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jueves, 16 de abril de 2009

Os propongo recordar...

Después de leer los "meacuerdos" de Jesús Carrasco se me ha ocurrido colgar los que hice para una práctica de Composición Literaria.

¿Os animáis a dejarme vuestros recuerdos en los comentarios de esta entrada?

Los terminaré colgando...




Me acuerdo de haberme escapado del colegio, en preescolar, con mi amiga Amaya para coger caracolas de colores.

Me acuerdo de un día de verano del noventa y tres, mirando por la ventana del piso de Miranda con plastilina entre las manos, a punto de llorar, y la dueña del piso diciendo: Pero aquí vas a estar mejor, hay más niños que en Castañares.

Me acuerdo
de haber cantado canciones de Laura Pausini en numerosos karaokes cuando era niña y tenía seguridad en mí misma.

Me acuerdo del cuatro de mayo de mil novecientos noventa y siete, cuando mis padres se besaron en la calle por última vez antes de divorciarse.

Recuerdo los besos con Ana detrás de un contenedor de papel cuando teníamos nueve años.

Me acuerdo de la primera vez que bebí alcohol. Estaba en el merendero de Laura con muchas amigas, tendríamos unos doce años y yo terminé bailando canciones de Venga Boys en ropa interior encima de una mesa.

Me acuerdo de ir con el teclado electrónico apoyado en el hueso de la cadera hacia la peluquería de Julián para que me enseñara a tocar el piano.

Me acuerdo de haber perdido el cuaderno donde dibujaba mis sueños en una apuesta absurda. Supongo que realmente quería que Cristina se quedara con él.

Recuerdo que a los quince años me vi más guapa que en toda mi vida, con una minifalda vaquera y unas medias fucsias, pero todas mis amigas dejaron de hablarme a partir de ese día.

Recuerdo el dos mil tres, mi primer año viviendo en Logroño, como si hubiera vuelto a nacer.

Recuerdo no acordarme de qué pasó realmente aquella noche de abril de dos mil cuatro en un portal.

Recuerdo el primer año en la Escuela de arte de Logroño como el mejor año de mi vida.

Me acuerdo del parque San Miguel, las cervezas y el calimocho con café.

Me acuerdo del camarero de un bar punk de Logroño diciéndome “Ya te tengo calada: vienes aquí a poner cachondos a los punkarras”.

Me acuerdo de un punki que me daba gajitos de mandarina mientras sonaba Mars Volta y veíamos vídeos de violencia extrema.

Recuerdo haberme quedado inconsciente en un orgasmo.

Me acuerdo de lo último que me dijo mi abuela antes de morir: “abre una botella de champagne”. Después de morir, en un sueño, gritaba: “no me saquéis de aquí”.

Recuerdo a mucha gente a lo largo de mi vida preguntándome por qué soy tan callada.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Hija de Satanás

ayer fui a ver la nota de Técnicas de creación literaria.
Como resulta que tengo un 9, me emocioné, y aunque eran sólo las seis y cuarto de la tarde, salí a celebrarlo como manda el niño Dios.

Hoy, Resaca.






domingo, 18 de enero de 2009

m i c r o c o s m o s

A continuación, una práctica de descripción basada en tópicos que tuve que realizar para la asignatura Técnicas de creación literaria.
Se la dedico con mucho cariño a Rubia Underground.

