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jueves, 3 de septiembre de 2009

Ontología Teratológica




En su artículo El monstruo y su ser, Héctor Santiesteban diferencia dos tipos de monstruos: Reales e imaginarios. Dentro de los primeros, se encuentran aquellos seres que nacen desfigurados, y que son tangibles y reales. Dentro de los imaginarios, estarían los monstruos que son producto de la mente y el imaginario social.



El monstruo y su ser.


En la Edad Media, la idea de monstruo estaba ligada al desorden y lo extraño. El monstruo como la personificación de los deseos y temores inconscientes del hombre. En consecuencia: con el mal. Por lo tanto lo monstruoso era concebido como algo tan peligroso para el ser humano (y la sociedad) como lo es el deseo.


Por otro lado, lo monstruoso se entiende siempre como algo lejano a la vida civilizada. Los monstruos se encuentran en la selva, en el desierto… en los confines del mundo. Con esta idea se está excluyendo lo malo de la civilización, pero también haciéndolo patente (esta´ lejos, pero existe) con el fin de recordar al hombre sus deseos y sus miedos, su parte más incómoda y negativa, que ha de expulsar.


Como es obvio, si hablamos de deseos y temores del ser humano, no podemos olvidar la sexualidad y, por ende, el tabú del sexo, tan extendido a lo largo de la historia, en las diversas culturas y tradiciones (en especial en el Medievo, época a la que me refiero especialmente: el acto carnal en esta época es concupiscencia siempre que no se realice con fines de procreación).


No es difícil entender por tanto, que siendo la nuestra una sociedad patriarcal, muchos seres monstruosos sean figuras femeninas.


Un ejemplo sería La Mulánima:


Este monstruo, híbrido de mujer y mula, según el mito, fue en principio mujer, pero por cometer pecados contra el pudor, fue condenada a la monstruosidad:


La condena pesa sobre la capacidad reproductiva de un cuerpo que ha violado el tabú.


Este ser tiene muchas connotaciones simbólicas que merecen ser tenidas en cuenta. Para empezar se caracteriza por expulsar fuego por los ojos, la boca y el ano. El fuego, de acuerdo a la tradición cristiana, hacer referencia a los fuegos infernales, pero también podría ser tomado en cuenta como arquetipo de la líbido y la fecundidad, lo cual sería contradictorio, teniendo en cuenta que la mula es un animal que no puede tener descendencia.


La mulánima es un ser detenido en un estado de indefinición perpetua: no es bestia ni humano, no es alma ni es cuerpo, ni es mujer ni es mula. Pierre d’ Ailly (geógrafo y teólogo del s. XV), la situaría, como a todos los monstruos, entre el reino humano y el animal, mientras que Cristóbal Colón defendería un tercer reino: el monstruoso.


La concepción del monstruo como ser mixto es antigua, pero no me iré tan lejos en el tiempo para hablar de ello. Hace treinta y cuatro años, Michel Foucault, llegaría a la siguiente conclusión: El monstruo sería un algo indiscriminado y amorfo, que pertenece a dos grupos y por esto es difícil de conocer y analizar. En el saco de la monstruosidad se incluiría de este modo a los hermafroditas (no se sabe si se cuantifican como mujeres o como hombres) y los deformes, que no se sabe si son humanos o animales.


“Es la mixtura de dos especies (…) es la mixtura de dos sexos: quien es a la vez hombre y mujer es un monstruo. Es una mixtura de vida y muerte: el feto que nace con una
morfología tal que no puede vivir, pero no obstante logra subsistir durante algunos minutos o algunos días, es un monstruo.”


Foucault.


Poco más de seiscientos años antes, Juan de Mandaville - explorador del s.XIV – relataba en su Libro de las maravillas del mundo, la siguiente descripción, refiriéndose a unos seres andróginos:



“Hay en otra isla unos hombres y mujeres que se tienen en uno pegados, y no tienen más de una teta. E tienen miembros de hombre y de mujer cada uno dellos; y usan de aquel que quieren, y el que para como mujer, aquel se empreña y pare hijos.”



La naturaleza femenina también alberga en el imaginario social una dualidad. Por un lado se identifica con la materia en una relación de carácter trascendental. A parte, tiene la capacidad de conocer a partir de la intuición, los sentidos y la vivencia erótica. Atributos que permitirían a la mujer el acceso a lo irracional.


Para Bataille, la capacidad femenina de reproducir la materia se asimila a la naturaleza percibida como un derroche de energía viva. Estaríamos hablando de un paralelismo reproducción – muerte: la mujer como una fuerza capaz de crear vida pero también de arrastrar al caos y al aniquilamiento.


Tenemos por tanto a la mujer como un ser cuanto menos misterioso (y temido por el hombre) que ha de ser vigilado para preservar el orden social. Es un monstruo, terrible y fascinante, concebido como una inversión del orden regular de la naturaleza, al estar ligada al erotismo y la intuición.



Transcribo a continuación otro pasaje del Libro de las maravillas del mundo, donde Mandaville hace una clara referencia a esta dualidad fertilidad-muerte:


“Partimos de aquesta tierra y llegamos a una provincia, la cual era muy abundosa y muy fértil de muchos árboles y de muchas maneras de frutales, modernos a nosotros, en la cual todas las mujeres tienen barba, como si fuesen hombres, y no tienen cabello en la cabeza.


