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viernes, 26 de octubre de 2007

Sin Título (aún) Quiero mandar a tomar por culo este blog



Voy a cagarme en todos los tópicos.


Quiero eliminar a todos los poetas, a todas las patéticas escrituras eróticas, quiero volverme fría y mandarlo todo a la mierda, que de la mierda venís todos, y de veros me siento mejor.






Rodrigo, átala a la cama y fóllatela. Mátala de una vez, quiero verlo, como se desangra, y que llore. Quiero que termines con esta bruja.



Arráncale las uñas, una a una. Arráncale el pelo y las pestañas. Quiero que la dejes ahí,


(Pero no puedo)


y que no se muera.



Que no, que no se muera.



Porque no puedo



Vivir


Sin ella.




- ¿Qué harías si tu hermana de once años estuviera embarazada de tu primo de 13?



Y todo con consentimiento, que no sé muy bien si con sentimiento...


Mamá, ¿Sabes que la semana pasada tuve mi primera regla? Pues estate tranquila, que ya le he dado buen uso.



- Eres terrible, Malena.


- Antes no era así, y tú tampoco.






De un momento a otro llegará Paula, y aún no estoy del todo segura de lo que voy a hacer. No tengo ni idea de nada.


Es como si no tuviera vida, ni voluntad, ni sentimientos. Voy a dejar que me manejen, haré todo lo que ella me diga sin rechistar. Es algo que vengo haciendo desde hace unos cuantos años.


No sé por qué, la verdad. Quizá se resuma todo al hecho de que ella es mayor que yo. Tal vez por eso siempre me fíe de ella.


Porque la veo por encima de mí, más bella incluso e inteligente.



Y no he logrado superar aún el dolor que supuso la pérdida del padre de Paula y Rodrigo. Es curioso, cómo mi madre logró hacerme creer aquella historia de las bestias. Cómo, a pesar de todo lo que viví siendo tan niña, no supe distinguir entre (lo complicado y lo simple) bestias y asesinos.


Porque la distinción entre asesinos y grises era absurda. Sólo una excusa más.



Y es difícil entender hoy, cómo logramos vivir en aquel mundo de curiosidad y sensaciones mientras el exterior se estaba pudriendo dentro de una dictadura. Cómo logramos sobrevivir.






Son once los años que tengo, once malditos años.


miércoles, 24 de octubre de 2007

Sin Título (aún) Juego


Ella está fría como un témpano, acurrucada en el sofá, como una niña pequeña.
Ya no me quiere, lo sé. Y si alguna vez me quiso tampoco pretendió demostrarlo. Quisiera contarle un cuento y esperar a que se duerma.
A veces olvido que yo soy el pequeño.

En ocasiones así, viéndola tan débil, observando desde tan cerca el movimiento de su pecho, en mi mente se dibujan pensamientos que tal vez fueran deseos... actos que no puedo cometer.
Solamente porque no soy capaz.

No estoy seguro de si alguna vez fue consciente del daño que me hacía. Yo tengo la impresión de saber en todo momento cómo se siente ella.
Tal vez disfrutara con ello. Con mi dolor.
Por alguna razón ha querido verme siempre inferior a ella, hasta el punto de verme arrastrado a sus pies, pidiéndole que terminara con este juego.

Está enredada de nuevo entre hiedra. Está de nuevo intentando luchar, pero esta vez no podrá conseguir defenderse de su conciencia.

Quiero verla llorar, quiero que sufra, quiero que grite.

- Rodrigo, estás aquí.

Se ha despertado, rompiendo en un instante mis crueles intenciones. Y no sé si la deseo o me da asco. Quién sabe si sea el deseo lo que me repugne, cada vez más. Y que por amarla desee torturarla, acabar con este juego que hace tiempo debió concluir.



¿Quién es ella: Paula o Malena?

jueves, 11 de octubre de 2007

Sin Título (aún) Ginebra






—Conmigo no solía hablar. No hablaba mucho contigo, tampoco. Ni él ni nadie. Contigo, digo. Contigo no solía hablar mucho...

—¿Él?

—Ni él ni nadie.

—Tampoco yo hablaba con nadie.

—¿Qué vamos a hacer? —Escruté lo absurdo y con mis palabras alcancé el oscuro de la incertidumbre. Volví a poner sobre la mesa el tema que siempre quisimos ignorar. El tema del que nunca hablamos con nadie.

—Después de todo, hay que ver qué cosas le pasan a Ben Affleck, ¿que no?

—Sinceramente, querida: Me importa un rábano.


Volveremos a sentarnos junto a la chimenea que no tenemos, comiendo las palomitas que nunca compraremos. Estaremos juntas viviendo lejos y seremos sinceras.

