos que revelar. Una cicatriz es lo que ocurre cuando la palabra se hace carne.
Es fácil mostrar una herida, las honrosas cicatrices de la batalla. Es duro mostrar una pústula.
Yo quería ser actriz. Lo he dejado caer por
aquí de vez en cuando. Pese a mi extraordinaria timidez, desde muy pequeña
quería ser la protagonista de algo. Estar expuesta, ser vista y ser otra. En la
primaria fui a clases particulares de teatro. Vivía en Miranda de Ebro. Me
gustaba el final de curso. Actuar en un escenario. Disfrazada de otro yo.
Iluminada, ante mucha gente a la que solo podía intuir entre la oscuridad del
patio de butacas. Después se me partió la vida.
Es
algo que no voy a poder superar nunca porque no se puede volver al pasado.
(Marty Mc Fly, marry me). No me quiero repetir, porque siempre termino hablando
de Baños (de río Tobía), pero no quiero que se vuelva a cometer un error así
con otros niños. Yo no quiero tener hijos. Tengo una visión demasiado pesimista
sobre la vida. Que no vivo en la tristeza absoluta. De hecho este pesimismo me
impulsa a vivir más intensamente. Pero no veo el sentido a la creación de una
vida que se va a acabar. Tenemos esa idea absurda y egoísta de tener hijos para
que quede nuestra semilla por ahí, como si el hijo fuera un trozo de nuestra
carne, como si nuestra carne fuera nosotros. Es un placebo simple como la idea
del cielo. Yo en Baños, con solo ocho años, morí. No había teatro. Y yo no era
nadie porque ni siquiera podía convertirme en otra persona. Tocaba el piano.
Tocaba para un público al que no le interesaba. En casa me gustaba tocar por
tocar. Composiciones efímeras. Hay una tristeza intrínseca en el aprendizaje de
la música. Porque se aprende tocando cosas ya creadas. Copias de copias de
copias. No hay creación. Solo notas medidas encerradas en cinco líneas,
compases, un dos tres, vals. No podía escapar de mí tocando el piano.
Yo viví en el jardín. Los jardines son tristes también, sobre todo en invierno. El
suelo sucio, los insectos muertos. La piscina vacía o congelada. Durante muchos
años vacíabamos la piscina después del verano. Después se nos ocurrió que
manteniéndola llena durante el invierno evitaríamos las grietas. Manteniéndola
llena creábamos vida. Esos insectos que me fascinan por su carácter anfibio.
Los garapitos. Esos insectos brillantes que bucean, que viven en el agua, pero
que también vuelan. El espectáculo de verlos volar cuando vacíabamos la piscina
al despuntar el verano, para volverla a llenar, pero para mantenerla con esa
falsa idea de limpieza, envenenada de cloro, el falso oasis para los insectos.
Asi
pasé mi vida desde los ocho hasta los trece años. Viviendo en un jardín. Jugando
sola. Mi imaginación desbordada la canalizaba jugando con las barbies. Todas
esas historias, esas vidas que creaba en un jardín. Con las barbies, en el
suelo, a su altura, los insectos tenían el tamaño de los gatos. El césped era
aterrador y hermoso, salvaje. La piscina era un mar. La piscina congelada, la
antártida. Los pinos bloques de viviendas. Sus huecos, donde a veces encontraba
algún nido, apartamentos. Había barbies en posición horizontal entre los huecos
de los pinos, durmiendo. La idea de vida en el objeto culminó el día en que
decidí incluir la muerte. Enterré una barbie en el jardín.
Yo
quería ser actriz. Quería ser personaje. Nunca creí en la autenticidad de las
personas. Después, cuando nos mudamos a Logroño, participé en alguna cosa de
teatro. Algún curso intensivo de improvisación. Pero nada serio. En Valladolid
me tiré cinco años pensando en apuntarme a un grupo de teatro, pero no llegué a
hacerlo. Llegué, sin embargo, a COLMO, ese colectivo literario que ya se
arrastra hacia su declive definitivo, a Pat y a La Fanzine y, ante todo, a Internet
y a este universo tan curioso de la blogosfera.