Un doctor llamado Sigón, y otro que dicen Menforodo, escriben que en África hay mujeres barbudas, las cuales saben tantas artes diabólicas que hacen secar los árboles y matan los niños de ojo.”



Estas mujeres actúan como brujas, entendiendo “bruja” en su sentido medieval: relacionada con la adoración satánica, la destrucción, el poder y el asesinato de niños. Son pues el prototipo de lo antisocial.


En su artículo Lo Monstruoso Medieval (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa), Lillian Von Der Walde Moheno, habla del temor masculino de ser castrado, absorbido, devorado por ese otro sexo al que tiende, y Diderot, en boca de su personaje Bordeau, diría lo siguiente: el hombre no es quizá más que el monstruo de la mujer o la mujer el monstruo del hombre.


Al fin y al cabo, ¿no es el monstruo, como diría Foucault, el gran modelo de todas las pequeñas diferencias? ¿Y qué es sino esto la mujer para el hombre y viceversa?


Hay, pues, un temor intersexual que radica de la atracción que tanto los hombres como las mujeres sienten por sus contrarios, y esto, según Lillian Von Der Walde Moheno, los vuelve quebrantables. La atracción es una debilidad, y este miedo hacia el deseo ha dado lugar a representaciones iconográficas como la vagina dentada, que no es más que una monstruosidad que refleja el temor masculino a ser devorado por el ser al que desea. Por su parte, las mujeres, en relación al falo, se sienten simbólicamente dominadas y “penetradas”.


No es extraño entonces que muchos monstruos posean implicaciones sexuales y que muchos de ellos sean figuras femeninas, como por ejemplo la sirena, que simboliza la tentación y la lujuria.


No obstante, monstruos como la sirena o la Melusina (mujer-serpiente), se alejan de la definición de monstruo, en el sentido que, lejos de ser seres repulsivos caracterizados por su fealdad, son seres bellos. Cómo si no podrían despertar en el hombre el deseo y, en el caso de la Melusina, la curiosidad.


Lejos de la mitología, también nos encontramos en la realidad con seres ambiguos y bellos, como son los hermafroditas.




Hermafroditismo e Intersexualidad


Es igualmente monstruoso el ser que tiene dos sexos y sobre el que no se sabe, por consiguiente, si hay que tratarlo como un varón o como una niña; si hay que autorizarlo a no casarse y con quién; si puede llegar a ser titular de beneficios eclesiásticos; si puede recibir órdenes religiosas, etcétera.


Foucalt.


El hermafroditismo y la intersexualidad suelen confundirse o entenderse del mismo modo, pero en realidad son dos cosas diferentes: en el hermafroditismo, la persona nace con genitales externos de ambos sexos, mientras que en la intersexualidad sólo hay “vestigios o partes de los dos órganos”. En el ámbito de la neonatología a este diagnóstico se le conoce como genitalia ambigua, concepto que etiqueta a los bebés cuyos genitales no son característicos de un sexo en particular.


En el artículo Entre la Deidad y la Monstruosidad se enumeran tres momentos históricos antes de hablar de la intersexualidad:


- En la Antigüedad, cuando para la humanidad lo inexplicable solía ser divino, todo aquello que no fuera conocido o comprensible según los hombres era cosa de Dioses, así los diferentes y diversos se consideraban deidades, dignas de admiración y reverencia.


- Avanzando apresuradamente en la historia del mundo occidental, se observa cómo aparecen leyes y unidades de medidas que buscan conocer y comprender todo lo existente, y así la realidad es antropocéntricamente evaluada y categorizada. Es la época en la cual lo extraño será lo raro, lo distinto, lo anormal.


- Hoy en día, ante el auge de los derechos y la pluralidad, se postula el respeto por las individualidades, y al compás de propuestas de inclusión se invita a la participación de todos y todas; sin embargo la herencia moderna se hace vigente a través de los vestigios en el imaginario colectivo de los criterios de clasificación, que establecen parámetros de aceptabilidad y rangos de normalidad.


Haciendo un breve recorrido histórico, vemos que en el siglo XVIII los hermafroditas eran considerados como monstruos y ejecutados por ello. Sin embargo, en el siglo XIV, el hermafrodita podía no ser ejecutado, siempre y cuando encubriera su “anormalidad”, teniendo para esto escoger previamente su sexo y usar la ropa correspondiente. En otras palabras: siempre y cuando no alterara el orden social.


En el siglo XIX no se habla entonces de mezcla de sexos, sino de rarezas, especies de imperfecciones, deslices de la naturaleza, de modo que la monstruosidad es vista como una irregularidad, pero que hace posible algo la monstruosidad de la naturaleza.



El monstruo como error de la naturaleza.


Esta premisa nos lleva directamente a un problema teológico. Si el monstruo es fruto de un desliz de la naturaleza, estamos aceptando que la naturaleza puede equivocarse. Luego, ¿es posible que Dios cometa errores y que, por tanto, no sea perfecto?


A lo largo de la biblia, vemos que la inefabilidad de Dios y la naturaleza es apriorística, y, por ende, se considera que la naturaleza de cada ser esta´ determinada por su fin específico.


