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martes, 21 de octubre de 2014

Extranjera

Vivian Maier New York
(Woman Sitting on Ground), ca. 1951-55.
Silver gelatin print, printed before 1970



Dentro de esta noche hay una sombra. Se pasea por las vías de una montaña rusa apagada en una noche de lluvia. Aterra más el vértigo que el óxido a esta sombra negra.

He vuelto al lugar de mi infancia y hay tierra por todos los caminos que anduvimos. Mi hogar es una cabaña ajena. Una chabola aislada del resto, y me niego.

Me niego a reconocerla como mía. Yo sé que no viví aquí.
Pero me siento parte y siento el vértigo. Tiemblo. 

Soy parte de una tierra que no me reconoce como suya. 

Estoy fuera del círculo. Me rechazan por haber salido. Ni me quieren fuera ni me quieren dentro. Hay tierra por todos los caminos que anduvimos.

Recuerdo una montaña de tierra que estaba lejos. Recuerdo haber paseado hasta ella, y recuerdo haberme sobrecogido ante su enormidad. Pero ahora bastan cuatro pasos desde mi cabaña para llegar a ella.

Puedo verlo todo desde mi casa.

Bastan cuatro pasos para ver que es ridícula. Apenas un montón de tierra. 

Quiero llorar ante este mundo tan pequeño que me rechaza.

Que no me quiere dentro pero que no soporta verme fuera. 

He salido del círculo, y ahora soy una sombra. Camino por los raíles de una montaña rusa apagada.
La maquinaria es más peligrosa cuando no está en funcionamiento. Estamos pendientes del desliz en un campo de monstruos en letargo. Te sujetas a mí. Si caes, caeré contigo, y acepto el reto.

Confío en mí porque soy fuerte. Porque estoy fuera del círculo. 

Esta muerte me ha traído a la niñez, y soy la única que se ha hecho grande en un campo de tierra en miniatura. 

Me abrazo a un hombre que me reconoce, aunque yo no lo recuerdo. Dice haber sido mi maestro en la escuela, y acepto el reto.

Este abrazo al final de la noche, 
agarrarme a lo desconocido para no caer,

será lo único que me mantenga con vida hasta mañana.


jueves, 16 de octubre de 2014

Café cortado





Pido un café (cortado). Apuntar que es cortado es importante, ya que eso implica que la taza es pequeña. El camarero me lo sirve y sale de la barra, se pone a mi lado y da vueltas a mi café con una cucharilla demasiado grande. Me siento incómoda. Le digo que pare, que ya lo hago yo, que es mi café. Él deja de dar vueltas y me dice que ni siquiera ha echado el azúcar. 


jueves, 9 de octubre de 2014

Moscas en la bañera




Niña, no te duches, no te laves entera, no hace falta, acércate aquí
lávate la cara

Me miro en el espejo. Tengo sangre en el ojo izquierdo. Un punto rojo debajo del iris. Un hilillo de sangre sale de él. Me asusto. 

Soy mucho más arrogante que eso. Cierro la puerta del baño y me meto en la bañera. Pronto me doy cuenta de que he pisado algo. Hay un montón de moscas en el suelo de la bañera. Se resbalan, no pueden salir, pero tampoco hacen por volar. 

No hacen por volar estas moscas que llenan la bañera. Me tengo que lavar. Es mi única obsesión y no entiendo por qué mi abuela le ha quitado importancia. 

Justifico lo que voy a hacer. Son ellas o yo. Alguien tiene que hacer algo. Si no lo hago yo, será quien venga después. Así que tapo el sumidero y echo el agua. 

Van a morir todas ahogadas, aunque podría evitarlo, como he hecho muchas veces en la piscina. Podría coger las moscas mojadas con mis manos y lanzarlas por la ventana. Podría pasar algo por encima para recogerlas. Recojo una sábana negra para ello.

Pero cuando tengo la sábana negra en mis manos y me dispongo a recoger las moscas, cambio de opinión. Me justifico con teorías que he escuchado por ahí sobre los insectos. Que si son muchos, que si no sienten. No recuerdo muy bien todo lo que pasa por mi cabeza, pero sí recuerdo que muchas de ellas las he leído en perfiles de Facebook. 

Lo que hago es cubrir el agua con la sábana. Quitó el tapón. El agua baja, y todas las moscas quedan recogidas en un montón taponando el sumidero. Recojo ese montón con la sábana y hago una bola. La sábana está muy mojada y pesa mucho. 

Abro la ventana del baño. Debajo, en el patio, está mi abuela, y un poco más alejados, otros miembros de mi familia. Lanzo la sábana. Estoy enfadada porque la bañera estaba llena de moscas.

Mi abuela insiste. Dice que soy muy cabezona con esta obsesión mía por ducharme. Y admite que sí, que últimamente entran muchas moscas voladoras en casa. Será por el calor. Moscas voladoras. Me hace gracia que recalque que son voladoras, cuando todas las moscas lo son y estas en concreto no han hecho por volar. 

Lanzo la sábana.

Al caer, con el impacto se abre y botan algunas de las moscas. Da la falsa sensación de que han salido volando. 

Esa falsa sensación de verlas vivas, me hace sentir bien por un momento. Vuelvo a justificar lo que he hecho. 

Me vuelvo a mirar en el espejo. Ya no tengo sangre.




martes, 7 de octubre de 2014

Ice blue

Hoy he soñado mucho. Un sueño muy largo, muy tipo Broadchurch, con muchos personajes y todos implicados en algo. Ya lo contaré. Voy a volver a contar mis sueños. Ayer estuve ojeando Un mundo propio de Graham Greene y me volvieron las ganas. 

Bueno, de momento solo quería comentar una parte del sueño.

Hay mucha gente en un patio de vecinos. Estamos preparando una fiesta. Creo que la fiesta la organiza Javi, porque tiene mucha presencia en el sueño, e incluso la casa en la que cocinamos es de su familia, pero todos los invitados son en realidad amigos míos. Durante la fiesta se organiza un karaoke y de repente me veo con un micro, aunque no tenía intención de cantar. De todas formas, como que me crezco y voy al catálogo de canciones y busco rápidamente las canciones disponibles de Lana del Rey. Hay pocas, solo tres o cuatro, y elijo la que no conozco: una que se titula Ice blue. Se lo digo al chico que se está ecargando de poner las canciones, pero se equivoca y pone otra. Se equivoca muchas veces. Pone a Britney Spears en su lugar. Yo le digo que da igual, que ya canto esa misma, y salta What a girl wants de Christina Aguilera en español. Le digo que ni hablar. Volvemos a intentarlo con Lana, pero sigue sin poderse y el chico se pone nervioso. Se enfada conmigo porque me he puesto muy especial, que los karaokes no funcionan así. Que tenía que haber cantado lo que fuera y ya está, que no tiene gracia si cada uno elige su canción. Se enfada muchísimo, se pone muy desagradable. Hay quien le dice que no se ponga así conmigo, que yo solo estaba eligiendo una canción: que el que se estaba equivocando al ponerla ha sido él, no yo. En cualquier caso, se enfada mucho conmigo y se va de la fiesta.




