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viernes, 24 de abril de 2009

Por mí y por todos mis compañeros



Por dejarme comprar con canciones francesas, vino espumoso y cajas de bombones. Por querer dinero. Por querer dinero. Por querer dinero. Por olvidarme de lo que significan las cosas. Por eliminar a la gente creando mis propios holocaustos privados. Por fumar y decir siempre éste es el último. Por no beber sola. Por hacerlo a escondidas. Por esconderme en moteles donde ni yo misma me encuentro. Por encontrar fantasmas en las carreteras. Por no tener miedo. Por olvidarme del significado de las cosas. Por decirme ahora me pongo y no ponerme nunca. Por quejarme sin saber, sin estar, sin enterarme. Por comprarme un corsé aun no teniendo dinero. Por seguir gastando lo que no me gasto en comida en teñirme el pelo. Por buscar y que me manden buscar en otros sitios. Por mandarlo todo a la mierda. Por empeñar mis poros y desmoronarme. Por descubrir nuevos motes, nuevas metas, nuevas propuestas. Por desentenderme de alguien, por entenderme con alguno. Por ahogarme precisamente ahora que tengo aire. Por envidiar lo que fui antes. Por recostar la cabeza en mi vientre hasta alcanzarme. Por convertirme en espiral y volver siempre al principio. Por regenerarme aun teniendo atravesada la piel en mil caminos. Por hundirme en humo y decir siempre que éste será el último.
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*La foto la he pillado de aquí.

martes, 21 de abril de 2009

Preferencias


Morning, 1884
Edvard Munch.



Su padre se ahorcó un día de febrero. Ella llora porque este acontecimiento la dejará sin regalos de San Valentín. Él, en el cementerio, acusa a su padre de todo por lo que ha tenido que pasar y en lo que se ha convertido. Por ser un inútil incapaz de ver más allá de la pantalla del televisor. Por haber tenido que ser marido de su madre y padre de su hermana. Por no querer a nadie que lleve falda. Ella se sienta en el borde de la cama, calentándose los pies con un pequeño calefactor que no consigue dar calor, sólo evaporar lo poco que le queda de esperanza.

viernes, 17 de abril de 2009

incompatibilidad




No nos ha salido bien la jugada. Nuestros cuerpos no encajan. Aunque me tengas tan cerca no puedes encontrarme y yo no disfruto para nada. Sólo quiero que me beses. Y lo intentas, y te frustras, y yo pienso que es por mi culpa. Lo intuyes y me dices que lo hago muy bien. Yo creo, simplemente, que no puede salir nada productivo de un día en que ambos nos sentimos invisibles.

martes, 14 de abril de 2009

una traidora


Ella no sabía que aquella joven estaba allí para matarla. Ella era yo y aquella joven tenía el pelo azul. El mío era rojo, nada nuevo, pero muy corto. El suyo también. Parecíamos sacadas de La Movida. ¿Cuánto pudo durar aquello? ¿Cuarenta y cinco minutos? Al despertar hubiera jurado conocerla de toda la vida. Haber realizado con ella aquel viaje desde siempre. El viaje, eso… sí, fue un viaje, pero no recuerdo qué nos llevó a realizarlo. Puede que en un principio me fuera yo sola y que ella estuviera merodeando, espiándome, porque es lo que tenía que hacer. Yo había sido una traidora, pero no recuerdo a quién, ni qué había hecho, pero desperté con aquella palabra grabada en mi mente: traidora. Y gris. Todo era gris. Todo era rocas, piedras, todo gris. No recuerdo que hiciera frío, pero tampoco calor. Lo recuerdo todo como un tráiler o un videoclip. Seguramente porque, como todas las mañanas, no logré despertarme con la radio. Como todas las mañanas, la primera canción del día se introdujo en mí, como la cucharilla, y mi subconsciente dejó que narrara la historia.

En una ocasión nos herimos. Sólo recuerdo la sangre. Con la sangre de sus dedos dibujaba círculos en mi cara, y lo recuerdo como un gesto de cariño.

No recuerdo la canción, pero desperté con una terrible sensación de vértigo. Ese hormigueo que sentía cuando de niña me montaba en El Martillo. Yo nunca me quería montar sola, y mi padre siempre decía que esas cosas podían producirle un ataque al corazón. Ponía cara de pena y yo incluso llegaba a creerle, pero siempre conseguía que se montara conmigo. Me desperté con esa sensación, y me miré en el espejo pensando que tenía mi cara manchada de sangre.
Cuando ella me miró supe perfectamente lo que iba a hacer. Corrió hacia mí, se aferró a mi cintura y me empujó con ella hacia el precipicio.