Para decir mentiras hay que saber

ser francas.







—¿Vas a contarme todos tus secretos?

¿Desde el principio?


—No acostumbro a hablar de mi vida privada.



Siempre me has contado cosas. Te sentabas conmigo en la cocina, derramabas azúcar sobre la mesa y hacías dibujos con tu dedo meñique. Me hablabas de muchas cosas; cosas que nunca supe si eran reales o falsas. En cualquier caso nunca podrás negar que te escuchaba con atención.

Y cuando hacías café cerrabas todas las ventanas, y bajabas las persianas... porque no querías que se escapara el olor. Y cuando te ibas a dormir besabas la frente de un niño Jesús de cerámica que guardabas en el último cajón de tu mesilla de noche.


Me pregunto en qué momento dejaste de hacer estas cosas.


—Malena, puedes irte.

—Deberías saber que Rodrigo no quiere seguir teniéndote en casa.

—No lo creo.

—Una clínica de desintoxicación. Lo sugiere como mejor solución.

—No lo creo, Malena. Es mi hermano.

- ¿Y...?


Me sentí mentirosa, cobarde y traicionera. Pero sobre todo cobarde.

Quería quitármela de en medio porque:

a) No quería ayudarla.

b) Me hacía la competencia.

c) La quería demasiado.


El caso es que tal vez fuera por todo a la vez. La quiero y la envidio.


Los años 80, 90 y 100.


* * *


Los años 80



Un día vino Malena, vestida de Barbie. La Barbie más cutre que jamás vi. Llevaba unas mallas negras y una sudadera rosa pastel a juego con una mochila blanca y rosa, contenedora de estupideces o chismes interesantes. Quién sabe.

Se le había ocurrido teñirse el pelo de rubio, pero un rubio chocarrero, que bajaba onduladamente hacia los hombros. Unas ondas enrededadas. Rizos peinados en un abominable intento de alisado sin planchas.


Tenía apenas veinte años cuando se me apareció aquella barbaridad. Los tenía ella, no yo. Yo siempre he sido un poco más mayor que ella.

Ella estudiaba medicina, creo... O algo en la facultad de medicina, no lo sé. Y nunca me importó.

Ella venía a verme porque le apetecía follar. Así es la vida... Si no venía a verme a mí visitaba a mi hermana. O eso creía.

Luego descubrí que si mi hermana pasaba de ella era entonces cuando me buscaba a mí.

Sorpresas que te da la vida.


Qué hija de puta la de fisio.

La de fisio...

Me ha mandado comprar un libro.

Un libro, la de fisio.

Y nada, he tenido que pedirlo a una librería. Me lo traerán en unos días.

Bien. ¿Por qué no te quitas la ropa?

¿Y sabes que me ha dicho la librera?

No. ¿Vodka?

Ginebra. Que cuesta alrededor de veinte mil pesetas.

Cualquier cosa.

A tomar por culo las botas que me quería comprar.

Con ese chándal mal te iban a ir.

—Adiós a las botas por el jodido libro.


Así casi todos los días. Me hablaba de chorradas mientras nos emborrachábamos. A veces me pedía dinero, a veces se lo pedía yo. Follábamos y la mandaba de vuelta a su casa.



100


—Es cierto, Paula. Rodrigo no hablaba mucho conmigo.

Ni contigo ni con nadie.

—¿Qué vamos a hacer?


domingo, 10 de junio de 2007

Sin Título (aún) Labio _Inferior



Yo sabía que existían. Claro que lo sabía, pues los había visto una noche desde la ventana de mi habitación. Una imagen que me desgarró el interior. Una imagen que me arrancó parte de sensibilidad.



Vi a una pareja joven. No pasarían de los veintitrés.


Ella no dejaba de sonreír ni él de besarla y hacerle cosquillas.



Los besos siempre, desde donde reside el inicio de mi memoria, me han parecido el acto más precioso. Los labios, la lengua, nuestro idioma. Cómo desde muy pequeños utilizamos la boca como el filtro que depura lo que vemos. Realidad e interpretación, y entre medias la boca.



Aquella escena me embriagó de felicidad. Si en ese momento alguien me hubiera preguntado la tan usada y odiosa pregunta: y tú, ¿qué quieres ser de mayor?


Esos niños hubieran respondido: superman, spiderman, barman... yo hubiera dicho: yo de mayor quiero ser una mujer enamorada.


Sí, se me hubiera cumplido, pero olvidé que para estar completa debí añadir: y alguien de mí.



Pero borré mi bonita escena de mi mente.


Pronto se tornó gris.



