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viernes, 8 de abril de 2022

Avanzar a dónde, esperar qué


Resulta que pensaba que tenía ansiedad nivel dios por un dolor persistente, opresivo, insoportable en el pecho. Pero no es ansiedad. Es costocondritis. Siempre se aprende una palabra nueva. Enantyum para soportar el dolor y paciencia. Se irá solo. Se irá el dolor. 

Esto da bastante igual, realmente. Quería escribir la palabra para no olvidarla y nombrar el origen del dolor. No es ansiedad, es otra cosa.

Busco siempre que todo sea mejor. Me invitan como poeta a la gira de la Biblioteca Activa y me quejo. Preferiría ir a recitar a otro sitio. ¿Qué es ese hotel café-teatro que hay en no sé qué pueblo? ¿Por qué no me invitan allí? En su lugar, recito para cuatro personas en Albelda, en plenas fiestas de Quintos. Mientras mis compañeros y yo recitamos o hablamos de poesía, se escucha de fondo la charanga de Makoki. El siguiente pueblo en la ruta es Lardero. Es un día especial: es abril y está nevando. No aparece nadie. Mis compañeras me dicen que no me frustre, que estamos sembrando. Que me frustro porque soy muy joven, que estas cosas pasan.

Llevo mucho tiempo siendo joven, me parece. 

Tengo treinta y cuatro años, un hijo de casi tres, unas piernas cansadísimas con dolor constante, llevo unas medias de compresión ocho horas al día, y no puedo coger al niño en brazos porque tengo un dolor constante en el pecho que ya se irá. Y esta sensación de frustración constante aunque las cosas parezcan seguir fluyendo en esto de la poesía. Sigo en ruta, seguimos recitando por ahí, coordino el slam de Logroño y hemos conseguido entrar en el circuito nacional, hago un pódcast de poesía con Nares Montero y Lola Nieto, va a salir un poemario mío pronto, ayer o anteayer me enviaron las pruebas y está de lujo maquetado, que lloro de emoción, ya volveré a esto más adelante. Pasan cosas buenas pero parece que me pasan por encima o que le pasan a otra persona. 

El pasado 28 de marzo estuve en un instituto de Getxo hablando de mi poesía, mi trayectoria y mis movidas a chavales de 2º de Bachillerato. Chavales que nacieron en 2004. Y yo hablando de cuando yo hice el bachillerato en la Escuela de Arte como si fuera anteayer. Que un recuerdo de aquella época me sobreviene cada dos por tres sin venir a cuento y me mata de vergüenza. Maldito recuerdo, ¿por qué vuelves? Lo escribo y lo traigo de nuevo a mi cabeza y me muero de vergüenza y de asco y pasó hace tanto tiempo y es como si lo viviera a diario. Qué castigo más absurdo. Qué ridículo ando haciendo siempre. Fue muy bonito. Fue un logro absoluto aquello y un reconocimiento que no hubiera imaginado ni en mil vidas pero ahí sigo, frustrada. Qué pobre fracasada soy. Estúpida. 

Hablo del blog. De este mismo blog, pero parece que fuera otro. El blog que empecé en 2007, cuando estaba en la universidad. Hablo de este blog, del libro que salió a raíz de él, un libro que nunca tuvo ningún sentido o quizá tuvo todo el sentido del mundo. La casualidad hace el libro llegue a la librería en la que trabajo al día siguiente. Vuelvo a la librería y ahí está. Mira lo que ha llegado, Adriana, me dicen las compañeras. Soy yo. Aquella era yo. La de la portada. La que escribía así. Aquella joven promesa. Joven entonces, sí. No ahora, no me jodas. Joven entonces. 

Están pasando cosas buenas, pero qué esperaba yo de la vida. Qué esperaba yo que iba a ser la vida. ¿Se puede seguir esperando algo ahora

Participo en la antología descomunal Naturaleza poética (La Imprenta, 2022), un libro en el que participamos más de setenta autores. Encuentro una reseña del poemario en El Periòdic y entro. Me sorprendo inmensamente cuando veo que las primeras líneas, buena parte de la reseña, guau, mucha parte incluso de la reseña, está dedicada a mi poema. Ángel Padilla desgrana «Madre ciudad acuna a un hijo hambriento» con un respeto y una generosidad inmensas, como solo podría hacerlo un buen lector de poesía que ha leído con atención y respeto un poema. Me emociono. Setenta y cinco poetas en el libro y Ángel se detiene de esa manera en el mío. Es precisamente el poema que abre la antología. Eso facilita las cosas. Pero qué responsabilidad ser la primera, ojo. Qué responsabilidad ser la anfitriona. Saboreo esta reseña como un gran logro y un gran reconocimiento. Vale, soy muy egoísta. Soy muy narcisista. Necesitaba reconocimiento. Necesitaba que se supiera que sigo aquí, que sigo viva, que sigo escribiendo, que lo sigo intentando aún, que no me olvidéis por favor, y aparece esta reseña. 

¿Pero qué me pasa?

¿Por qué todo queda eclipsado por el reconocimiento que no encuentro en mi casa, en La Rioja, en Logroño, por qué? ¿Realmente existe esa falta de reconocimiento aquí? ¿Qué espero de La Rioja, de Logroño? ¿Realmente es tan importante?

Visito un instituto de Getxo y el recibimiento por parte de las profesoras de lengua, de la directora del instituto y de los propios alumnos, es increíble. 

Se habla increíblemente bien de un poema mío en un medio valenciano.

Tronca, quédate con esto, por favor. Pero no me quedo con esto. Me quedo con el recital para cuatro personas en Albelda con la charanga de Makoki de fondo, con el vacío absoluto en la biblioteca de Lardero. Hace falta ser imbécil.

Hay más cosas buenas. 

El martes recibí las primeras pruebas maquetadas de Urbe capensis. Es muy probable que salga a tiempo para el 23 de abril. La maquetación es una gozada. Abrí el PDF en casa de mi madre y no dejaba de decir: «¡Madre mía, qué maravilla de maquetación. Buf. ¡No se queda ni un verso descolgado! ¡¡Esto lo han maquetado con muchísimo cariño!! Mira, esta página se puede leer como un poema solo. Esta también. ¡¡Esta también!! ¡Qué bien han cortado en cada página. Esto está increíble». Mi madre, que es mi fan número uno, me decía: «¡Está bien porque es muy bueno! ¡Lo has escrito tú así de bien!». Y yo: «Que no, que no. Que no hablo de eso. Es la maquetación. Esto lo ha hecho alguien que se lo ha leído muy, muy bien». 

Todo lo que ha rodeado la edición de Urbe capensis ha estado lleno de lectura y respeto. Desde el momento en que me llamó el director de la colección, que yo no caía en quién era ni de qué me hablaba, porque había dado por perdida toda esperanza. Era en plenas fiestas navideñas. Carlos estaba confinado por el covid y Óliver y yo pasamos las navidades en casa de mi madre. Estábamos por la calle, tarde de noche cerrada absoluta, muy de invierno muy de navidad, Óliver con un coche nuevo y mi madre hablando con algún conocido en la calle, creo. No sé, me pilló todo muy de sorpresa en la calle donde vivimos ahora. Nos mudamos en febrero. Hay muchas cosas nuevas. Bueno, aquella llamada. Cómo me habló de Urbe capensis. «Es un poemario espléndido», me dijo. Bueno, lloro. Después, cuando me enviaron la carta oficial para publicarlo, también fue emocionante. Es emocionante cuando las cosas se hacen tan bien. A mí me gusta mucho lo underground, ya sabéis, pero la pulcritud de las instituciones me vuelve loca. Todo este proceso me ha recordado mucho a la edición de Engaño progresivo en la colección de poesía de la Fundación Jorge Guillén. En 2012. Ha llovido también, ¿eh? 

