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miércoles, 27 de mayo de 2009

tigres

Le trajeron una espada, y Salomón dijo:


-Empuña esta espada, corta al niño vivo en dos y dale una mitad a cada una.







La cara del bebé esta´ marcada. La sangre seca recorre todas sus facciones en un camino de surcos que sesgan su tierna carne. En la frente pequeños rojos círculos perfectos.



Lo llevo en brazos, preguntándome qué le ha pasado, hacia la cuna, pero me da la sensación de que realmente no me importa demasiado. Es sólo que me da un poco de asco y quisiera tener otro diferente. Además últimamente todos son mancos y defectuosos. Y aunque me evada de tu presencia en alcohol, el precipicio es cada vez más profundo. Cada vez hay más piedras, barrancos y mierda por el suelo. Como el día anterior, las fuentes están sucias, y aún así los viejos y los niños se bañan en sus aguas tibias. Sé que sois vosotros, pero estáis defectuosos. Igual es que me he emborrachado demasiado.



Y me dices que tú también lloras, y lo haces. Y recuerdo que el 4 de agosto de 2007 fue el día más caluroso de mi vida. Y me acuerdo porque esta noche podría ser la de aquel día. Y podría porque hoy, como la protagonista de aquella película que vi aquella tarde, quisiera dar patadas a algo o ponerme a chillar en coreano.



En la cuna hay dibujada una cabeza de tigre, y en mi mente aparece la imagen de una mujer, al lado de mi niño, con un tigre enorme velando por él. Pero no sé qué hiciste, por qué le enfadaste, y saltó hacia ti, y ahora todo es defectuoso y no sirves para nada. Si te hubiera matado hubiéramos hecho antes y además me hubiera ahorrado todo esto.


Y si hubiera muerto yo, ni te cuento.


Pero por alguna razón quiero recuperarte, así que flotando a ras del suelo, como un fantasma, y con los labios secos y el rímel corrido, me deslizo hasta la habitación del hospital donde sé que esta´ aquella mujer, y aún siento en la garganta el sabor ácido de limón y aspirina. Sé que no eres mi hijo, no te siento parte de mí. Estas heridas te delatan: algo mío no podría desatar tanta ira. O puede que esté poseída.

No.


Ella esta´ahí, rodeada de mujeres de todas las etnias y edades, acompañada de su tigre y de un bebé perfecto y sano. Y yo estoy borracha, marchita y triste, y mi niño ya ni siquiera parece estar vivo, aunque sonríe.


No te preocupes, me dice, haremos el intercambio. Sé cómo hacerlo.


Antes de que pueda darme cuenta, una gitana me agarra, me quita el niño y envuelve mi rostro con una toalla húmeda que me impide ver.

Después, me lo quita, me dan al niño sano y me voy por el pasillo. A mitad de camino me asalta otra mujer y me dice que las personas no pueden reemplazarse, sólo transfigurarse. Abro la manta que envuelve a mi nuevo niño y me maldigo.


Sólo me ha dado la mitad, la otra mitad sigue siendo del antiguo. Están podridos y muertos los dos.
Los intestinos se esparcen sobre las pequeñas piernas cercenadas del otro.



Más que un niño parece un chipirón, me dice la mujer.


Dime quién ha perdido ahora...





La imagen, de aquí.
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