jueves, 29 de marzo de 2007

Entretiempo


Son las siete menos cuarto de un día de marzo.
La temperatura es buena, ni frío ni calor, qué indecisión... con este abrigo he pasado ya demasiado calor...

Después de mirar más de mil veces el billete, de haber preparado dos horas antes de haber salido de la residencia la maleta, y después de llegar demasiado pronto a la estación... Estoy de nuevo en un tren.
Y el sol refleja en la pantalla, pero no me importa. Son esos pequeños defectos virtuosos de un abril que se acerca.
La primavera este año ha llegado extraña, disfrazada. Nevó, heló, está mañana pasé frío... ahora tengo tantísimo calor.

He vuelto a fumar.
Pero no valgo para nada: cada vez que pego una calada mi piel se enfría y me da por pensar en cosas como:

Ser una persona me hace sentir inhumana.
¿Pero cómo debería ser realmente un humano? La idea me asusta.
¿Nuestro cuerpo es el recipiente perfecto para la mente? ¿Cómo es la mente?

Venga ya, Adry: ¿A qué huelen las nubes?

mmm... ¿Es posible esnifar una nube?

No me he maquillado, y llevo el pelo como quién te diría yo. He enviado el último capítulo de “Sin Título (Aún)” que aquí colgué, al magazine de mi facultad. Espero no arriesgar con ello mi futuro en la misma.

Huele a jamón, a chorizo, a qué sé yo.
Sea lo que sea, me asquea.

“Regional Exprés, destino: Logroño, estacionado en Vía 4”.

Desde la ventana veo a la gente, iluminada por un sol triste y vago. Un melancólico color naranja creando sombras alargadas.

Alguien entra, pregunta y se va. Alguien eterniza la despedida inútilmente.




Una pareja se mira. Ella está aquí, el está fuera. Sólo les separa un cristal.
Es bastante absurdo, faltan unos minutos y la puerta aún está abierta ¿por qué hablar a través de un cristal?
¿Por qué poner un muro a las relaciones?

Mi novio, mi muro y yo.
Mi mono Amedio y yo.

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