miércoles, 11 de abril de 2007

La chica del autobús

Me he despertado con la sensación de haber conocido a alguien.
Alguien que me ha aconsejado, me ha mirado a los ojos y me ha enseñado a mirarme desde fuera. Porque por un momento he sentido que esa persona era yo.
Ha venido a darme las dos hostias que me merecía, pero sin contacto físico.

No recuerdo su nombre. No sé, quizá ni siquiera lo tuviera.

Nos conocimos en un autobús urbano.
Como siempre, me senté para observar, para adivinar sus vidas, sus historias. Ver cómo se odian entre ellos aún sin conocerse, chocándose, otros aprovechando el momento rozándose con las chicas de pantalones bajos.
Lo que más nerviosa me pone en estos casos, es la persona que tienes en frente. Nunca entenderé qué sentido tiene poner un asiento frente al otro.
Normalmente en el autobús se va sólo.
Normalmente, todos somos extraños de todos.
Resulta todo tan incómodo...
Pues ella estaba justo ahí, frente a mí, mirándome a los ojos.
Me dijo susurrando que ya había llegado el momento de cambiar. Que no dudara, que me fuera lejos y gritara hasta quedarme sin voz.
Me dijo que las cosas son muy fáciles, que no merece la pena pensar demasiado.
Y que, siempre es bueno que hablen de ti, aunque sea bien.

Que si te critican o te insultan, es porque existes. Pero también me aconsejó que dejara de hablar de mí, que todo lo que diga se volverá en mi contra.
Dijo que cuando estoy sobria, tímida, que apenas hablo (susurro) y no miro a los ojos, soy adorable.
Que camino con la cabeza gacha, y parece que voy a llorar.
Que es así como le gusta.





Porque los sueños adulan nuestra impotencia. Eso es todo. Hermosa impotencia, conmovedora impotencia, inolvidable, dicen los sueños y amagan invitaciones. Haber podido ser y no haber sido dicen los sueños y se bañan los ojos en lágrimas que, sin embargo, no se desbordan.
Muchas veces he mirado mi vida con los ojos bañados apenas por un brillo mientras imaginaba un túnel que perforó la tierra al lado de mi vida pensando en el desvío que pude haber tomado y creyendo que aún lo podría tomar.
La nostalgia es tan dulce porque pensamos que todavía podríamos, que en alguna parte las cosas permanecen a la espera y si sólo por fin nos decidiéramos estarían ahí, estaría el caballo al pie de la ventana, el coche del amigo al otro lado del muro de la prisión.
Belén Gopegui, El Lado Frío De La Almohada.

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