Que a lo que voy: que yo quería ser
actriz. Que yo quería ser un personaje.
Por eso, cuando hace unos pocos meses
Daniel Barredo me propuso participar en el falso documental que se realizaría
sobre su libro El Viaje a Budapest (Berenice, 2012. Premio Andalucía Joven de
Narrativa 2011), no me lo pensé dos veces y reservé los billetes para volar
hacia Málaga.
Reservé los billetes sin tener claro casi
nada y sin haberme leído siquiera la novela. De hecho, a Daniel Barredo no lo
conocía absolutamente de nada. Era solo un contacto más, entre toda esa
multitud de desconocidos que tengo en Facebook, con quien había mantenido
alguna conversación sobre el panorama poético-literario de esta España mía, esta
España nuestra. Pero el chico me dio buena espina, el libro parecía tener una
pinta estupenda, nunca había bajado al sur de España, me hacía muchísima
ilusión ponerme ante una cámara a improvisar y encima me ahorraba las dietas y
el alojamiento gracias a la generosidad y buen hacer de Daniel, a quien, por
supuesto, estoy muy agradecida por su inmejorable hospitalidad.
El plan de rodaje era el típico plan de
snuff movie: 10 jóvenes de entre 24 y 35 años (bueno, supongo que sería más
propio para una snuff que los implicados fueran más jóvenes) cada uno de ellos
especializados en diferentes campos artísticos o relacionados con el ámbito
literario-editorial, en una casa aislada, durante un fin de semana. La idea era
muy fresca: una fiesta. Una fiesta real, con su barbacoa, su alcohol barato, un
ambiente distendido y entre tanto entrar en escena, hablar entre nosotros sobre
el libro, sobre el estado actual de la cultura, de la sociedad... etcétera.
Antes de ir al lugar de los hechos a
encontrarnos con el resto de los implicados, acompañé a Daniel al súper a comprar los víveres para el fin de semana, ya que a
efectos prácticos íbamos a estar incomunicados. Los víveres se resumieron en
toneladas de alcohol barato. Vodka, ginebra, ron, whiskey, sangría y cervezas
para aburrir. Me lo paso bien en los súpermercados. Soy como una niña para
muchas cosas y esta es una de ellas. Llevar el carro, y llevarlo hasta arriba,
que casi sea él quien me lleve a mí. Esa alegría preparty. Además yo estaba muy
nerviosa porque no conocía a ninguno de los participantes. Nerviosa por mi
timidez incontrolable, por supuesto, pero también porque todos ellos eran
personas interesantes, que viven por y para la cultura. Es algo que echo mucho
de menos durante mi estancia en Bayreuth. Es cierto que aquí he conocido gente
estupenda con quien me lo paso realmente bien, pero echaba de menos relacionarme
con gente de mi campo, con quien hablar de intereses comunes y las frikadas
propias del artisteo. Estaba nerviosa y emocionada como un niño antes del
primer día de colegio.
No puede haber nada personal dentro. Seguro que no. Él siempre ha cuidado de mantener al margen su vida “profesional” de todo lo demás. Pensando así parece mucho más fácil desgarrar con la llave del buzón el sobre. Týchi̱ extrae de su interior un folio en cuya parte superior puede leerse Αποδόμηση της αισθητικής.El resto está en blanco. Hay más papeles. Trozos más o menos pequeños. Todos en blanco. Gracias por tu gran aportación a la galería, gilipollas. Piensa Týchi̱ en voz alta. Se enciende un cigarrillo aún frente a los buzones. Nunca le resulta fácil con los guantes, pero son costumbres que no va a cambiar. No se los quitará hasta llegar a la intimidad de su casa. Una vecina mayor que acaba de entrar le suelta la misma retahíla de todos los días. No se puede fumar aquí. Por lo menos apágalo antes de meterte al ascensor. Bueno días, señora, le responde ella, con la sonrisa cínica y desgastada de quien está de vuelta de todo.