Otras teorías, como la de David Hume, proponen que el mundo en que vivimos (con sus errores) sea la creación inacabada de un dios inferior. En este caso, el monstruo alcanzaría cierta grandeza al ser el ser abyecto de un mundo abyecto.


De todas formas, la ciencia ha avanzado tanto (y aunque no lo hubiera hecho), que el hombre se puede permitir en cierta manera, corregir los errores de la naturaleza. Prueba de ello serían las operaciones que se realizan para “corregir” la intersexualidad.


Esta acción (moral, de decisión) de los médicos es, no obstante, un deje muy humano:


Es propio del hombre querer encontrar una explicación a todo aquello que se le escapa de las manos y de la “normalidad”. Es el afán de dominar una cosa conociéndola.



En el Sistema de Clasificación Internacional de las enfermedades (CIE), aparece la intersexualidad como anomalía:


• Intersexualidad 46, XX: la persona tiene los cromosomas de una mujer, los ovarios de una mujer, pero los genitales externos con apariencia masculina
• Intersexualidad 46, XY: la persona tiene los cromosomas de un hombre, pero los genitales externos no se han formado completamente, son ambiguos o claramente femeninos. Internamente, los testículos pueden ser normales, estar malformados o ausentes.
• Intersexualidad gonadal verdadera: aquí la persona debe tener tanto tejido ovárico como testicular. Esto podría ser en la misma gónada (un ovotestículo) o la persona podría tener un ovario y un testículo. La persona puede tener cromosomas XX, cromosomas XY o ambos. Los genitales externos pueden ser ambiguos o pueden tener apariencia masculina o femenina, solía llamarse hermafroditismo verdadero.
• Intersexualidad compleja o indeterminada: muchas configuraciones de cromosomas distintos a las combinaciones simples 46, XX ó 46, XY pueden ocasionar trastornos del desarrollo sexual y abarcan, entre otros, 45, XO (solamente un cromosoma X) y 47 XXY, 47, XXX: ambos casos tienen un cromosoma sexual adicional, sea un X o un Y.



Esto conlleva a que se pueda decidir por el bebé, y asignarle un sexo basándose sólo en el tamaño de sus genitales. Es decir: si el tamaño se considera pequeño, se amputa el pene asignándole arbitrariamente un sexo femenino al bebé.


Estas operaciones no tienen el menor sentido, porque estar dotado de dos sexos no es perjudicial para la vida del bebé. Simplemente es un ejemplo de cómo la ciencia asume haber descubierto “el secreto de la felicidad humana”, relacionada a un cuerpo lo más “perfecto”, o, en otras palabras: lo menos monstruoso posible. En este mundo que nos ha tocado vivir, de la falsa moral, de la reticencia a admitir modos de vida, formas de amar y experimentar el deseo sexual, que nos impone cánones de belleza imposibles, se justifica mutilar un cuerpo y crear una ficción con capacidades operativas pero sin explicaciones existenciales.



Transcribo a continuación el caso de Emma, incluido en el artículo “Los cinco sexos. Por qué no son suficientes macho y hembra”, de la genetista Anne Fausto-Sterling:


Emma tenía tanto un clítoris del tamaño de un pene como una vagina, lo que le hacía posible tener sexo heterosexual “normal” tanto con hombres como con mujeres. En su adolescencia Emma había tenido sexo con un cierto número de muchachas a las que había estado profundamente atraída; pero a la edad de 19 años se había casado con un hombre. Desafortunadamente, el marido le había dado a Emma poco placer sexual (aunque él no había tenido nada de qué quejarse), así que a lo largo de este matrimonio, así como de otros matrimonios siguientes, Emma había tenido paralelamente sus “amiguitas”… Emma ocasionalmente le confió su deseo de ser un hombre, circunstancia que sería relativamente fácil provocar. Pero la réplica de Emma es un decidido voto a favor del propio interés: “¿Tendría usted que sacar esta vagina? Eso no me gustaría, porque es mi vale de comida. Si usted hiciera eso, yo tendría que dejar a mi marido e irme a trabajar, así que creo que la conservaré y seguiré siendo como soy. Mi marido me mantiene bien, y aunque no tengo ningún placer sexual con él, tengo muchísimo con mis amigas.”




Ella es un claro ejemplo de que se puede vivir con dos sexos, y que esto no la ha convertido en un ser desgraciado infeliz. ¿Qué decisión habrían tomado los médicos cuando nació? ¿La hubieran desprovisto de pene, condenándola a una vida sin satisfacción sexual? ¿O hubieran decidido despojarla de vagina, condicionándola a una vida masculina pero sintiéndose mujer?


Anne Fausto-Sterling sostiene que: “la división de la especie humana en dos grupos sexuales no es un hecho natural”.


A los diablos – como a algunos monstruos - les acontece una crisis del ser que los difumina, que los convierte a la nada, ya que no podrían ser nada, porque no son ni bellos ni verdaderos ni reales.


Héctor Santiesteban



Siguiendo con el ejemplo de la decisión más moral que médica sobre la sexualidad de bebés intersexuales, podemos plantearnos algo que ya deja caer Héctor Santiesteban en su artículo El Monstruo y su Ser:


El monstruo depende del hombre que, como sujeto, juzga al monstruo como objeto.


