Dos personas solas, ¿hacen dos soledades o ninguna?
Pongamos por caso que una de mis mejores amigas y compañera de piso se
encuentra mal físicamente y no quiere venir. Pongamos por caso que el chico, al que tanto gusto y me dio la entrada, se encuentra mal sensiblemente (por cuestiones sentimentales, se entiende, no por cuestiones banales, como podría entenderse) tampoco quiere venir. Pongamos por caso que la amiga que me estuvo casi suplicando durante una semana salir con ella aquel sábado tenga planes con otras amigas. Pongamos por caso que el amigo que quiere una Guinness no quiere quedar conmigo porque no sabe si le va a gustar ese tipo de música. Pongamos por caso, definitivamente, que tengo que ir sola al concierto de Le Punk.
Y no me siento mal, porque es un grupo que me encanta. Me siento mal porque gracias al Facebook sé que mi ex novio (sí, el de los dibujitos, el que hasta hace un mes quería volver conmigo) ha sido tan cínico de ir el domingo a follarse a su nuevo chocho con la cara de llegar a su casa y aparcar en la mesilla (o en la mesa del salón) las cosas que tenía que devolverme, para después del (o los) polvo(s) ir a casa de mi madre a depositar las susodichas. Pongamos por caso entonces que no quiero quedarme en casa llorando por la decepción que produce saber que el único tío al que he llegado a querer (y confiar) en mi puta vida de veinteañera ha resultado ser tal y como creí que eran los hombres cuando tenía dieciséis.
Así que me pongo lo más mona posible (que si el pelo bien puesto –con este rojo teñido que tanto favorece a mis grandes ojos verdes-, eye liner negro, rímel waterproof a prueba lacrimal y los labios tintados de gloss rosa que realza la belleza de los mismos – porque sí, tengo unos labios irresistibles -, pantalones pitillo negros y botines de tacón, para realzar estas largas y finas piernas que Dios y gimnasio me dio, camiseta larga y ceñida que realce mi cintura de avispa a tiempo que disimule mis caderas anchas e inconmensurablemente femeninas; cinturón ancho y negro, que baile al son de la Virgen de la Soledad y un collar largo, también negro, que grite: quién se acuerda de mí y quién coño podría realmente vivir así) y salgo hacia el urbano (aunque mis agujetas me pidan ir andando) hacia la sala Mambo.
Son las ocho y media de la tarde. Lo bueno de esto es que aún es de día, y me pongo a la fila, aún siendo la única persona que va sin compañía. Quiero ver a Le Punk y lo haré paseándome por cada tumba que haga falta.
Entro, tengo poco dinero, pero bastante para un botellín de cerveza y un paquete de Winston (aparcando a un lado el Lucky con el que empecé a fumar y el Pal Mall con el que Sara me conoció aquella noche en el Joe). Soy una tía alta, peli-roja y atractiva, sola en la barra, fumando un pitillo y sorbiendo con seguridad de un botellín de Mahou. Si habéis venido solos también y no os atrevéis a hablarme es vuestro puto problema. Nunca dije que no quisiera estar sola.
Apoyado contra una columna, frente al escenario aún vacío, un tipo al estilo Thom Yorke (de los que me encantan a la primera mirada de reojo), también solo, bebiendo una Heineken. Por timidez, o porque ya me estoy mareando por llevar siete horas sin comer, me aferro al botellín y me acerco, pero no reacciona. No tengo ganas de arrastrarme por nadie, así que damos por resultado dos soledades, que siempre sera´n mejor que una.
Comienza el concierto. Hay bastante poca gente y un tío que esta´ a mi lado susurra: Estos en Madrid llenan, pero se ve que en Valladolid son un poco gilipollas. Y pienso inminentemente en mi amiga indispuesta, mi amigo maldeamoresado, mi otra amiga que ha quedado y el otro que sólo quiere escuchar algo de Anathema o derivados. Sonrío. No digo nada, sólo quiero escuchar a Alfredo Fernández hasta ahogarme en un orgasmo disimulado cuando cante Fulana de Tal. Porque, niño, no me importa que me apaguen la luz: ya he vivido entre las sombras antes de que llegaras tú.
Y he de confesar que al principio, antes de empezar el concierto, me sentí como una mierda porque pusieron el disco de Vetusta Morla y, aunque dijera que te parecieras al cantante (aunque eres bastante más feo que él) aún las canciones me recuerdan a ti. Y he de confesar, si he de confesar alguna cosa, que nunca te vi como un novio tanto como te vi como amigo. El sexo y los te quiero enlagrimados tampoco fueron poco ficticios. La verdad es que tenemos mucho que agradecernos por estos casi dos años. Si he de decir algo es que el recuerdo de lo nuestro tampoco podra´ ser borrado como tampoco podré negar que lo dejé para dejar de hacerte daño. Así que ahora que eres feliz debería estar orgullosa de mí misma.
Pero, si he de destacar algo de este concierto, me quedo con que He Vuelto a amanecer, aunque haya estado a punto de explotar de tanto pensar en ti y la chica de delante y su novio no dejaran de empujarme cada vez que extasiados del placer y toda esa tontería que deriva del amor, se pusieran a bailar como energúmenos. Y si me he de quedar con una peculariedad, mencionaré que la chica de detrás me diera golpecitos en la espalda y, al volverme, amablemente me dijera: Es que eres tan alta…
Pero tocaron La Noria y recordé la primera vez que la escuché. Fue en el Actual 07 (Logroño). Convencí a Marta para ir porque yo a esta gente la escuché una vez en un programa que presentaba Gurruchaga en Localia. Aquellla vez me quedé paralizada frente al televisor como una gilipollas (que, a fin y al cabo es lo que fui y lo que sigo siendo), pero no tenía Internet para buscarles y en ninguna tienda de discos de Logroño conocían a este grupo.
Ay… amor… se alimenta de escombros…
Marta también se enamoró en aquel concierto y quise besarla aunque el segurata de turno detrás de la valla quisiera arrebatármela. (Quién pudiera resistirse a aquella rubia de gesto ingenuo tan maravillosa).
Recuero que quise verte por aquel entonces y no pude. Aún no eras un aspirante a artista engreído y pedante, pero sí uno de mis mejores amigos con diferencia. Hubiera querido besarte hasta desgastarte, como cada día de frío. Simple, y llanamente, mi amor, porque te quiero con locura.
Pero este concierto fue mucho mejor, aunque para llegar al centro tuviera que buscar entre el naufragio de las avenidas. Porque, niña, soy de las que van con las verbenas y vuelven con las romerías…
Un pequeño peluche que lanza besos y dice I love You me recuerda a aquel muñeco que dice tonterías sobre la pantalla de tu ordenador cada vez que lo enciendes, y el culo casi al descubierto cuando se agacha del cantante, me grita que nunca encontraré uno como el tuyo. Y si lo encuentro no sera´ el mismo, y si no es el mismo, niño, no me sirve.
Pero de lo que sí estoy segura es de cuán orgullosa estoy de haber ido a este concierto sola y sentirme la protagonista del nombre de aquel dúo femenino español de los noventa...