Cuando llegaron aquellas bestias, amenazantes, sorprendiéndoles en un último beso.


El chico sacó la cartera, en busca de algún papel de identificación o incluso algo de dinero con el que poder sobornarles.


La chica estaba nerviosa, mordiéndose el labio inferior.



Varios golpes dejaron al chico indefenso en el suelo.


Y desde mi ventana no se oían ruidos ni lamentos.


Pero pude escuchar el dolor de esa joven y la insensibilidad física,


cuando mordió con tanta fuerza su labio inferior.


Cuando cayó la sangre.



Cómo se acercaron a ella y la inmovilizaron. Cómo utilizaron su cuerpo de forma tan ruda, dolorosa, agresiva, humillante... mientras su enamorado observaba, impotente y derrotado, casi desangrado desde el suelo.


Cuando acabaron con ella, una de las bestias le dio una patada en el estómago y se fueron.


Dejando a los jóvenes semicadavéricos sobre el asfalto.


Sobre una mancha de sangre.


Sangre de ambos.


Lazos de sangre.



- ¿Ves, Paula? Fue la sangre. La sangre les atrae.


- No es la sangre lo que atrae a esos hijos de puta, - respondió mi prima – son las manifestaciones de amor y libertad lo que les pone furiosos.

jueves, 10 de mayo de 2007

Sin Título (aún) Rodrigo





Envidiaba a Paula. Pero hubiera preferido que Rodrigo fuera mayor.

No veo mal el incesto. Me parece precioso.



Lo que yo hubiera querido...


Si estaba predestinada a tener una familia tan estrambótica, ¿por qué no se me concedió un hermano y una bonita relación incestuosa?


¿ a lo más que puedo optar es a ser una de las putas de mis tíos?

A lo más que puedo optar es a reinventar una familia.



Donde no esté sola.





Donde no sea tímida.





Donde no tema relacionarme.









Si hubiera hecho caso a Paula, si hubiera aparcado la timidez y agarrado las relaciones sociales con hipocresía... Si hubiera sido humana no estaría encadenada a Rodrigo.

No he hablado aún de Rodrigo, habiendo sido, no obstante, un punto muy importante de mi vida.



A los catorce años Rodrigo vivió algo que le transformaría. Eso dice él. Pero yo sé que no hubo transformación. Él siempre fue así.

No es gay, es andrógino. De una ambigüedad que mata.



Me mata.



Me excita.


La androgenia existe. Y él no camina, Rueda...


No necesita mitad, pero yo quiero poseerle.





O que me posea.





Que me complemente.





Que me complete.









Es perfecto

Y lo sabe.





Es soberbio y egoísta.


Por lo que me bloquea.



Porque sé que nunca le tuve...

...y nunca le tendré.

martes, 24 de abril de 2007

Sin título (aún) Cambios

Recuerdo otra vez, en el patio de Paula y Rodrigo.
Yo tenía diez años.
Tras la muerte de mi tío nada volvió a ser igual.
El carácter de Paula se había endurecido aún más. Rodrigo era más silencioso; parecía que siempre estaba ausente.
Paula estaba más preciosa que nunca. Me sorprendió verla después de tanto tiempo. Tan deliciosamente hermosa.

domingo, 15 de abril de 2007

La cena se está enfriando


Para Lorena y Pablo el peor momento del día era la hora de la cena, porque se tenían que volver a ver.
- ¿Qué tal el día?
- Bien.
Y comida fría, pero no tanto como su situación. Seguramente lo más acertado
hubiera sido haberlo dejado hace ya mucho tiempo, pero la estabilidad y la rutina son drogas letales, y acostumbrarse, como dicen Le Punk, es empezar a morir.
Lorena está callada. No quiere mirar a Pablo: le da asco; y mira la comida de su
plato, desmenuzándola con el tenedor en cachitos pequeñitos.
- Podrías dejar de hacer esa guarrada y comer de una puta vez. Da asco. – Sí, está vivo, piensa Lorena.
- Mi madre solía decirme de pequeña que en la calle hay bestias salvajes. Bestias nocturnas. Supongo que me lo decía para que no saliera a la calle después de cenar.
- Que lista tu madre. – Dice Pablo indiferente.
- Esta noche podíamos salir. No sé, ir al cine o algo.
Pablo se levanta de la mesa sin terminar el plato. No entiende nada. ¿Por qué cambiar las pautas, si les iba bien así?

miércoles, 11 de abril de 2007

Sin Título (Aún) Fría


- Eché a volar aquel día, cuando llegaron las bestias.
Eché a volar, pero no me moví del sitio, Paula.
Eché a volar porque tenía miedo. Dejándote sola, llorando... Hablando.
Fue la noche cuando mataron a tu padre.
Aunque yo no tenía conciencia de ello. Porque por más que te acercaras, yo estaba más
lejos.
Porque por muy intensas que fueran tus caricias, yo no sentía absolutamente nada.
Porque, por más que tus ojos lágrimas derramaran, te veía inexpresiva. Fría. Como
siempre.

