
Me terminé el café, sin ganas, frío ya. Me lo terminé con un estornudo y un picor irritante en los ojos. Pensé que, a lo mejor, necesitaba llorar. Pensé como una gilipollas en los primeros días, los primeros meses, la primera vez que te di la mano sin darme cuenta, cómo me moría de ganas por besarte, y ahora ya no quiero nada de eso, y me da una pena terrible. Ya no me muero por besarte, ni quiero caminar de la mano como dos tórtolos porque ya no lo somos. Porque empeñarnos en seguir es fingir lo que ya no queda, y no quiero ser como ese resto que se da tiempos para echarse de menos; para extrañar lo que ahora extraño yo, porque aunque volvamos no será así y lo sé, y lo sabes, porque se va a hacer insoportable, porque es insostenible, y por mucho que nos agarremos, la caída va a ser inevitable.
He recuperado este texto que escribí hace un mes, y ahora entiendo todo un poco mejor...