Týchi̱ se queda un rato más en el portal, aunque el tabaco hace tiempo que sólo le proporciona arcadas. En el fondo quiere más. No se va a conformar con un catálogo en blanco. Una serie sobre la deconstrucción de la estética. Definitivamente el arte contemporáneo es una mierda. Rebusca con sus dedos enfundados en tela negra. De otra forma no podría. Los guantes, el tabaco, la sonrisa, son sus salvavidas. Rebusca entre los papeles, vuelca el sobre, y, ahí está. Pillada por el pliegue del sobre, en el fondo, una fotografía. Y ahí está él. Y ahí está ella. En el centro de la imagen, la mujer que siempre le pareció simple, aparece con el gesto triste de aquella Marilyn de Arnold Newman. A su derecha, en el extremo superior izquierdo de la foto, el espejo retrovisor enmarca la mirada fija de un hombre que parece haber perdido todo atisbo de emoción, humanidad, identidad. Detrás de ella, a través de la luna, parece distinguirse un paisaje de cemento mojado. Tan gris y desprotegido como un edificio en construcción. Aunque la fotografía no permite ver quién está al volante, Týchi̱ se siente aliviada al comprobar que no es ninguno de los dos. No entiende, sin embargo, la frialdad de uno y la tristeza de otra. Semejante hieratismo parece más propio de quien lleva las riendas o tiene claro a dónde se dirige. Pero él está en el asiento de atrás, como el niño al que los padres no informan del destino ni del tiempo que les queda para llegar. Con el cigarro, Týchi̱ abre un pequeño agujero en la luna del coche. Éste se extiende, manteniendo siempre un círculo perfecto, hasta hacerse más grande que la propia foto. Týchi̱ aprovecha el hueco para entrar y llega al edificio en construcción. Gira la cabeza, esperando encontrarse con el coche, pero no hay nada. Absolutamente nada. Como si la fotografía fuera un agujero negro. El punto final de una historia y/o el comienzo de una nueva. Con paso decidido marca territorio con sus tacones por el punto medio. Todo está mojado. El espacio, una simple explanada de cemento bordeada por paredes de ladrillo a su izquierda y a su derecha, pero sin techo ni entrada ni salida, se encuentra entre un campo de mala hierba y barro, a su vez delimitado por unas vallas oxidadas y con agujeros pequeños por donde pueden colarse niños y gatos. Týchi̱ reconoce en seguida que se encuentra en el patio del colegio donde estudió cuando era niña. A ambos lados, Týchi̱ reconoce a todas las personas que pasaron por su vida. Se escucha la mezcla de varias músicas que suenan de diferentes radiocasetes. Flotan los humos de diferentes cigarros y los gritos de diferentes dolores. Se encuentra en el polideportivo que estaban construyendo cuando ella dejó la ciudad.
