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miércoles, 22 de julio de 2009

Muñecas


Me sentí como una botella rota, arrastrándome por el pasillo y dejando un hilo de vida en cada movimiento, sin dolor, sólo sangre oscura, y ellos quietos al final del corredor, esperando y observando con un rictus que oscilaba entre la tristeza y la admiración. Alguno de ellos aplaudía, animándome como si fuera partícipe de una carrera, aunque esta vez sólo competía conmigo misma; otros simplemente flotaban, o reían, o me disparaban con pistolas de agua.

Pudo haber sido sólo fruto de mi imaginación, pero recuerdo cómo las paredes se iban estrechando y el pasillo iba creciendo, y cada vez ellos estaban más lejos, aunque yo me arrastraba cada vez más deprisa porque ya no me quedaba casi nada dentro, y aunque recuerdo ante todo tener sed, no fue tanto por necesidad como por antojo.

A mi paso dejé también mis dientes para no morderme la lengua cuando me reencontrara con mi pasado y preguntarle qué sentido había tenido llegar hasta aquí si en realidad, al menos una parte, no salió nunca de aquella casa de muñecas.

Realmente en mi boca aún quedaban pelos ásperos de Barbie que a veces parecían naturales y otras sólo algo hirsuto enredado con hojas secas o de pino o simple tierra. Los cimientos rosas de mi infancia y de la suya estaban ligeramente oscurecidos, pero sobre todo agrietados y contaminados por los errores que hemos cometido desde entonces, por las llamadas de atención, por el vicio y porque pese a todo fuimos niñas hasta muy tarde y cualquier acto que cometiéramos hasta hace poco resultaba perturbadoramente obsceno para el resto. Ese resto que ahora me esperaba, no sé si riéndose de mí o de mis circunstancias. Y a ella en otro corredor, el de la muerte, después de haber pasado las noches más estúpidas y memorables de su vida en algún festival de techno, con el pelo enredado en tierra
a la intemperie.

miércoles, 1 de abril de 2009

La Cosecha


Porque el tiempo no tiene importancia si tenemos un parche para curar las heridas. No importa el tiempo si la caída hacia el vacío se hace en compañía. Porque las vestiduras se desgarran con dardos de metal que desvían su camino hacia el ras, del ras, del ras, del ras, y sólo quedan heridas. Heridas que sangran, pero que no duelen. Heridas limpias, como líneas, difíciles de trazar y de seguir con la vista. Heridas que se desdibujan hacia el centro y se funden en blanco como el final de un espacio de tiempo. Se funden como muertes, como el agua dulce llega al mar. Se funden. Y se confunden con dolor, pero sólo es rabia. Y se confunde con dolor, pero sólo es melancolía. Y se confunden con sangre, pero sólo hay blanco. Tan claro, tan limpio, tan amargo, tan primigenio. Sólo son semillas esparcidas por los surcos de nuestra impaciencia. Sólo son etapas pasadas esclarecidas por la gestación de nuevas semillas.

lunes, 23 de marzo de 2009

Cero



Sus besos sabían a excursión. Sabían a aquella excursión que hicimos a ARCO en primero de bachillerato. Sabían a esa noche en que me enamoré de tres modernos a los que les flip­aban Muse. Sabían a los pantalones blancos anchos que me ponía siempre con un tanga azul que siempre se transparentaba. Sabían a todas las veces que me dijeron “tienes que venirte a Madrid”. Sabían a excursión. A escapismo. Sabían a merienda de cumpleaños. Sabían a autobús, a walkmans, a discmans, a minidiscs, a mirar por la ventana. Sabían a aburrimiento, a premeditación, a virginidad, a estupidez, a inmadurez, a condones desde hace meses pegados en la cartera.

Sabían a no tener ni idea.

Aburrimiento. Sinsubstancia. Sabían a náusea, sabían a tristeza, sabían a no hay nada mejor, sabían a simple saliva, repugnante, asquerosa. Sabían a soledad, al último pedazo del día, a desesperación en calma. Sabían a impotencia, a resignación, a desencanto. Sabían a tan poco que quise buscar un sucedáneo, sabían tan tristes que quise desecharlos, abrazarme a la almohada y encontrármela empapada en rímel la siguiente mañana.

Sabían a no ser quien quisiera que fueras. Sabían a saber que no me importaría tanto que no me quisieras.


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