La foto la pillé de aquí.

domingo, 12 de abril de 2009

y me olvido

Me cuentas estupideces al amanecer. Chistes malísimos y no dejas de reírte y de hacerme cosquillas. Nos reímos por chorradas sin querer salir de la­ cama y me olvido de la razón por la cual vine a tu casa. He olvidado que te prometí venir con bombones y una botella de lambrusco. He olvidado que el lambrusco lo has puesto tú y que sobre la mesilla de noche aún queda media tableta del chocolate que me ofreciste anoche. Me preguntas si me duele el cuello. Anoche me clavaste los dientes y casi lloro de dolor. Había olvidado que te dije que me gustaban los mordiscos. Y te digo que me voy, y lo hago, olvidándome de que había venido para quedarme contigo.


Este texto esta´ publicado en el número 15 del fanzine El Elefante Rosa


jueves, 26 de marzo de 2009

poco a poco



En el baño pone “toros=tortura”. Me hace gracia porque dentro del continente hay papel higiénico y sé que estoy a salvo porque soy la única mujer del bar. Y me rio un poco, porque suena Facto Delafé. Y las flores azules, por supuesto… Tarareo descompasada una canción de Christina Rosenvinge. Del último disco, porque sé que no le gusta a la mayoría de los popis. Por alguna razón se sienten traicionados. La razón no la sé, por eso digo que es extraña. No, no lo he dicho, lo digo ahora. La cuestión es que me estoy riendo sola mientras meo aquí dentro. Fuera de aquí esta´ lloviendo, y tampoco está tan fuera, porque estoy dentro de un patio. Lo sé, es extraño, pero eso no lo he dicho yo, lo piensas tú, y sinceramente, aunque me estés leyendo, me importa una mierda lo que pienses. Lo sé, a ti te importa una mierda lo que escriba, ¿no? Pero aquí estás, haciéndolo. Haciéndotelo. Lo sé. No me preguntes por qué. Tengo un sexto sentido para estas cosas.


Sólo quiero tener una conversación al salir de aquí. Poder decir más de dos palabras seguidas, llevarme un cigarrillo a la boca y sonreír con los ojos cerrados. Quiero comerte a besos, pero todavía no. No, todavía no. Seamos cautos. Seamos castos. Seamos pastos, pasto de la locura, comernos como animales, rumiarnos, lentamente. Quiero disfrutarte. Poco a poco,


poco a poco,


poco a poco.


No tocar: red de alta tensión.

La foto la he cogido de aquí.

martes, 24 de marzo de 2009

sin ganas


Me terminé el café, sin ganas, frío ya. Me lo terminé con un estornudo y un picor irritante en los ojos. Pensé que, a lo mejor, necesitaba llorar. Pensé como una gilipollas en los primeros días, los primeros meses, la primera vez que te di la mano sin darme cuenta, cómo me moría de ganas por besarte, y ahora ya no quiero nada de eso, y me da una pena terrible. Ya no me muero por besarte, ni quiero caminar de la mano como dos tórtolos porque ya no lo somos. Porque empeñarnos en seguir es fingir lo que ya no queda, y no quiero ser como ese resto que se da tiempos para echarse de menos; para extrañar lo que ahora extraño yo, porque aunque volvamos no será así y lo sé, y lo sabes, porque se va a hacer insoportable, porque es insostenible, y por mucho que nos agarremos, la caída va a ser inevitable.

He recuperado este texto que escribí hace un mes, y ahora entiendo todo un poco mejor...

jueves, 5 de marzo de 2009

retornonroteretornonroteretornonroteretornonroteretorno...

Marina se despierta mareada. Como si su vida hubiera dado un giro de trescientos sesenta grados mientras estuvo dormida. Un giro violento para volver al principio. Lo que viene siendo el seno materno.

Un mareo terrible y un desconocimiento total. La habitación, empezando por la mesilla, no parece la misma que la noche anterior.

Humedad. Un fuerte olor a placenta y un ambiente denso, pegajoso.

Incomodidad. Como la que se siente al estar en un lugar desconocido.

