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lunes, 19 de abril de 2010

quince


Son las siete menos diez. Me pasé la noche comiendo helado con Pat, fumando Camel, ultimando los detalles de La Fanzine. Hablando de hombres (qué tontería), leyéndole pasajes de Rayuela, pensando posibles temas para la cuarta. Y calculando el tiempo – Pat se confundió y dijo que aún estábamos en marzo – me di cuenta de lo subjetivo y variable que es. Me di cuenta de que hace sólo quince días comencé a leer Rayuela en un autobús, regresando a Logroño desde ningún lugar. Tan sólo quince días. Me he leído Rayuela en tan sólo quince días y siento que ya han pasado años. Quince días para conocer, saber, desvelar, decepcionar, ¿olvidar?, ¿traicionar/me?, aprender, perdonar, odiar, esperar, maquetar, enfadar/me, y ante todo no dormir.
En estos quince días creo que he pasado de ser la Maga a tomar la posición de Oliveira en la ventana, frente a la rayuela. Pero también Talita, en el aire, sobre un tablero, entre Horacio y Traveler.

 “Oliveira había bajado los brazos y parecía indiferente a lo que Talita hiciera o no hiciera. Por encima de Talita miraba a Traveler, que lo miraba fijamente. Estos dos han tendido otro puente entre ellos, pensó Talita”. 

Pero realmente no hay nada. Ni huevos fríos, ni jazz, ni intenciones por parte de ninguno de los dos de buscarme o encontrarme o encontrarlos a todos ellos, con la verdad por delante, como han venido desde el principio, no eres la única, esta noche te quiero, mañana sirena, sombra, silueta, humo, coca cola, un beso, las uñas rojas, un poema largo o dos cortos, la estación, cuánto durará el evento, mira qué he encontrado en “asco de vida”, me aburres, eres un coñazo, las ganas de soltarte a veces “que le den por culo a tus amigos (…déjalo todo y ven conmigo)” y de irme yo, no de ti pero por ti tampoco, sólo para perderme con intención de volver a encontrarnos y reír hasta caernos, de bebernos todas las marcas de ginebra de todos los bares de donde sea y una voz en off que me diga “éste es el mínimo aceptable”.


domingo, 27 de diciembre de 2009

Mientras me quito la cofia, apaga el televisor.



Mientras me desenredo el pelo, quita el puto calefactor.

Mientras encuentro la llave, puedes ir quitándote la ropa.




Julie Andrews fue un poco más espabilada. Las medias rotas sobre el cabecero ¿en serio no te dicen nada? No, no, tranquilo, a mí tampoco me convenció mucho en Noviembre Óscar Jaenada. Creo que lo vi a principios del XXI en una serie que apenas duró NADA. ¿No te dan un poco de pena, amor, los actores principales en los últimos capítulos? Como Celia, corazón, seis capítulos fueron sólo, y yo que pensaba que duró toda mi infancia. Por eso hoy, por favor, apaga el televisor. No quiero otro E.T muerto en Noche Buena. No quiero sobreactuaciones en falso directo al llegar la madrugada. Son tan pequeños allí dentro. Ya no me hacen gracia. Ni siquiera las jóvenes borrachas de los llama y gana. Me causa la misma sensación que los rancios saludos de quienes estuvieron centeneres de veces compartiendo cama. La misma sensación que los ojos de quien conoce todos los rincones ocultos de mi cuerpo. Por eso hoy, por favor, ten paciencia al quitarme el cinturón. Pero mientras encuentro la llave no te olvides de apagar la puta tele. Como vuelva a escuchar en off desde el baño algo sobre la Esteban, me dejo oxidar hasta poder caer en paz muerta. Espero que lo entiendas. Estoy desentrenada en todos los sentidos. El hare krishna en Navidad, de verdad, no está fuera de sitio. Por ti me haría sufí hoy mismo, pero mañana a saber contra qué pared de qué bar estarás perdiendo el juicio. Por eso ahora, de momento, apaga la tele. Si encuentro la llave sólo tendrás que buscar el sitio. El óxido del cinturón no da lugar a muchos giros, pero si lo intentamos, amor, quién sabe... mañana igual consigues avergonzarte de ti mismo.
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