Sin apartar sus manos de las mejillas de Malena, Paula susurró:
- Las flechas de Cupido están empapadas en absenta. – La besó. – Por eso siempre estás ardiendo.

Un buen diálogo no deja indemne a ninguno de los dos.

lunes, 2 de abril de 2007

Sin Título (Aún) Recordando


- ¿Recuerdas la noche que se llevaron a mi padre?
- Sí, Paula, claro que la recuerdo. – Dije, sin cambiar de posición: me encantaba que Paula tocara mi cara.
- Quería que fueras feliz, Malena, perdóname. Quería que fueras feliz y te destruí la infancia. Lo nuestro no era felicidad. Lo nuestro era algo... indefinible, sin más. Pero no era felicidad. Te he destrozado la vida, Malena. No entiendo cómo has seguido a mi lado todos estos años.
- Paula, hoy pisé un perro. No me di cuenta: iba caminando por la calle, pensando en dios sabe qué cuando me di cuenta de que había pisado algo. Era un perro, de esos pequeños que no valen una mierda. Le hubiera dado una patada sino fuera porque vi que llevaba una correa. Y ¿sabes lo que hizo el puto animal? Se me subió a la pierna. No pude averiguar si quería jugar o morderme. Si quería morderme, la verdad, el perro era aún más estúpido de lo que pensaba. Quizá estuviera jugando. La dueña se disculpó: Gracias por intentar matar a mi perro, zorra. Hice daño al perro, y no me importó. Es comprensible que quisiera jugar conmigo: el dolor y la indiferencia ponen cachondo a cualquiera.

lunes, 26 de marzo de 2007

Sin Título (Aún) Vete tú a saber qué capítulo... Regreso al pasado




Paula me miraba. Tenía sus ojos fijados en mí. Apenas parpadeaba. Como siempre solía estar, de cuclillas en una esquina de la sala, opuesta a ella, era mi posición. Paula no soportaba aquello. Lo sabía. Paula no soportaba mi timidez, mi falta de efusión, de decisión inmediata. No podía entender mi inseguridad ni mis prejuicios.
Mi madre solía decirme que por las noches las calles se llenaban de monstruos sedientos de sangre. También me decía que yo tenía la sangre dulce, y que por eso me picaban los mosquitos.
“Piensa Malena: Si gustas a los finifes, ¿cómo no van a ir las bestias de la noche a por el azúcar de tu sangre?”
- Paula, ¿tú tienes la sangre dulce?
- ¿Qué dices?
- Afuera hay bestias.
- Afuera hay granizo, Malena. Sólo eso. No debes tener miedo.
Paula estaba nerviosa, y la notaba triste. Sus ojos estaban rojos. La habitación se
había quedado sin luz debido a la tormenta, pero yo lo sabía. Huelo la tristeza.
La tristeza tiene un olor ácido, y frío. Es un olor que puede entrar por los ojos y llegar hasta el corazón, a la vez que te hiela la mente, como cuando intentas esnifar el frío de una mañana de enero. Pero la tristeza no es tan neutra; tiene una pizca ácida, que te embriaga y te incomoda. Por eso cuando estaba a solas con Paula me intentaba alejar de su lado. Porque no era capaz de asimilar tanto dolor.
Y, sin embargo, no había nadie que me diera cariño mejor que ella.
El amor que recibía de Paula era maravilloso. Único.
Un placer perfecto. Mágico.
Pero yo era incapaz de devolverle tal amor.
Yo sólo podía absorber su agonía.
Sabía que en la calle había bestias. Las había visto.
- Malena, ¿alguna vez te has fijado en el sexo de los muñecos? Las muñecas que
representan figuras humanas adultas son ángeles. Ellas ni siquiera tiene pezones, y ellos no tienen polla. Están cerrados.
Cerrados... Así es como nos violan, Malena. Violan nuestra mente, diciendo con sus putos muñecos asexuales que el sexo es malo, vergonzoso. No sólo el sexo, sino nuestro cuerpo también. Nos hacen sentir extraños. ¿Cuántas niñas se miran el sexo? Maldita sea, si creo ser la única de mi colegio que se haya mirado el coño para saber cómo es la única cosa en este mundo que me hace tomar conciencia de que mi cuerpo está vivo: el clítoris. Sé de niñas que creen que el clítoris es un agujero, y a las que acariciarse les parece algo impensable.
En cambio, los muñecos que representan bebés, sí tienen sexo. ¿Y sabes por qué? Porque son tan ignorantes que les resulta imposible pensar que un niño pueda sentir su cuerpo y manifestar el amor de la misma manera que los adultos. Todo lo relacionado con la infancia se ve como un mundo aparte, Malena. Por eso no hacemos nada malo: sólo hacemos uso de la extrema libertad que ellos nos han dado.
Nuestro sexo es puro.
Nuestros errores nos los perdonan. Y el llorar no nos lo reprochan con humillación, -como hacen entre ellos, en un mundo donde el que más llora es el más débil, - sino que nos perdonan. Es más, desean apaciguar nuestro llanto por cualquier medio, incluso dándonos caprichos.
Yo ya no soy una niña, Malena. Empiezo a corromperme... A los catorce años se está en el limbo, entre la infancia y la inseguridad de la madurez. El sexo ya no es bonito, es humillante. Pero tú aún eres joven. Aún te quedan años de libertad, de felicidad. Sé lista, sé hipócrita: disfruta.
No seas una infeliz como yo; no llegues a instituto odiando a todos tus compañeros y a ti misma... y a tu cuerpo. No te conviertas en alguien como yo, Malena, por favor. Te quiero demasiado como para verte tan destruida. Tan sola. -
Paula lloraba sin cesar.
En aquel momento yo presté más atención a sus lágrimas que a sus palabras.
Me encantaba escucharla: tenía una voz preciosa. Muy dulce. Casi de niña. Y es que en realidad Paula era una niña. Daba igual que tuviera catorce, diecisiete, veintiuno, treinta años... Ella siempre sería una niña. Y es que la vida está en la infancia; el resto sólo es degradación. Una imparable caída en picado hacia la tumba.
Pero Paula tenía espíritu de inmortal.
Aquella noche yo tenía siete años, y, pese a mi corta edad, ya había vivido demasiadas experiencias políticamente incorrectas para una niña. Pero era eso, una niña. Sólo una niña. Una niña que temía salir a la calle al caer la noche por miedo a que las bestias la atacaran, atraídos por el dulce de su sangre.

