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jueves, 24 de noviembre de 2011

Well it's been a long time, long time now...




Una noche insomne, hace un año, en el salón de la casa de Óscar, mientras escuchaba a Beirut y observaba el acuario con tristeza, me puse a escribir. Estaba triste porque esa misma tarde Óscar y yo tuvimos que tirar a a un pez rojo del que me había encariñado por el váter. Le cogí cariño porque me parecía peculiar su forma de nadar. Las últimas semanas se había dedicado a hacerlo cerca de la superficie. Los últimos días se dedicó a esconderse bajo las plantas. Óscar me dijo que ese pez no tenía nada de especial. Sólo se estaba muriendo. Los peces, antes de morir, pierden el equilibrio, me dijo. Yo, que vivo aterrada por la idea de la muerte, me negué a aceptarlo. Hasta que el pez, bajo una de esas plantas, se volvió blanco y tuve que resignarme y decirlo: Óscar, el pez rojo ha muerto. Óscar cogió una pequeña red verde, la sumergió en el acuario sorteando a los demás peces, y lo pescó. Y el sonido de la cisterna sonó como el primer puñado de tierra contra el ataúd. Es un sonido que nunca olvidaré porque es el que me hizo bajar del shock y darme cuenta de que mi abuela había muerto.

Y el pez muerto, Beirut y el insomnio, se transformaron en versos la noche en que se acababa el plazo para el ImaginArte. Y pensé ¿por qué no? y le di a enviar.









En Diciembre, poco antes de las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó desde el Ateneo emocionada. Acababa de asistir a la presentación de Codal y alguien de la organización le había chivado que yo había ganado el ImaginArte, pero se trataba de algo confidencial hasta que el fallo del jurado se hiciera público. Sin embargo, eso nunca ocurrió.

Pasaron los meses y el fallo del VI Concurso ImaginArte no se hacía público. En verano, cansada de esperar, pregunté a los responsables por lo que había llegado a mis oídos. Tal vez se trató de una broma por parte de mi madre, dije. Pero no: la noticia era cierta, pero por problemas administrativos aún no podían hacer metálico el premio, y, hasta que se solucionara el problema, el fallo no se haría público. El premio, que nadie vaya a creer que es una cifra astronómica, son 200 euros. Hacia el final del verano, viendo que la cosa no se solucionaba, me dirigí al Ayuntamiento a hacer una reclamación. No tanto por el dinero como por el fallo. A todos nos gusta que se nos reconozcan los méritos y yo nunca había ganado un concurso de poesía.

A día de hoy, un año después de presentarme al concurso, el fallo sigue sin ser público ni el premio metálico. Sin embargo, y por eso estoy feliz, A la Memoria de los Peces verá la luz, porque será publicado en el último número de la revista literaria Portales; la revista gratuita que edita cada año el Aula Literaria del Foro de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Logroño.

La presentación de este número tan especial para mí será este viernes 25 de Noviembre a las 20h en La Gota de Leche, dentro de la programación de Artefacto 2011.

A continuación os dejo unos fragmentos de A la Memoria de los Peces que recité el pasado mes de Agosto en el bar Riff. 
El vídeo lo ha realizado Galería de Arte RepARTE.



martes, 8 de junio de 2010

Yo soy el final de Lost.


Mi piel,
tan suave,
que olvidan haberla tocado.
Patricia Maestro


Me dieron una infancia sin grandes complicaciones. Me impusieron una película favorita antes de que yo pudiera verla. La Sirenita. Me hicieron ver en su lugar La Cenicienta en casa de Amaya y Marimar. Me dieron una pierna más larga que otra, un alza de un centímetro en cada zapato izquierdo, el presupuesto de una ortodoncia que nunca me llegaron a poner, algo de miopía, una habitación exterior en el centro de Miranda y un cesto donde guardar los juguetes.

Me dieron un colegio que no era colegio donde compartí clase con niños de todas las edades. En el mismo edificio, el hogar del jubilado. Me regalaron una brecha en la cabeza al bailar en el porche con Héctor. Me dieron puntos, me dieron ganas de escapar y lo hicimos, Amaya y yo,  a buscar caracoles por las huertas del pueblo. Me dieron la intuición de abrir una alcantarilla y encontrar dentro una muñeca.