Antes hemos podido ver cómo ha evolucionado la situación del hermafrodita en la sociedad. Con esto se demuestra la sentencia de Santiesteban: al monstruo lo crea la humanidad; la mente transforma y conforma a los monstruos.



Por otro lado, Lillian von der Walde Moheno y Héctor Santiesteban coinciden en que el monstruo es espejo del hombre.


Los monstruos, diría Moheno, son tan reales como lo son nuestros deseos, como lo son nuestros miedos.


La humanidad, a lo largo de la historia, siempre, en cada cultura, religión, pueblo, ha subordinado a la mujer y a aquellos que se alejaban del “orden social”, para imponer una “normalización”. Como hemos visto a lo largo de este texto, para mantener ese orden/normalización, se ha optado siempre por la represión del deseo. Afortunadamente, siempre ha habido personas como John Stuart Mill, que han manifestado abiertamente aborrecer la “normalización” que impone arbitrariamente la sociedad, y afirmar que lo mejor está en lo distinto, en lo diferente, en lo raro, en lo único.




Bibliografía:


- El monstruo y su ser. Héctor Santiesteban. Relaciones 81, Invierno 2000, Vol. XXI. Universidad autónoma de Baja California.


- Lo monstruoso medieval. Lillian Von Der Walde Moheno. Universidad autónoma metropolitana. Unidad Iztapalapa.


- Diderot y el problema del cambio. Henri Coulet.


- Feminidad y monstruosidad en el imaginario social: una lectura y dos textos. María Eduarda Mirande. Cuadernos, Diciembre, número 19. Universidad de Jujuy, Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Secretaría de Ciencia y Técnica y Estudios Regionales. San Salvador de Jujuy, Argentina.


- Cinco sexos: La intersexualidad. Luis Christian Rivas Salazar. http://actualidadesintersexuales.blogspot.com


- Entre la Deidad y la Monstruosidad. CiberFeminismo.org

jueves, 10 de mayo de 2007

Sin Título (aún) Rodrigo





Envidiaba a Paula. Pero hubiera preferido que Rodrigo fuera mayor.

No veo mal el incesto. Me parece precioso.



Lo que yo hubiera querido...


Si estaba predestinada a tener una familia tan estrambótica, ¿por qué no se me concedió un hermano y una bonita relación incestuosa?


¿ a lo más que puedo optar es a ser una de las putas de mis tíos?

A lo más que puedo optar es a reinventar una familia.



Donde no esté sola.





Donde no sea tímida.





Donde no tema relacionarme.









Si hubiera hecho caso a Paula, si hubiera aparcado la timidez y agarrado las relaciones sociales con hipocresía... Si hubiera sido humana no estaría encadenada a Rodrigo.

No he hablado aún de Rodrigo, habiendo sido, no obstante, un punto muy importante de mi vida.



A los catorce años Rodrigo vivió algo que le transformaría. Eso dice él. Pero yo sé que no hubo transformación. Él siempre fue así.

No es gay, es andrógino. De una ambigüedad que mata.



Me mata.



Me excita.


La androgenia existe. Y él no camina, Rueda...


No necesita mitad, pero yo quiero poseerle.





O que me posea.





Que me complemente.





Que me complete.









Es perfecto

Y lo sabe.





Es soberbio y egoísta.


Por lo que me bloquea.



Porque sé que nunca le tuve...

...y nunca le tendré.

viernes, 5 de enero de 2007

Androgenia




Freud habló de la Histeria... y las feministas se pusieron de los nervios. ¿Pero tenía razón? ¿Acaso todas nosotras tenemos ese maldito "gen"?
¿De veras estamos condenadas a la desesperación, a la ira?
Medea sólo fue un mito. ¿Medea sólo es una historia de tantas..? Está claro que no todas llegaríamos al extremo de matar, por amor, a lo que, supuestamente más queremos...
No todoas somos así. Otras optan por suicidarse.
Cuando lo que más queremos, o lo que nos hace amar, nos traiciona, somos capaces de aniquilar a lo que amamos. Umm... paranoia.
Empiezo: Medea quería a Jasón y con él tuvo dos hijos. ¿Amaba a sus hijos porque eran parte de su ser, o sólo por que eran parte de Jasón...? Igual que a una mujer enamorada
se la vé más segura de sí misma. ¿Se ama a sí misma más porque se siente amada? ¿Deseada? ¿A quién se quiere más, a el querido o a lo que él nos hace querer?
¿Por qué mató Medea a sus hijos? ¿Por qué hay quien se suicida por amor? ¿Por qué hay quienes se dejan matar por quienes aman?
Igual que cuando se elimina la copia pero se guarda el original. Borrar algo físico pero mantenerlo intacto en la memoria.
Y es ahora, después de decir estas barbaridades, cuando ruego a quién sabe qué que, por favor, no me enamorarme jamás. Es ahora cuando quiero borrar, es ahora cuando quiero matar.
Es ahora cuando deseo eliminar a esa solitaria suicida que se esconde en mi mente.
Una vez, de tantas, alguien me dijo que no me dejaba querer. Quizá...quizá no desee anularme.
El amor como un suicidio, el amor como un acto de entrega... Ser parte del otro, una pequeña parte porque, supuestamente, cuando se ama lo más grande es el ser amado.
¿Amar para ser poquita cosa o ser poquita cosa porque se está sola?
Androgenia...
Platón, en uno de sus mitos, habló de unos seres que presentaban tanto caracteres femeninos como masculinos. Seres andróginos... Pero algo se torció, y fueron divididos.
Apareció entonces el sexo: hombres, mujeres... Adiós a los seres andróginos. Y así, separados, incompletos, caminaron por el mundo buscando su mitad.
Y así funciona el mundo... (risas)
Canciones de desamor, llanto y esa desesperada búsqueda de la felicidad. ¿Y qué si nadie te quiere? ¡Que les jodan a todos! ¡Quiérete a ti mismo! ¿Volver a llorar?
Otra vez esos malditos celos y esas inevitables infidelidades... ¿para qué existen estos dos malditos términos? ¿Por qué no se borran de una vez?
La infidelidad no existe... porque no hay por qué ser fiel a nadie más que a uno mismo. ¡Y quien diga lo contrario es un maldito ser posesivo!
Y luego aparece un amigo mío hablándome por el tan recurrido messenger, ese maldito lugar donde todos somos lo que no somos en la vida real. Ese maldito lugar desde donde,
a través de la más cobarde hipocresia, se es completamente sincero. Y, sí, parecerá paradójico, pero ¿qué quieres? ¡mi vida es una maldita, absurda, ridícula paradoja!
Y este amigo me califica como andrógina y oscura. Solitaria y tímida. No necesito mi mitad.
Camino sola, mientras los demás buscan su "media naranja", y en lugar de hablar me encierro en estos textos... En estos textos, que en lugar de salvarme, me esclavizan.
Esclava de mí misma, como todo ser
humano...

