Se sentó en sus rodillas, pensando en lo poco que les quedaba. De tiempo, de dinero, de esperanza. Y pensó qué sería de ella entonces, cuando él muriera. Le vio mayor, deforme y degenerado. Olvidó su nombre y quién era ella. La miraba, con un rictus de extrañeza, pero también tranquilidad: la tranquilidad que presentan los ojos de un bebé al verse rodeado de gente, protegido. Quién me va a proteger a mí ahora. Qué será de todo este universo que creamos cuando hayas muerto. Él no tiene fuerzas, ni en el alma, ni en sus manos. Ella está desecha por dentro; sus vértebras quebradas, deshechas en miles de hebras. Siento que su cuerpo ya no es de este mundo, no es humano. Está hecha de espinas. Y él la mira, pero no se pregunta quién es porque ya nada tiene el menor sentido. Una sirena, tal vez. Quién te ha traído hasta aquí. Fue él, pero parece que nadie - no sólo él - se acuerda de aquel día. Y ella por darle cariño se sienta en sus rodillas y se deja secar. Los dos no son más que dos criaturas disecadas.
La escultura es de Christina Bothwell.