No existe ninguna canción de Lana del Rey que se titule Ice blue. Creo que en mi cabeza se mezclaron partes de This is what makes us girls, ya que en un momento de la canción dice "Pabst Blue Ribbon on ice". Y por eso lo del Ice blue y la canción con título parecido de Christina Aguilera.



sábado, 14 de junio de 2014

gravilla

Sara Soul. 02/13 Dibujo a bic
Sara Ramírez Sáez



algunos nacemos de las rocas y nos vamos haciendo piedras con la edad. se hace grieta cada herida y mira cómo nos quedamos quietos
mientras se mueven todas estas partes rotas.
hay una orilla que se rompe. me imagino que sería cuestión de seguir nadando un poco más, pero miro la roca y pienso: es de ahí de donde vengo. 
lo sé pero no he estado nunca. 
y sé que puedo salir mientras pienso que estoy bien aquí dentro: paso por delante de todos los momentos de mi vida, como si estuviera todo hecho. 
alrededor de mí es todo piedra. alrededor del agua es todo piedra. 
gravilla muerta en el fondo. tengo miedo. algunos nacemos de las rocas y nos vamos haciendo 
piedras.
algunos nacemos de las rocas
y nos pesa el alma con la edad. 

hay una orilla que se rompe y a dónde voy yo que me dirijo directa al cepo. que me arrastro por encima del agua para entrar en la piedra. 

dejo para el recuerdo arena en las pestañas y un nudo en la garganta.






Swim by Madonna on Grooveshark






lunes, 29 de abril de 2013

Casa de Insectos (Frag.) Carnaval






Quizá el problema fue no darme cuenta de que lo hubieras hecho todo por mí. Eres todos, como si solo me hubiera enamorado una vez, de ti, y los que han venido después hayan sido solo proyecciones tuyas. Por eso esta noche no supe si eras tú o Rodri, y daba igual.

Estábamos en el bar de nuestro padre, en el pueblo. También estaban algunos amigos tuyos. Esos amigos a los que al parecer no podré acceder nunca. Y no es algo que te reproche. No es tu culpa. Es esta cosa mía de no verme a la altura de nadie. Me quedo callada detrás de ti y parece que me comporto como si fuera tu complemento, aunque no sea esa mi intención ni mucho menos, ya lo sabes. Pero me quedo así. En una posición como esa ¿cómo no habría de pasar inadvertida incluso para ti? Y son ellas, tus amigas, las que sí están en escena. Las que controlan tus temas y las que parecen haber formado parte de tu vida antes que yo. Y eso que nos corre la misma sangre, Pablo. Pero yo estoy fuera de ti. Tan pequeña. Estamos así, Pablo, y miras a María, que está contigo. Porque tú no eres Pablo sino Rodri, y es Rodri quien mira a María, que está contigo. Pero ¿cómo no la va a mirar, Pablo, si es ella quien está y no yo? Es ella quien posee la belleza y la elocuencia. Quien habla mirando a los ojos. Quien habla, al fin y al cabo. Y la miráis, claro. Los dos. Porque tú ya decidiste quererla a ella. Lo digo, “decidir”, como si el amor se tratara de eso. Porque trato aún de convencerme -y me lo creo- de que no la amas, o al menos no del modo en que me amaste a mí. Del modo en que me empeño en creer que aún me amas. Y Rodri también la mira. Y me arden las entrañas, Pablo, cada vez que lo hace. Pero cómo no la va a mirar, si ya la quería antes de conocerme. Si la quiso de una manera imposible que jamás podrá quererme a mí. Porque ella será siempre tan inaccesible para él y yo qué valor puedo tener después de haberlo dado todo y a la vez esta nada absoluta que me separa tanto de vosotros. Y me voy. Salgo del bar porque me oprimen los celos y me quedo fuera, tan patética e ingenua, esperando que salgas. Pero no lo haces. Rodri tampoco. Y me imagino que no lo hacéis porque ni siquiera os habéis dado cuenta de mi ausencia. Porque de algún modo ya estoy muerta. Así que empiezo a caminar. Ya es de noche y no hay autobuses que me saquen de este pueblo que apenas conozco. Es tuyo, no mío. Tú te quedaste aquí con papá, no yo. No sé ni por qué he venido. Me arrepiento cada vez más y me culpo y me insulto. No puedo salir de aquí sin ti. Así que te llamo y con una voz de niña que no es la mía, con una voz de dependencia absoluta, de falta de dignidad, te pido: ven a buscarme. Te enfadas, claro, niñata, ¿por qué te fuiste del bar? Tú y tus malditos celos. Déjanos vivir. Yo ya me he ido del bar, estoy en casa, cenando con mi familia. Después volveré a salir. Hemos quedado todos en disfrazarnos a las doce. No me pidas que vaya a buscarte, déjame divertirme. Tengo derecho a salir con mis amigos. Cuelgas. La familia de la que hablas no es la mía. La última vez que estuve en casa de nuestro padre, que es más padre tuyo que mío, con esa hermana tuya que no es mi hermana y que se quería comportar conmigo como si pudiéramos ser amigas, me mantuve al margen como siempre. Porque yo no podría estar a la altura de esa familia tuya que no me pertenece. No podría ser digna de ser amiga de esa hermana tuya. No podría ser tan guapa. No podría ser. Cambio el rumbo que estaba siguiendo y decido, en lugar de salir del pueblo, seguir en él. Llegar a tu casa y no cometer los errores del pasado. Me sentaré a la mesa con los músculos relajados. Hablaré con tu hermana. Trataré de estar al mismo nivel. Me llevaré bien con ella y así podrás quererme sin incomodidades, como a ella. Porque yo también soy tu hermana. Pero no sé llegar a tu casa. Necesito que me guíes. Y con todo el dolor de mi corazón, porque no quiero molestarte, vuelvo a llamarte. No sé llegar a tu casa. Diana, no puedes hacerme esto. Estoy cenando. No me voy a levantar ahora de la mesa, no voy a dejar a mi familia. No voy a salir a buscarte, ¿no te das cuenta de que no me dará tiempo después a disfrazarme? Pide un taxi y que te lleve a casa. La ciudad está al lado, no te costará mucho dinero. Incluso yo he ido mil veces caminando. Tú nunca eres capaz. Cuelgas. Me quedo en la plaza. Se nota el ambiente festivo, aunque Carnaval no empieza oficialmente hasta las doce y, hasta entonces, nadie saldrá disfrazado. Me quedo sentada en los escalones de un bar y un perro orina a mi lado. Como si no existiera. Me quedo sentada, como si estuviera esperando. Como si tú me hubieras dicho: quédate ahí y no te muevas; ahora mismo te voy a buscar. Como se les suele decir a las hermanas pequeñas que se pierden. Una orquesta de bajo caché toca canciones típicas de verbena que ahora suenan a tristeza absoluta. Me recuerdan a las noches de fiesta que me quedaba en casa, y, desde la calle, con un eco atroz, retumbaban en las ventanas de mi cuarto y no me dejaban dormir. Una vez más, me siento como si no estuviera ahí. La gente sigue entrando y saliendo del bar sin percatarse de mi presencia. Huele a vino y cerveza, y al humo asqueroso de los petardos que lanzan los niños. Ni siquiera ellos están disfrazados. La plaza se va quedando vacía porque es la hora de la cena y todos se van a sus casas. Después volverán todos disfrazados, y harán de esta verbena de pueblo algo aún más triste. Apareces. Vas caracterizado de Drácula y la gente se ríe de ti porque has salido disfrazado antes de tiempo. He venido a buscarte, me dices. He venido a buscarte, tonta. He venido a buscarte, qué remedio. Si no ibas a ser capaz de volver a casa por tu propio pie. Si no ibas a haber tenido el arrojo de llamar a un taxi e irte sola. Porque no eres capaz de salir de aquí. Porque estás atrapada aún, Diana. Porque aún me tienes encerrado ahí, en tu cabecita, y no lograrás salir hasta que me saques. Y te doy la mano y te sonrío y me voy contigo, pero no tengo claro a dónde porque ahora tienes una cara diferente.




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lunes, 28 de enero de 2013

Dream Away

Suena el disco Reanimation, de Lights & Motion.
[Play]





El hotel está a las afueras. Aún no han dejado ni las maletas. Ni siquiera les han asignado las habitaciones. Puede decirse que prácticamente aún no han llegado, y Diana ya tiene miedo de volver. El resto, un grupo amplio de chicos y chicas que apenas llegan a los quince años, ya tiene ganas de salir y conocer la noche alemana. Para muchos es el primer viaje internacional que hacen. Para todos es el primero sin sus padres. 

Diana ha venido incómoda en el autobús. Por primera vez en su vida ha visto a su hermano, a quien no conoció hasta los veinte. Su hermano, con el mismo rostro que ahora, pero diez años antes, apenas ha hablado con el resto de los chicos. Diana también se ha notado como ahora, aunque su tono de voz y su ángulo de visión le han indicado que también tiene quince años como el resto. Todos medio adultos medio adolescentes. Su hermano, Pablo, ha venido sentado junto a Estíbaliz. Porque Pablo es el nuevo y con Esti nunca quiere sentarse nadie. Todos son conscientes en todo momento de que están recordando. Diana siente que ha sido injusta al incluir a su hermano en la escena, sobre todo cuando alguien saca un álbum de fotos de la infancia. Son fotos en las que, evidentemente, no está él. Todos ríen de su aspecto pasado, que es realmente el mismo que tienen ahora. Se ríen de Esti y ella se siente abochornada. Pablo la abraza. Dice Yo también era muy feo a esa edad. Diana se siente celosa. Además, ella nunca ha visto feo a su hermano. Tienen prácticamente los mismos rasgos. Se toma el comentario de Pablo como un insulto hacia ella. Lo observa. 

El hall del hotel es muy luminoso, pero como las paredes están pintadas de un marrón casi café casi chocolate con leche, todo parece tenue y triste. Diana sabe que hay mucha luz porque los ojos de Pablo tienen una tonalidad standard. Sin brillo. Nada que ver con los ojos que habrá visto diez años después, iluminados tan solo por una lamparita de bajo consumo en la mesilla o bajo la sábana con la que se ocultarán del mundo. Diana lo mira. Recuerda el trayecto en autobús y sus celos. Recuerda el halo blanco que ha visto alrededor del iris de Pablo, ese halo que solo aparece en los momentos íntimos. Ese halo que no ha visto en ningún otro iris, y que hace de Pablo alguien tan especial. Alguien distinto a ella. Alguien mejor. Ese halo que no debería ver nadie más que ella.

Se le encoge de nuevo el corazón y todos los músculos al recordarlo, como si lo estuviera viviendo en ese mismo momento. Diana se avergüenza enseguida. No debería sentir celos porque aún no se conocen. Piensa Sé racional, Diana, ese brillo ha pertenecido a otras antes. Pero no puede soportarlo. Se muerde el labio inferior, aprieta los puños y los párpados y suelta una lágrima que nadie va a ver. El resto de chicas se une a ella. El plan es salir por separado. Las chicas quieren ir a unos sitios. Los chicos a otros. Encontrarse después cuando ya estén lo suficientemente borrachos para un acercamiento que la gran mayoría no ha experimentado antes.

Diana no quiere salir por no volver. Pero sobre todo no quiere perder a Pablo. No ahora que él no la conoce.

martes, 4 de septiembre de 2012

la perfección de lo falso




Tan cerca, no. Me dice S. No le beses tan cerca de los labios. Ha sido un error. Perdón, perdón. Me acelero pero suelto una sonrisa y ella otra a mí. Entonces yo sonrío más. S. está abochornada, como si hubiera sido ella la que se equivocó al saludar, y no deja de darle vueltas al tema. Entonces C. se acerca y le dice al oído “lesbiana”. La cara de S. cambia por completo y solo es capaz de preguntar ¿desde cuándo? Y entonces C. comienza a relatar una historia absurda. Todas la escuchan con atención, pero yo sé que C. solo se está quedando con ellas.

Cuando tenía doce años, llegó a mí un sujetador con las copas de diferente tamaño. La izquierda era considerablemente más pequeña que la derecha. Era un sujetador hecho a medida que había pertenecido a mi madre. Como ya me estaban empezando a crecer las tetas, decidí ponérmelo en memoria de mi madre. También porque me resultaba cómico verme con un sujetador así. Sin embargo, la tontería me duró mucho más tiempo. Llevaba el sujetador a diario. Me parecía un ritual contra el olvido. Llevar un objeto de mi difunta madre cerca del corazón. Una tontería propia de la edad. La tontería se convirtió en problema al cabo de un tiempo, cuando vi que la teta derecha empezaba a parecer más voluminosa que la izquierda. Llevando el sujetador a diaro había impedido el crecimiento. Pero como era una niña tonta que echaba tanto de menos a su madre, seguí llevando el sujetador. Al cabo de un año la diferencia era considerable. Me miraba al espejo y era un pequeño monstruito de trece años, con una teta mucho más grande que otra. Mi padre, que no era muy observador, se dio cuenta un día de casualidad de mi torso deforme. Estábamos comiendo y se me quedó mirando el pecho un buen rato. A cualquiera le hubiera parecido que se le había ido la olla y que empezaba a sentir una atracción inmoral hacia su hija, pero yo sabía que a cualquier padre le llamaría la atención que su hija tuviera un pecho desnivelado. Sí, papá, tengo una teta más grande que otra. Mi padre estaba tan fuera de onda en temas femeninos que dudó por unos momentos si eso era normal en el desarrollo de una niña de trece años. Le saqué de dudas contándole mi estúpido hábito del último año y él respondió llevándome al hospital. Resumiendo: me amputaron los dos pechos y me pusieron dos nuevos. Tengo las tetas perfectas porque no son reales. Son dos bolsas de silicona.

La verdad es que tiene unas tetas estupendas. Por un momento me creo su historia. El resto del grupo la mira asombrado. Están tan pendientes de sus tetas que se han olvidado de que es lesbiana.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Tipo de sueño Involutivo


Cuando una idea se desborda, inunda los sueños y aun anega las corrientes de sueño despierto manifestándose en estados de ensoñación más o menos tenaces, que van desde el simple duermevela hasta la divagación arrebatada o difícil de prevenir, y cuyas variantes se presentan a lo largo de las horas de vigilia y luego de las de dormición. Ejemplo de este tipo de sueño son ciertas manías, como la que impele al sujeto a sentirse atrapado o impregnado por la materialidad, por lo que busca ansiosamente recobrar su intuida realidad espiritual lavándose las manos una y otra vez, a veces hasta sangrar, así como eludir el contacto de las manos de los demás o de lo que han tocado, sintiéndose obligados a limpiar cubiertos y vasos en la mesa, los pomos de las puertas, etcétera, hasta acabar usando guantes permanentemente. También se da este sueño en quienes encuentran imágenes oníricas en las desigualdades de tono o superficie de una pared, tela u otro objeto, y las ven actuar, gesticulando y hasta desplazándose, de manera que es tan interpretable como cualquier otro sueño. 

De Enciclopedia de los Sueños, de Armando Carranza. Planeta, 1996.






martes, 26 de junio de 2012

miniaturas


La foto la he pillado de aquí


En un día como hoy solo faltaría que empezara a llover arena. Y digo llover, literalmente. Como si las nubes fueran rocas de tierra.

Naves como barcos como caravanas. Como espacios donde el espacio se extiende, como si no existieran las limitaciones. Queremos para nuestra casa miniaturas. Las buscamos en el suelo de las tiendas.
Me quito los zapatos para viajar.
Bajo con ellos en la mano del autobús y te enfadas por mi mal comportamiento.
No me gusta esto que acabas de hacer. Yo me pongo los zapatos apoyada en un coche. El retrovisor del lado derecho (copiloto) cede y se parte. No tenemos vergüenza los jóvenes. Ya no somos tan jóvenes. Ya no te hago gracia.
Fin del viaje.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Dancing Barefoot



Francesca Woodman



nuestros zapatos se han quedado en casa
con la lluvia

nuestros zapatos se han quedado en casa
en el desierto
y en las baldosas secas de un tiempo
árido
que no cupo en nuestras manos.

nuestros pasos parecen firmes
(pero nos tambaleamos)

caminamos tan solas
a pesar de todo
porque
todo este camino rutinario
                 es parte
                 de una huida
que escribimos con palabras minúsculas
y esperas en el frío.


la tierra se cubre de blanco. es un luto diferente al nuestro / nuestro luto de tela de lija negra sobre nuestros cuerpos helados
estas pieles frágiles que evitan el roce
estas pieles viudas de sí
que se corrompen hasta el deshielo

mientras bailan descalzas sobre la nieve.  

miércoles, 15 de febrero de 2012

Exaltación del Terrorismo


I

Bed Bugs

¿Recuerdas aquella vez que me dejaste tus llaves? Me dijiste que podría pasar la noche en tu casa del pueblo, que solías ir allí de vez en cuando, que estaba bien. Me dijiste que durmiera en tu habitación. La tercera puerta por la izquierda, la del edredón rosa. Me dijiste. ¿Recuerdas qué te dije cuando volví? Te dije que no entendía cómo podías dormir con tanto insecto muerto en las sábanas. Te dije que tuve que quitarlos yo. Que tuve que apartar todos tus insectos muertos y que no entendía cómo habías podido dormir antes allí. ¿Cómo habías podido dormir antes allí? Tuve que apartarte todos los insectos muertos. ¿Cómo podías dormir ahí? Tuve que quitarlos. Tuve que tirarte todos los muertos. Cómo pudiste dormir entre tanto cadáver. Por qué te hiciste esto. Entre tantos insectos. Tú me dijiste que tal vez querías ser parte de ellos. Pero que, en cualquier caso, tú no te habías dado cuenta de que las sábanas estaban plagadas de insectos muertos. Y yo te pregunté, pero no me respondiste. No me respondiste. No me respondiste cuando te pregunté si pensabas que yo también lo quería para mí: estar ahí, dormir para morir y ser un insecto más entre tus sábanas.


Naufragio

II


Nos solían molestar pocas veces. Cuando veíamos la tele en el salón, a veces les escuchábamos. Era incómodo, pero no quería golpear su pared. Después de todo eran personas. Quiero decir. Tenían derecho a hacer sus cosas. Aunque fueran repugnantes. Aun así puede decirse que la convivencia era apacible.

Todo se complicó cuando llegó la acusación. Fue en mayo de 2016. Aunque la libertad de expresión ya había menguado por aquel entonces, y los recitales de poesía se resignaban a la clandestinidad, una amiga y yo decidimos acudir a uno que prometía ser la bomba. Mi amiga y yo no acostumbrábamos a ir a este tipo de eventos suburbanos, pero mi amiga quería catar carne subversiva o reírse de los punk. Me pareció una buena idea. Podría describir como si lo sintiera ahora mismo, el frío de aquella tarde. Los dedos helados en los guantes. El rostro anestesiado. Las lágrimas incontenibles. Recuerdo con especial claridad que tuvimos que cruzar una pasarela por la que no pasaba desde que era una niña. Mi amiga y yo nos dimos cuenta de que al lado de la pasarela en la que estábamos, había otra similar pero ya casi derruida por completo. No recordaba haber visto dos cuando era niña. Cientos de metros bajo nuestros pies daban a parar a un entramado infinito de vías. El tráfico excesivo siempre me ha dado una sensación de apocalipsis. Creo que no iba mal encaminada. Fue mi amiga quien se percató del nombre de la otra pasarela. Comprendí entonces que era por aquella por la que caminaba en mi infancia. Desde hacía pocos años todo había cambiado muchísimo. El pasado se convirtió en algo indigno. Innombrable.

