
Las chicas bajitas son mucho más grandes que yo. Más guapas, resultonas, atractivas, deseables, adorables, sexis, alcanzables.
Soy totalmente consciente de ello, y aún así me pongo los zapatos de la cuña de nueve centímetros y medio. Una parte de mí se siente rockabilly. La otra me escupe a la cara, llamándome patética de mierda. Con este vestido blanco no sé a quién pretendo engañar. Debajo de la fina tela sigo siendo la misma corrupta indeseable, con las mismas heridas en el pecho y en el pubis.
Sigo teniendo las briznas abiertas, a un pellizco de emanar sangre, y los pies destrozados, a punto de hacerme perder el equilibrio antes de poder llegar a un banco donde descansar mi sufrimiento. Un sufrimiento tan banal y patético como yo en esta mañana de junio.
Mi piel extremadamente blanca se invade de impertinentes pecas, algunas abultadas, que pizco y sangran y pienso: esto, como todo, es nada.
El pelo negro, el rojo de los labios y la palidez de mi piel, sólo componen un retrato patético de lo que quisiera tener, y ser, y no consigo, y me delato dando pasos cortos y mordiéndome la lengua, y buscando continuamente con la mirada algún punto muerto donde descansarla.
Decido que ya no puedo más cuando veo una ligera sombra negra bajo mis ojos y alcanzo a tiempo un autobús donde el resto de la gente parece igual de perdida que yo.
Después de dos paradas sube un nerd extremadamente delgado, gafas de pasta y pelo engominado. En cuanto le veo sé que se va a sentar a mi lado. Igual se lo he pedido yo con la mirada, y por eso la desvío a la ventana, pero en la calle el ganado es igual de deprimente e incluso yo me siento atraída inconscientemente por esas chicas en chándal, bajitas, de la cuarenta y dos sin maquillaje.
I know you wanna beat my lover, me susurran al oído The Sounds, y el nerd como si nada roza en un microsegundo mi muslo izquierdo por encima del vestido. Y ni me inmuto. Sigo fija en las aceras, la gente en movimiento, los escaparates y los productos adelgazantes que acaparan las farmacias.
