
miércoles, 22 de julio de 2009
Muñecas

miércoles, 1 de abril de 2009
La Cosecha

Porque el tiempo no tiene importancia si tenemos un parche para curar las heridas. No importa el tiempo si la caída hacia el vacío se hace en compañía. Porque las vestiduras se desgarran con dardos de metal que desvían su camino hacia el ras, del ras, del ras, del ras, y sólo quedan heridas. Heridas que sangran, pero que no duelen. Heridas limpias, como líneas, difíciles de trazar y de seguir con la vista. Heridas que se desdibujan hacia el centro y se funden en blanco como el final de un espacio de tiempo. Se funden como muertes, como el agua dulce llega al mar. Se funden. Y se confunden con dolor, pero sólo es rabia. Y se confunde con dolor, pero sólo es melancolía. Y se confunden con sangre, pero sólo hay blanco. Tan claro, tan limpio, tan amargo, tan primigenio. Sólo son semillas esparcidas por los surcos de nuestra impaciencia. Sólo son etapas pasadas esclarecidas por la gestación de nuevas semillas.
lunes, 23 de marzo de 2009
Cero

Sus besos sabían a excursión. Sabían a aquella excursión que hicimos a ARCO en primero de bachillerato. Sabían a esa noche en que me enamoré de tres modernos a los que les flipaban Muse. Sabían a los pantalones blancos anchos que me ponía siempre con un tanga azul que siempre se transparentaba. Sabían a todas las veces que me dijeron “tienes que venirte a Madrid”. Sabían a excursión. A escapismo. Sabían a merienda de cumpleaños. Sabían a autobús, a walkmans, a discmans, a minidiscs, a mirar por la ventana. Sabían a aburrimiento, a premeditación, a virginidad, a estupidez, a inmadurez, a condones desde hace meses pegados en la cartera.
Sabían a no tener ni idea.
Aburrimiento. Sinsubstancia. Sabían a náusea, sabían a tristeza, sabían a no hay nada mejor, sabían a simple saliva, repugnante, asquerosa. Sabían a soledad, al último pedazo del día, a desesperación en calma. Sabían a impotencia, a resignación, a desencanto. Sabían a tan poco que quise buscar un sucedáneo, sabían tan tristes que quise desecharlos, abrazarme a la almohada y encontrármela empapada en rímel la siguiente mañana.
Sabían a no ser quien quisiera que fueras. Sabían a saber que no me importaría tanto que no me quisieras.
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