jueves, 15 de marzo de 2007

Sin título (aún) 5


- Ven, Paula, agárrate a mí.
Rodrigo ya se había ido. Las palabras de Malena parecieron herirlo.
Paula estaba aún el baño, tirada y casi inconsciente. Con no poco esfuerzo, su prima pequeña logró que se agarrara a ella y se pusiera en pie.
- Nívea
- ¿Qué dices, Paula? – Malena miró alrededor y vio un bote de crema. Sonrió.
- N, v, e, a. (V...)Nunca volaré en avión.
- Nunca viste estrellas azules.
- Te has dejado la “i”.
- Tú también. – A veces se preguntaba cómo habían llegado a esa situación. Por qué en unos pocos años todo se había vuelto gris, denso, difícil.
Durante muchos años Malena los pasó recordando su infancia. Una infancia que poco tenía que ver con la de los demás niños. Una infancia feliz, pero inconfesable. La etapa más feliz de su vida, la más fácil, sólo era un secreto dentro de la parte más remota de sus subconsciente.
- Nadie visita esta aldea. – Continuó Paula, una vez habían llegado a la habitación y se hubiera sentada en la cama. Malena, de rodillas en el suelo, entre las piernas de Paula, la miraba con los ojos húmedos.
- Paula... No quiero volver a verte así.
Paula sonreía, aunque no era precisamente esa la vía por la cual sus sentimientos hubieran querido manifestarse. Pero últimamente era más sencillo sonreír que llorar.
Y acariciando con cariño sus mejillas, la indujo a murmurar una nueva frase.
- Nubes inundando espacios abiertos.- En un susurro, como cuando eran niñas, cerrando los ojos y ladeando el rostro. Llorando, cuando en realidad lo que sentía se asemejaba más a la felicidad.
- Malena, yo sé que no eres mala. Yo te conozco. Sólo yo sé quién eres. Malena, no me dejes nunca.
- No puedo vivir contigo. ¡Estás arruinando mi vida!
- No quieres que me vaya. Si lo quisieras no estarías llorando. Somos iguales, más o menos fuertes, pero somos iguales. Nos une la sangre.
- ¿Desde cuándo importa la sangre?
Malena lo sabía, que no había nada como los besos de Paula. Los echaría de menos.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Sin título (Aún) 3 o 4, qué sé yo... Esta historia no tiene coherencia, ni ética, ni moral. :)


Las miradas se habían convertido en su idioma. Un idioma donde las palabras sobraban. Sólo los gestos podían significar algo.
En la habitación de Rodrigo podía ocurrir cualquier cosa, pero nunca entraron a la habitación de Paula.