Bajo los guantes de látex mi piel se resquebraja. El tacto de las pipas agua sal sobre el guante es peculiar, pero me desespera. Se caen. Derramo pipas entre mis dedos. Y mi jefe, a quien le faltan un montón de dientes, tararea la canción chumbeta que ha puesto a todo volumen. Las ancianas que entran a la tienda en busca de ronchitos me piden que la baje, pero señora, no soy yo la encargada. Y le faltan dientes sí, un montón de dientes. Y pelo, y gusto musical. Es un adolescente en cuerpo de treintañero. Porque es treintañero. El típico treintañero hijo de empresario, niño pijo, inculto, la oveja descarriada que ahora tiene que hacer como que trabaja en la tienda de su padre para que éste no le eche de casa. Me tira los trastos, como un baboso. Intenta, como todos los babosos, hacerme reír, porque a alguien se le ocurrió alguna vez lanzar al mundo que a las chicas te las ganas haciéndolas reír. La Cosmopolitan, seguramente. Y yo sigo a lo mío. A puñados recojo las pipas, los maíces y las nueces de macadamia. Entra, entonces, una señora de cincuenta y tantos, peripuesta, con un caniche en brazos. No se pueden meter perros, señora, le digo desde lo alto de la escalera de mano. Ella, y el perro, que sin duda van al mismo peluquero, hace como que no me oye al tiempo que da un traspié a las patas que me sostienen y retiemblo desde lo alto, a punto de caerme. Maldita zorra reprimida. No tiene hijos, el perro lo sustituye todo. Ni hijos, ni marido; sólo una vida social basada en superficies y montones de caramelos de regaliz a precio de lechazo. De fondo sigue sonando techno y mi jefe, mientras la atiende, me pregunta si me gustan las mujeres. Le digo que sí, que me gusta todo, hasta los animales. Ella ni se inmuta, sólo refunfuña. Ha aprendido a comunicarse con el caniche. Y mi jefe se pone nervioso, se ríe, y cambia el disco por los Cuarenta Principales. Suena la misma canción que sonara´ dentro de media hora, por la que habrán pagado quién sabe cuánto. La canción que a gente como a mi jefe les derrite el cerebro hasta el punto de llegar a poner el sonitono en su móvil de última generación. La canción que retumba en su coche. La canción con la que se restriega contra las quinceañeras cada sábado en la discoteca en la cual, hace tiempo, antes de ser yonki – o durante – trabajaba como portero.
Se abre la puerta y entre mis manos envueltas en látex se amontonan cerebros rellenos de gelatina. Entra la nueva pubertad, los niños con chapas de My Chemical Romance, flequillos a plancha muy a la derecha, corbatas de a clock work orange y zapatillas de lona de más de sesenta euros. Buscan algo que les dé la clase que les falta: chocolate negro, muy puro, y regaliz. Esos niños, adolescentes antes de tiempo, intentando aparentar tener una cultura que no tienen. Niños, porque aunque luego se pongan ciegos en un bar, ahora están en una tienda de dulces. Todos somos llamados a nuestro estado natural.
Otro grupo entra. Pantalones cortos, como bragas. Medias transparentes y botines con muchísimo tacón. Los labios rojos y el pelo muy cuidado, sombra de ojos azul, o rosa, o marrón que no hacen sino acentuar su minoría de edad. Ríen, intentando aparentar, porque son pavas disfrazadas de hienas. Y una mujer que recién ha entrado, pasa por mi lado y mirándolas de arriba abajo suspira: Ay virgencita, que no se convierta en esto mi niña.
Son las nueve y media, cierro la última bolsa de patatas, me quito los guantes, que están llenos de aceite industrial, y mis manos, resentidas, piden a gritos crema hidratante. Ahora que ya he puesto el cartel de “cerrado”, mi jefe me mira tras el mostrador mientras friego con una fregona de palo bajo que me obliga a forzar las lumbares. Ha vuelto a poner el disco de antes, a atentar contra mi gusto musical, pero ahora que estamos a oscuras sube el volumen y me dice las ganas que tiene de fiesta. Las ganas, intuyo, de salir con unos tipos tan inmaduros como él, jugadores del World of Warcraft incapaces de vivir sin el arropo de los padres, a intentar follar con quinceañeras borrachas y, ante todo, ponerse hasta el culo de coca y perder los pocos dientes (y dignidad) que le quedan.

martes, 13 de enero de 2009

Idealismo


Ella apareció desdibujada, un poco difuminada. Él entornó la vista para verla bien, pero sus ojos se invirtieron y desde entonces la ve sólo en blanco y negro.

Su cuerpo se fue granulando, como en una vieja película sin remasterizar. El sonido de su voz iba acompañado de un zumbido insoportable, como en una emisora de radio sin sintonizar.

Ella desapareció. Él la recuerda en tecnicolor.

sábado, 10 de enero de 2009

Los garapitos de Isabel



Había una vez, hace mucho tiempo, mucho, mucho tiempo, un pequeño, muy pequeño, muy, muy pequeño pueblo al norte de España, donde siempre hacía mucho frío.

Allí nunca pasaba nada y a la vez no había día en que no pasara algo. Como en una telenovela. El sol aparecía poco antes de las ocho con el primer cantar de los pájaros, dejando ver los chuzos de hielo que colgaban de las tejas, formados durante la noche por el frío. Siempre el frío.

El jardín de los abuelos de Isabel siempre estaba blanco por las mañanas. Agua de rocío helada sobre las plantas, la piscina cubierta por una espesa capa de hielo bajo la cual nadaban presas decenas de garapitos y cucharatones.

A Isabel no le gustaba el frío, pero sí que el hielo encerrara a aquellos insectos, porque así podía observarlos con detenimiento, cómo nadaban hasta la superficie y se chocaban contra el hielo, cómo huían asustados cuando pateaba la escalerilla, lugar donde solían cobijarse. Esos insectos son muy sensibles a las vibraciones.

El colegio también estaba blanco: la hierba del patio estaba cubierta por una fina película blanca que parecía nieve.

Se sentaban en las escaleras del porche, casi todos los niños, muertos de frío. Algunos, para entrar en calor, jugaban al balón. Otros, intentaban en vano entrar al hall, pero el director del colegio, que estaba dentro, en la sala de profesores, tomando un café calentito con sus compañeros, no lo permitiría.