¿Soportaba mejor el dolor cuando no le ponía nombre o pensaba en él como otra cosa? 


Veremos si dejan de pasarme las cosas por encima como si nada. Veremos si se va pasando el dolor. Veremos.


Comparto el vídeo de Christine and the Queens porque me encanta Christine, me encanta la canción y en el videoclip aparece hecha mierda por un pueblo, que es bastante cómo me siento gracias a mis traumas de niña de pueblo inadaptada. Que, por cierto, la ruta interboinas de Biblioteca Activa comenzó en Baños de Río Tobía. Prueba de fuego. Nos trataron muy bien y vino bastante gente. Gente que conocía a mi madre. Mis amigas de la infancia huyeron todas del pueblo como yo, imagino. Tampoco esperaba que viniera alguna de ellas. Pienso mucho en las amigas que he perdido o que he abandonado o que me me dejaron a mí. Pienso mucho. No consigo poner una barrera entre mi adolescencia y el ahora. Lo que pasó hace tanto tiempo no deja de venir a mí como si hubiera pasado ayer mismo. Es una puta maldición recordar con tanta nitidez todo lo que quiero olvidar. 

viernes, 3 de diciembre de 2021

Llegar a casa después de enviar un poemario a algún concurso

 


Ay. Aquí estamos otra vez. Pero es otra vida esta, claro. El tiempo pasa y aquí seguimos. Aquí sigo, intentándolo otra vez. Qué estúpida.


Parecía que iba a costar mucho. Que iba a ser una tarea tediosa. Hacía mucho que no lo hacía. Contar los versos, buscar concursos, adecuar el formato a lo requerido, buscar un seudónimo no demasiado estúpido, imprimir entre tres y cinco copias a una sola cara, encuadernar en espiral, los datos personales en un sobre aparte, bien cerradito, observar los ejemplares encuadernados con un orgullo exageradísimo, un orgullo extremísimo, y, después, la gran vergüenza.

Bueno.

La vergüenza ya estaba ayer por aquí rondando. Lleva bastante tiempo rondando la vergüenza, a decir verdad. Pienso que escribo bien, que la propuesta es guay, que no soy peor que el resto, que muchas veces, incluso, lo siento, lo pienso así, creo que soy mejor que mucho de lo que leo. Y al mismo tiempo me digo, me digo con violencia, estúpida, a dónde te crees que vas. Quién te crees que eres. Eres un fraude, una mentirosa. Eres falsa. Tu propuesta es débil. Tus poemas son mediocres. 

Y no sé cómo pero recojo el poemario por triplicado, por cuatriplicado, de la copistería, y veo el título y el seudónimo y espero que los de la copistería me digan "¡mucha suerte! ¡A tope!" pero no sucede, claro, y meto las copias en sus sobres y me piro a Correos. Y voy notando la derrota.

Adónde voy con esto. Y ese verso que había hacia el final. Puse punto y coma ahí, madre mía. ¿Se entenderá? ¿Tendría que haber revisado mejor esa rima? No quedaba mal, pero. Mierda. Ya es tarde. Ya está, el poemario está así. Si ganas, ya habrá tiempo de retocarlo. Si ganas.

Vamos, no me jodas. Adriana. Qué cojones vas a ganar.

He salido de casa con mi disfraz. El pelo liso, la boina, el eyeliner. Pero en Correos soy un desastre. En cuanto me pongo la mascarilla y entro, se me empañan las gafas y no veo nada. Hace demasiado calor y me quito la boina. Ha llovido, así que el efecto de mi pelo al quitarme la boina es un desastre semioundulado semimierda. Y ahí estoy yo, esperando la vez, con mi poemario dirigido a algo demasiado grande, y creo que todos en la oficina me miran con asco y con pena, y que tratan de decirme: no lo envíes, anda, autoedita una plaquette y se la regalas a tu familia en Navidad. 

Cuando salgo de Correos, tiemblo.

Me quedo al lado de la puerta muy quietecita y cabizbaja como una auténtica imbécil. Llevo una bolsa de tela vacía hecha un burruño en la mochila. La mochila que llevo es de La casita de Wendy y está estampada con ilustraciones preciosas de mujeres escritoras. Tengo ahí a Sylvia Plath, Emily Dickinson, Anaïs Nin y unas cuantas más. Ahí, detrás, en mi espalda, pegaditas a este desastre que todavía aspira a algo, absolutamente patética, a punto de cumplir treinta y cuatro años y aferrándose a los concursos que aún la consideran joven. Hace mucho tiempo hice un camino parecido al de hoy para presentarme a estos mismos concursos y pensaba en lo patéticos que eran los que se presentaban pasada la treintena. Por favor, si es es un concurso para jóvenes, que dejen hueco a los realmente jóvenes. Qué cretinez es esa de llamarlo "joven" hasta los treinta y cinco. 

Pero aquí estoy, más de diez años después, con el mismo frío y la misma tristeza, la misma soledad que me agarra con firmeza cuando salgo de la oficina de Correos, arrastrando los pasos hacia casa. 

De dónde salen esas voces que me dicen que soy un fraude. Que ya se me acabó el tiempo. De dónde vienen.

De dónde viene esta fuerza para seguir intentándolo a pesar de todo. De dónde viene. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Bye-bye 2014

January Git by Gilbert O'Sullivan on Grooveshark

Pues porque se tiene que terminar, y punto. No nos vayamos a volver locos ahora. 

Vuelvo al blog esta noche porque me siento un poco en la obligación moral (¿en serio he dicho esto?) de volver antes de que se acabe el año. Como volver a casa por navidad. Como tener que escribir una despedida, como tener que hacer recuento y propósitos para lo que viene. Pues ya ves. Para mí es un poco absurdo, la verdad, verme aquí, en esta tesitura. Sí, porque para mí está claro que los ciclos empiezan y terminan en septiembre. Está clarísimo. Pero en septiembre no se celebra nada. O, bueno, igual sí. Quiero decir. En Logroño se celebra San Mateo en septiembre. Y tal vez por eso tiendo a vivir esas fiestas con una tristeza inusual, entre bares llenos y fuegos artificiales. En especial este año. Qué tristeza tan enorme en septiembre. Pero es lo que tiene el final del verano también y el principio del frío. Es como un anochecer en letargo, y bueno, los anocheceres y las tardes de domingo. ¿Sabes lo que quiero decir? Ese naranja. Que me da toda la rabia citar a estas alturas a Foster Wallace. Ahora que a nadie le gusta, que está tan mal visto. Como si digo que me gustan (aún, a dónde vas, ¿no?) Vetusta Morla. Qué insensatez, y tú te haces llamar poeta, y etcétera. Pero sí, bueno, decía él en La broma infinita que... un momento, no. No, lo que él decía es que los sentimientos profundos son de un vago rosado. Vale, entonces me libro de citar a Foster Wallace, claro, porque para mí la nostalgia, la resaca y los finales son naranjas, como las tardes de domingo. Ahora sí que soy poeta, claro, ahora que me cito a mí misma. 

La ansiedad también me parece naranja. Va un poco con eso la cosa de las tardes de domingo. Siempre que digo "tarde de domingo" me viene a la cabeza una imagen. Somos tres amigas en el patio del colegio de Baños. Como en Baños no había parque, entrábamos al patio del colegio los fines de semana. Y estábamos en la parte donde aparcaban los coches los profesores. Llamarlo aparcamiento me parece excesivo. Pero claro, los domingos no había coches. Era una pequeña explanada de cemento, sin más. Y ahí nos quedábamos, jugando a alguna tontería, o haciendo de los juegos una tontería mientras nos hacíamos mayores y aparcábamos la goma de saltar para hablar de tonterías propias de la edad. Y era domingo, a lo que iba, y estábamos ahí mientras el cielo se iba poniendo naranja y sabíamos que ya estaba. Ya está, tenemos que volver a casa, para volver mañana aquí. Era una tristeza rara, era una tristeza hermosa.

Septiembre es naranja por completo, y el número siete es verde Spotify. Digo verde Spotify porque veo el logo en la pantalla y es el verde que me parece que mejor le va al número siete. Pero me estoy saliendo de foco. Un momento.

La cosa es que no sé muy bien qué termina ahora. Se termina mi contrato en el curro donde estoy ahora, por ejemplo, dentro de diez días. Me preocupa quedarme sin dinero y tener que volver a casa, claro, pero confío —y sé, porque lo sé y lo quiero— en encontrar otro trabajo para poder quedarme aquí en Madrid. Porque aquí soy feliz, y eso es una cosa muy seria.

¿Sabes cómo empecé el 2014?
No, da igual. Olvida esta pregunta. Lo importante es cómo lo termino. He cerrado la tienda online de La Plaquette.

Si no sabes de qué te hablo, no te preocupes: te lo voy a contar igual.

Empecé el 2014 en casa de Adriá, porque Adriá estaba enfermo y no iba a salir. Así que fui a su casa después de cenar con mi madre y nos pusimos a ver vídeos tontos de Youtube hasta que se hizo tarde y volví a casa. La gente aún seguía de fiesta, claro. Así es la vida. Tú te vas, y la gente sigue. Me desvío, perdona.

La cosa es que yo en enero tenía una librería que abrí en noviembre. El 3 de enero ya tenía organizado un evento en la librería, y se llenó, en serio. Presentamos Deshielo y ascensión, de Álvaro Cortina Urdampilleta a mediodía. Cuando estaba preparando la presentación, me sorprendió alguien con un regalo: mi perfume favorito de todos los tiempos: Hugo Deep Red. Por la tarde, esa misma persona me escribió un mensaje súper largo por Facebook, que no leí porque me dio la risa sabiendo lo que me estaba diciendo. Mi respuesta fue: Ok, chao :) 
Me río porque me da risa cuando se trata de terminar algo que no ha empezado. ¿A qué viene el drama cuando no han habido sentimientos? Es absurdo. Cuando no ha habido nada, quiero decir. Si una cosa no ha empezado, no puede terminar, pero más absurdo aún es tratar de dotar de un fingido sentimentalismo esa despedida. Es una mera interpretación, ¿sabes lo que te quiero decir? No siento nada, pero quiero sentir. Quiero forzarme a sentir. Quiero que esto sea real, y por eso lo pongo por escrito. Y si es posible hacerte daño, para hacerlo más real. Pero conmigo eso no funciona porque soy incapaz de tomarme nada en serio cuando no estoy enamorada. 

Y ahí estaba yo. Había montado una librería en Logroño, organizaba eventos todas las semanas, pedía libros, los devolvía, vendía algo, yo qué sé. Lo que viene siendo un negocio pequeño. Salir de casa con vestidos cortos, botas altas, boina, el MP3 a tope, abrir, subir la persiana, sentirme a salvo: Joder, esta es mi casa, esto es mío porque yo lo he construido. Joder. Y si no funciona, se cierra. Y no hay drama. Porque las cosas se acaban y se tienen que acabar. Ponía el disco Himself de Gilbert O'Sullivan y nadie me podía tocar. Te lo prometo.

Te lo juro, siempre he vivido de alquiler.

Y ahora qué hacemos. Lloraba a veces, claro, y escribía mequieromorir por todos los papeles, porque aún estaba enamorada (ay, amigo, claro que estaba enamorada). Y así llegó febrero y volvió el amor después de un bloqueo emocional de cinco meses. Ey, sí, habéis contado bien: desde septiembre. 

En junio decidí cerrar la librería. 

¿Por qué cerraste la librería?

La parte terrenal: no se vendía tanto como para afrontar los gastos del alquiler, de la cuota de autónomos, de la declaración trimestral, y pagar a las distribuidoras, las editoriales y los gins tonics. No me daba. 

La parte emocional: estaba cansada de organizar eventos para que no viniera nadie. Estaba cansada de buscar en Logroño algo que me motivara a seguir haciendo algo por esa ciudad. Soy una hija de puta hablando así, lo sé. Pero estaba cansada de forzar esa relación con Logroño. Ah, amigo, sí, vuelvo a lo mismo de antes. Es una relación estéril, pero quieres forzarla para que sea real. Ponerlo por escrito o hacer carteles y ponerlos por ahí. Para hacerlo real. Para decir: Logroño, confío en ti y te amo, estamos juntos en esto. 

Pero yo no me despedí de Logroño. Simplemente tenía que salir de allí. 

Porque no tengo paciencia. Podría haber aguantado el año, como todo el mundo me decía. Quizá sí. Podría haber considerado las deudas como parte del negocio y no como una vergüenza absoluta. Podría haber insistido más en nuestra relación. Coño, Logroño, mira qué buen rollito con el bueno de Gilbert en el plato, con Pshychedelic Furs y con Fleetwood Mac, por supuesto, porque aún seguía latente la fiebre American Horror Story: Coven entre las jovencitas seguidoras de la serie y fans de Escandar Algeet, Elvira Sastre e Irene X. Oh, yes, darlings.

Pero yo no tengo paciencia. Y si las cosas no funcionan, digo hasta luego, como Cher en Sirenas. Y saldo las deudas, recojo y cierro con la misma determinación (¿y podemos decir aquí valentía?) con la que abrí. 

Así que, veamos. 2014, qué rápido y qué intenso has sido. Tantas cosas en tan pocos meses, ¿verdad?
Y no solo por la librería, claro. Ya ves tú. Que también hubo tiempo para el ego y para los círculos. Ay, sí.

Fíjate, que yo en enero de 2014 aparecí en Radio 3, en Hoy empieza todo con Marta Echeverría, hablando de Erosionados. Y, aún es más, y aquí el círculo: en enero de 2014 bajé a Madrid para presentar la antología en La Central de Callao.

Y luego llegó marzo, te mueres, y aparecí en el telediario de TVE en un reportaje sobre blogueras.
Y fuimos a Barcelona (ay, ¡Barcelona!), y estuve muy bien recitando en Pequod. Qué bien, de verdad. Recuerdo ese viaje con tanto cariño. Y cuando volvimos, que yo iba leyendo el libro de Astur en el bus, y no paré de llorar de Calahorra a Logroño.

Y, ojo cuidao, que 2014 termina como EL AÑO EN EL QUE APARECÍ EN INTERVIÚ. Allá por mayo, que era por mayo, cuando hace la caló. 

Posando en La Plaquette, además.




Y qué más. Pues eso, que fue un verano amargo. Un verano de devolver libros, de mover la tienda online por las redes al tiempo que me hartaba más y más y más de las putas redes, de Facebook, del mundillo, de yo
qué
sé.

Y mi miedo y mi ansiedad: a no hacer nada. A decir: volvemos a estar igual que antes, colega. En Logroño, en casa de tu madre, sin trabajo, sin inspiración, además. Porque desde que volví a Logroño en agosto de 2012 me costaba horrores ponerme a escribir algo decente. Mi puta vida.

Y esa tristeza irracional que se me había instalado de una manera tan brutal. ¿Pero de dónde salía toda esa tristeza, por favor? Me ponía a llorar y solo podía preguntarme cuándo
va
a
terminar
esta
tristeza.