- También me follé a tu amiga.
- ¿A Malena? – Preguntó Paula, mientras dejaba que aquel hombre la follara a cuatro patas. La embestía de forma poco sutil y nada formidable, acariciando sus pechos y apoyando la cara en su espalda. Era un amante pésimo. Se cansaba con facilidad.
Como siempre, terminó y se fue.

Ella no se despedía, sólo se quedaba tumbada en la cama y no se levantaba hasta haber escuchado el sonido de la puerta cerrándose desde fuera.
La puerta se cierra, Paula cierra los ojos, susurra: diez, nueve, ocho... abre los ojos, sonríe y se incorpora para meterse en la ducha.
Quiere gritar, pero llora. Se tira al suelo, las baldosas del baño están frías. Ha dejado correr el agua de la ducha, al máximo. Al caer el suelo, el tubo gira alocadamente, provocando una fuente improvisada que empapa todo el cuarto. Todo su pelo.
Todo el suelo.
Grita, desnuda, tirada en el suelo. En el suelo encharcado. Se levanta, resbala, cae, sigue llorando. El agua sigue corriendo.
Entre sus piernas un reguero de semen pegajoso bajaba hacia los muslos. Estaba llena de semen. Semen por todas partes.
El filo de la cuchilla brilla a contraluz. Sesga su piel. Sangre y semen nadan en el gran charco de agua que no deja de crecer en el suelo del baño.
Hay una serpiente enajenada escupiendo agua, retorciéndose y separando la sangre que flota en la charca.
Paula ahora es una sirena atrapada en sus fauces. La serpiente crece. Ahora es enorme, y Paula quiere luchar contra ella, pero no tiene fuerza.
Hay una princesa desnuda y sucia luchando contra un dragón. Un dragón que la quema con su fuego.
El agua arde, las heridas sangran.

-¿Rodrigo?
-¡Te he dicho mil veces que no me llames al trabajo!
-Es Paula.

Indiferencia era el segundo nombre de Malena. Sentada en el sofá, fumando un cigarrillo, mirando hacia la televisión.
- No soy su madre. Estoy harta de estos numeritos.
- No son numeritos. Paula está enferma. Pero todo saldrá bien.
- Paula no está enferma. Es una drogadicta. Deberías llevártela: yo no puedo convivir con una persona así.
- ¿Insinúas que debo internarla?
- Yo no insinúo nada. Sólo digo que te la lleves, ¿dónde? Me da igual.

Hasta más ver, niños míos.
Que incómodo se me hace escribir en esta sala...
En este ordenador...
¿Cuánto aguantaré con el cable desenchufado?

viernes, 2 de febrero de 2007

Debería dejar de tomar Red Bull por las noches

Son las cuatro y cuarto de la noche. Otra noche con insomnio y dolor de cabeza.
¿O es este moño tirante?



Y sí quiere,
O no...
¿Quiere?

Malena, ¿vienes?

Malena juega por las noches.
Antes de dormir.
Malena se arropa con las sábanas
Y se imagina cosas.

Imagina que es mayor, que camina
por la playa,
imagina que le besan,
que le moja la
lluvia.

Imagina que da vueltas,
Que se pierde
En la noche.

Imagina que el mar
Está bajo las sábanas.

Y bucea,
Bucea,
Bucea...
Malena bucea
Y juega con las sábanas.

A veces se asoma a la superficie,
Apoyando su cabecita sobre la almohada.

jueves, 18 de enero de 2007

Sin título (aún) 2


Hola, gentecilla valiente!!!

Aquí vuelvo, como os prometí, con otra entrega de estas aventuras infantiles.

He hecho alguna que otra modificación, por eso lo vuelvo a colgar desde el principio.

Que sí, que es porque he modificado algo, no porque os quiera volver locos (que también, para qué nos vamos a engañar). Un beso.

--> Recordad que esta historia la podemos hacer entre todos, así que espero vuestras sugerencias.

Aunque no os prometo tenerlas en cuenta.


Las maletas estaban apiladas en el pasillo. No era mucho, unas pocas maletas con lo imprescindible para pasar dos semanas fuera de casa. Teresa tarareaba mientras terminaba de recoger las cosas, se aseguraba de haber bajado todas las persianas, apagar el gas, sacar la basura... Estaba realmente feliz, mientras su marido esperaba nervioso en la puerta y la pequeña Malena, acurrucada en una esquina del salón, fijaba su mirada en un punto abstracto de las cortinas. No quería ir, no quería...
- Tonta, allí te lo pasarás muy bien con tus primos. – Le repetía su madre una y
otra vez. Pero es que precisamente era eso lo que no quería: estar con sus primos.
Malena era pequeña, sólo tenía cinco años la última vez que había estado con sus
primos, hace dos años, en el verano, cuando pasaron aquel fin de semana familiar en casa de sus tíos, en un pueblecito de la costa mediterránea. Malena se sentía feliz, pues, al ser la pequeña de la familia, acaparaba la atención de todos. Teresa y su hermana preparando sándwiches y salpicándose, como niñas, con la mayonesa; los maridos, sentados al sol, fumando y bebiendo cerveza, y los niños correteando por el jardín. Malena quería acercarse a Paula y Rodrigo, pero ellos parecían distantes. Ella iba detrás suyo, intentando escapar de esos locos adultos que parecían más niños que ellos, pero Paula y Rodrigo no se lo querían poner nada fácil. Rodrigo tenía siete años y Paula doce, pero parecía que es gran diferencia de edad no existía, y no porque Paula fuera excesivamente infantil, sino porque Rodrigo aparentaba ser mucho mayor.
- Malena, ven aquí.
Malena miró a Paula con timidez. Era el tercer día de las vacaciones y aquella era la
primera vez que Paula le mostraba el mínimo de atención.
- ¿Malena? - Insistió Paula, esta vez fingiendo dulzura.
La niña se acercó a ella, Paula se agachó, la observó con detenimiento y le acarició
la cara. Sonrió, se puso en pie, Malena le dio la mano y juntas fueron hacia la habitación de Rodrigo. Era una habitación pequeña, y las persianas estaban bajadas, pero no plegadas, de manera que sobre el suelo hileras de pequeños rectángulos amarillos les recordaban que aún era de día. Rodrigo, sentado sobre el escritorio, las miraba fijamente con una sonrisa sarcástica.
- Malena, vamos a jugar, ¿vale? – Y Malena aceptó.
Paula la condujo hacia la cama y con suavidad la levantó del suelo para sentarla
después. Ella se quedó allí, quietecita, observándolo todo con sus grandes ojos marrones.
No había música, no había luz, no había nada. Tras la persiana el mundo seguía girando, pero ellos estaban muy lejos de la realidad.
Allí dentro no existía la realidad, ni las preocupaciones, ni la vida, ni la muerte. Allí dentro el mundo tenía otra importancia.
Rodrigo no tenía juguetes, o tal vez dormían debajo de la cama, y sólo un póster de algún súper héroe de la Marvel decoraba tristemente la blanca pared.
De vez en cuando Malena miraba al suelo, de vez en cuando Paula la miraba a ella, de vez en cuando Rodrigo las miraba a las dos y sonreía a su hermana. El tiempo se había detenido por completo... uno, dos, tres.
Un, dos, tres.
Tres, dos, uno, cero, cuatro, seis, ocho... Rodrigo musitó algo y se levantó para acercarse a la cama.
Ocho, nueve, tres, cinco, siete... Algo nuevo.
Algo extraño.
Algo malo.
Algo bueno.
¿Qué es eso?
Por qué no se apartó, por qué no lloró. Por qué sonrío después.
Lágrimas silenciosas, la mano de Paula, el corazón de Malena, el pecho de Rodrigo, las piernas de Malena, la sonrisa de Paula.
Caricias bonitas. Las manos de Paula. Los labios de cristal y la lengua de Rodrigo recorriéndolos...
Malena, la ignorancia infantil. Malena, la inocencia. Malena y las manos de Paula.
Los ojos de Paula, su mirada; sus ojos fijos en los de Malena y su mano, suave, en sus mejillas. No hacía falta más. La quería.

- Malena, cariño, ¿pasa algo? – Le preguntó su madre, ya más calmada, mientras esperaban al ascensor.
Ella la miró y negó tímidamente. No pasa nada, nunca pasa nada. Sólo que dentro de ella ardía algo tan fuerte que nadie, ni siquiera su madre, podría entender. No pasaba nada, sólo que por alguna razón se sentía sucia.
Pero muy bien.