Se toma un café y se le sube a la mirada. Ahora el mundo ha adoptado una tonalidad marrón. El resto de la gente parece tanoréxica. El mundo que ahora se presenta ante sus ojos se está pudriendo, dejando en su lugar un denso olor a descomposición. Y, sin embargo, se siente viva. Desconocida para el mundo y todo el mundo para ella.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Café soluble



El ruido de la cucharilla contra las paredes de la taza, a las siete de la mañana, se infiltra en mi habitación hasta colarse entre las sábanas para arrastrarse después hacia mis oídos y taladrarme el cerebro desde dentro. Es el ruido, ese ruido insoportable, el que decapita a los personajes de mis sueños, de la última hora inconsciente, entre colores pastel difuminados, ojos negros y ninguna nitidez. Sólo la plata de la cucharilla, afilada, mantiene algo de brillo mientras termina intransigente con el elenco de actores que satisface mi reposo.


La foto la he tomado de aquí.

jueves, 12 de febrero de 2009

Neverland


Me siento tan absurda. Tan insignificante, tan asquerosamente vulnerable. Y en lugar de intentar protegerme, me desnudo aún más, y de una forma bastante literal. Me estoy lanzando a todo lo que quise hacer antes de los veinte, aunque hayan pasado ya, para al menos no llegar viva a los veintiuno y sentirme aún más desperdiciada. A mí, y a mi vida. No sé qué perderé por el camino. En realidad he perdido ya muchas cosas y no me importa demasiado. Me gusta llorar diciendo te echo de menos, pero es mejor dejar de vernos. Porque me estás quitando los mejores años de mi vida, mis ambiciones… las ilusiones. Quiero tener el derecho a ser mediocre, derecho a equivocarme, derecho ­a aspirar a ser algo, a conseguirlo, o no, a querer conservarme así, como en este preciso instante. A no deteriorarme.
...and It hurts too much

*Fotógrafo:
Alberto Sanchez Fernandez.

martes, 10 de febrero de 2009

Voces



En el rincón de la cocina, aquel rincón que había entre el fregadero y la ventana, ahí, aquel rincón que siempre estaba marrón, siempre. Siempre sucio, pegajoso. Parecía que aquella mugre ocultaba algo tras de sí. Había algo, estaba convencida, detrás de la pared. Un agujero. Me dejé las uñas largas, muy largas. Me costó mucho tiempo, mucha paciencia, pero lo logré. Aquel día, cuando las yemas de mis dedos se ocultaban ya tras largas garras, arañé aquella esquina, me llené de porquería las uñas, raspé y raspé y perdí mi mano en un agujero negro. Al recuperarla de aquel lugar, de allí brotaron cabezas de bebés, grisáceas, que lloraban como cerdos en la matanza. Gritaban tanto que sus voces se adentraron en mi cráneo. Intenté expulsarlas por mi boca. Las voces seguían dentro, queriendo salir. Por más que gritara mi cabeza se rellenaba como un pequeño frasco de fragancia barata. Escupir, gritar. Pero era imposible despojarse de aquello. El dolor de cabeza se acrecentó de tal manera que la única solución posible que encontré para paliarlo era despojarme de ella. Agarrándome del cuello, tiré con todas mis fuerzas hacia arriba. Enganchando mis dedos a los orificios auditivos, taladrando mi cráneo con utensilios afilados. Tiré, tiré, tiré. Rodé. Seguí gritando siendo cabeza hasta terminar dentro del agujero, con todas las demás. Desde allí, entre la mugre, pude ver a mi madre susurrando, “otro más, qué pena”, apoyada indiferente contra la alacena.

I hear in my mind / All these voices /I hear in my mind /All these words/I hear in my mind/All this music/ And it breaks my heart
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*Fidelity. Regina Spektor

indiferencia


Ella no me dice nada, sólo sonríe y me dice que coma más mientras se prepara un triste plato de verduras a la plancha. Yo me vuelvo a la habitación y reviso el correo. No hay nada, nada, como mis palabras, vacías, pequeñas. Vuelvo a la cocina y ella está llorando. Me imagino que se trata de la cebolla que esta´ picando. Las dos sabemos que no es por eso, y a mí también se me escapa algo por los ojos. Pero no nos decimos nada. Ni si quiera nos compadecemos la una de la otra. Por la mañana volverá a golpear mi cabeza con una cucharilla, pero todo seguirá en silencio.

lunes, 9 de febrero de 2009

Playground Love

No me gustaba el instituto. El primer trimestre siempre hacía frío. Era el tercer año de secundaria, pero el primero de instituto. En una de mis primeras borracheras, poco antes de las clases, me caí por unas escaleras, de modo que comencé el peor curso de mi vida con una pierna escayolada. No me gustaba el instituto. No podías ser fea ni normal, tenías que destacar. Siempre hacía frío y en el porche los demás no dejaban de fumar. Un día, de las primeras veces, me mareé. No fumando. Estaba en clase de geografía y me dio un bajón enorme. Con los años he aprendido a disimularlos, pero aquel fue de los primeros y no quise seguir allí. Cogí mis cosas y me fui. En casa, tirada en el sofá, asqueada de aquel ambiente, – como siempre, siempre a disgusto, esté donde esté – puse la televisión y comenzó en canal plus Las Vírgenes Suicidas. La vi entera y puede que incluso llegara a llorar. Cuando volvió mi madre y me vio allí, en vez de en clase, me dijo: que no te influya. Desde entonces solía firmar mis textos bajo el seudónimo solitaria suicida y los tiraba por ahí o los dejaba “olvidados” en sitios estratégicos del instituto para quien quisiera encontrarlos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Todos somos monstruos.