En agosto ya estaba triste. Bajé a Madrid a hacer algo. Patty, hagamos algo. Bajo a Madrid y grabo este vídeo con Patty y La Chica Metáfora:




Un viaje exprés de esos que me montaba yo. Y los viajes exprés tienen eso de volver pronto. De volver. Y vuelvo. Es agosto y la tristeza sigue ahí. Intengo volver a emitir Fosfatina, pero no hay nadie que escuche, o eso creo, y además Spreaker va fatal en el portátil viejo, y en el nuevo no hay salida de micro (aloha? ya) y pf, que no estoy motiva y ya está. Óscar Sejas me invita a un evento en un pueblo cerca de Valladolid, y está bien, porque así salgo, leo mis mierdas y paso unos días con Dre en Valladolid. Pero qué tristeza más tonta.

Imagínate. Es agosto y estoy rígida como una tabla. Volvemos a Madrid a finales de mes. Quiero estar bien, pero estoy tensa, y no soy capaz ni de hablar con nadie. Volvemos y tengo cosas que hacer. Demian me va hacer una fotografía para su proyecto Perdidos y esa misma noche recito en el Aleatorio y después J. pincha. Pero yo después de recitar soy un desastre. Me dan ganas de llorar o de vomitar o de morirme. En ese plan, cómo voy a integrarme en la vida de nadie. Cómo me van a querer con esta tristeza absurda y brutal que me atenaza los músculos. Quién.

Para colmo, al día siguiente me encuentro en La Central un ejemplar de la primera tirada de Ánima esquiva y. Bueno, de eso ya hablé aquí: No longer stocked.

La cuestión es que termina agosto y terminan muy mal las cosas con la editorial Origami, con quien saqué mis últimos dos libros y para quienes coordiné la antología Erosionados

El 1 de septiembre, bajé a Madrid (otra vez, cuántas veces en poco tiempo) por una entrevista de trabajo. Después de la entrevista, de la cual salí muy contenta aunque, yo qué sé, luego me fue entrando la inseguridad a medida que me iba acercando a Logroño, Dre me comentó que al parecer Origami me había descatalogado.

Esa misma semana tuve otra entrevista de trabajo en Logroño. Un curro que estaba hecho para mí y por el que parecía que irían a pagarme bastante bien.

J. me preguntó: ¿Y si te cogen en los dos... te quedas en Logroño o te vas a Madrid?

El contrato que me ofrecían para el curro de Madrid era solo de tres meses con pocas prácticamente nulas posibilidades de que se fuera a alargar. El del trabajo de Logroño me aseguraba al menos nueve meses.

Estaba claro que iba a bajar a Madrid porque lo que menos me importaban eran las condiciones. Yo solo necesitaba salir de allí.

Pero, aquí la impaciencia otra vez. No me llamaban. Se me acumuló un dolor en la espalda que me quería morir. Solo era ansiedad, pero no me podía mover a no ser que me tomara un Lexatin. Así que, estaba claro, era el momento perfecto para maquetar La Fanzine #11: El futuro. El futuro, nada menos. Que es la cosa en la que menos he pensado en la vida. Y a ratos bien, muy bien, y a ratos con los nervios que me tiro de los pelos mientras busco curro y descartan todas mis candidaturas. Así que Dre me salva la vida un poco más y me ofrece quedarme unos días en Valladolid. Y fijaos qué impaciencia la mía. Os lo juro, ahora que lo pongo todo por escrito y veo las fechas. Sigue siendo septiembre, joder. Sigue siendo septiembre, hice la entrevista el día 1, y me escriben el 29 para decirme que empiezo a currar el 30. Os juro que septiembre se me hizo más largo que todo el 2014 entero. Así que con la misma maleta con la que bajé a Valladolid, me despido de Dre en la estación y me voy a Madrid, con Patty, con Nares, con Mayte. Todo rodado: tienes que estar en Casa Deliciosa. Y aquí estoy.

Esa es la cuestión.

Y que si septiembre pasó como un año entero sin que apenas pasara nada, estos tres meses en Madrid se han pasado como un suspiro, pero joder qué suspiro. Joder.
Toda la gente que he conocido, la vida que me he hecho aquí, esta felicidad que no me la quita nadie salvo por ese miedo a tener que volver otra vez. 

Que qué me ha hecho Logroño. Nada. No me ha hecho nada. No he tenido ninguna movida, nadie me ha hecho daño. Sencillamente porque nada me duele en Logroño. Es como si estuviera muerta. Las cosas me pasan por encima en Logroño. Nadie me ve en Logroño. No existo. Es una sensación extraña. Ya me tomaré el tiempo algún día de pensar en ello. De dónde viene toda esa tristeza. De dónde viene todo ese rechazo. Lo único que puedo decir es que no puedo estar allí porque no soy feliz allí. Soy feliz aquí.

Aquí, joder, en Madrid. Aquí sí. 


Y es aquí donde me voy a quedar. 




Ah, y eso. Que he cerrado la tienda online de La Plaquette, porque sí, porque se tenía que terminar ya, y punto. A otra cosa.



Feliz 2015.



PD: Sí. Me llamaron para el trabajo en Logroño, al poco de llegar a Madrid. Sí, sí. Y dije no.



domingo, 30 de noviembre de 2014

Madrid 2

Vamos a rodearnos de gente bonita, Adri. Solo de gente que nos aporte cosas bonitas. 


Esto me lo dijo C. hace un año, más o menos. C. me decía que éramos muy sensibles, y eso me gustaba. 

Estoy rodeada de gente bonita ahora. Me siento tan bien en Madrid, me siento tan bien en Casa Deliciosa. Vivo rodeada de arte, de creación, de poesía. Y decir "vivo rodeada de poesía" suena tan cursi, lo sé, pero no. Esto no es cursi para nada. Siento que soy joven. En Logroño sentía que ya llegaba tarde a todo. Era tarde para salir. Era tarde para hablar de amor. Era tarde para fanzinear y para, yo qué sé, era muy tarde ya. 

Ahora abrimos los cajones del salón y nos encontramos cosas de los antiguos inquilinos. Nos reímos. Encontramos gafas de plástico. Seis pares de gafas de pega que nos ponemos mientras redecoramos el salón con fotogramas de películas antiguas y la letra de Patty de Frutos diciendo: Casa deliciosa somos todos nosotros. Y vamos al metro hacia Lavapiés y todos nos miran como si tuviéramos las mismas gafas y estuviéramos locos por eso. 

Soy feliz.

Y soy feliz por una cosa muy simple. Soy feliz porque me siento a gusto. Vaya donde vaya, no me siento extraña ni fuera de lugar. 

No me quiero ir de aquí.

Pau me dice que no me voy a ir. Que ya era hora de que viviera en una ciudad de verdad, y el chino me vende un mechero con un siete. Como si mi vida fuera un juego de azar. Me lo creo.

La vida rima, dice Patty cuando le hablo de coincidencias. Hombre, pues claro, Adri, es que la vida rima. 

Me lo creo.


La vida rima y todo empieza encajar. Me fui de Logroño con una conversación por teléfono muy amarga con el editor de Origami. 

Nadie apostó por ti más que yo, como diciendo: nadie apostará más por ti. Ánima esquiva descatalogado y vuelta a empezar con todo. Me sentía como si todo lo que había conseguido hasta ahora no sirviera para nada. Enfrentarme al rechazo de editoriales, no volver a publicar nunca. Volver al blog, que después ha sido toda una liberación y lo agradezco, pero en un principio me parecía un retroceso. Volver aquí, a escribir para nadie. Dejar de ser joven pero actuar como si lo fuera. Enfrentarme al rechazo. Ser anónima con mi propio nombre.

Sin embargo, se rompe la maldición y se reconstruye el puzle. Primero Excodra decide reeditar Ánima esquiva, y después aparece otra editorial interesada en publicar Ave que no vuela muere. 

En fin, que la cosa fluye. Que 2014 se está despidiendo muy bien y que el 2015 no puede traer nada malo.

Vamos, digo yo. Y lo dice mi mechero.





lunes, 6 de octubre de 2014

En Logroño me duele mucho más la regla. Madrid II


Valle Camacho



En Logroño la regla me duele mucho más. Es una locura eso. No me puedo ni mover, y refunfuño y lloro y pataleo como una niña, porque me cago en dios. En fin, que me duele mucho. Hace tres meses, durante mi regla de julio, lo dejé claro en público con un post que escribí en mi Facebook y que decía algo así como "puta regla puta puta regla puta...". La gente, mis amigos de Facebook, sobre todo mujeres que comprendían mi dolor, empezó a comentar sugiriéndome diversos modos de paliar ese dolor: infusión de albahaca, ibuprofeno, cómo no, y otras medicinas naturales y no. Gabriela Collado (o Maga Viajera para quienes la conocen como blogger), al margen de pastillas, hierbas y otros remedios externos, me habló de conciencia, mente, etc. No le entendí muy bien y ahora no puedo parafrasearla porque borré mi perfil de FB, pero creo que sé por dónde van los tiros y ahora os diré por qué. Al mes siguiente, la regla apareció en Valladolid. Estuve pasando un fin de semana en casa de Dre porque me habían invitado a participar en un evento de poesía en Rueda. El domingo me despertó el dolor (aloha) y pensé: no te puede doler aquí (en Valladolid, me refiero, no a los ovarios). No te puede doler. No vas a estar lloriqueando en casa de Dre. Así que respiré profundo, me tomé un ibuprofeno, y empecé a pensar en mis ovarios y a quererlos a pesar de todo porque ellos solo están haciendo su trabajo. No me dolió en todo el día. El mes pasado, fue diferente. Creo que ha sido la peor regla de mi vida. El síndrome premenstrual fue terrible. Yo pensaba que me quería morir. La verdad es que septiembre fue un mes de mierda. Empezó guay porque me llamaron de dos puestos de trabajo ideales para mí y me pareció que las entrevistas fueron guay también. Así empezó la semana del 1. Pero luego no llamaron, luego el tema del dinero y las facturas póstumas que sigue generando La Plaquette, trabajos de corrección que no cubren la cuota de autónomos, todo el tema de Origami y su puta madre, y luego pues todo, claro, porque cuando te da el bajón es todo, y todo mal, muy mal. Así que la regla vino por todo lo alto. Con una contractura muscular en la espalda que estuvo quitándome la vida, y una ansiedad como para haberme arrancado el pelo a puñados. Fui a urgencias porque ya no podía más. Y os prometo que aguanto muy bien el dolor, pero lo de la espalda impedida fue ya el colmo. Y nada, que era ansiedad, y punto. Que te tomes un valium, te tranquilices y te vayas a casa. O a tu médica de cabecera, que ya te conoce como la paciente Drama Queen y te pregunta con una sonrisa: "¿pero tienes problemas de verdad o te los creas tú misma?" y después te receta Lexatin. Pasé un septiembre tan, tan, triste, joder. Y era como: a ver,  no puedo permitirme caer en una depresión. Si caigo en una depresión ahora, no me iré de Logroño nunca. Eso es lo que pensaba. Así que bueno, sin dinero, con una tristeza absoluta y una caja de lexatines sin abrir en el bolso, me cogí un bus a la mejor terapia posible: pasar unos días con Pat y Dre y maquetar La Fanzine. Después, pues ya sabéis.Terminé septiembre en Valladolid y después me llamaron de uno de los curros ideales para los que hice entrevista a primeros de septiembre y me vine a Madrid. Vamos, que la regla de este mes me ha pillado en Madrid, con calma, con trabajo, en un ambiente que me gusta, y, en definitiva, me ha pillado feliz. Así que no ha dolido. Así de fácil. No ha tenido nada que ver con la alimentación, porque la verdad es que he comido muy mal esta semana, sin pasta y con horarios cambiantes; ni con las pastillas, porque no tengo ibuprofeno ni antalgin aquí. La tristeza y la ansiedad me las han curado solamente las circunstancias. No he notado síndrome premenstrual, solo una pequeña molestia en los ovarios. Por eso digo que ahora creo que he entendido lo que me comentó Gabriela en Facebook. Que mi dolor no me lo produce la regla, no me lo produce mi propio cuerpo. Me lo produzco yo, como me dice mi médica. No me puedo frustrar tan fácilmente porque no me cojan para un trabajo, me queden cosas por pagar, descataloguen mis libros o no pueda escapar de Logroño. Imagino que al final todo tiene solución. Para empezar ya he tachado dos cosas: tengo trabajo y he podido escapar de Logroño. 


viernes, 3 de octubre de 2014

Madrid I



Pues nada, aquí estamos. POR FIN. 

Como ya conté hace unos días (y borré, aunque ya sé que varios ya lo vieron, porque a lo tonto se ve que aún hay seguidores de este blog, y que ahora he vuelto a publicar, porque yo qué sé), he conseguido trabajo en Madrid. Algo temporal, pero que llega en el momento perfecto para escaparme de la rutina de Logroño.


Estoy sin dinero pero con muy buen humor y rodeada de gente estupendísima que me ha acogido u ofrecido su ayuda para buscar alojamiento sin pensárselo dos veces. Estoy que no me puedo ni creer cómo ha podido cambiar de esta manera mi suerte. 

Estoy sin dinero, y me dice Javier: mira, el año pasado abriste una librería sin tener dinero y ahora te vas a Madrid sin tener dinero. Pues así las cosas. No tener dinero me deprime. No tener trabajo ni sentirme creativa, mucho más. Si no trabajo, y además no escribo, me hundo. Es obvio, claro. A ver quién está bien sintiéndose un inútil. No tener dinero me deprime, pero precisamente por eso no me para. Y que tengo unos amigos maravillosos, eso también, que me han ayudado estos últimos días tanto. Es que me muero de amor, os lo prometo. 




martes, 30 de septiembre de 2014

Y empezar octubre en Madrid

Eh, Adriana, te has decidido a publicar la entrada anterior, ¿eh?


Sí, porque ya estoy otra vez arriba. Y nerviosa a morir, claro. ¿Te cuento un poco mi día de hoy? Pues claro que sí.


Lo primero que hice fue ir a la copistería Celeste, que es la copistería a la que íbamos Pat y yo a fotocopiar ejemplares de La Fanzine. Con Celeste es fácil, rápido y económico. A mí es que me encanta. No quiero que esto se convierta en un espacio publicitario, pero la semana pasada fui a hacer ejemplares de La Fanzine a Escala (Logroño) y pretendían cobrarme 4€ por cada uno. Hablamos de un juego de fotocopias en b/n con una grapa. Celeste cobra 22,16€ por 20 ejemplares. Es decir, 1,10€/ejemplar. 

Así que, lo dicho, fui a recoger los veinte ejemplares a Celeste y luego fui a Correos para enviar unos cuantos a Supercoño Fanzine, para el festival de fanzines que organizan este sábado, 4 de octubre, en Madrid.



También envié fanzines a alguno de nuestros queridos mecenas. El caso, que entre las fotocopias y los envíos me quedé sin dinero (otra vez: la historia de mi puta vida), y me vine abajo porque quería un café y no tenía con qué pagarlo. 