Llega al centro y pregunta a una joven si reconoce a la chica de la foto. Ella no le hace caso y continúa pintando las líneas del campo de baloncesto con mostaza. Cuando se le termina el bote, abre uno de Ketchup, observa la fotografía, mira fijamente a Týchi̱ y le dice: “Él ya no está con ella, está conmigo”. Týchi̱ se reconoce en los ojos de la joven y le responde que eso no es posible. “Tú no podrías aportarle nada”. “¿Porque no me parezco a ella o porque me parezco a ti?”. Su cuerpo comienza a llenarse de cables que surgen de sus oídos. El resto de personas comienza a sufrir la misma transformación y el lugar se llena de un silencio insoportable. “¿Dónde puedo encontrar a esta mujer?” Pero no obtiene respuesta. Nadie puede escucharla. La joven, una vez terminado el bote de Ketchup, comienza a dibujar las líneas del campo con mariquitas y escarabajos que corren en procesión formando rectas rojas y amarillas. Son tantos que más que correr parece que ruedan muertos, emitiendo un sonido similar al de las canicas. Týchi̱ intenta huir, pero al llevar su cigarro a la fotografía éste se apaga, se reblandece, se hace negro, se transforma en cable y se introduce entre el índice y el corazón. Nota cómo recorre todo su brazo derecho, cómo llega al hombro, dibuja sus clavículas y sube por su cuello, su cráneo y sale bifurcado por ambos oídos. Al principio siente miedo. Después cree que no le va tan mal y empieza a alejarse hacia delante. Pasa el polideportivo, la hierba y el barro, la valla oxidada, los primeros años de adolescencia, el bachillerato, el primer amor, los primeros años de universidad, los proyectos, las canciones, la subvención, la inauguración de su galería, y todo el daño sufrido hasta ahora. Týchi̱ camina y coqueta oscila los cables que le cubren. Son parte de ella. Como el maquillaje, las braguitas y los empastes. Semáforo en rojo –que te la coj…- y sus botas levantando el polvo de la acera como un dibujo animado acelerado. Stop. A su derecha una muñeca robotizada con la mirada perdida se contonea. Týchi̱ la envidia y la mira un poco. Muy poco. Tan poco que el cielo empieza a oscurecerse demasiado pronto. Tan poco que el semáforo cambia de color y la muñeca empieza a cruzar. Tan poco que el semáforo vuelve al rojo. Tan poco que la muñeca dobla la esquina de la calle de en frente y la pierde. Tan poco que Týchi̱ pierde el color de su maquillaje, el aleteo jovial de sus cables, algunos dientes y el último autobús –eléctrico- que cruza la calle. Cruza la línea espacio – tiempo. Cruza la cara con un golpe de realidad a nuestra heroína y aún dolorida se recompone pero sin ser la misma. Se ha agotado la batería, la belleza y la vida. El semáforo vuelve al verde y vuelven a Týchi̱ todos los dientes, el maquillaje y la señora del portal que aún sostiene la puerta del ascensor. “Si tiras esa mierda te espero para subir”. Y Týchi̱ se pregunta si se refiere al cigarro o a la foto.
La Gata Loca recibe cordialmente en toda su cara un pedazo de ladrillo. Y unas fresas con nata. Te deseo lo mejor, le dice. Y ríe con sorna. Qué cabrón. El señor Don Gato baja del tejado de su casa en ruinas. El adorado Ignacio ha pasado bastante tiempo arrancando los ladrillos. Qué triangulo amoroso tan loco. Pobre, pobre, pobre Don Gato – enamorado – descifra la hora tras un cristal roto. El último delirio de Gata Loca es un chichón, del que brotan corazones con la insignia “je t’aime, mon amour”, firmada por un ratón. Hay reservada sin invitación una mesa en el restaurante de moda. Don Gato espera. La próxima vez, piensa, seré yo quien lance la primera piedra.
Me ha decepcionado muchísimo la Alicia en el país de las Maravillas de Burton. Después de comentar el tema en Facebook (ay, Dios, ¡está acabando conmigo el maldito Facebook!) me he puesto a buscar una versión de Alicia que me encantaba cuando era pequeña. Se trata de una película de dibujos animados que regalaron (o casi) en VHS con el periódico (no recuerdo cuál, porque por aquel entonces yo vivía en Miranda de Ebro, aunque mi padre solía comprar el diario La Rioja, así que ni idea) y que vi hasta que se pulverizó. Tras la pérdida, mi tío me regaló la de Disney, pero no era lo mismo. Qué se le va a hacer. Sin embargo, hoy, unos trece años después, si no son más, gracias a You Tube, me he reencontrado con ella.
Os dejo con mi Alicia. Con la que odia la lógica, adora la mermelada de naranja y no lucha con dragones: