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lunes, 29 de abril de 2013

Casa de Insectos (Frag.) Carnaval






Quizá el problema fue no darme cuenta de que lo hubieras hecho todo por mí. Eres todos, como si solo me hubiera enamorado una vez, de ti, y los que han venido después hayan sido solo proyecciones tuyas. Por eso esta noche no supe si eras tú o Rodri, y daba igual.

Estábamos en el bar de nuestro padre, en el pueblo. También estaban algunos amigos tuyos. Esos amigos a los que al parecer no podré acceder nunca. Y no es algo que te reproche. No es tu culpa. Es esta cosa mía de no verme a la altura de nadie. Me quedo callada detrás de ti y parece que me comporto como si fuera tu complemento, aunque no sea esa mi intención ni mucho menos, ya lo sabes. Pero me quedo así. En una posición como esa ¿cómo no habría de pasar inadvertida incluso para ti? Y son ellas, tus amigas, las que sí están en escena. Las que controlan tus temas y las que parecen haber formado parte de tu vida antes que yo. Y eso que nos corre la misma sangre, Pablo. Pero yo estoy fuera de ti. Tan pequeña. Estamos así, Pablo, y miras a María, que está contigo. Porque tú no eres Pablo sino Rodri, y es Rodri quien mira a María, que está contigo. Pero ¿cómo no la va a mirar, Pablo, si es ella quien está y no yo? Es ella quien posee la belleza y la elocuencia. Quien habla mirando a los ojos. Quien habla, al fin y al cabo. Y la miráis, claro. Los dos. Porque tú ya decidiste quererla a ella. Lo digo, “decidir”, como si el amor se tratara de eso. Porque trato aún de convencerme -y me lo creo- de que no la amas, o al menos no del modo en que me amaste a mí. Del modo en que me empeño en creer que aún me amas. Y Rodri también la mira. Y me arden las entrañas, Pablo, cada vez que lo hace. Pero cómo no la va a mirar, si ya la quería antes de conocerme. Si la quiso de una manera imposible que jamás podrá quererme a mí. Porque ella será siempre tan inaccesible para él y yo qué valor puedo tener después de haberlo dado todo y a la vez esta nada absoluta que me separa tanto de vosotros. Y me voy. Salgo del bar porque me oprimen los celos y me quedo fuera, tan patética e ingenua, esperando que salgas. Pero no lo haces. Rodri tampoco. Y me imagino que no lo hacéis porque ni siquiera os habéis dado cuenta de mi ausencia. Porque de algún modo ya estoy muerta. Así que empiezo a caminar. Ya es de noche y no hay autobuses que me saquen de este pueblo que apenas conozco. Es tuyo, no mío. Tú te quedaste aquí con papá, no yo. No sé ni por qué he venido. Me arrepiento cada vez más y me culpo y me insulto. No puedo salir de aquí sin ti. Así que te llamo y con una voz de niña que no es la mía, con una voz de dependencia absoluta, de falta de dignidad, te pido: ven a buscarme. Te enfadas, claro, niñata, ¿por qué te fuiste del bar? Tú y tus malditos celos. Déjanos vivir. Yo ya me he ido del bar, estoy en casa, cenando con mi familia. Después volveré a salir. Hemos quedado todos en disfrazarnos a las doce. No me pidas que vaya a buscarte, déjame divertirme. Tengo derecho a salir con mis amigos. Cuelgas. La familia de la que hablas no es la mía. La última vez que estuve en casa de nuestro padre, que es más padre tuyo que mío, con esa hermana tuya que no es mi hermana y que se quería comportar conmigo como si pudiéramos ser amigas, me mantuve al margen como siempre. Porque yo no podría estar a la altura de esa familia tuya que no me pertenece. No podría ser digna de ser amiga de esa hermana tuya. No podría ser tan guapa. No podría ser. Cambio el rumbo que estaba siguiendo y decido, en lugar de salir del pueblo, seguir en él. Llegar a tu casa y no cometer los errores del pasado. Me sentaré a la mesa con los músculos relajados. Hablaré con tu hermana. Trataré de estar al mismo nivel. Me llevaré bien con ella y así podrás quererme sin incomodidades, como a ella. Porque yo también soy tu hermana. Pero no sé llegar a tu casa. Necesito que me guíes. Y con todo el dolor de mi corazón, porque no quiero molestarte, vuelvo a llamarte. No sé llegar a tu casa. Diana, no puedes hacerme esto. Estoy cenando. No me voy a levantar ahora de la mesa, no voy a dejar a mi familia. No voy a salir a buscarte, ¿no te das cuenta de que no me dará tiempo después a disfrazarme? Pide un taxi y que te lleve a casa. La ciudad está al lado, no te costará mucho dinero. Incluso yo he ido mil veces caminando. Tú nunca eres capaz. Cuelgas. Me quedo en la plaza. Se nota el ambiente festivo, aunque Carnaval no empieza oficialmente hasta las doce y, hasta entonces, nadie saldrá disfrazado. Me quedo sentada en los escalones de un bar y un perro orina a mi lado. Como si no existiera. Me quedo sentada, como si estuviera esperando. Como si tú me hubieras dicho: quédate ahí y no te muevas; ahora mismo te voy a buscar. Como se les suele decir a las hermanas pequeñas que se pierden. Una orquesta de bajo caché toca canciones típicas de verbena que ahora suenan a tristeza absoluta. Me recuerdan a las noches de fiesta que me quedaba en casa, y, desde la calle, con un eco atroz, retumbaban en las ventanas de mi cuarto y no me dejaban dormir. Una vez más, me siento como si no estuviera ahí. La gente sigue entrando y saliendo del bar sin percatarse de mi presencia. Huele a vino y cerveza, y al humo asqueroso de los petardos que lanzan los niños. Ni siquiera ellos están disfrazados. La plaza se va quedando vacía porque es la hora de la cena y todos se van a sus casas. Después volverán todos disfrazados, y harán de esta verbena de pueblo algo aún más triste. Apareces. Vas caracterizado de Drácula y la gente se ríe de ti porque has salido disfrazado antes de tiempo. He venido a buscarte, me dices. He venido a buscarte, tonta. He venido a buscarte, qué remedio. Si no ibas a ser capaz de volver a casa por tu propio pie. Si no ibas a haber tenido el arrojo de llamar a un taxi e irte sola. Porque no eres capaz de salir de aquí. Porque estás atrapada aún, Diana. Porque aún me tienes encerrado ahí, en tu cabecita, y no lograrás salir hasta que me saques. Y te doy la mano y te sonrío y me voy contigo, pero no tengo claro a dónde porque ahora tienes una cara diferente.