Lo que hice después fue acercarme a A Pie de Página, librería de la que ya he hablado por aquí antes, creo. Bueno, fui a A Pie de Página y dejé algunos ejemplares de Eis. Están a 8€. 
Qué tal te va la vida después de la librería. Pues bah, mal, bah, triste, hecha una mierda, muy bluf, he desaparecido de Facebook porque bluf, y ahora quiero irme de Logroño también, así que he venido a pasar una temporadita por Valladolid, a ver si sale algo, porque, bueno, ya sé que en todos sitios está todo mal, pero en Logroño ya es imposible encontrar algo, y cómo es que la librería te fue mal, con la de gente que te conoce en Logroño, pues igual por eso mismo (me río, o sonrío), no sé ya qué pensar, me estoy volviendo un poco paranoica, y estoy un poco (hago un gesto con la mano, como si estuviera bajando algo) después de lo de Origami también, y tal, bueno, yo si sé de algo te lo comento, mucho ánimo, muchas gracias. 

Odio estar triste.

Ya sé, joder, menuda obviedad acabo de soltar. Pero no me soporto. Nadie puede soportar a alguien así. Yo antes no era tan gris, ¿no? ¿siempre he dado tanta pena, en serio?

Así que vuelvo a casa, que no es mi casa, claro, es la casa de un amigo que me ha hecho este grandísimo favor, y enciendo el portátil. Tengo un mail nuevo y es la mejor noticia que podía recibir ahora mismo:

Tengo trabajo. En Madrid. Empiezo mañana. No soy capaz ni de dar saltos de alegría porque no me lo creo, pero es cierto. Me voy a Madrid. 



Os voy a comer a besitos.




Big Girls Don't Cry by The Four Seasons on Grooveshark

Terminar septiembre en Valladolid

Psst, psst, Adriana. Eh, Adriana, eh.




Leí hace tiempo a Kahlo decir que su psicóloga le había recomendando escribir listas. Ayer estuve leyendo La tumba del marinero en casa de Dre. También leí algo de Thomas Hardy. Y he dicho que no sé si está bien haber venido porque estoy muy triste y me pongo a llorar por nada. Pero he venido. Bueno, a decir verdad, me he ido. Me he ido de Logroño. Miraba Valladolid hoy y decía, joder, qué feliz he sido yo aquí. Me he acordado de Pat, caminando por los bordes de las aceras, escuchando música. He pensado: joder, yo he sido feliz aquí. Yo aquí me ponía dos trenzas y combinaba las zapatillas (una negra y otra morada), y era feliz así sin tener que aparentar nada. Tampoco me comía la cabeza con lo que escribía ni publicaba en el blog. Y lo pasé mal, claro, como en todo. No fue la casa de la pradera esto, claro, pero. Bueno, es que la nostalgia es muy traicionera, claro. Todo se ve mejor a distancia. Cualquier tiempo pasado. Ya sabes.  

Me hace gracia pensar en mi dos mil nueve porque si escribiera una autobiografía, cosa que no quiero, pero que Pat y Dre me sugirieron la semana pasada. Da igual lo que cuentes, son tus paréntesis, me decían. Mis paréntesis. El caso, que si escribiera una autobiografía tendría que centrarla en mi dos mil nueve, porque fue cuando hice clic y todo eso. Me dijo mi psicóloga el año pasado. No es que vaya a terapia ahora, es que fui un mes, el año pasado, entre la ruptura y la librería. Yo le dije que estaba harta de estar arriba y venirme abajo de repente. Parece que voy alternando las semanas: una a tope, otra a morir. Y ella me dijo: "perdona que te lo diga así, pero es que llevas mucho tiempo mal". Y buena suerte y hasta la próxima. 

¿Sabes qué pasa? Pasa que tengo miedo. Que antes me refugiaba aquí, contaba mi puta vida. Daba igual todo. Pero ahora ya me estoy arrepintiendo de haber mencionado que visitara a una psicóloga durante una breve, brevísima, temporada. Me da vergüenza mi vida, me da vergüenza todo. 

Busca trabajo, Adriana, eres una inútil. Quién te va a querer con este pelo. Quién te va a querer con este rictus de tristeza constante e inmerecida. Hay gente peor que tú. Gente que realmente lo pasa mal. Quién eres, Adriana, y qué has venido a buscar aquí. Si no lo tienes es porque no quieres y si lo tienes es porque quieres. Etc. 

Si volviera atrás, qué cambiaría. 

No escribiría poesía. No conocería a los poetas. Me quedaría oculta en un seudónimo y una ilustración cualquiera por foto de perfil, y punto. Escribiría sin ninguna pretensión de nada. No, nunca, jamás, leería mis poemas en público. ¿He dicho poemas? Quiero decir textos. No leería en público. No me haría un perfil de Facebook.

No me haría un perfil de Facebook.

Sería anónima. Joder, cuánto me gustaría ser anónima. 

Anoche soñé, te vas a reír, anoche soñé que abrazaba a un conocido poeta y me echaba a llorar. Le preguntaba "¿cuándo va a acabar toda esta tristeza?" y él me separaba y me decía: "venga, vete a casa". Cuando me he despertado solo me apetecía abrazar algo y preguntar cuándo va a terminar toda esta tristeza. 

Y luego vi Valladolid, y pensé, joder, yo he sido feliz aquí. Yo he sido feliz aquí, ya me vale, a quién intentas engañar. Yo no he estado bien en ningún sitio. La única diferencia es que aquí la infelicidad fue solo mía, porque la infelicidad no se comparte con nadie. A esa se la disfruta y se la quiere y se la usa con fines creativos. Como al insomnio.





miércoles, 27 de agosto de 2014

#1

Hola, diario:

¿Sabes? Me compré mi primer diario en el 2001. Me lo compré en verano, cuando pasaba unos días con mi padre en Vitoria. Por aquel entonces había pocos bazares chinos, o al menos no tantos como ahora, o al menos no tantos como en Logroño. En Logroño creo que no había ninguno. Además, yo vivía en Baños, así que lo de los bazares chinos era algo desconocidísimo para mí. Mi padre estaba alucinado con ello. Con lo de los bazares, digo. Habían abierto uno cerca de su calle y corrió a enseñármelo. Lo visitábamos como si fuera un museo, casi. Tenían de todo. De todo. Allí me compré algún libro de mierda (seguramente de Pesadillas, o parecido) y el diario. Que era tipo diario. Con su caja, su llave y su cerrojo, aunque no hacía falta la llave para abrir la caja, así que no me quedaba más remedio que confiar en mi familia. Realmente no contaba nada secreto. No tenía secretos en el 2001. Era una adolescente muy sosa. La vida la tenían los otros. 

No volví a tener un diario tipo hasta años después, y porque me lo regalaron. Lo que me compré después del primero fueron cuadernos. Cuadernos bonitos, de tapa dura, y con las hojas en blanco. Nada de rayas. Siempre he odiado las putas rayas. Del 2001 al 2006 llené no sé cuántos tropecientos mil cuadernos. Contando nada, ¿sabes? Qué coño iba a contar, claro, si mi vida era un coñazo. Pero así es la adolescencia, ¿no? Una vida entera de nadas. Me gusta alguien que nada. Mis amigas y yo hablamos de nada. El instituto es una nada. Baños es nada. Logroño parece que vaya a ser todo pero sigue siendo nada. Todo es nada. Pero ahí estaba yo, escribiendo. Cada noche y en cualquier momento que necesitara gritar. Y siempre con cuidado, porque de alguna manera estaba escribiendo para ser leída y no me gustaría dar una imagen de mí que no quisiera enseñar al mundo. 