Cuando llegamos, el poeta, tal vez deslumbrado por nuestra pulcra belleza de centro, se acercó a nosotras, se mostró agradecido por nuestra presencia y nos dijo que no nos arrepentiríamos, que aquello iba a ser la bomba. Noté un cambio de entonación cuando pronunció “bomba”, pero no le dí mayor importancia. Mi amiga y yo nos acercamos a la barra: una tabla de madera sobre dos bidones de cerveza, con intención de tomar algo. Prefiero ahorraros el mal trago de la cerveza caliente. El poeta se subió al estrado. No había mucha gente. Me arrepentí de haber ido. Podía oler su sudor. No entendía la performance. Entre todos los amigos del poeta, armados de picos y otros enseres, derribaron la pared que había tras el escenario improvisado. No les fue difícil. El edificio estaba casi en ruinas. Tuve algo de miedo, he de reconocerlo. Pensé que se nos vendría todo abajo. Y se vino, sí, de alguna manera. El boquete irregular y completamente antiestético que lograron abrir, dejó a la vista algo que me impactó de una manera sobrenatural, como nada nunca antes me había llegado. Ni el frío, ni el vértigo de esta arquitectura demente. Mi amiga se asustó y decidió marcharse. No fui capaz de insistir en que se quedara, pero aun así se quedó un rato más. Creo se quedó paralizada. No es fácil adecuarse al medio cuando te desvelan, y aquellos tipos sucios nos lo acababan de hacer. Quitarnos el velo, quiero decir. El poeta, desde sus tablas, sacó una cámara de fotos y enfocó hacia el -escaso- público. Pensé que pretendía inmortalizar nuestra reacción. Patética idea: para qué fotografiar un momento que no podría hacer público después. ¿Qué descripción daría a la fotografía en las redes sociales? Nadie debía saber aquello. De saberlo, las consecuencias serían terribles. Yo seguía mirando a través del agujero. Veía también al poeta con su cámara de fotos, pero lo veía desenfocado, como en una fotografía, y también veía, por el rabillo del ojo, a mi amiga salir de allí. A mi amiga, hermosa hasta la herida, una manifestación viva de la estética, de la pose, de la belleza.
La foto me pilló pues, mirando hacia otro lado, hacia un punto más lejano, más allá del poema, hacia el horizonte. Un horizonte que no recordaba haber visto de niña. Tan sencillo fue acostumbrarme a la ausencia. El poeta escupía palabras que no llegaban como lírica. Ante tanta belleza sus palabras parecían un sermón o un mitin. Noté pasión en su voz, pero no me llegaba, estaba viviendo la mayor ensoñación de mi vida. De pronto un clic. De repente un bum. Desperté. Todos corrían. Me temblaba la sangre. Notaba mi sangre correr por todas mis venas. Notaba un latir molesto en mis arterias. El poeta corrió a mi lado pero no reparó en mí. Todos se fueron. Y entonces sonaron las sirenas de la policía.

III

  • ¿Sabes por qué estás aquí?
  • Estoy en mi casa, señor.
  • ¿Sabes por qué estamos aquí?
  • No.
  • Te lo repetiré otra vez. ¿Qué hacías en la Sede?
  • Fuimos a una lectura, señor.
  • ¿Quiénes?
  • … yo.
  • ¿Fuiste sola?
  • Sí. Señor, por qué estáis aquí, qué queréis de mí.
  • Nadia. No llores. Ya vale. Sécate las putas lagrimas y deja de reírte de nosotros.
  • No me estoy riendo de nadie, en serio.
  • Nadia, ¿sabes de lo que se os acusa?

Nadia se seca las lágrimas sin esfuerzo. Sólo consigue difuminar su máscara de ojos. Mira alrededor. Están en su casa. Ella, dos policías y varias personas que vio en el recital.

  • ¿Dónde está mi madre?
  • En comisaría.
  • ¿Por qué?
  • Saldrá pronto, no te preocupes.- Ahora que se ha secado las lágrimas, Nadia puede diferenciar a los dos policías. El que le habla ahora no parece llevar el odio en la entraña. Nadia empieza a sentirse mejor.
  • Exaltación del terrorismo.- Interrumpe un segundo policía. Pequeño, delgado, moreno. Nadia no ve mucha diferencia entre él y los chicos que tiraron el muro de la Sede. No le gusta. La hace llorar.
  • ¡Por favor! ¿Puedes hacer que pare? Menuda actoraza. ¿Qué pasa, que eres tonta? ¿En serio quieres que nos creamos que no sabías lo que iba a pasar en la Sede? ¿Vas a un puto recital a las cloacas de la ciudad y no sabes que se va a tratar de un acto subversivo?
  • Sí, yo... sí sabía adónde iba. Pero sólo soy una espectadora. Yo no hice nada. Yo no tiré el muro.

Los dos policías se miran. El pequeño exhala un suspiro de impaciencia y se frota los ojos. Se va a la cocina, dejando solos a su compañero y a Nadia.

  • Nadia. Han asesinado al presidente.- Le dice en voz baja, con la paciencia con la que se explican los temas delicados a los niños tontos.
  • ¿Al presidente Bellver?
  • Sí, Nadia, fue durante el evento de la Sede. No había poesía allí, ¿entiendes? Detonaron la bomba que habían colocado en su casa a través de una cámara compacta.
  • ¿Eso es posible?
  • Se ve que sí, Nadia. Intento creerte cuando dices que no sabías nada, pero es difícil. Estáis todos acusados. El poeta, desde luego, esta´acusado de asesinato, pero el público de exaltación del terrorismo.
  • Yo no fui allí a aplaudir ninguna acción terrorista. Ni siquiera he expuesto mi opinión sobre el tema, es absurdo.
  • Las cosas estaban muy jodidas ya antes del Cambio, Nadia, pero ahora con la muerte del presidente es todavía peor.
  • Yo no tengo nada que ver con su muerte. Si lo hubiera sabido no hubiera ido.
  • Te pueden caer treinta años por esto, según están las cosas.

Nadia inspira un grito que dura exactamente lo que le cuesta calcular la edad que tendría cuando saliera de la cárcel.

  • Me vais a quitar toda la vida.
  • Nadia, espero que las cosas salgan lo mejor posible.
  • Toda la vida.

El policía pequeño vuelve al salón. Mira al otro policía enfadado.

  • No le des tregua a esta pequeña mentirosa, Berenguer.
  • ¡Saldría de allí con cincuenta y cuatro!
  • Qué pasa, Berenguer, ¿que la has enseñado a sumar? A esta hija de puta la metemos al cuarto ahora mismo, que se calme.

Nadia está tan agotada de llorar, que se deja arrastrar unos metros hasta la puerta del salón que nunca ha abierto. A Nadia le da a una arcada. Los policías saludan a alguien con la mano. Cierran.

IV

Aquel subhumano maloliente y enano devolvió el saludo a los policías y dejó que cerraran la puerta conmigo dentro. Tenía unas ganas terribles de vomitar. El cuarto no tiene ventanas. Las paredes son de color verde vejiga. No sé a quién se le pudo ocurrir semejante atentado estético. Pensé que si dejáramos de alquilar el cuarto, nuestra casa podría ser más grande. Podríamos tirar la pared, pensé, y entonces recordé el recital. Me sentía terriblemente triste. Si me metían a la cárcel, perdería muchos años de mi vida. Me corrompería emparedada en soledad. Me alegré de no haber delatado a mi amiga. No quería que se desperdiciara su belleza. Observé a esa persona que vivía en el cuarto. Sabía que no vivía solo. A veces escuchaba demasiado ruido para una sola persona. El cuarto estaba iluminado por una lamparilla de noche de toque retro, muy hortera. Supuse que no era vintage sino antigualla. Despojos del pasado de los dueños en pisos de alquiler. Quienes vivían en el cuarto nunca tenían relación con nosotras. Procuraban salir de allí cuando no estábamos en el salón y el pasillo hasta la puerta de la entrada estaba despejado. Nunca me había cruzado con uno de ellos. Hasta ese día. Él se siguió comportando de ese modo. Como si fuera invisible. Llegó una mujer. Se me antojaron parecidos. Me causó tal repulsión que no fui capaz de ir hacia la puerta y salir aprovechando su apertura. Hembra y macho comenzaron a copular sin pasión sobre el colchón que yacía desnudo, sucio y estropeado sobre el suelo. Escuché el repugnante sonido que solía evitar cuando me encontraba en el salón. Las nauseas llegaron a un extremo tal, que tuve que correr hacia la puerta. No fue necesario ningún esfuerzo. La puerta estaba abierta. El policía hijo de puta se rió de mí. Quise responderle pero mi cuerpo se me adelantó vomitando sobre la alfombra del salón. Me prometí a mí misma nunca más volver a entablar el menor contacto con los inquilinos del Cuarto. Había quedado patente que no eran buenos para mi salud.

El policía alto, lo que yo suelo denominar un verdadero cuerpo de policía, se acercó a mí con un pañuelo y un vaso de agua. Me dijo al oído:

  • He hablado con la Comisaría. Tu madre ya ha salido. Está bien.
  • ¿Por qué a mí no me dejáis salir de aquí como a ella?

No me respondió. Me pasó mi abrigo y me dijo que huyera. Calló. Le miré. Cogí mi abrigo y corrí.
Esto era un Carpe Diem para la chica joven y hermosa. No te pudras en una celda y vive.


V

Tras la muerte del presidente Bellver, los acontecimientos se precipitaron. El poeta logró escapar de la cárcel, pero fue asesinado poco después por un grupo de melancólicos por el régimen. Con sus amigos y seguidores en la cárcel, no hubo quien vengara su muerte. Apareció un nuevo presidente como de la nada y restringió aún más las libertades. Se abolió Internet y prácticamente la cultura. Parecía que estábamos en una película mala de Wesley Snipes y Sandra Bullock. Yo me quedé en lo que quedaba de la Sede, unos cuantos meses, escondida, mirando a través del boquete del muro. Un día simplemente salí.

Soy la única superviviente del naufragio. 




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jueves, 22 de diciembre de 2011

"Buen viaje a la eternidad"





En t'attendant by Melanie Laurent on Grooveshark


Alexander Endl
El tren se ha adelantado dos horas. Según el billete llegaríamos a Frankfurt HBF a las seis de la mañana, pero lo hemos hecho a las cuatro. Me da la sensación de que mucha gente no se ha dado cuenta. De hecho a mí me ha costado reaccionar. Iba muy dormida, convencida del horario que marcaba mi billete. En el mismo compartimento que yo, iban una señora y su perro, muy pequeño. Ambos dormidos. El perro también se sobresaltó cuando paramos en Frankfurt, pero como su dueña seguía durmiendo, él volvió a recostarse. Me pregunto si también tenían que haber bajado aquí.

Tendré que vivir con la duda de si debí haberla despertado.

Así que aquí me he visto, de madrugada en Frankfurt, y el autobús que va hacia el aeropuerto de Hahn no sale hasta las seis. Ahora me encuentro en la cafetería del McDonalds, donde me estoy tomando el peor café de mi vida previo pago de un euro. Detrás de mí hablan en ruso.

Alexander Endl
No habría entrado porque ya me tomé un capuccino en otro sitio de la estación al bajar del tren. No me hubiera importado quedarme en un banco de la estación viendo pasar el tiempo y la gente. También hubiera dado un paseo por los alrededores.

He salido un momento y he sentido algo que no recuerdo haber sentido antes de la misma manera. He sentido una soledad inmensa ante la enormidad. Parecida a esa soledad inmensa que me causa pensar en una eternidad de no existencia. Me ha dado miedo la calle desierta y silenciosa; constructo de edificios imponentes, de luminosos de publicidad. Todo demasiado grande, y silencioso, y oscuro. Me he acordado  de las últimas palabras de Sara  por Gtalk  antes de salir de casa. Buen viaje a la eternidad. Me ha dado muchísimo miedo. Sé que se refería a la noche de trenes que me esperaba de Bayreuth a Nürnberg a Frankfurt y el bus a Frankfurt Hahn. He pensado en ese viaje a la eternidad estando ahí fuera y me he emocionado hasta la lágrima, pero me he secado pronto la cara, porque no podría explicarle a nadie qué me pasa. Que me da miedo volar y que me da miedo Frankfurt con sus edificios colosales y su arquitectura imposible. Y me he acordado de que esta mañana una chica lloró en clase, y lo hizo después de preguntarme cuándo volvería a España por Navidad, y yo le dije Esta noche, pero luego no fui capaz de decir una palabra más ni preguntarle por qué lloraba, ni si podía ayudarla. something. Y el resto de la clase también como si nada, salvo su amiga, que le tendió un paquete de kleenex deslizándolo por la mesa hacia ella, sin dejar de tomar apuntes, y un leve roce en su muñeca, compasivo, hasta que se secó las lágrimas y se unió a la tónica general de la clase, como si nada hubiera en el mundo más importante que las structural explanations. Así que yo también me sequé las lágrimas y volví a la estación, como si no hubiera nada más importante que volver a casa por Navidad. Ya dentro, encontré carteles con el rostro adolescente y alemán de una niña de catorce años, desaparecida hace unas semanas.

Este mundo de mierda que nadie echaría de menos.

Es ahora, después de ver la cara, la gran sonrisa, de la niña desaparecida, cuando decido sentarme en cualquier banco de la estación. Me aborda entonces un mendigo en alemán y finjo no entenderle en español para que se vaya, pero me responde emocionado que él es de Córdoba y me empieza a hablar y a pedir dinero chico, sólo diez o cinco euros, pero no tengo más que para otro café y el bus a Hahn y no quiero darle explicaciones. No sé qué me pasa con Córdoba. Por qué siempre aparece de cualquier manera. No quiero darle explicaciones, no quiero hablar con nadie, y me refugio en la cafetería del McDonalds , a tomar el peor café de mi vida, a pensar en la niña desaparecida, en las millones de almas que pueblan este mundo de mierda y que se creen inmortales. Me acuerdo de July Delpy en Waking Life y a mí tampoco me salen las cuentas. Suena El lugar donde viene a morir el amor de Zahara. Justo. Y vas a morir en este momento. Van a dar las seis y no quiero perder el autobús porque no me quiero quedar en Frankfurt y volverme a encontrar con el de Córdoba.

Será en la cola para embarcar cuando tiemble y trate de aprender a respirar y deje sin despertar a otra chica que, al parecer, también ha pasado la noche de viaje, para que no suba al avión y muera como todos nosotros. Podré salvar una vida si no la despierto, pienso, y entrego mi tarjeta de embarque y me siento en ventanilla y dejo la nieve y las nubes debajo, y el vértigo en la sangre, adrenalina de feria, y, de repente, todo deja de ser tan importante.

