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jueves, 17 de septiembre de 2015

Corazón de un niño (vídeo). Lectura en Arrebato






Está tan bien centradito porque lo grabó Carlos (gracias).



Esto fue el pasado 13 de junio en la presentación de Obituario (Fundación Málaga, 2015) en Arrebato Libros.



Han pasado tantas cosas en estos tres meses, que no sabría por dónde empezar. Seré breve. Soy muy feliz. Escribo, edito, pongo cafés. Sigo en Madrid. Soy tan feliz. En serio. Soy de esa clase de gente.





Besos.







:*


viernes, 13 de junio de 2014

Ave morir

nunca me sentí en mi casa aquí
y en el cielo radiante
no me sentiré en mi casa, lo sé,
no me gusta el paraíso.

Emily Dickinson





Ave morir

I
ver matar morir. me miro y ya estoy muerta. no me miro por no morirme. pero ya estoy muerta. ave que no vuela muere. mátala tú, me dicen, me rezan: no la dejes vivir, muere.


II
nosotros no nos quejamos
porque nos adelantamos a la herida
nosotros nos hundimos —nos sumergimos—
metemos la cabeza bajo la tierra y esperamos
la asfixia
morimos de miedo
pero nos quema estar a salvo
por encima de las llamas, el frío
volver es desandar
desanidar
ceder el vuelo. nos hemos
abrazado para mantenernos tibios
nos hemos abrazado para no ceder al hielo
anido. anido en un refugio
a la intemperie
un refugio frágil que se ablanda
amor, y llueve
ahora mira cómo cae
ahora mira cómo vas a sostenerme
ahora
que estás
como un hermano que vuelve y lo encuentra todo
bien dispuesto
el mismo orden en los muebles del salón
aquí nadie toca las cosas ya
porque todos somos ajenos a esta casa en herencia
abrir las puertas, ventilar
hacer que respire
[aspirar]
significa dejarla viva para otros
pero cómo escapar de un lugar al que no pertenezco
si no he llegado a estar
              mírame: quién soy
              cuándo he llegado
              cómo
              por qué me viniste a acoger
en tu isla o
              por qué
                            viniste a encallar en mí
yo, tierra para el náufrago
              y sed para el amante
mira cómo muero hundida por mi propio canto
              mira cómo  me mato por palabra
                                                                      obra
                                                                                    y omisión
mira cómo muero cuando te salvo
mira cómo tiembla tu mano
cuando me amarras




Publicado en Obituario #14.

martes, 24 de septiembre de 2013

Celos. Cesare Pavese

Clic en la imagen para acceder a la revista




I

Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos
lentamente, contemplando fijamente al rival con adversa
     mirada.
Después se espera el borboteo del vino. Se mira al vacío,
bromeando. Si tiemblan todavía los músculos,
también le tiemblan al rival. Hay que esforzarse
para no beber de un trago y embriagarse de golpe.

Allende el bosque, se oye el bailable y se ven faroles
bamboleantes -sólo han quedado mujeres
en el entarimado. El bofetón asestado a la rubia
congregó a todo el mundo para regodearse con el lance.
Los rivales notaban en la boca un gusto de rabia
y de sangre; ahora notan el gusto del vino.
Para liarse a golpes, es preciso estar solos,
como para hacer el amor, pero siempre está la noche.

En el entarimado, los faroles de papel y las mujeres
no están quietos con el aire fresco. La rubia, nerviosa,
se sienta e intenta reír, pero se imagina un prado
en que los dos contienden y se desangran.
Les ha oído vocear más allá de la vegetación.
Melancólica, sobre el entarimado, una pareja de mujeres
pasea en círculo; alguna que otra rodea a la rubia
y se informan acerca de si en verdad le duele la cara.

Para liarse a golpes es preciso estar solos.
Entre los compañeros siempre hay alguno que charla
y es objeto de bromas. La porfía del vino
ni siquiera es un desahogo: uno nota la rabia
borboteando en el eructo y quemando el gaznate.
El rival, más sosegado, ase el vaso
y lo apura sin interrupción. Ha trasegado un litro
y acomete el segundo. El calor de la sangre,
al igual que una estufa, seca pronto los vasos.
Los compañeros en derredor tienen rostros lívidos
y oscilantes, las voces apenas se oyen.
Se busca el vaso y no está. Por esta noche
-incluso venciendo- la rubia regresa sola a casa.




II

El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche,
tiene una mujer que es suya -que hasta ayer fue suya.
Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra,
y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra,
esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados.

Se ha sentado el viejo esta noche al borde
de su campo desnudo, pero no escruta la mancha
del seto lejano, no extiende su mano
para arrancar la hierba. Contempla entre los surcos
un pensamiento candente. La tierra revela
si alguien ha colocado sus manos sobre ella y la ha violado:
lo revela incluso en la oscuridad. Mas no hay mujer viviente
que conserve el vestigio del abrazo del hombre.

El viejo ha advertido que la mujer sonríe
únicamente con los ojos cerrados, esperando supina,
y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo
pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo.
El viejo ya no contempla el campo en la sombra.
Se ha arrodillado, estrechando la tierra
como si fuese una mujer que supiera hablar.
Pero la mujer, tendida en la sombra, no habla.

Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla
ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida
al hombro lívido. Revela en su cuerpo,
finalmente, el abrazo de un hombre: el único
que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.





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