martes, 2 de enero de 2007

CABELLO DE ÁNGEL


Todos los días se hacían pesados en aquella determinante prisión que era su propia ciudad. Cada día sus ansias por volar, por huir, se hacían más grandes. Y él más pequeño. Más solo. Más insignificante que los piojos que inundaban sus ásperos y descuidados cabellos.
Cabello de ángel, ojos de miel y boquita de piñón. ¿Dónde está tu alegría? ¿Dónde se ocultó la ilusión y las ganas de vivir? ¿Hacia dónde escapó tu espíritu, tu alegría y tu vitalidad?
¿Dónde estás, cabello de ángel?
Sin saber su nombre ni su edad, camina como un príncipe destronado por las calles cercanas al puerto. Mira a las gaviotas con envidia: ellas pueden huir ¡y con un pescado en la boca, nada menos! Pero no le da mayor importancia. Cada cual tiene la vida que se ha ido forjando a lo largo de la misma, se dice, no hay víctimas. No hay verdugos. Él es su propio verdugo y su propia víctima. Él es dos. Él lo es todo: su mundo, su universo, su cosmos.
Autosuficiente e indiferente se pierde en su propio pensamiento y siente que no existe nadie más que él en esa prisión que es su ciudad.
Yo le conocí una tarde de verano. Recuerdo que hacía muchísimo frío, a pesar de ser pleno julio, y el repentino cambio climatológico me obligó a entrar en uno de esos bazares chinos cuya apertura no se ve amenazada por temporal, festividad o evento trascendental alguno, para comprar un paraguas de emergencia.
- Dos eulos cualenta. – Me dijo una dependienta oriental de grandes ojos.
Fijar la vista en ellos me resultó realmente insoportable. No correspondían a sus rasgos orientales. No eran naturales… eran demoníacos. Abiertos en exceso, dotando a la joven china de una apariencia mongólica. La cirugía estética le había arrebatado su juvenil belleza, sus orígenes y su mirada. Carente de expresión. Habría jurado que ni siquiera sería capaz de llorar. Incluso me pareció que sus propios párpados se habían quedado pequeños para cubrir semejantes ojos. Me dieron ganas de poner mis manos sobre ellos, introducir lentamente mis dedos por los lagrimeros y arrancárselos de cuajo. Asustada por mis sádicos pensamientos, y temiendo perder el control, bajé la mirada hacia el mostrador de cristal. Un mostrador sobre el cual, como si de un espejo se tratara, se plasmaba el ambiente de la tienda. Y allí la vi, sobre aquel mostrador, la imagen de la derrota, la tragedia, la pérdida en todos los sentidos. La angustia, la soledad y la eterna tristeza estaban allí, en el mostrador. Detrás de mí: Esperanza.
Quién es el culpable de lo que ha llegado a ocurrir. ¿Hay culpables? No… ni siquiera existen las víctimas.
Esperanza tenía dos hijas. Esperanza tenía un buen marido – con un buen sueldo –, una bonita casa y una televisión de plasma con DVD integrado, adsl y una mini cadena de alta fidelidad para escuchar los discos del recuerdo. Esperanza tenía dos hijas.
Cuando la pequeña era niña y la mayor sólo tomaba café porque se pasaba las horas estudiando para poder entrar en la universidad, Esperanza sólo se preocupaba por que en su casa no faltaran muñecas y chocolate: todo lo que la pequeña necesitaba para ser feliz. La pequeña era una niña regordeta que jugaba con la señorita noventa sesenta noventa.
Pasado un tiempo, cuando la niña regordeta entró en ese periodo crítico de la vida llamado “pubertad”, comenzó a acomplejarse al ver que no encontraba ropa de su talla en las tiendas a las que iban sus amigas. Sin embargo, siguió comiendo sándwiches de tres pisos de nocilla. También le daba reparo admitir que aún jugaba con muñecas, pero seguía malgastando dinero en ellas. Tenía todo lo que quería. Nunca le faltaba dinero en la cartera. Pero era incapaz de ahorrar. No tenía planes de futuro, ninguna ilusión… nada. Recuerdo que en aquella época, cuando ella y yo éramos amigas, yo me pasaba días, semanas incluso, sin comprarme ningún capricho porque deseaba con todas mis fuerzas comprarme un piano. Era mi ilusión: poder tocar mi propio piano, aprender a improvisar y olvidarme de aquellas interminables clases de solfeo. Quería un piano para mí, no para los demás. Nada de conciertos de fin de curso y canciones académicas sin profundidad. Quería tener un piano con el que fundirme.
Y mientras mi hucha se llenaba de pesetas, la estantería de Palma se llenaba de muñecas.
Llegaron los dieciocho.
Cumplí dieciocho años y me fui con mi piano a otra parte. Palma se quedó en el pueblo, con su madre, su padre – y su, cada vez mejor, sueldo –, su gran televisor, el chocolate y las muñecas.