De vez en cuando me siento mal, pero sé que no tengo razón para sentirme de ese modo. No hace falta que nadie nos entienda, somos Rodrigo y yo, lo demás no importa. ¿Qué más da lo que hagamos, si todo lo hacemos por amor? Soy consciente de que nadie más puede comprenderlo, que ellos nos verían como monstruos, pero no me importa. No, yo soy así y así soy feliz.
Sé que tengo catorce años, y que lo que hago con Rodrigo se aleja bastante de aquellos juegos que practicaba en el parvulario con aquellos dos chicos de cuyo nombre no me acuerdo... Hace ya tantos años...
Al principio eran tonterías. Bueno, en realidad siempre eran tonterías, pero al principio todo se resumía en una palabra: mirar. Recuerdo aquel año con mucho cariño, aunque no lo recuerdo con gran nitidez, sólo fragmentos sueltos.
Tenía sólo tres años, ¿o cuatro? No sé, tampoco creo que eso tenga mucha importancia; el caso es que era el primer año de colegio, mis primeras relaciones sociales con gente de mi generación. Cuando nació Rodrigo me dio muchísima envidia. Él podría jugar conmigo, y encima le apuntaron a una ludoteca antes de que comenzara el colegio, así que pudo experimentar antes que yo. Pero yo no, yo tuve que esperar hasta el comienzo de mi etapa escolar para poder relacionarme con niños de mi edad. Chicos, chicas, juguetes, mesas, tizas... “Mira, mira”, yo agachaba la cabeza por debajo de la mesa y él me enseñaba aquello que tanto me fascinaba. Aquello tan diferente, aquello tan delicioso.
Después, cuando tocaba jugar y las demás niñas se juntaban para jugar con muñecas, yo me tumbaba sobre un banco y dejaba que ellos dos me tocaran. Era todo tan inocente, tan bonito. Tocándonos, experimentando. Jugando, simplemente jugando, como los demás. ¿Era acaso más denigrante aquello que desnudar a una Nancy y reírse de su cuerpo? Yo, por lo menos, tenía el valor de aprender conmigo misma. Nosotros éramos especiales, teníamos valor. Teníamos un don: éramos sólo niños, pero niños que querían aprender. Los demás no es que fueran ignorantes, eran niños, simples niños. Pero nosotros éramos curiosos e increíblemente inteligentes.
Pero hoy vienen mis tíos. Hoy viene Malena.
Malena ya no será una confusa niña de cinco años, ahora tiene siete. Y recuerdo mis siete años... Los recreos besando a Beatriz y acariciando a Emma escondidas en el baño. Me pregunto si Malena también se divierte de ese modo en el colegio. Me gustaría hablar con ella, pero me moriré de vergüenza.
¿Qué es esto que siento?
¿Es arrepentimiento?Me miro en el espejo y lloro. Ayer sangré, y me odié.

domingo, 14 de enero de 2007

Sin título (aún)

Las maletas estaban apiladas en el pasillo. No era mucho, unas pocas maletas con lo imprescindible para pasar dos semanas fuera de casa. Teresa tarareaba mientras terminaba de recoger las cosas, se aseguraba de haber bajado todas las persianas, apagar el gas, sacar la basura... Estaba realmente feliz, mientras su marido esperaba nervioso en la puerta y la pequeña Malena, acurrucada en una esquina del salón, fijaba su mirada en un punto abstracto de las cortinas. No quería ir, no quería...
- Tonta, allí te lo pasarás muy bien con tus primos. – Le repetía su madre una y
otra vez. Pero es que precisamente era eso lo que no quería: estar con sus primos.
Malena era pequeña, sólo cuatro años, y la última vez que había estado con sus
primos fue en el verano, cuando pasaron aquel fin de semana familiar en casa de sus tíos, en un pueblecito de la costa mediterránea. Malena se sentía feliz, pues, al ser la pequeña de la familia, acaparaba la atención de todos. Teresa y su hermana preparando sandwiches y salpicándose, como niñas, con la mayonesa; los maridos, sentados al sol, fumando y bebiendo cerveza, y los niños correteando por el jardín. Malena quería acercarse a Paula y Rodrigo, pero ellos parecían distantes. Ella iba detrás suyo, intentando escapar de esos locos adultos que parecían más niños que ellos, pero Paula y Rodrigo no se lo querían poner nada fácil. Rodrigo tenía siete años y Paula doce, pero parecía que esa gran diferencia de edad no existía, y no porque Paula fuera excesivamente infantil, sino porque Rodrigo aparentaba ser mucho mayor.
- Malena, ven aquí.
Malena miró a Paula con timidez. Era el tercer día de las vacaciones y aquella era la
primera vez que Paula le mostraba el mínimo de atención.
- ¿Malena? - Insistió Paula, esta vez fingiendo dulzura.
La niña se acercó a ella, Paula se agachó, la observó con detenimiento y le acarició
la cara. Sonrió, se puso en pie, Malena le dio la mano y juntas fueron hacia la habitación de Rodrigo. Era una habitación pequeña, y las persianas estaban bajadas por completo....
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