A lo que voy es. Que luego he llenado cuadernos también, sí, pero ya no contaba mi vida. Eso si acaso lo hacía aquí, en mi blog, pero en los cuadernos me volví caótica. Sin fechas, sin seguir la línea, y todo tan abstracto. Ya no contaba mi vida, contaba mis sentimientos. Y luego apuntaba también facturas y números de teléfono. Los cuadernos ya no eran un reflejo de mi vida, sino mi vida misma. 

No sé, me he despertado hoy pensando en esto. 

Buenos días.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Energía Negativa

Foto extraída de aquí.



Los objetos tienen vida. Tienen energía. Positiv­a o negativa. El martes elijo la ropa inadecuada. Los vaqueros pitillo y las botas marrones de punta redonda y tacón de aguja. Tanto los pantalones como las botas fueron regalos de un antiguo novio. Pero no pienso en ello cuando me visto, ni cuando salgo a la calle, ni cuando estoy haciendo cola en RENFE para comprar el billete que me llevar de vuelta a Logroño. Vacaciones de Navidad. Cero ganas de volver. Hay un hombre en RENFE que me vende los billetes desde que vine a Valladolid, en otoño de 2006. Aunque haya tres trabajadores vendiendo billetes en venta anticipada, y más de veinte personas haciendo cola para comprar, a mí siempre me ha vendido los billetes ese hombre. Casualidades. Vínculos. Llámalo como quieras. La cuestión es que después de tres años estableciendo una relación de para el día X a Logroño. ¿Carnet Joven? ¿Sólo ida? ¿Efectivo o tarjeta?, el vínculo es evidente y pasas de tener un simple descuento por tener carnet joven a tener un descuento Estrella de la ostia. Pero el martes llevo puestos esos malditos pitillo y las putas botas marrones de tacón de aguja. Así que, por primera vez en tres años, me toca el número equivocado y no tengo descuento Estrella porque con la taquillera andrógina de RENFE no comparto ninguna especie de vínculo místico, ni mucho menos. Pago con dolor los veintipico y me alejo de allí, dolorida ahora no por el dinero, sino por las botas. Efectivamente. Ampollas. No tengo suelto para el urbano ni ganas de gastarme quince euros en un bonobús. Así que intento caminar dignamente. Tan dignamente que me acostumbro al dolor (¿masoquismo?) y opto por ir de tiendas con intención de gastarme algo de dinero. Gastar dinero es algo que suele hacerme feliz. Comprarme cualquier mierda. El caso es llegar a casa con algo nuevo. Entro en Blanco. Demasiada gente. Entro en Pimkie. Pff. Entro en el Corte Inglés. Me dejo subir por las escaleras mecánicas. Dejo que se me caiga la baba en la sección de zapatería. Fetichismo. Me dejo bajar. Llego a la sección de libros, discos y demás. En la entrada el DVD de la película sobre Coco Channel reza en la portada “Si quieres ser irremplazable, tienes que ser diferente”. O algo así. Lo demás, ni discos que merezcan la pena. Aunque estoy a punto de comprarme un recopilatorio de Madonna. Ni libros. Sólo grandes stands con los libros de Crepúsculo. Con libros sobre los actores de las películas. Con un montón de marketing sin sentido en torno a toda esa parafernalia vampírico adolescente. Me dan arcadas. Tres moleskines a doce euros. Acepto el trato, cojo el pack y me voy a caja. Pago con un billete de veinte y la señora dependienta me dice que no tienen cambios, que espere. Espero. Mucho tiempo. Demasiado como para percatarme de la cantidad de gente que está comprando libros de Crepúsculo para regalo. Una señora ha comprado los cuatro. Cada novela vale dieciocho con noventa. Detrás de mí, un libro escrito por Miley Cyrus, la pava que interpreta a Hanna Montana. Estoy empezando a sentir que estoy dentro de una parodia, de una broma de mal gusto, esperpéntica, del mundo occidental actual. Y no me está gustando una mierda. De pronto oigo un clic y noto un descenso de mi cuerpo hacia la izquierda. Perfecto. Se me acaba de caer el tacón de una bota. ¿Te debo ocho euros, no? Me pregunta la señora dependienta. Sí. Perdona por hacerte esperar. Intercambio de efectivo. Diez centímetros de tacón de aguja en mi bolso, yo caminando hacia la salida con un tacón fantasma para evitar ir cojeando, y en mi mano derecha una bolsa enorme dorada de qué bonita es la navidad made in corte inglés. Salgo corriendo de allí y entro a la tienda de enfrente sin mirar el letrero ni nada. Bienvenidos, estamos en Stradivarius. Por veintinueve con noventa me compro unos botines preciosos de tacón alto. La policía entra. Acaban de coger a dos chicas por robar en Zara. Entre sus cosas había una camiseta de lentejuelas de Stradivarius. Sólo necesitamos que nos hagáis un ticket con el precio. La camiseta os la quedáis vosotras. Gracias, agente. Salgo corriendo de la tienda con los botines preciosos de doce centímetros de cariño ficticio e incondicional, me siento en un portal cualquiera, me despojo de esas botas del infierno y camino con una felicidad materialista, fetichista y con aires de grandeza por la Plaza Mayor, dedico una sonrisa al escaparate de la tienda de chuches donde trabajaba hace un año por estas fechas, y observo con admiración mis tacones reflejados en él. Cómo adelgazan mis piernas, tensan los muslos, elevan mi culo, encorvan mi espalda, y disminuyen hasta hacerla plana, la curva de mi vientre. Y camino siempre con un pie un poquito por delante del otro, para que mis caderas parezcan más estrechas.

Ahora que tengo suelto, espero al autobús, y cuando llega dejo en la marquesina la enorme bolsa del Corte Inglés con las botas rotas dentro. Igual, quién sabe, a alguien le viene bien una buena dosis de energía negativa.

martes, 7 de julio de 2009

Noviembre, 2003





Son las dos y media de la noche, entre un lunes y un martes de julio, en mi habitación de Logroño. La misma de hace seis años. He cometido el error de abrir la puerta de un armario, de sacar un diario al azar, y de leerlo. No es tan grave porque el diario es mío, de hace seis años. Me da por culo lo que leo. No hice nada bien, no supe actuar para nada. Estoy dándome cuenta de lo pardilla que he sido y me da por culo. Menudo pavazo.


He leído mi octubre y mi noviembre de dos mil tres. El pavazo de los quince años, los cubatas de Martini con limón en Nájera, los chicos que me gustan (¡todos!), las amigas a las que odio (¡todas!), los mensajes de móvil, Linkin Park, Avril Lavigne y ¡Stacie Orrico!








Quería compartir con todos ustedes un pasaje de mi memoria y ni siquiera voy a corregirlo. Pueden tirarme piedras después:


Antecedentes: Viví en Baños de Río Tobía esa época tan absurda de la vida llamada “pubertad”. Baños es un pueblo de mierda cercano a Nájera, localidad donde cursé parte de 3º de E.S.O antes de irme a vivir a Logroño. Pese a todo, no perdí el contacto con “las Tomasas”, mi cuadrilla de Baños, aunque cada vez las aguantaba menos porque siempre he tendido a hacer lo que me sale del mismísimo coño y aquellas muchachas nunca aceptaron mi forma de ser, ni de vestir, ni que escuchara a los Red Hot en vez de enchufarme por vena Cadena Dial.


Domingo 30 de Noviembre de 2003 14:48h
En mi habitación. Logroño.


Son unas putas. Lo peor que ha parido madre. Odiarlas es poco. ¿Que, qué? Pues que el viernes como… espera, voy a ir marcha atrás.
Primero: El viernes fue fiesta, por lo que no había instituto.