Sólo me dedico a dejarme volar.


martes, 13 de septiembre de 2011

Extintor de Infiernos

Cuánto estaría mintiendo si dijera que estoy tranquila. Me invaden la pesadillas pero el insomnio ha dejado de ser productivo. Soy incapaz de escribir una sola palabra. Vale que ahora esté escribiendo, pero no cuenta. Me han propuesto participar en una antología de poesía erótica y soy incapaz de escribir un solo verso. Todo lo referente al sexo, una vez escrito, me parece burdo. Intento darle la vuelta, pero el erotismo se convierte en muerte y entonces no puedo dormir porque los latidos de mi corazón en el silencio me agobian. Intento aferrarme a creencias. Pienso en Dios, en sesiones de espiritismo, en los milagros de Santa Teresa, en la casa del terror de las ferias y en el muñeco diabólico. Y no hay nada que consiga alejarme de la idea de eternidad que me persigue desde tan pequeña. No puedo escribir sobre erótica pensando en el cuerpo porque me hace sentir animal, in-ánima, mortal y dejo de verle el sentido a nada.  Para cuando me quiero dar cuenta ya he manchado de sangre las sábanas. He vuelto a quitarme la piel. La sangre no hace sino acrecentar mi miedo a la muerte. Las pastillas de TSH para el hipotiroidismo -y el miedo absurdo a ser más grande, más cuerpo, más humana y más mortal-, el Anaclosil 500 para eliminar la infección causada por mordedura de gato en brazo izquierdo, y el ibuprofeno contra el precio de ser fértil. La química me hace sentir cyberpunk pero no por ello menos corpórea.

Me persigue el recuerdo de mi abuela materna. Murió el 28 de septiembre de 2007 en una cama de hospital por un tumor. Hace poco volví a soñar con ella después de mucho tiempo. Volvía a estar viva pero seguía inconsciente en la cama, como las horas previas a su muerte, cuando ya sabíamos que no iba a volver a despertar, y yo me preguntaba para qué cojones la habíamos traído de vuelta. El miedo que tengo no es morirme, sino saber que me voy a morir. Llegar a la vejez sabiendo que me queda menos tiempo por vivir del que he vivido. Cómo voy a soportarlo. 

No me miréis las manos. Apenas me queda piel en los dedos. 



jueves, 23 de diciembre de 2010

Wasted Hours




La mañana. La niebla. El camino interminable, el tacón resentido de la bota izquierda. Se dobla, tropiezo, llego tarde y la vergüenza me llega hasta la médula. Shh. No miento. Me contengo. Dibujo, escribo, machaco la cafeína y el insomnio con el bic o con un boli de propaganda de la policía municipal de Valladolid. La única solución que encuentro para no ponerme a llorar como una descosida. Otra vez. Acaba la clase, huyo. No me voy. Huyo. El tacón roto de la bota izquierda, se dobla, tropiezo, seguramente suene Wasted Hours o cualquier otra cosa de Arcade Fire. Huyo como una Cenicienta despistada que se ha confundido de baile. Pienso que a lo mejor Pat no se ha levantado aún de la cama. Voy a buscarla, a despertarla, a decirle que en medieval me he terminado el libro de Julio César. Qué Julio César, qué dices. Azul Eléctrico. Ah, sí. Le digo que en lógica he comenzado a hacer una novela gráfica. Se titula Engaño Progresivo. Se desarrolla dentro de una cueva húmeda donde las estalactitas se reproducen como setas. Una por cada mentira de los personajes. Cuantas más estalactitas hay, menos agua hay en la cueva. No tiene ninguna base científica, no duermo por las noches, no esperes gran cosa. Sólo es una metáfora. Las mentiras van secando la cueva y reduciendo la esperanza de vida de los protagonistas. Pero no has dibujado ninguna cueva. Claro que no, la cueva es otra cosa. Estás zumbada. Sí, pero yo creo firmemente en esto. La enfermedad se basa en el engaño progresivo. Y mi corazón es un monstruo caníbal. Pero me he desviado de calle. Me he perdido en La Rondilla y no llego a casa de Pat, así que no le cuento nada. Me lo guardo todo y en casa miro la copia de la solicitud del Erasmus. La he colgado en la pared, en un punto donde siempre le da la luz del sol. El hamster de Laura duerme. No hay nadie en casa. Miro a Fernández Mallo en la solapa de Nocilla Experience, leo un fragmento cualquiera y me pongo cachonda. Una es así de fetichista. Envidio a esa tal Aina Lorente a la que dedica el libro. Zorra. Lo cierro. Los amores platónicos duelen un huevo. Me pongo al Niño Gusano y dibujo un hombre saliendo de una tarta. Lo hago inconscientemente. Es tétrico. Sólo es un torso. Parece que le duele salir de la tarta. He dibujado una transformación. Creo que es mi manera de hacer daño a Mallo por no quererme. Por el Facebook me habla algún poeta. Desvía la conversación hacia el sexo y yo le hablo de cuevas donde no hay ventilación y siempre huele a champiñones rancios. Las chicas guapas se auto denominan retro, beben gins y viajan mucho. Me pregunto si Aina es así. Me pregunto si yo también podré estar en la dedicatoria de un libro. Si seré poema algún día o retro, intelectual, bonita, francesa, alemana, italiana o polaca de adopción retransmitida por tve para Españoles por el mundo. Me quedo dormida y sueño con trenes que no van a ninguna parte. Despierto. El hamster de Laura gira en su rueda como un loco. Parece que hemos soñado lo mismo. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

sing for absolution II.

No seais cabrones. Si pongo vídeos es por algo:

Hurts. Wonderful Life.



Me dejo rodar hacia el final de la noche como la última bola de pin ball en pub sólo para negarme que te echo de menos. Sólo soy yo porque soy como te gusta ahora. Como fui siempre. Ondina que grita muda te quiero en una fiesta sin música. No eres tú. Somos neuronas que interceden y se odian. Se desean. Cuánta mentira. Ya no soy yo. Soy tres minutos. Recuerdo tu miedo al dolor. Lo recuerdo al despertar y lo siento mío. Huelo tu sangre y sangro y escapo por mis poros con toda la inmensidad pastel que la noche ha dejado en mis ojos. Despierto y recuerdo tu miedo al dolor. Despierto y recuerdo tu ausencia que también es la mía y me compadezco. Estoy sola o contigo o con todos. La niebla se traga el cielo y el horizonte y me levanto buscando un aliado pesimista. Que me diga tienes razón, no conseguirás retenerte. Que esto es sólo una señal, euforia artificial, catarsis o miedo al compromiso. Placebos todos ellos. Miedo al miedo que tuviste tú. Miedo al miedo de ser sólo yo ahora que vuelvo para irme como soy. Miedo a marzo. Miedo a una habitación vacía. Recuerdos de mi vida como trastos. Recuerdos de mí como un trasto. Hojas sueltas de un poemario póstumo en una piscina congelada en enero. Miedo a tu miedo al dolor. Miedo a tu juicio constante. No soy lo que querías que fuera. Lo sé. No lo soy. Te siento aquí, me dictas, te quiero, me castigas. Estás en mí. Eres yo. Me odias. Me dejo rodar hacia el final de la noche sólo para repetirme: no me ves, no me ves, no me ves. Para tratar de perdonarme. Déjame ser libre, compensarte por mis caídas. Sálvame del miedo. Vuelve. Abrázame. Perdóname y seré como quisiste que fuera. Ayúdame y no me dejes caer. Ayúdame a salir del bucle, del frío, del fracaso y del miedo. Líbrame del miedo. Líbrame de mí. 