El motor del viejo coche de la anciana profesora Maribel, que, como cada mañana, se asomaría a la ventana del aula, aspiraría el frío y diría: no sabéis la suerte que tenéis, indicaría el momento en que el colegio se abriera para ellos. Siempre llegaba a la hora exacta, ni un minuto menos, ni un minuto más: las ocho y veinticinco.

No sabéis la suerte que tenéis.

Pero ellos no se sentían afortunados. Más bien encerrados. Encerrados como los garapitos de la piscina de Isabel, bajo una gruesa capa de normas que no lograban comprender.

Sólo había un niño al que parecía no importarle todo aquello. Él era Guillermo, el hijo de la Bernarda, una mujer mayor que vestía siempre con enormes abrigos de piel y las orejas decoradas con bastos pendientes dorados. Muchas mujeres la tenían como un ejemplo a seguir, como una madre modelo, una buena parroquiana. Otra gente, como los abuelos de Isabel, no podía ni oír hablar de ella. Isabel le temía. Le temía muchísimo, a ella y a Guillermo. Estaba convencida de que habían hecho un pacto con el diablo para poder tener tantos caprichos.

No podía comprender por qué ella, viviendo sola con sus abuelos, tuviera que seguir pescando garapitos en su piscina para poder seguir viviendo.

Guillermo se sentaba en la primera fila, con la espalda muy erguida, mirando fijamente a la pizarra. Cualquier pregunta que formulara Maribel él sabría contestarla.

Muy de vez en cuando giraba la cabeza para fijarse en Isabel. Las uñas sucias de Isabel, el pelo oscuro y grasiento de Isabel, las pinturas diminutas, el estuche heredado, la foto de sus padres arrugada sobre el pupitre. Su cara de niña, pese a tener ya doce años. Parecía más niña que el resto, y eso a Guillermo le fascinaba.

Guillermo estaba convencido de que Isabel era una bruja. Pensaba que había soltado un maleficio contra sus padres para que se quedaran encerrados y estáticos en aquella foto y así poder dominarlos.

Su madre siempre le dijo que Dios nos recompensa por las buenas acciones. Obviamente Isabel tuvo que haber sido muy, muy, mala, para que Dios dejara que se alimentara de los insectos del jardín. Su madre también le dijo que es de malas personas pasarse el día asomado a la ventana, vigilando a los demás. Pero Guillermo no le hizo caso, y siempre que podía observaba desde su ventana la piscina de Isabel y a ésta haciendo un pequeño agujero en el hielo con un tenedor para cazar media docena de insectos. A veces tenía suerte y conseguía pillar algún gorrión o algún ratón. O algún gato callejero.

Tenía que tener mucho cuidado con los garapitos, porque aparte de nadadores, son voladores, y si se descuidaba, podían escaparse.

Guillermo se preguntaba por qué si su madre le decía siempre lo que era y lo que no era de buenas personas, ella no le llevaba a Isabel y sus abuelos un buen plato de lentejas con chorizo, de esas que a él tanto le gustaban y su madre tan bien preparaba. Se preguntaba por qué cada domingo en la parroquia el cura hablaba ser buenos feligreses, y él tampoco hacía nada por sacar a Isabel de aquella casa. Se preguntaba por qué Maribel no se llevaba a Isabel lejos de este pueblo. Por qué repetía cada mañana “no sabéis la suerte que tenéis”.

Una mañana, estando en las escaleras del porche, Guillermo decidió acercarse a Isabel, aunque sabía que a su madre no le gustaba. A la Bernarda no le gustaba la gente que no se limpiaba las uñas.

- Hola Isabel.

Isabel tenía miedo. ¿Qué podría querer aquel niño de ella?, ¿también se llevaría su alma?

Se alejó un poco hacia la izquierda sin levantarse, y miró con recelo al hijo de la Bernarda.

- Mis abuelos dicen que tu madre no tiene alma.

Guillermo se quedó un momento callado. No podía ponerse en contra de su madre, pero tampoco quería ser descortés con Isabel.

- ¿Y por qué dicen eso?

- Dicen que nos está chupando hasta la sangre.

En ese momento sonó el coche de Maribel. Hora de entrar en el colegio.

Subieron al aula en fila, arrimados a la pared, y una vez sentados en sus pupitres, Maribel realizó el ritual de cada día.

- Señorita Maribel, ¿por qué dices que tenemos suerte? – Preguntó Isabel. El descaro de la niña provocó un gran silencio en el aula. Apenas se les oía respirar. Maribel había bajado la cabeza con tristeza y la persiana con desgana. Todo se hizo silencio y oscuridad.

- Porque sois niños.

Isabel abrió su estuche y sacó de él un pequeño garapito. Lo encerró entre sus manos y se acercó a la profesora para ofrecérselo. Los ojos de Maribel se tornaron muy tristes, muy, muy, tristes, pero aceptó el regalo de la niña y se metió en la boca al pequeño insecto, como si fuera una píldora, sin masticar. Inmediatamente el rostro de la profesora se iluminó con un brillo especial. Rejuveneció unos años, no muchos, aún seguía siendo mayor, pero menos.