Antes de que me dijeran los demás niños la verdad y qué me estaba ocurriendo, decidieron dar un giro al guión, cambiar el oficio de mi padre, trasladarnos.  Cambiaron el escenario mientras dormía para despertar en otra ciudad con un paquete de plastilina. Piso nuevo, la dueña enseña, yo soy pequeña, estoy descontenta, y la dueña del piso me dice: “aquí estarás  mejor, hay más niños que en Castañares”.

Me dieron un colegio público con una portera con gatos y una perra que se llamaba Neska.  Me pusieron una pistola entre unos setos para que la encontrara. Telecinco existió sólo para mí. Todas las tardes a las seis X Men. Me dieron un video VHS para que grabara todos los capítulos y volverlos a ver por la noche, cuando volvía mi padre de trabajar. Hicieron que mi favorita fuera Pícara. Nadie puede tocarla.

No hay casualidades, no estamos muertos. Sólo un guión y actores a mi alrededor que se empeñan en seguir con toda esta historia. Los que no quieren y me aconsejan o tratan de alertar, se alejan. Por eso enviaron a algunos de mis amigos fuera de la serie. Al norte, a Italia, a Madrid, a donde fuera, lejos de mi lado. Personajes prescindibles para las nuevas temporadas.

Me pusieron en bandeja elecciones desacertadas. Me impusieron como favoritas a Ariel y a Pícara como antecedentes de todo lo que ahora me come, me corroe, me inquieta, me obsesiona.

Me colocaron The Widow en primera línea de trauma. Me escribieron todas las canciones del primer disco de Muse. Me dieron una familia falsa con dos universos paralelos. Me dieron flashbacks, flashforwards, me pusieron espejos diferentes dependiendo del lugar para dejarme más indefensa dentro de algunos decorados.

Me dieron una historia de amor casi perfecta no demasiado complicada. Me dieron una temporada de autodestrucción para mantener emocionadas a las masas. Me dieron tres amigas diferentes – personajes con carisma, personalidad propia, contrapuntos – para dar vida a la trama adolescente y a los episodios Sexo en Nueva York.

Hicieron del día a día un cúmulo de coincidencias. Me pusieron artículos sobre el VIH en los muebles del salón. Me pusieron a gente parecida a mí muy cerca. Menciones reiteradas a localidades que nada tienen que ver conmigo en diferentes contextos.

Me dieron un azote en el culo al nacer, supongo.

Me dieron días perfectos con gente a la que podría haber amado con locura y que luego prefirieron a otras.

Otras de otras localidades que nada tienen que ver conmigo pero que se me repiten reiteradamente en diferentes contextos. Otras que me doblan la edad y descomponen mi ideal, mi miedo a envejecer, mi obsesión y mi papel de Lolita que tanto les gustaba.

Me dieron razones para tener que recurrir al Norlevo en diversas ocasiones.

Me dieron noches de hotel y motivos para decir algún día: realizó pequeños trabajos como modelo durante su época universitaria. Me dieron celos, me dieron decepciones, desilusiones y un billete de vuelta a casa sin batería en el mp4.

Me llenaron el baño de hormigas y me colocaron un gato enfermo a mi lado para enseñarme a querer e introducir una temporada tierna, enternecedora, intimista y de transición en pleno otoño.

Me dieron un amor de verano al que no le importó que dejara de hablarle en noviembre. Me dieron personajes excéntricos que me hicieron entrar en conflicto con los veteranos de la serie. Introdujeron episodios de madrugada que desenterraron desazones de pasadas temporadas.


Manipularon mi cuerpo e hicieron estallar burbujas dentro de mi boca.

Me dieron amigas incondicionales que poco a poco se fueron alejando o haciéndome daño para que pudiera olvidarlas sin esfuerzo.

Me dieron miedo a perder las encías. Me dieron miedo a quedarme ciega. Me escribieron un pasado ambientado en Andalucía. Me dieron como ídolo un personaje de ficción a quien nadie puede tocar.

Me dieron síntomas, dolencias, hipocondría. Me dieron, me dijeron, me propusieron.

Hoy ondina, mañana sirena.

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