El martes de Carnaval, a plena luz del día, mi vientre desprende sangre y juego con la herida a través de la camisa, encharcando mis dedos en granate y disfrutando de ese dolor que me hace apretar los dientes.
Camino por una calle que no se me hace tan familiar cuando es de día, con la cabeza gacha, absorta en la sangre. Todos están felices y disfrazados, acaparando todos los recodos de la calle Sagasta.
Bonito disfraz me dicen, muy original. Y sin levantar la mirada, aún jugando con la sangre, que ahora sale en abundancia, les digo que no es disfraz, que me han herido de verdad.
Me han clavado un cuchillo.
Pero no estás muerta. Me dicen. No estás muerta, ¿de qué te quejas?
Es cierto, tenéis razón, no tengo derecho. Sólo ha sido un leve pinchazo.
Y lo digo mientras me levanto la camisa y veo que la herida está abultada e infecta.
Camino por una calle que no se me hace tan familiar cuando es de día, con la cabeza gacha, absorta en la sangre. Todos están felices y disfrazados, acaparando todos los recodos de la calle Sagasta.
Bonito disfraz me dicen, muy original. Y sin levantar la mirada, aún jugando con la sangre, que ahora sale en abundancia, les digo que no es disfraz, que me han herido de verdad.
Me han clavado un cuchillo.
Pero no estás muerta. Me dicen. No estás muerta, ¿de qué te quejas?
Es cierto, tenéis razón, no tengo derecho. Sólo ha sido un leve pinchazo.
Y lo digo mientras me levanto la camisa y veo que la herida está abultada e infecta.