- Gracias.

Guillermo entonces pensó que sí estaba en lo cierto cuando pensaba que Isabel era una bruja.

- ¿Eres una bruja? – Le preguntó el niño a Isabel.

- No, Guillermo, ella no es ninguna bruja. – Respondió la profesora. – El poder no viene de ella, sino de su piscina.

Según les explicó, ella en realidad era mucho más joven de lo que aparentaba. No tenía más de treinta años. Pero cuando ella vivía en el pueblo y tenía apariencia de adolescente, Mateo, el marido de la Bernarda, se enamoró de ella perdidamente. La seguía a todas partes, le enviaba flores y regalos bonitos. Mientras tanto, en su casa encerrada, se encontraba la Bernarda, que no podía soportar el paso del tiempo y la incipiente llegada de la vejez. Envidiaba tanto a Maribel que decidió hechizarla para que dejara de ser joven, de ser bonita. Para ello se asomó a la ventana y soltó un maleficio hacia lo primero que vio desde allí: la piscina de Isabel.

Todas las noches, cuando el frío impedía que nadie saliera a la calle, la Bernarda se asomaba a la ventana y dejaba caer un pequeño cubo sujeto a una larga cuerda para recoger un poco de agua de la piscina. A continuación, rociaba con aquella agua las flores que su marido tenía preparadas para regalar a Maribel a la mañana siguiente en la puerta del colegio.

Con sólo aspirar su perfume, rociada de agua maldita, el conjuro hacía su efecto, acelerando el crecimiento, la vejez, de la joven Maribel.

En un pueblo tan pequeño pronto se supo lo ocurrido, por eso Maribel decidió alejarse de allí, aunque, tal vez porque el ser humano es así de raro y no hay que darle más vueltas, decidió volver años más tarde convertida en la profesora que ahora era, ahora que nadie del pueblo la reconocía.

Lo que no sabía la Bernarda es que con aquella acción había maldecido de por vida a la familia de Isabel, sumiéndola en la más absoluta pobreza. Pero tampoco sabía que los animales que habitaban en aquella piscina se habían convertido con el tiempo en el antídoto de la maldición, propiciadores de la codiciada eterna juventud.

Guillermo no podía creer lo que estaba escuchando. Su madre era una auténtica bruja, y maligna además. Pero no podía permitir que hiciera más daño.

Así que al llegar a casa, sin pensarlo ni un momento, se armó de valor y le dio una buena lección a la mujer que desde siempre le había indicado qué hacer y qué no para ser una buena persona. La sorprendió en la cocina y la empujó por la ventana, dejándola caer sobre el hielo de la piscina de Isabel, que con el golpe se hizo añicos, empapando así a la Bernarda en agua maldita.

Guillermo observó con detenimiento cómo el cuerpo de su madre pataleaba intentando salir del

agua, y envejeciendo a pasos agigantados a la vez, hasta convertirse en un cuerpo pequeño, arrugado, inmóvil.

Isabel salió al patio corriendo al escuchar el estruendo.

El hielo estaba destrozado. Los garapitos podían ser libres.

Observó con rabia, con un llanto agonizante, desgarrador, cómo se iba volando

su juventud y la salvación de Maribel.

Observó a los garapitos volando en bandada. Escuchó el sonido de sus alas moviéndose en busca de la libertad.

Y Guillermo sonrió feliz, brindando por el estado natural de las cosas.

Como debe ser.

jueves, 8 de enero de 2009

Tentaciones

Pegados con trocitos de celo, cubrían la pared de Dalila, mechones de pelo.

Mechones cortos, de todos los colores, lisos, rizados, más o menos sucios, algunos canos y otros podridos como aquel que los portara.

Pero quién no estaba podrido. Quién de todos aquellos podría salvarse. Ni siquiera Dalila.

Ella estaba más condenada – ya era una condenada – que cualquiera de ellos.

Condenada a vagar, a rodar sobre una barra como pelusilla enmarañada. Rodando, borracha, en un micro-cosmos donde no había hombres sino almas buscando la redención en el purgatorio.

Dalila podía expurgarlos. Tenía la capacidad de extirpar el deseo con un corte de pelo. Extirpar el vicio carnal que llevaba a aquellos hombres a la perdición.

Dalila podía erradicar de su paladar el sabor a manzana, a pecado, a tabaco negro, ginebra y autoengaño. Pero hay pecadores que no se quieren salvar. Y eso Dalila lo sabía muy bien, por eso no decía nada.

Ellos pagaban lo suyo por disfrutar de su belleza y ella hacía lo propio, como cualquier prostituta.