a mi abuela


jueves, 4 de noviembre de 2010

Ciber Punk



No puede haber nada personal dentro. Seguro que no. Él siempre ha cuidado de mantener al margen su vida “profesional” de todo lo demás. Pensando así parece mucho más fácil desgarrar con la llave del buzón el sobre. Týchi̱ extrae de su interior un folio en cuya parte superior puede leerse Αποδόμηση της αισθητικής. El resto está en blanco. Hay más papeles. Trozos más o menos pequeños. Todos en blanco. Gracias por tu gran aportación a la galería, gilipollas. Piensa Týchi̱ en voz alta. Se enciende un cigarrillo aún frente a los buzones. Nunca le resulta fácil con los guantes, pero son costumbres que no va a cambiar. No se los quitará hasta llegar a la intimidad de su casa. Una vecina mayor que acaba de entrar le suelta la misma retahíla de todos los días. No se puede fumar aquí. Por lo menos apágalo antes de meterte al ascensor. Bueno días, señora, le responde ella, con la sonrisa cínica y desgastada de quien está de vuelta de todo.
Týchi̱ se queda un rato más en el portal, aunque el tabaco hace tiempo que sólo le proporciona arcadas. En el fondo quiere más. No se va a conformar con un catálogo en blanco. Una serie sobre la deconstrucción de la estética. Definitivamente el arte contemporáneo es una mierda. Rebusca con sus dedos enfundados en tela negra. De otra forma no podría. Los guantes, el tabaco, la sonrisa, son sus salvavidas. Rebusca entre los papeles, vuelca el sobre, y, ahí está. Pillada por el pliegue del sobre, en el fondo, una fotografía. Y ahí está él. Y ahí está ella. En el centro de la imagen, la mujer que siempre le pareció simple, aparece con el gesto triste de aquella Marilyn de Arnold Newman. A su derecha, en el extremo superior izquierdo de la foto, el espejo retrovisor enmarca la mirada fija de un hombre que parece haber perdido todo atisbo de emoción, humanidad, identidad. Detrás de ella, a través de la luna, parece distinguirse un paisaje de cemento mojado. Tan gris y desprotegido como un edificio en construcción. Aunque la fotografía no permite ver quién está al volante, Týchi̱ se siente aliviada al comprobar que no es ninguno de los dos. No entiende, sin embargo, la frialdad de uno y la tristeza de otra. Semejante hieratismo parece más propio de quien lleva las riendas o tiene claro a dónde se dirige. Pero él está en el asiento de atrás, como el niño al que los padres no informan del destino ni del tiempo que les queda para llegar. Con el cigarro, Týchi̱ abre un pequeño agujero en la luna del coche. Éste se extiende, manteniendo siempre un círculo perfecto, hasta hacerse más grande que la propia foto. Týchi̱ aprovecha el hueco para entrar y llega al edificio en construcción. Gira la cabeza, esperando encontrarse con el coche, pero no hay nada. Absolutamente nada. Como si la fotografía fuera un agujero negro. El punto final de una historia y/o el comienzo de una nueva. Con paso decidido marca territorio con sus tacones por el punto medio. Todo está mojado. El espacio, una simple explanada de cemento bordeada por paredes de ladrillo a su izquierda y a su derecha, pero sin techo ni entrada ni salida, se encuentra entre un campo de mala hierba y barro, a su vez delimitado por unas vallas oxidadas y con agujeros pequeños por donde pueden colarse niños y gatos. Týchi̱ reconoce en seguida que se encuentra en el patio del colegio donde estudió cuando era niña. A ambos lados, Týchi̱ reconoce a todas las personas que pasaron por su vida. Se escucha la mezcla de varias músicas que suenan de diferentes radiocasetes. Flotan los humos de diferentes cigarros y los gritos de diferentes dolores. Se encuentra en el polideportivo que estaban construyendo cuando ella dejó la ciudad.
Llega al centro y pregunta a una joven si reconoce a la chica de la foto. Ella no le hace caso y continúa pintando las líneas del campo de baloncesto con mostaza. Cuando se le termina el bote, abre uno de Ketchup, observa la fotografía, mira fijamente a Týchi̱ y le dice: “Él ya no está con ella, está conmigo”. Týchi̱ se reconoce en los ojos de la joven y le responde que eso no es posible. “Tú no podrías aportarle nada”. “¿Porque no me parezco a ella o porque me parezco a ti?”. Su cuerpo comienza a llenarse de cables que surgen de sus oídos. El resto de personas comienza a sufrir la misma transformación y el lugar se llena de un silencio insoportable. “¿Dónde puedo encontrar a esta mujer?” Pero no obtiene respuesta. Nadie puede escucharla. La joven, una vez terminado el bote de Ketchup, comienza a dibujar las líneas del campo con mariquitas y escarabajos que corren en procesión formando rectas rojas y amarillas. Son tantos que más que correr parece que ruedan muertos, emitiendo un sonido similar al de las canicas. Týchi̱ intenta huir, pero al llevar su cigarro a la fotografía éste se apaga, se reblandece, se hace negro, se transforma en cable y se introduce entre el índice y el corazón. Nota cómo recorre todo su brazo derecho, cómo llega al hombro, dibuja sus clavículas y sube por su cuello, su cráneo y sale bifurcado por ambos oídos. Al principio siente miedo. Después cree que no le va tan mal y empieza a alejarse hacia delante. Pasa el polideportivo, la hierba y el barro, la valla oxidada, los primeros años de adolescencia, el bachillerato, el primer amor, los primeros años de universidad, los proyectos, las canciones, la subvención, la inauguración de su galería, y todo el daño sufrido hasta ahora. Týchi̱ camina y coqueta oscila los cables que le cubren. Son parte de ella. Como el maquillaje, las braguitas y los empastes. Semáforo en rojo –que te la coj…- y sus botas levantando el polvo de la acera como un dibujo animado acelerado. Stop. A su derecha una muñeca robotizada con la mirada perdida se contonea. Týchi̱ la envidia y la mira un poco. Muy poco. Tan poco que el cielo empieza a oscurecerse demasiado pronto. Tan poco que el semáforo cambia de color y la muñeca empieza a cruzar. Tan poco que el semáforo vuelve al rojo . Tan poco que la muñeca dobla la esquina de la calle de en frente y la pierde. Tan poco que Týchi̱ pierde el color de su maquillaje, el aleteo jovial de sus cables, algunos dientes y el último autobús –eléctrico- que cruza la calle. Cruza la línea espacio – tiempo. Cruza la cara con un golpe de realidad a nuestra heroína y aún dolorida se recompone pero sin ser la misma. Se ha agotado la batería, la belleza y la vida. El semáforo vuelve al verde y vuelven a Týchi̱ todos los dientes, el maquillaje y la señora del portal que aún sostiene la puerta del ascensor. “Si tiras esa mierda te espero para subir”. Y Týchi̱ se pregunta si se refiere al cigarro o a la foto.


Carl Sandburg y
Marilyn Monroe por Arnold Newman




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