Nacemos monstruos y vamos empeorando con la edad. Sobre todo en el colegio, en primaria. Ese es el punto álgido de nuestra monstruosidad. El momento en que nos damos cuenta en qué fallamos, cuál es nuestro punto de atracción y cuál el punto de detracción. Qué nos aman, qué nos odian.
Somos monstruos, cargando a nuestras espaldas las vergüenzas, todos y cada uno de nuestros prejuicios. Las manchas de nacimiento que no se van ni con maquillaje y que se multiplican a la luz del sol. Escondidos en un mutismo de pudor inconfesable, intentando aparentar siempre que todo va bien. Que no somos bestias como el resto.
Somos el monstruo gordo de la clase de quinto de primaria, a quien no queríamos nadie y llamábamos bola de sebo; somos el monstruo cíclope de segundo de primaria, a quien llamábamos cegato por tener un parche en el ojo izquierdo. Somos la caspa, los kilos, el moco, la roña en el cuello de todos esos niños marginados. Somos la vergüenza de nuestros años de instituto, los chándales cutres de adidas para las clases de educación física. Somos aquella voltereta que no supimos dar, el balón prisionero que nos dio en toda la cara, el sol que nos cegaba al jugar sin ganas al puto vóleibol.
Todos somos los monstruos. Las cajeras del día madres solteras a los veinte con un novio que se sobreexcita al cambiar el motor del coche. Todos somos los monstruos. El triunfador que se muerde la lengua cada vez que recuerda lo patético que fue a los quince.
Somos monstruos. Cargamos a nuestras espaldas, y lo tenemos tatuado en la frente, quiénes fuimos y el peso de nuestra vergüenza.

jueves, 29 de enero de 2009

No mentirás

Cuando era niña me avergonzaba del trabajo de mi padre. Si en el colegio nos preguntaban por el oficio de nuestros padres, me mantenía callada ante las atentas miradas del profesor y de mis compañeros. Otras veces optaba por salir al baño y dejar que pasara el tiempo. En alguna de esas ocasiones me encontraba en el pasillo a Pablo, castigado, como siempre, cada vez por una cosa diferente que él siempre me solía contar. Solían ser contestaciones, nada grave, tonterías que sacaban de quicio al profesor de turno. Una vez saltó la tapia de un jardín con tan mala suerte que tras la tapia había una piscina… vacía. Podía haberse quedado tetrapléjico, pero tuvo suerte. Su madre le envió a un internado, y ahí sigue desde entonces. Otras veces decía que era taxista. Podía haberme inventado algún oficio sorprendente, como actor de teatro o policía, o bombero, o astronauta, o cantante. Pero decía taxista o transportista porque era lo que más se asemejaba a su trabajo real. Mi abuela me decía que mentir era pecado, así que intentaba hacerlo lo menos posible.

miércoles, 28 de enero de 2009

Se perdieron. S e p e r d i e r o n.

Se perdieron y eran sólo dos estrellas de mar, de colores. Dos estrellas a las que se les acababan de cortar los brazos, y resucitaban, y volvían a desaparecer, para crecer después, para disfrutar del dolor. Porque se perdieron y no supieron distinguirlo, por más que la sangre emanara de sus huecos, aun viendo que la regeneración tardaba en aparecer. Se lamieron las heridas, e introdujeron en las yagas de la otra sus dedos arrugados para pintarse con las sangre el rostro y descubrir, por primera vez, de qué estaban hechas. Para, por primera vez, encontrarse y saber que se habían perdido para siempre.

lunes, 26 de enero de 2009

al vacío

Para sacudir la realidad de las pestañas, optamos por mantenerlas bien pegadas,

agarrarnos bien fuerte de la mano del otro y

saltar al vacío sin pensar en el final,

sólo sintiendo la caída,

la fuerza de la gravedad arrastrándonos en el aire,

nuestro interior acelerado.

Gritar hasta desgarrarnos.
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