El corte venía después, a traición, y les robaba la fuerza como una mantis. Como una mantis expiadora. Pero aquellos pecadores no querían ser limpiados, y se arrastraban después, sin fuerzas, como culebras, hacia Eva, a reclamarle una manzana; el derecho a seguir siendo un enfermo, un depravado.

Eva nació un trece de diciembre, entre nieve y niebla, y desde entonces siempre estaba fría, como la serpiente que recorría su cuerpo rosado en los espectáculos de cada noche. Eran dos reptiles jugando a tentar a las almas descarriadas para terminar de destrozarlas.

Eva, como droga, se introducía en las venas de aquellos hombres y les absorbía la dignidad por dinero. Siempre por dinero. Para dejarles marchar luego, con el peso de la culpa rechinando en sus dientes.

Pero p­ara eso estaba Dalila, siempre dispuesta, esperando con unas tijeras. Para eso estaba, como una buena samaritana.


martes, 9 de diciembre de 2008

Fuera de lugar (Mandy goes to med school...)



Cuando éramos jóvenes, mucho más que ahora, si es que ahora lo seguimos siendo, encontramos un gato muerto en el patio del colegio. Su estado se asemejaba al que mi gato tendría si, en lugar de hacer caso a mi abuela, le hubiera tenido en brazos mucho tiempo cuando era pequeño. Entecado, eso es. El estado de aquel gato muerto. Su hocico, tan seco, deforme y arrugado como un chicle de fresa, como aquellos malísimos chicles de fresa que venían envueltos en pegatinas de Compañeros, los Pokemon o alguna película de la época como Anastasia o Titanic. Esos chicles tan duros, tan rosas, que costaban cinco pesetas y que la Mari nos solía fiar. Me debes cinco pesetas, decía la muy tacaña. La Mari tenía una tienda, que se llamaba “Mari”, en frente del colegio. En el letrero ponía “Librería Mari”, pero la verdad es que aquella mujer vendía de todo menos libros. Vendía, sobre todo, peonzas, tiras, chicles y meones. El hocico de aquel gato era así, como uno de aquellos chicles que plagaban el suelo del porche donde nos apretábamos cuando llovía, donde un día encontramos un preservativo (profiláctico, condón) usado. Recuerdo aún, como si fuera ayer, llegar muy pronto una tarde, a propósito, para sentarme en los escalones del porche y estar con Adrián, que me llevaba tres años y siempre iba pronto porque no le aguantaban en casa. Adrián me dijo: hay un condón ahí. Yo no tenía edad para saber de su existencia y cuando lo vi, ahí tirado, lleno de una sustancia asquerosamente pegajosa le miré y me reí, y aunque no tuviera edad de saber muchas cosas, pensé, como haría hasta hace relativamente pocos años: por qué coño no me besas. Y él me dijo: Eso es lefa, pero no le digas a nadie que te lo he dicho yo. Y me quedé mirando aquel trozo de goma ennegrecida, putrefacta y aquel contenido pringoso cuyo nombre me había sido desvelado como un secreto.
Seguro, dijo Paula, que lo ha matado Adrián. Metió sus manos de niña en la bolsa de risketos sin quitar la vista del gato muerto, y se tiñó las uñas de un naranja radiactivo, como las mías. El gato, que en su día debió de ser pardo pero ahora apenas tenía pelo y la carne que dejaba ver era de un tono tan pálido como la plastilina morada cuando se seca, tenía los ojos abiertos hacia el poste de la luz donde Paula, Sara, Lidia y yo escribimos nuestros nombres con boli bic, y por su boca desdentada entraba un sarmiento que salía por un orificio rosado y prominente. El sarmiento, como parte del animal, como un rabo rígido, manchado de coágulos de sangre. Y su rabo, el natural, sin pelo, desollado, partido en dos. Bajo él mala hierba. La mala hierba de siempre, reseca, amarilla a veces, embarrada casi siempre; sobre la cual jugaban al fútbol los chicos, que siempre nos decían quitaros de en medio cuando nosotras pintábamos en el poste, ignorando que el único fuera de lugar en aquel patio era ese: el poste de la luz donde, seguro, aún siguen impolutos nuestros nombres.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Si fuera escritor, ¿qué escribiría?

Si fuera escritora recogería todo lo que escribí hasta los veinte y lo tiraría por la ventana o, en su defecto, lo quemaría, para que no quedara ni rastro y evitar así que a alguien se le ocurriera editarlo.