Cuando regresé, cuatro o cinco años más tarde, Palma había muerto y su hermana acababa de llegar de Londres, donde terminó la carrera en una prestigiosa universidad. Abandonada por su marido y medio calva por la depresión, Esperanza decidió cortar las cabezas de las muñecas de su pobre hija.
- ¿Qué es lo que he hecho mal? – Me preguntó Esperanza.
Yo le contesté con un insulso “nada” mientras miraba aterrada la estantería de Palma, repleta ahora de Barbies decapitadas.
Palma había muerto de sobredosis. ¿Cocaína? ¿heroína? ¿anfetaminas? La verdad, me daba completamente igual. No había culpables. Tampoco víctimas. Cada cual forja su camino. Cada cual tiene la vida que se ha buscado, sin más. No hay víctimas.
Mentiría si dijera que no eché de menos a Palma, pero no me siento mal por su muerte. Palma era una suicida nata: desde pequeña no tenía conciencia de futuro. Ella siempre quiso vivir el presente, y si se drogaba era porque en el fondo deseaba suicidarse. Me alegré por ella. Por fin había hecho algo con ilusión.
Esperanza seguía detrás de mí, con unas medias transparentes de cero sesenta y un bote de lejía. Sé que me vio, porque noté como se erizaba el vello de mi nuca, pero no me dijo nada. Así que pagué a la china, evitando mirar directamente a sus ojos, y me dirigí a la puerta de salida, donde un papá Noel roñoso me dijo “bye, bye”.
- Adiós, Esperanza. – Y salí a la calle sin mirar atrás, para que el viento y la
lluvia arrastraran mis palabras sin complicaciones. Para que se llevaran mis palabras, a Esperanza y a todo lo que antes fui.
Una vez en la calle, abrí el paraguas y la cartera. Setenta y cinco euros en billetes y una cantidad bárbara en monedas que no me apetecía contar. Vacíe el monedero, depositando todas las monedas en mis manos primero y en una caja de cartón después. El dueño de aquella triste cajita, un jovencísimo hijo de la calle, estaba dormido. Parecía un angelito, a pesar de su mísero aspecto, arropado únicamente por el agua de lluvia que correteaba cristalina sobre su pardusca piel. Quise caminar hacia delante sin detenerme, dejar las monedas y escapar, pero siempre he sido una torpe integral… De pronto un fuerte airón dio la vuelta a mi paraguas y, en un arrebato por querer arreglarlo, tuve tan mala suerte de golpear al pobre ángel.
- Lo siento, lo siento… Oh, ¿estás bien?
Pero él no dijo nada. Miró la caja y abrió los ojos como platos, se arrodilló
ante ella y riendo cogió un puñado de monedas para contarlas ávidamente.
- Gracias.- Me dijo mirándome fijamente a los ojos.- Gracias.
En total, aquel puñado de chatarra no sumaría más de doce euros, pero en
Ese momento me pareció la mayor fortuna que una persona pudiera llegar a obtener.
Mi cartera tenía setenta y cinco euros. Setenta y cinco tristes euros. Era lo último que había ganado. Setenta y cinco míseros euros… ¿Eso costaba mi dignidad?
Comencé mi carrera de prostitución a los dieciocho, cuando un indeciso joven me propuso en un Chat de Internet acostarme con él por ochenta euros. Lo primero que hice fue escribir “no soy una puta” y cerrar la ventana. Durante todo aquel día estuve dándole vueltas al asunto: ¿tan horrible era aceptar dinero a cambio de prestar tu cuerpo durante una hora? Él quería sexo, y yo siempre estoy falta de dinero… ¿Pero realmente saldríamos ganando los dos?
Al día siguiente volví a entrar en aquel mismo Chat y faltó tiempo para que él me abriera otro privado. Esta vez puso una foto suya: era un joven ni feo ni guapo, ni gordo ni flaco, ni fu ni fa. Un joven más, como todos los demás. ¿Por qué necesitaba entonces pagar por un rato de sexo? “Porque no quiero hacer daño a las chicas”. Me dio pena. Para él herir a una mujer era quererla únicamente para echar un polvo, pero proponérselo con un fajo de billetes por delante no era herir a nadie. Ni siquiera resultaba humillante, ¿no? El problema, una vez más, es que hay una gran mayoría de hombres que cree que la única manera posible de llevarse a una mujer a la cama es proponiéndole amor eterno… Incapaces de ser sinceros; cobardes y miserables, llenos de prejuicios. Una mujer que se acuesta con muchos tíos sin llegar a nada serio, es una golfa. Pero si además acepta dinero, es una puta. Los hombres no quieren nada serio con las “golfas”, pero si quieren sexo no se lo pueden proponer a una “decente”. Y por no herir el orgullo de las “decentes” y al no ver a las “golfas” demasiado “buenas” para ellos, prefieren gastarse dinero. Así que puesta a ser una puta, mejor ser una puta de las buenas. No podía aceptar sólo ochenta euros. Si me iba a acostar por dinero mejor hacerlo por un buen precio: doscientos euros y la habitación de hotel correría también a cuenta suya.
Pero ahora, unos años después, mi caché había bajado considerablemente. ¿Sólo setenta y cinco euros en la cartera?
- Hace frío. Deberías ponerte algo. – Mis palabras sonaron ingenuas, pero deseaba con todas mis fuerzas gastar aquel sucio dinero. Deseaba gastármelo en él, pero, principalmente, quería evaporar aquel dinero creyendo que con él también se evaporaría mi pasado, mis errores y mi humillante fracaso.
A partir de ese momento Cabello de Ángel y yo pasamos largas tardes juntos. Agoté todos mis ahorros en él: comíamos juntos, le compraba ropa y le di cobijo en mi casa. Yo buscaba mi redención en su felicidad, y él no ponía ninguna queja. Ni siquiera sé si llegó a tenerme un mínimo de cariño o sólo se aprovechaba de mi caridad. Y ni siquiera llegué a averiguar si mi interés por él era de caridad o simplemente eso: interés. ¿Lo hacía por él o por mí?
- Yo antes no fumaba. – Estaba tumbada sobre la cama, con una falda de lycra, barata y asimétrica, y sin ropa interior. La boquilla del pitillo estaba húmeda por mi propia saliva y el insano humo inundaba todos los recovecos de mi pequeña habitación. Él, frente a mí, intuyendo lo que había bajo mi pequeña falda, parecía saberlo todo. Pero no dejaba de hacer preguntas.
- ¿Antes de qué?
- Antes de venir aquí. Es esta ciudad… O soy yo, no lo sé. – Estaba mareada. Mi cuerpo era débil, nunca había aguantado dos copas de vino sin emborracharme, y el tabaco me embriagaba por completo. Me mareaba, me adormecía, y abría cada poro de mi piel con gotitas de sudor. Me dejaba exhausta, pero también enormemente reconfortada y ligera, casi etérea. Sin embargo me sentía totalmente consciente de mi cuerpo. Fumar era para mi cuerpo como un perfecto orgasmo. Sin duda, el tabaco se convirtió en el mejor sustitutivo del sexo. - Antes de que Palma cambiara la nocilla por el chocolate. – Salió de mis labios como un susurro. Miré por un instante el cigarrillo, sonreí y lo apagué con fruición sobre aquel improvisado cenicero que era mi vacía cajita de maquillaje. El reencuentro con Esperanza había ocurrido unas semanas antes, pero no podía dejar de pensar en ella. – Antes de que yo cambiara el sexo por dinero.
Cabello de Ángel se acercó a mí y, sin esperarlo, me besó. Le miré extrañada. Ni siquiera sabía su nombre, ni su edad. No sabía nada de él… y, por primera vez en mucho tiempo, eso se convirtió en un impedimento para acostarme con alguien. ¿Desde cuándo yo era una “decente”? ¿Por qué con él no podía comportarme como una simple “golfa”?
No me dio tiempo a resistirme. No pude. Y sin saber nada de él, me sentí bien. Ni decente, ni golfa, ni puta. Por primera vez en mucho tiempo fui simplemente yo. Y me gustó.
A partir de ese día empecé a odiarlo, o a amarlo, según se mire. Las paredes de mi apartamento comenzaron a juntarse, el techo a descender, los armarios a empequeñecer... Todo a mi alrededor se iba haciendo cada vez más asfixiante, pero él parecía no darse cuenta. Él estaba a gusto – incluso a veces decía que me quería – con su ropa y su recién estrenado aspecto saludable. Cada vez que me lo cruzaba en el pasillo deseaba matarle, asirle del cuello e introducir mi dedo pulgar en su garganta. Quería ver su sangre corretear por mi mano descendiendo hacia mi muñeca. Cada vez que le veía, sentado en el sofá como un completo inútil mis ansias por abalanzarme sobre él y arrancarle la lengua a mordiscos me volvían loca. Le odié, le odié por hacerme sentir así, por despertar en mí aquellos sentimientos tan violentos y demoníacos. Me había quitado mi cualidad más preciada: el autocontrol. Sabía que en cualquier momento terminaría perdiéndolo para siempre, que la próxima vez ya no sería capaz de encerrarme en la habitación a llorar y a fumar. Intuía que la próxima vez mi ansiedad acabaría matándonos. Yo a él y a mí su muerte.