El jueves, me llamó por teléfono S y me contó que el domingo pasado, en la Casa de Cultura, I y M pusieron verde a V, poniéndola de lesbiana, etc… ésta acabó por irse llorando al baño.
El día anterior de esto, o sea, el sábado, L nos invitó a todas a su cena de cumpleaños, e I, sacó el tema de V, aprovechando que ella no estaba. Me pareció vergonzoso cómo la pusieron. Además, no sabemos si lo es o no, pero ¿y si lo es? ¿qué? ¿qué más da?

A parte de esto, te voy a contar algo más: Resulta que yo, pues a veces me da por hacer llamadas perdidas y le hice una a A.B. Ésta se ve que no tenía mi número y me mandó un sms preguntándome que quién era, y yo, pasé de contestarla porque sí, pues porque pasaba de gastarme dinero para decirle únicamente: “Soy Adri”.
A partir de ahí, A.B venga a hacerme perdidas.

Pues va, que en la cena, A.B le pregunta a P.B que si tenía ese número y P.B le dijo que era el mío. A.B, entonces me preguntó que por qué no le contestaba, y yo le dije de broma (y cualquiera te lo puede asegurar, que no se lo dije a malas): “Joder maja, es que eres más cansa, por una perdida que te hice…” Y ella me contestó, también bien: “Claro, te hago perdidas hasta que me contestes”. Yo creí que ahí acabó el puto tema. Pero no; hubo un momento en el que P.B salió afuera y yo me senté en el sillón en el que estaba ella porque es más cómodo.

Volvió y me montó la parda con que me levantara. Puta gilipollas. Y va A.B, la puta asquerosa de ella, y me tira del puto sillón. Poco después me fui a casa.

El jueves me llamó S por teléfono y me contó, que además, en la Casa de Cultura, I dijo que yo le ponía mala o algo así y C dijo: “Es que es más tonta, a ver si espabila ya”. S me dijo que no me preocupara por eso, que seguramente ya se les habría olvidado. También me dijo que esta´harta de que P.B la utilice, que la llame sólo para que la acompañe a algo… además me contó que esa mañana, en el autobús, se ha sentado con ella y que P.B le ha dicho que yo la pongo mala, que he cambiado mucho, que cuando estaba en Baños no la contaba nada y que le había hecho algo yo a ella. Me quedé flipando. S me pidió que la llamara, porque además, P.B le había dicho a Sara que teníamos que hablar las tres. Llamé a P.B, que por el tono de voz no se esperaba para nada que la llamara. Me dijo que yo no le había hecho absolutamente nada y que lo del sábado fue una tontada. Además me contó que la que había dicho lo de quedar las tres para hablar fue cosa de S, no suya.

Me estuvo hablando como antes, como mi amiga, como la P.B que yo conozco y no la puta chula en la que se ha convertido. Decidí coger un autobús con destino a Baños, y lo hice.

Al parar en Nájera, vi en la estación a P.B, Li, La, A.B, M y B. Me saludaron. P.B seguía siendo la puta chula, y no me habló en todo el trayecto, a Li la ignoraban completamente y M me estuvo tocando los cojones diciéndome que no tenía por qué llamar cansa a A.B por hacerme perdidas. “Que eso no es de amigas”. Tú, puta, qué sabrás de amigas, si no tienes. Porque eres más mala que el mismísimo demonio, puta. A.B me dijo: “No te quejarás, que esta semana no te he hecho ni una perdida. Ni me he acordado de ti”.
P.B me dijo sonriendo, o sea, a ver, que me lo dijo a buenas, como si ahí no pasara nada, que todo era de broma: “aún siguen con lo del sábado”. Ya veo.

Cuando nos bajamos, yo me fui con Li y S y las otras no sé a dónde. Le conté a S lo de la llamada a P.B y ella me dijo que todo era mentira. Me van a volver loca.
El viernes, hicieron comida en la lonja de M. Pero yo no fui porque me fui en el autobús de las tres a Nájera. Me fui a casa de mi tía, y ella me alisó el pelo y me maquilló (es esteticista). Luego, me fui a buscar a las de Baños, y por el camino me encontré con unas que iban a mi clase en Nájera. Me saludaron y todo lo más de bien y me preguntaron que qué tal estaba en Logroño y todo eso, muy majas todas.

Me despedí de ellas y me fui por otro lado. Me encontré con C, A.B y M.M me dio la chapa sobre cómo iba vestida y tal, pero no le di importancia. Llegamos a un callejón, en el que estaban todas. (Con todas me refiero a un grupo de veinte chicas).

I, A.B y M se empezaron a meter conmigo. Yo les dije a S y Li que nos fuéramos con las de Nájera (a las que me encontré antes) porque era absurdo quedarnos allí como tontas mientras todas las demás nos trataban como a una mierda y se ponían moradas a porros. Pero me decían: “espera un poco”, y mientras, las putas acopladas de mierda metiéndose conmigo y diciéndome que me quedara en Logroño porque no me querían en Baños (esto lo dijo la puta M). A.B no sabía ni lo que decía e I, que es una puta drogadicta de mierda, dijo que si venían los guardias me darían a mí todo porque parezco una yonki.

Veía a todas en contra mía y me fui llorando. Li y S detrás. Y detrás Ma, C (que no veía), La, y alguna más a no sé si reírse de mí o a ver si les podía aclarar por qué me hacían eso. Ma entendió que lo de las perdidas no era razón para hacerme aquello, pero se fue con ellas.
Vi a P.B llorar. Puta hipócrita.

Al final, me quedé allí llorando con S y Li. Hasta que nos fuimos con las de Nájera y se nos fueron las penas porque nos lo pasamos de puta madre. Además luego vinieron D (que esta´por S, pero Li esta´por él), P (Que se gusta de S.D y S.D de él) y R (que le cayó muy bien a S.). S acabó con una chispa que no veas, yendo detrás de R, que no le hacía ni puto caso. Li detrás de D, que no le hacía ni puto caso. P y S.D que no sabían qué hacer. De puta madre.
Yo el viernes no perdí a unas amigas: las encontré.

Hubo un momento en el que P.B entró sola al Mundo (pub en el que estábamos nosotros) y le dijo a S que si luego íbamos a ir a cenar con ellas. Falsa, hipócrita.

En el Millenium, V me agarró un brazo y me sonrió con complicidad. La sonreí como diciéndole: “ahora estoy muy bien”.

Acabé llorando, sí, pero fui la más valiente de todas, porque conseguí irme de allí y encontrar amigos nuevos. Y buenos. No me quedé allí como una pelele, como hicieron P.B y tantas otras. Además, a lo largo de la noche vi a M y A.B solas por ahí, a L con las de un año menos… se separaron.

Las Tomasas ya no existen.




No lo describí tal y como fue, y no sé por qué. Podía (y debí hacerlo) haberme extendido más, pero supongo que en su momento estaba tan dolida que no quise meterme de lleno en lo que ocurrió. O puede que realmente no fuera para tanto y haya sido yo misma la que creó un drama con el paso de los años. Pero bueno, tampoco lo veo como un drama. Sólo sé que lo pasé mal. Me sentí sola, sucia, muy por debajo de todas ellas, traicionada…


Pocas cosas me han hecho tanto daño como el rostro de P.B, quien fuera mi mejor amiga, indiferente, y sus lagrimas de cocodrilo, mientras el resto me pisoteaba la moral a base de insultos y amenazas, y atacando estúpidamente mi físico sólo porque llevaba una minifalda vaquera, unas medias fucsias y unas botas negras, el pelo largo, rubio (¡lo que soy!), liso, los ojos negros y me sentía, en definitiva, más guapa que nunca.
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