En realidad no me imagino siendo escritora porque no me veo escribiendo una novela. Es cierto que quisiera dedicarme a esto, pero ahora que lo pienso con más detalle y me cuesta tanto decidir qué escribiría, me pregunto si realmente sería capaz de escribir una novela en un determinado plazo cumpliendo, además, las expectativas de la editorial. Sobre qué escribir, si todo está ya
inventado. ¿Una vuelta de tuerca a la literatura erótica, poetizándola al máximo hasta convertir una escena de sexo en un delirio místico como los de Santa Teresa?
Si fuera escritora quisiera seguir en la línea en la que me sitúo ahora, escribiendo relatos. Quisiera escribir libros de relatos y poemas (de verso libre).
Me gusta escribir las cosas que sueño, que suelen tratar -casi- siempre de insectos y un pánico terrible a quedarme sin párpados o sin encías. Quisiera ser capaz de transmitir a la gente, a través de mis textos, sentimientos como la dentera, o mostrarles lo repugnante que puede llegar a ser el ser humano hasta que, por pudor o por vergüenza, decidan tirar mis libros a la basura. Quisiera ser capaz de hacer con la literatura lo que David Lynch con el cine y ahondar en lo más profundo de mi mente para gritar todo lo que no soy capaz de gritar con la voz.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Yo violé a mi musa. O lo intenté.




Adriano Manzanares






Anoche entré en el armario. No he comentado nada al respecto hasta ahora y no sé muy bien porqué, ya que es una de las mayores desazones que he tenido desde que llegué a esta habitación. El armario.
Todas las noches he estado oyendo voces difusas, un murmullo incesante y denso. Pensé que me estaba volviendo loco, pues esas voces las sentía dentro de mí, en mi mente, producto de mi imaginación. Puede que por eso no escribiera sobre ello, para no admitir mi enajenación.
Hasta ayer por la noche no me atreví a abrirlo.

Dentro vi a la dueña de mi locura, la mujer sobrenatural de ma´s de veinte voces.

Al acercar mis manos sobre a su pecho, mis uñas crecieron como hiedra y le cubrieron por completo.
Era mi musa, era Dafne. Era hiedra, parte de mí; es mía.
Nunca he visto algo tan bello.

Quise que fuera ma´s mía, MA´S PARTE DE Mí. Quise cubrirla, rociarla, alimentarla de mi vientre y mi sexo, pero ya casi no me quedaba vida humana (¡a mí!) porque yo por completo también me estaba convirtiendo en hiedra.

Y entre mis hojas como guerrilleros aparecieron amenazantes decenas de hormigas y arañas. Arañas que se encaminaron hacia mi rostro y ocuparon mi boca, apartando con sus patas mis dientes, anidando en las encías.

La sangre que caía de mi boca sobre mis hojas despertó en mí una nueva sensación repugnante, como la vergüenza que sientes cuando justo antes de correrte pasa ante ti una imagen que aborreces (o quieres demasiado).

Ese pudor adolescente, ese sentimiento de culpa católico – castrante, despertó mi parte humana y poco a poco fui dejando de ser vegetal. Ella, mi musa, también recuperó su forma, y desnuda cayó al suelo, igual que si hubiera vivido su primer orgasmo.

as entradas/sueños relacionadas con este tema de los bichejos:
- Gus
ano amarillo
-¡Mi madre! ¿Tomas café solo?
- Mosquitos en la boca

martes, 4 de noviembre de 2008

Zapatos Blancos

Versión 1:



"Calzados Luis
(del parque del Cerillero de Gijón)
Precisan contactos con la señora que compró a su marido unos zapatos del 41 (en color blanco) el 17 de marzo con motivo del Día del Padre. Por asunto de vida o muerte."



Luis Padre, el de los zapatos. Aquel señor mayor que tenía una zapatería en el parque del Cerillero, aquí en Gijón. Sí, ese viejo cascarrabias, qué mala leche tenía el muy cabrón. Su hijo, Luis hijo, no tanta. Bueno, ninguna. Menudo sinsustancia era Luis Hijo, Madre Santísima. Ya sabía todo el barrio lo tonto que era el pobre. Todas las semanas Luis Padre ponía un anuncio en el periódico. Un anuncio de la tienda, nada del otro mundo. Luis Hijo, que era bastante ignorante, pensaba que por aparecer el nombre de la tienda cerca de los anuncios de contactos, ya tenían algo de prestigio. Tan famosos como los travestidos y las prostitutas de los otros anuncios, que eran de renombre. No todas las putas aparecen en los diarios, claro que no. Luis Padre, sabiendo bien como sabía que la imaginación de su hijo no tenía límites, cuidaba siempre de que no fuera él quien llamara al periódico. Luis Hijo, por su parte, no veía el momento oportuno para quitarle el teléfono a aquel viejo autoritario y castrante. Quería aprovechar esa ventana al mundo para crear historias, pinchar a la gente de Gijón y sacarles un poco de la rutina dominical. Hoy no sólo venderemos zapatos, hoy exprimiremos la imaginación de los habitantes de Gijón.



