El cuerpo de Johnny es una prisión sin ventanas donde se encuentra su alma, y el único modo de soportar la existencia se basa en la construcción de recuerdos e imaginaciones, en un mundo mental donde pide consejo a sus amigos, se reencuentra con su novia y se reconcilia con su padre.
El tema de los recuerdos me lleva también hacia otra película: Blade Runner (Ridley Scott), en la cual se describe un futuro en el cual conviven seres humanos y androides cuya única diferencia con los hombres es que los recuerdos de éstos son producto de la experiencia vital, y los recuerdos de los androides a lo sumo son sucesiones de imágenes integradas en su estructura robótica. Son pues los recuerdos aquello que hace hombre al hombre, al menos para el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, novela a partir de la cual Scott realizó su filme.
La imaginación y los recuerdos son un Matrix para Johnny, un mundo feliz donde puede vivir como un ser humano, disfrutando de sus cinco sentidos y relacionándose con los demás. El mundo real de Johnny es un mundo negro, estático, un mundo de sensaciones. Un mundo de soledad, pues el personal sanitario le trata como a lo que creen que es: un trozo de carne sin cerebro. Esto me recuerda a algo que mencioné en la anterior versión de mi trabajo. A sus ojos, Johnny es como cualquier cosa física: tiene propiedades en relación a forma, tamaño y masa, pero nada semejante a la cualidad de ser un dolor de cabeza o un sentimiento de tristeza,
¿cómo podría el pobre Johnny manifestar sus sentimientos si no tiene ojos con los que llorar ni boca a través de la cual gemir?