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lunes, 11 de febrero de 2013

Vayan pasando.

Moriréis todos los jóvenes by Standstill on Grooveshark





Son las diez. Hora de cerrar el supermercado. Claudia siempre sale de trabajar con hambre. Esta noche llueve torrencialmente. Es la primera lluvia del verano y le ha pillado sin paraguas, así que se queda en la entrada del súper, al resguardo. Una voz le ofrece tabaco. Ella le mira y reconoce al Kevin carne envasada en bandejas, pasta y gel [marca registrada]. Sonríe. Claudia le dice que no le sienta bien fumar con el vientre vacío. Ahora imaginemos qué puede pasar:

Este Kevin descarado le propone cenar con él. Ven a mi casa. Y Claudia sorprendentemente dice que sí. Pero la casa de Kevin no está muy cerca. Da igual, pese a la lluvia. Por el camino se encuentran a un grupo de gente alrededor de un cuerpo. Les da igual el cuerpo. Muere gente todos los días. Sobre todo en las ciudades grandes. Están empapados. No hay demasiada confianza como para andar deprisa. Claudia lleva una boina de punto. Le pesa la cabeza. Cuando llegan al portal ella duda un momento, pero no tanto, y sube con él.

Se oye ruido en el salón, pero pasan de largo. Van directamente a la cocina. Claudia se percata de las moscas que hay por el pasillo, pero no le da importancia. Al pasar por una habitación cuya puerta está abierta, cree ver, por el rabillo del ojo, una serie de sombras repetidas dentro. Siente un escalofrío, pero no se detiene. Llegan a la cocina. El suelo está oscuro. La zona de la pared más cercana a la vitrocerámica es un cuadro expresionista de gotas de aceite. 

La ventana está abierta. Entra el olor de todos los detergentes del patio de luces. Huele a descuido.

Kevin coge una sartén sucia del fregadero y la friega sobre el resto de cubiertos, que pronto se cubren de un afluente de espuma blanca, aceite viejo y gel verde. La estática es tan pegajosa que Claudia pronto empieza a sudar. Nota cómo se le ondula el pelo. Siente deseos de quitarse la ropa. Se quita la boina. Pero no se atreve a pisar descalza un suelo repleto de (hor)migas.

-¿Vivís muchos en este piso?

Kevin ha depositado la sartén en la vitro. No la ha secado bien. Echa aceite sin esperar a que se caliente. El aceite flota sobre la fina película de agua que ha quedado en la sartén. Kevin no responde inmediatamente. Kevin no le dice que no lo sabe.

- No... pero nunca está vacía. Siempre estamos yendo y viniendo
-¿Entonces no os conocéis?

Kevin no responde. Abre la bandeja de la carne con un cuchillo. Claudia mira la bandeja fijamente mientras él comprueba la temperatura del aceite. Ella ve cómo una mosca está revoloteando alrededor de los filetes. Tiene hambre. Claudia también.

Claudia sobre la encimera falda por encima de las rodillas. Claudia manos sucias de sangre de carne de animal. Claudia, dientes, mordisco y desgarro, carne cruda.

Kevin no se sorprende. Ni siquiera dice algo. Solo deja de prestar atención a la sartén y se acerca a Claudia. Le abre las piernas y se coloca entre ellas. Coge un filete de la bandeja, con cuidado, y muerde con los ojos cerrados, saboreándolo como si fuera un delicatessen.

La falda de Claudia es de pana verde. Lleva unas medias de punto, grises, que terminan un poco por encima de las rodillas y unas botas marrones sin tacón. Con su mano libre, Kevin recorre el punto, el final y el principio de la piel. Acaricia el muslo de Claudia hasta chocar contra el algodón de unas braguitas poco propias de una persona que no tiene reparos en mostrar abiertamente su hambre. El aceite ha comenzado a calentarse y chisporrotea tímidamente en la sartén. La mosca ha caído dentro pero tarda en morir. Los dedos de Kevin se deslizan entre el algodón y la respiración de Claudia se acelera a cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Se chupa los dedos. Relame los restos de carne. El aceite salta. La falda de Claudia se mimetiza con el medio. La piel de Claudia escuece, y quema, brilla. Se enrojece.

Claudia parece no darse cuenta de la cantidad de pequeñas ampollas que están brotando en su cuerpo, así como tampoco se da cuenta de la serie de kevins que han entrado a la cocina y se han quedado estáticos, en fila, como un código de barras, contra la pared.
Todos esos kevins como sombras, tan iguales y tan falsos, que más que caminar se deslizan, mientras una voz en off recita en bucle: vayan pasando, vayan pasando...


miércoles, 30 de enero de 2013

¿Qué lleva a alguien a espiarse a sí mismo?






El caso de Diana (ponga aquí su apellido) fue un caso realmente especial de auto vigilancia, pues en él estuvieron implicadas al menos una veintena de dianas y una papelera municipal. El gran absurdo de todo esto es que ninguna de ellas tenían gafas, cuando Diana (apellido) tiene una miopía del (alto tanto por ciento), lo que significa que esta cantidad ingente de dianas apenas veía más allá de la esquina de la calle por donde aparecían estos individuos clónicos. Como mucho podrían ver la sombra y la luz que salían de la habitación de Diana, intuir su presencia y sus movimientos, pero nada claro. Esto nos hace dudar de que estuvieran allí para espiarla. Si, como asegura Diana (apellido), su propósito era matarla, tampoco le termino de ver el sentido. ¿Qué lleva a alguien a matarse a sí mismo?



Diana (apellido) no es una persona interesante. Quiero decir: tiene un apartamento sencillo, económico, de una sola habitación y cocina americana en un barrio barato no excesivamente alejado del centro, lo que le permite acudir caminando hacia el trabajo, aunque suele volver en el autobús urbano de las nueve. Pocas veces utiliza el metro. Desconocemos sus razones. Trabaja en una tienda de productos típicos y souvenirs que actualmente se ve al borde de la quiebra por la competencia china. Les salvan los productos gastronómicos, todos ellos dulces, de modo que la tienda tiene la opción de convertirse en algo así como una pastelería para seguir a flote. También venden frutos secos, gominolas, encurtidos y peluches de felpa. Tiene libres los domingos por la tarde y los lunes por la mañana. Los domingos suele salir a pasear por los parques. Los lunes por la mañana duerme hasta tarde. No se le ha visto con nadie. Alguna noche un individuo de estatura media va a buscarla al trabajo, van a una cafetería cercana, salen al cabo de media hora o tres cuartos -pocas veces llegan a la hora completa- y se despiden sin ningún tipo de contacto físico. Ese es el único viso de amistad que podemos encontrar en la vida de Diana. Tiene un teléfono móvil sencillo y de prepago. Puede estar mucho tiempo sin saldo sin preocuparse por ello. No llama mucho. Las llamadas que recibe suelen ser de su hermano, Pablo (ponga aquí el apellido), y son escasas. Unas dos llamadas a la semana, normalmente los miércoles y domingos a mediodía. Esa es la única relación familiar que hemos encontrado. Con respecto a otros medios de comunicación como podrían ser Internet, Diana no ha contratado ninguna línea ni la hemos visto acudir a ningún lugar que disponga de WiFi.



Que Diana tenga un problema de visión tan pronunciado la obliga a llevar como complemento indispensable unas gafas de culo de vaso que le otorgan un aspecto poco atractivo. Tiene el pelo monocromo marrón oscuro y sin brillo, largo y lacio, y suele llevar vaqueros claros rectos, zapatillas blancas de tenis y camisetas de manga larga con palabras en inglés que seguramente no se haya molestado en leer ni mucho menos traducir. No suele llevar pendientes ni otro complemento de bisutería. Tiene veinticinco años pero aparenta treinta y cuatro. No parece estar molesta por esta observación. El punto fuerte de Diana es su sonrisa. Tiene una dentadura perfecta, seguramente debida a una ortodoncia exagerada que ocupó la mayor parte de su infancia y/o adolescencia. Deducimos por tanto que sus años de colegio no debieron de ser muy agradables.



Lo primero que nos preguntamos después de saber todo esto sobre los hábitos de Diana, es por qué aquella noche salió hasta tan tarde. Ella nos responde que no tiene ni idea. Yo no salí aquella noche. Estaba en mi casa cuando mi primer otro yo se situó al lado de la papelera, ¿recuerdan?




I remember you. Eilen Jewell.

lunes, 28 de enero de 2013

Dream Away

Suena el disco Reanimation, de Lights & Motion.
[Play]





El hotel está a las afueras. Aún no han dejado ni las maletas. Ni siquiera les han asignado las habitaciones. Puede decirse que prácticamente aún no han llegado, y Diana ya tiene miedo de volver. El resto, un grupo amplio de chicos y chicas que apenas llegan a los quince años, ya tiene ganas de salir y conocer la noche alemana. Para muchos es el primer viaje internacional que hacen. Para todos es el primero sin sus padres. 

Diana ha venido incómoda en el autobús. Por primera vez en su vida ha visto a su hermano, a quien no conoció hasta los veinte. Su hermano, con el mismo rostro que ahora, pero diez años antes, apenas ha hablado con el resto de los chicos. Diana también se ha notado como ahora, aunque su tono de voz y su ángulo de visión le han indicado que también tiene quince años como el resto. Todos medio adultos medio adolescentes. Su hermano, Pablo, ha venido sentado junto a Estíbaliz. Porque Pablo es el nuevo y con Esti nunca quiere sentarse nadie. Todos son conscientes en todo momento de que están recordando. Diana siente que ha sido injusta al incluir a su hermano en la escena, sobre todo cuando alguien saca un álbum de fotos de la infancia. Son fotos en las que, evidentemente, no está él. Todos ríen de su aspecto pasado, que es realmente el mismo que tienen ahora. Se ríen de Esti y ella se siente abochornada. Pablo la abraza. Dice Yo también era muy feo a esa edad. Diana se siente celosa. Además, ella nunca ha visto feo a su hermano. Tienen prácticamente los mismos rasgos. Se toma el comentario de Pablo como un insulto hacia ella. Lo observa. 

El hall del hotel es muy luminoso, pero como las paredes están pintadas de un marrón casi café casi chocolate con leche, todo parece tenue y triste. Diana sabe que hay mucha luz porque los ojos de Pablo tienen una tonalidad standard. Sin brillo. Nada que ver con los ojos que habrá visto diez años después, iluminados tan solo por una lamparita de bajo consumo en la mesilla o bajo la sábana con la que se ocultarán del mundo. Diana lo mira. Recuerda el trayecto en autobús y sus celos. Recuerda el halo blanco que ha visto alrededor del iris de Pablo, ese halo que solo aparece en los momentos íntimos. Ese halo que no ha visto en ningún otro iris, y que hace de Pablo alguien tan especial. Alguien distinto a ella. Alguien mejor. Ese halo que no debería ver nadie más que ella.

Se le encoge de nuevo el corazón y todos los músculos al recordarlo, como si lo estuviera viviendo en ese mismo momento. Diana se avergüenza enseguida. No debería sentir celos porque aún no se conocen. Piensa Sé racional, Diana, ese brillo ha pertenecido a otras antes. Pero no puede soportarlo. Se muerde el labio inferior, aprieta los puños y los párpados y suelta una lágrima que nadie va a ver. El resto de chicas se une a ella. El plan es salir por separado. Las chicas quieren ir a unos sitios. Los chicos a otros. Encontrarse después cuando ya estén lo suficientemente borrachos para un acercamiento que la gran mayoría no ha experimentado antes.

Diana no quiere salir por no volver. Pero sobre todo no quiere perder a Pablo. No ahora que él no la conoce.

sábado, 13 de octubre de 2012

Ciudades a escala



Aquí está Claudia. Son las tres de la madrugada en la estación central de tren de Frankfurt. Lleva una boina, el pelo sucio y claros signos de deshidratación (ver también: resaca). Su tren no sale hasta las cinco.
En el otro extremo de la estación está Kevin. Le acompañan un vaso de café vacío y una mochila bastante destrozada.
Kevin ha perdido la cuenta de las veces que Claudia ha cruzado la estación. Cuando vuelve a pasar por su lado él la para con un Hey!
Claudia le mira con un no sé hablar alemán (ni me apetece hablar con desconocidos), pero él se adelanta y le pregunta si quiere un café en inglés. Que a dónde va. De dónde viene. Es de esa clase de gente que sonríe mientras habla. Claudia hace una mueca. Trata de ser simpática pero solo consigue ponerse roja y decir España, Nuremberg.

- Me ll
amo Kevin. 
- Claudia.

Kevin es francés. Le dice que ha venido en tren desde París. Ella tomó un vuelo low cost que la dejó en un aeropuerto de juguete muy alejado de Frankfurt, de modo que su viaje también ha sido una odisea. Claudia no le dice que ya tuvo que pasar cuatro horas de autobús desde su ciudad hasta el aeropuerto, ni que casi pierde el avión. Tampoco le comenta que en el autobús que le ha traído a la estación ha venido sentada con un señor que olía a puro, ni que ha tenido su cabeza bastante parte del trayecto apoyada sobre su hombro. Claudia no le describe el asco que ha sentido, ni el miedo irracional que le produce la arquitectura extraterrestre de Frankfurt. Pero él le cuenta que es el sexto de diez hermanos, y que tres de ellos ya están muertos. Kevin le dice que aún le cuesta hablar en alemán aunque viaja mucho a este país. También le habla de unas vacaciones que pasó hace unos años en Mallorca. Le dice que lo poco que aprendió de español se lo debe a la hija pequeña de los dueños del hotel.