Luis Padre un día murió, como suelen hacer los padres. Murió, pero no se sabe bien cuándo. Y, ojo, que no se sabía porque el tonto de su hijo no dijo nada. Se encuentra enfermo, ha salido, decía cuando preguntaban por él en la zapatería. No sé si porque realmente la cabeza no le daba para más o qué, pero ni mu. Y el padre en la trastienda entre hormas y tacones. Fue por aquel entonces cuando apareció aquel famoso anuncio en el periódico:



"Calzados Luis (del parque del Cerillero de Gijón) Precisan contactos con la señora que compró a su marido unos zapatos del 41 (en color blanco) el 17 de marzo con motivo del Día del Padre. Por asunto de vida o muerte."



Madre Santísima, la que se montó entonces. La cantidad de mujeres que fueron a la zapatería. Tal vez Luis Hijo, al poner el anuncio, no pensó que fueran tantas las mujeres que regalaran zapatos (blancos) a sus maridos por el Día del Padre. Y no fueron tantas, la verdad. No, qué va. Muchas (y muchos) iban por el morbo, borrachos de curiosidad. No son tantos los hombres que calzan un cuarenta y uno.



Y no fue sólo una vez, qué va. No, no, el muy tonto lo publicó más veces, con alguna variante, pero el mensaje venía a ser el mismo. Y Luis Hijo atolondrado, riendo a carcajadas cada vez que entraba una mujer diciendo ser la del anuncio. Hasta que la curiosidad de los gijoneses se extendió hasta la trastienda y alguien vio, puede que un hombre con zapatos blancos, al pobre diablo Luis Padre convertido en trozo de carne putrefacta entre botines y tapas.







Versión 2:





"Calzados Luis
(del parque del Cerillero de Gijón)
Precisan contactos con la señora que compró a su marido unos zapatos del 41 (en color blanco) el 17 de marzo con motivo del Día del Padre. Por asunto de vida o muerte."







Creo que soy yo esa mujer. La mujer de la que habla en el anuncio. Qué locura. Si mi marido lo supiera. ¡a saber! Igual lo sabe ya, seguramente, pero se mantendrá callado, como siempre. No hay quien lo levante del sillón. Me parece pequeño en comparación al zapatero. El del anuncio, sí, ¡ ay! Ese sí que es un hombre, y no éste. Qué desperdicio. Qué pies tan pequeños. Parece una mujer. En qué estaría yo pensando. Sí, tengo que ser yo. Por un asunto de vida o muerte. ¡Cómo para no! A saber cuánto me llevé. No me acuerdo, un buen puñado. Me río yo sola, madre mía. Menudo hombre el marido mío, ¡yo que pensaba que la cocaína daba dinero! Y lo da, sí, lo da, claro que sí, ¿pero felicidad? Coño, sí, claro. Claro que la da, si no de qué voy a estar casada con este desperdicio. Pero qué ingenuo el zapatero. Los zapatos, los zapatos blancos, dice, ¡ja! Ese lo que quiere es mi dinero, y si no, ¿qué? ¿Eh? De vida o muerte dice. Anda que... Lo lleva claro, que venga a matarme si quiere, no te digo más, pero a mí que me quiten lo bailao.



Y sí, el anuncio es real:

http://nubiansinger.blogspot.com/2008/11/cosas-que-pasan.html

martes, 21 de octubre de 2008

La canción de las primeras veces


Cuando la policía encontró a X abrazada al cuerpo ensangrentado y casi sin vida de Y, a quien acababa de apuñalar, y le preguntó por qué lo había hecho, X contestó “Cosas nuestras".




Hay una canción de Glasvegas que dice “es mi propio corazón traicionero quien me hace llorar”. Precisamente esa canción sonaba cuando ella dijo “cosas nuestras”. Puede que sea por eso que Jaime siempre pone esa canción cada vez que invita a una mujer a cenar a su casa por primera vez.

Jaime es policía y ella es Martina, la chica que apuñaló a su hermano de año y medio. Él, al principio, intentó olvidarlo. Cada día, durante los seis primeros meses, luchaba contra el recuerdo, contra la canción y la respuesta de Martina. Cosas nuestras.

Hoy viene Aída, la cuarta en quince días. Jaime la conoció el sábado en el pub más fluorescente de la zona de bares. Luces de neón, música mala, barriobajeras luciendo escote, ombligo y pierna, y fracasados en tirantes compradores en potencia del Jes-Extender.

Después decidió no intentar olvidarlo. Quería mantener en su retina viva la imagen para sentirse con vida. La cara de Martina, esa cara de niña inmadura: preciosa, inquietante, dulce y demente.

Jaime abre la puerta con una sonrisa y Aída entra, envolviéndose en una melodía que desde hace tiempo enturbia la mirada de él. Ahora es cuando ella, como todas las anteriores, siente el cosquilleo del vértigo y tuerce los labios. A la espera de una reacción rápida y tranquilizadora por parte de su anfitrión, por un jarro de energía positiva, no muy fría.