Por las noches, mientras él dormía, le observaba con detenimiento. Podía quedarme horas y horas mirándole: sus párpados, levemente arrugados, como si quisiera abrirlos y no pudiera. Me infundía tanta tristeza que le acariciaba las manos, unas manos frías y en continua tensión, como si estuvieran en pleno intento desesperado de aferrarse a algo, pero no podía moverlas. Yo seguía mirándole, entristecida por su impotencia, pero terriblemente tranquila: ya no sentía impulsos violentos hacia él. Y me acercaba a su rostro, cerraba los ojos y escuchaba con atención su respiración, silenciosa pero entrecortada, porque le costaba respirar. Estaba aterrado. Una pesadilla, pensé.
- Anoche volvió a visitarme Lilith – Me dijo una mañana. Yo me quedé con
la tostada en el precipicio hacia mi garganta, tragué con esfuerzo, tosí y,
sin preguntar nada, le miré a los ojos en un intento por que él me diera una explicación. Viendo mi expresión de celosa posesiva él sonrío y siguió. – Una noche más, no he logrado despertar. Primero intento moverme, pero es imposible, luego intento gritar, pero es absurdo: lo único que logro es quedarme sin respiración. Me asfixio... es horrible, pero bueno, sólo son sueños ¿no? – volvió a sonreír – Pero me extraña que, cuando vivía en la calle, no me ocurría nunca. Sólo desde que estoy aquí, ¿sabes? Será que mi cuerpo no está hecho para tantas comodidades.
- ¿Pero por qué dices lo de “Lilith”?
- Nada, tonterías. Es que una vez escuché el mito de Lilith, ya sabes, el espíritu malvado, nocturno y femenino causante, entre otras cosas, del intentar despertar y ser retenido o paralizado por una fuerza no visible. Lo dicho, tonterías.
Lo único que deseé a partir de entonces fue la llegada de la noche. De cada noche. Le hacía el amor con la máxima pasión, con el único fin de arrebatarle toda su energía, dejarlo exhausto y verle dormir. Y, cuando al fin lo lograba, le miraba un instante antes de cogerle la mano y desear egoístamente que no despertara jamás. De tenerlo así, para mí, para siempre.
Pero se fue; harto de las visitas de Lilith, se fue.
Y si unas “visitas” provocaron su marcha, su marcha me incitó a visitar a Palma; a un cementerio al que, como la última vez, el gris de las viejas lápidas y el blanco de los últimos nichos dotaban de una frialdad sin igual. Y esa frialdad me helaba a mí. Pero Palma no estaba sola: junto a su lápida, hierática y perdida, estaba Esperanza.
- ¡Lilith! – Esta vez, no sé por qué, no se comportó de forma indiferente. Me sorprendió y no tuve más remedio que acercarme más a la tumba y saludarla. – Lilith, ¿por qué has tenido que terminar así?
- Así, ¿Cómo?
- ¡Maldita sea, Lilith! Te lo di todo: tuviste una buena familia, nunca te faltó de nada e incluso pudiste permitirte ir a estudiar a Londres... ¿cómo has terminado así?
No me estaba gustando aquello. Todo lo bueno de la infancia fue para Palma, no para mí. Me importa una mierda que a mí me hubiera dado una adolescencia londinense y “piano-musical”. Fue Palma, mi querida Palma, quien tuvo lo más bonito: una infancia perfecta y un trágico final. Porque las cosas, cuando ya se prevé que acabarán mal, es mejor que terminen pronto. Pero yo estaba en Londres, sola, cuando papá se fue. Y ya no me quedó más remedio que venderme. Venderme y perderme, perder a Palma, perder la esperanza. Pero mamá parece que no sufrió por haber perdido a su familia, sino por haber perdido al maldito e inmenso sueldo de papá.
- Lilith, tú la mataste... Le arrebataste lo más importante que una persona puede poseer: sus sueños. Eres una maldita.
- Te equivocas, ¡sus sueños hubieran acabado con ella! ¡Yo la salvé! Ella tenía el don de la espontaneidad, algo que a mí siempre me faltó, y mírame ahora: ¿hubieras deseado que Palma hubiera terminado como yo? ¡A la mierda con los sueños, eso es para ignorantes! Para aquellos que temiendo el presente se ven obligados a “plantearse” un futuro. Pero el futuro siempre es incierto y hacer planes sólo da lugar a la frustración.
Esperanza lloró un instante, dejó sus flores sobre la fría lápida y se fue murmurando “maldita, eres una maldita”.
Y yo, mirando la lápida de mi hermana, sintiendo cómo unas pequeñas y saladas lágrimas helaban mis mejillas, maldije a aquel muchacho a quien también intenté salvar... Aunque tú, Cabello de Ángel, decidiste soñar. Y ahora, ¿dónde estás, pequeño y miserable soñador? ¿Dónde están tu espontaneidad y tus ganas de vivir? ¿Sigues siendo feliz, caminando sucio y desnudo por el puerto, imaginando que alguna vez tu vida cambiará? No hay planes útiles. No sueñes más: Lo que tienes es lo que has decidido.
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