- Si quieres aprender alemán, rodéate de niños.

A Claudia no le suena muy bien eso que acaba de decir Kevin, pero no le da tiempo a reaccionar de ninguna manera porque a su lado ha aparecido un hombre de unos cincuenta años que huele a whiskey barato y canta a gritos New York de Frank Sinatra. De hecho solo dice, con un marcadísimo acento alemán:

- Frank Sinatra New York, ja, Frank Sinatra.

Kevin ya no sonríe. Mira fijamente al mendigo y éste responde tendiéndole la mano. Agitan las muñecas sin dejar de mirarse a los ojos, serios, desafiantes. El mendigo le dice: Frank Sinatra, New York. Pero a él no le interesa Kevin y al segundo se dirige a Claudia: Woher kommst du?
Clase básica de alemán. Aus Spanien, a lo que él responde, no solo con su acento alemán, sino con el deje propio del borracho: ah, yo de Madrid, de Madrid, Frank Sinatra, New York, ja.

Claudia recuerda entonces otra madrugada que pasó en aquella misma estación. Aquella vez, un mendigo se le acercó pidiéndole dinero y ella se hizo la loca respondiéndole en castellano, a lo que él reaccionó con un efusivo abrazo al tiempo que decía Ay, amiga, yo soy de Córboba, de Córdoba, chiquilla. No eran pocos los españoles que emigraron a Alemania persiguiendo el nuevo american dream y terminaron pasando las noches como turistas de paso en estaciones. Aquella vez Claudia se separó del mendigo con repelús, le dio cinco euros en monedas, y se refugió fuera de la estación, al frío, ante la abrumadora arquitectura de Frankfurt. Claudia no dirá que áquel fue el primer abrazo que recibía en meses.
Frank Sinatra, a pesar del intenso olor a alcohol y sudor impregnado en su ropa, no causa en ella ese rechazo. Al contrario: le hace gracia. Frank Sinatra repite la cantinela y Claudia ríe. Ante el éxito, él se crece y amplía el repertorio. Claudia tararea con él Strangers in the night, elevan el tono, rompen en carcajadas. Cuando llegan a Love was just a glance away, a warm embracing dance away, Frank Sinatra se deja llevar y la estruja entre sus brazos. El impacto es tan repentino que la boina de Claudia cae como un pájaro que ha sufrido un paro cardiáco en pleno vuelo. Ella se desabraza con brusquedad y se agacha para recogerla. Es en ese momento, aprovechando el hueco que ha dejado la mitad superior de la chica, cuando Kevin proyecta su puño hacia el rostro colorado de Sinatra, que cae a cámara lenta contra el suelo mientras ambos gritan cosas que Claudia aún no ha aprendido en su clase de alemán.
La chica decide que es el momento de, como en una película francesa, ponerse la boina y desaparecer.
Cuando llega al final de la estación, se queda mirando la maqueta de la ciudad. Hay maquetas de ciudades en varias estaciones de Alemania. A Claudia le parecen viejas, aunque a decir verdad todo lo que ve en Alemania le parece retro. Ella se fija más en el cristal que protege la maqueta que en la maqueta en sí. Se da cuenta de que no ha salido de la estación en las casi dos horas que lleva en Frankfurt. Kevin se acerca, pero ella no se da cuenta. Él introduce una moneda y al poco tiempo comienza a nevar dentro de la ciudad. Se quedan mirando como dos niños, como dos ancianos ante un edificio en construcción, sin hablarse. Llega con eco New York, Frank Sinatra, como si no hubiera pasado nada. Llega el tren de Claudia. Kevin aún mira la nieve artificial cuando ella sube a su vagón.

martes, 9 de octubre de 2012

Pesadilla. (Casa de Insectos, frag)




A María le despierta un zumbido horroroso. Su primera impresión, aún sin abrir los ojos, es que en la habitación ha entrado un abejorro, grande y gordo, que se está dando golpes contra el cristal de la ventana. Porque sobre el zumbido se escucha un ruido crujiente.
Un sonido crujiente.
Cuando pasan unos segundos y María está más consciente, se asusta. El zumbido es suave, pero no cesa. El crujido es continuo y más intenso. Todo es irregular. Viene del suelo. Se lo imagina infestado de cucarachas. Cucarachas apelotonadas unas sobre otras, haciendo sonar sus cáscaras, cas, ca, ras, cas, ca, ras.
Pero las cucarachas no zumban.
María se tranquiliza y pone los pies en el suelo y escucha un crack que le revuelve el vientre aún vacío. CRACK.
Y mira al suelo.
Hay unos insectos desconocidos poblando el suelo de su habitación.
Parecen semicírculos negros, como gambas, pero negros, del tamaño de su pulgar.
Todos ellos tumbados en el suelo de perfil [posición fetal], incapaces de alzar el vuelo.
Abren y cierran las alas [parece que hace daño] y mueven sus múltiples y minúsculas patitas, rozando el lomo del otro, que se abre y despliega unas alas negras que vuelve a esconder y pillar las patas del otro y todo
parece
tan doloroso.
María ve el ojo que ve de cada uno
un solo ojo enorme y redondo
en cada insecto.
María
cree ver en todo esto una alegoría al mito de los andróginos.
Con todo, no puede evitar la arcada y vomita sobre el suelo.
Cuando termina, el ruido ha cesado y no hay rastro de los insectos en la habitación. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Humor Vítreo (Casa de Insectos, frag.)




No entiendo por qué os estoy viendo desde fuera. No sé dónde estoy ni por qué os estoy viendo. En 
cualquier caso no me pregunto por qué vosotros no me veis a mí. Y nieva tanto como si fuera pleno invierno, como si fuerais de esa clase de gente cómodamente feliz que celebra hasta la navidad con ganas. Aunque estamos dentro de casa, veo caer los copos, enormes, ante mis ojos. Como un filtro que no me deja ver del todo bien. Como un gadget estúpido animado en un blog. Todo está blanco.

Y estás tú. Con tu chica y con otra chica. No conozco a ninguna pero tengo claro que ninguna de ellas soy yo.

Tú sales. Me parece absurdo que salgas con la que está cayendo, y llevas en tus manos un bote de spray rojo. Te has propuesto pintar todos los pinos de alrededor de rojo. Esos pinos que están blancos y parecen plástico, todos, con el bote de spray, vas a pintarlos de rojo. Me da todo mucho miedo. Tú no me ves. El paisaje es muy limpio. Me ciega. Se acaba el spray. Deja de nevar. Esto debe de ser la muerte. Entras.

Estoy condenada a veros. A ti,

en este paisaje de muerte tan limpio tan blanco tan rojo,
tras esos copos que no dejan de caer de mis ojos y que no son sino esa parte de mí que no quiere
aceptar la verdad
que ya no me quieres ni me deseas como sí deseas a ellas
a todas las que no son yo.

Tú les dices las dos palabras mágicas. Tengo hambre.
Y ellas se dejan comer. Se despojan de la ropa como si fueran crisálidas. Quien quiera un poco
de sangre que levante la mano y dadme
de beber.

Quien quiera un poco de piel que se la quite.

Tus otras desnudas en el sofá, pálidas talla cuarenta y pelo sucio, sin maquillar. Tus otras sudor,
dentadura imperfecta, no fumadoras, cejas sin perfilar. Mis ojos,
fríos en almíbar, están a punto de desbordarse.

Tienes las manos manchadas de rojo y las tocas. Es otro paisaje de muerte. Marcar así la carne antes de llevarlas al matadero.

Vamos a hablar del orgasmo como muerte. Vamos a hablar del sexo como despiece. Y estos tres se
comen así, por partes.

Empieza a oler a cámara frigorífica. Empieza a oler a carne congelada. Pero veo bombear la sangre a través de sus pieles casi transparentes. Veo el deseo en tus ojos -ese que nunca tuviste por mí- y su disposición a compartirte. Se comen las bocas para ti. Bordean los labios de la otra con la lengua. Se tocan la una a la otra como si se tocaran a sí mismas. Son tan parecidas, tan pequeñas, tan poca cosa, tan iguales, que se funden hasta hacerse siamesas. Ahora ya no hay más que un coño, pero es un monstruo de dos cabezas, como una mujer partida por un espejo. Tú hombre sable. Tú corte transversal. Tú estaca -que me parte el alma, corazón-
que mata al monstruo y lo separa
que mata al monstruo y lo hace humano.

Yo te hubiera dado más pese a mi simetría simple. Pese a mi carácter inacabado.

Todo mi cuerpo es una herida mal curada. Soy un miembro amputado,
soy esa parte despreciable de ti que cayó al nacer.

Yo no hubiera muerto porque nunca termino [mujer inacabada]. Hubiera permanecido cruda para ti,
sangrante y tierna, yo
me hubiera conservado en frío
hubiera podido saciar tu hambre.

Sin embargo, nos quedamos a distancia, atrapados
con el estómago vacío,
entre cuerpos inertes,
y barreras de humor vítreo.





martes, 25 de septiembre de 2012

Oh María - Casa de Insectos (frag)


Oh Maria by Islands on Grooveshark



En esa casa de insectos
las moscas hacían fuerte en el corredor. La basura contaba las semanas no marcadas en el cuadro de convivencia – las moscas
bajaban las escaleras con Diana hasta el contenedor. Las moscas con Diana en chándal y coleta  -
Diana con sus miles de taras y defectos rodando con las moscas y la basura por las escaleras. Diana
mañana de domingo 
y la última modelo de pub con el rímel por los suelos y el eco de sus tacones trasnochados 
por el techo
indiferente a su lado dejando el olor aún a sexo y perfume dulce –sello que compulsa la última mala copia- pasa por encima de las bolsas y de su dignidad con la indiferencia altanera del triunfo.

Esa fue la primera vez que Diana vio a María y la primera vez que María pasó la noche en el piso. Desde el suelo, Diana sólo alcanzó a ver sus tacones y el minivestido que bailaba alejándose por el portal del edificio. 

Cuando Diana volvió de tirar la basura, despertó a gritos a los tres inquilinos y dijo firmemente Estoy harta, me voy de aquí. 

Y no volvió.

lunes, 3 de septiembre de 2012

En esta casa de insectos




En esta casa que da al río, aunque si saltara no daría lugar a un final romántico, porque bajo la ventana hay una acera muy ancha, varios coches aparcados, una carretera de un solo carril, una acera estrecha y una barandilla negra que da primero a la hierba y después al río; en esta casa, siempre entra algún insecto.
Es curiosa la apropiación que hacen de ella siendo tan pequeños, aunque en ocasiones han llegado a ser algo grandes, pero pocos. Los bichos minúsculos que se escriben en el techo de la habitación alrededor de la bombilla desnuda. Esos habitantes indeseados que nos chupan la sangre mientras dormimos. Tal vez incluso desnudos en verano. Estos veranos tan calurosos en la ciudad. Estas noches que dormimos con la ventana abierta para poder respirar los dos, dejamos que vengan a comernos los insectos y que nos desnuden las polillas carroñeras del ropero roto entreabierto. Herencia de quienes vinieron a morir antes que nosotros. 


lunes, 16 de abril de 2012

así es como la ve

Estoy metida en una novelita (o a saber qué) y, la otra noche, después de escribir un párrafo y quedar contenta me pregunté por qué no y me grabé leyéndolo porque estoy como una cabra. Gracias a los magníficos efectos del Movie Maker, conseguí dotar al experimento audiovisual de una carga artística de un copón y medio y, en fin, aquí tenéis lo que tal:



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