Es esa energía, tan tensa, la que da vitalidad a Jaime. Es la energía que a ellas les da ese rictus de inseguridad lo que le gusta. No son ellas, no, quienes le hacen sentir con vida, sino la tensión de aquel momento. La energía negativa del recuerdo, la que tiñe de tristeza sus ojos y de desconfianza los de sus chicas en las primeras citas.

* Este texto es una pr´actica para la asignatura "Composición Literaria". El ejercicio consistía en escribir un relato a partir de la frase que aparece en cursiva.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Primera pr´actica

Este año me he matriculado en "Composición literaria", una asignatura que imparte Javier García Rodríguez, a quien ya conocía por el COLMO.
Como últimamente ando muy liada entre las clases, el curro (porque sí, he conseguido encontrar trabajo y ahora soy oficialmente una teleoperadora), y la cantidad de textos que tengo que escribir para diversas revistas (entre ellas el fanzine Jamais Vu... que ya me vale) y etc etc... no tengo mucho tiempo para el blog, así que he decidido colgar la primera pr´actica que he tenido que hacer para Composición Literaria, a ver qué os parece.


1. ¿Qué crees que haría un leñador en el desierto del Sahara?
Buscar oasis. Talar hologramas. Desesperarse. Enterrar el hacha.
2. ¿Cuál sería tu reacción si una mañana, estando sola en casa, llaman a la puerta y te encuentras con un cocodrilo que te ofrece educadamente un detergente?
Le repito por enésima vez que no quiero detergente, que me va muy bien lavando a mano con jabón de lagarto. Sé que todavía quiere hacerme sentir culpable porque compré aquel jabón que el Sacamantecas me vendió poco después de que matara a sus hijos (los del cocodrilo, no los del Sacamantecas), pero creo que ya va siendo hora de que lo supere. Me dejaba tan suave la ropa…
3. ¿Dónde crees que estará el agua con la que te has lavado esta mañana?
Todas las mañanas recojo ese agua para vendérsela a mi vecino, que tiene problemas de calvicie.
4. ¿De qué color son los aminoguanos o guanaminos? ¿Por qué? ¿Crees que tienen experiencia previa?
Para empezar, los aminoguanos y los guanaminos son dos animales completamente diferentes. Comúnmente se les conoce como los bichos rosas (aminoguanos) y los bichos azules (guanaminos), que son esos bichos minúsculos de los cuales esta´ todo hecho. Quiero decir que todo esta´ hecho de esos bichos. El suelo que pisamos, nosotros mismos. Todo lo que conocemos son simplemente aminoguanos y guanaminos perfectamente organizados. Por ende, nosotros mismos somos bichos rosas y azules. Dios mismo es un compendio de estos animales y ellos mismos son Dios. Algunos hablan de panteísmo, pues están en todas partes y todas partes están de ellos hechas. Con respecto al color, se sabe que los aminoguanos son rosas debido a su gran cantidad de moniguacaminos, una sustancia de tonalidad rosácea y propiedades afrodisiacas sin las cuales les sería imposible relacionarse con los guanaminos y, por tanto, crear y procrearse. Estos otros, los guanaminos, son azules porque son seres enormemente depresivos.
Esta´ claro que son inexpertos. O eso espero.
5. ¿Qué pensarán los sapos de las ranas?
Que están buenísimas. Vamos, que tienen unas ancas irresistibles.
6. ¿Qué receta inventarías para hacer que ladre el perro?
Bien sabido es que en estos casos nunca falla el cacao en polvo con cáscara de nuez.
7. ¿Cuál sería tu reacción si te encontraras a la abuelita devorando al lobo?
Pues como siempre, decirle que este era diferente. Esta abuela mía, ¡siempre igual con todos mis novios!
8. ¿Cómo te las arreglarías si el mundo fuese plano?
Aprendería a volar, por si alguna vez tropiezo en la frontera.
9. ¿Te impresionaría el ver avanzar sobre nosotros la muralla china?
Si a su paso no deja un rastro de baba resbaladiza como el caracol no me importaría demasiado.
10. ¿Cómo reaccionarías si comprobases que, efectivamente, ese elefante en celo que acabas de ver en el zoológico te persigue con intenciones deshonestas?
Le recordaría que la última vez que accedí a ello me costó muchísimo convencer a mi marido de que no le había sido infiel por cuestiones de tamaño.
11. Trabajas en una empresa de calzado y te encomiendan vender una remesa de zapatos a los bosquimanos (que jamás han usado tal tipo de prenda) ¿Cómo los convencerías?
Supongo que les mostraría la obra de Helmut Newton.


En otro orden de cosas... la editorial Ediciones Emilianenses ha reeditado mi novela "La Soledad del Café". Sí, esa cosa que escribí con diecisiete años...
Si queréis comprar el libro (cuyo diseño de portada es del siempre magnífico Daniel Tudelilla) pedid el libro a la editorial: info@edicionesemilianenses.com

Desde este enlace podréis ver la reseña del libro:
http://www.edicionesemilianenses.com/sole.htm
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