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viernes, 14 de mayo de 2010

La puta más fea de Melilla.

A Óscar R. Cardeñosa, que pasó un fin de semana de traca en Melilla mientras se preparaba las oposiciones. O algo así.

(Este relato nació en el bar Les Paul después de un concierto de Sharon Bates. En el momento creí que estaba bien, y hasta Óscar me dijo que le gustó, pero a ver hoy con la resaca cómo lo vemos toooooooooó.)
Belén Blanco en La Puta y la Ballena (Luis Puenzo, 2004)


Aquí todo, TODO, es barato. Nos dice el dueño del bar tras la barra. Miramos el ganado que nos ofrece: todas feas. Feas como un dolor. Feas como un moratón al tercer día. Me fijo sobre todo en una morena que hay al fondo: la primera que me brindó un guiño coqueto al pedir la caña. La primera. La primera caña: un euro. Todo barato, nos repite. Enciendo un cigarrillo mientras pienso en toda la droga que puedo encontrar en Melilla a buen precio. El sexo ahora es lo más secundario y por muy morena que esté y esos ojos semi cerrados que me observan ofreciendo una rebaja para menores de treinta años, le pido al camarero que nos surte, que nos surte a cervezas: veinte por veinte euros. La experiencia no es lo más convincente en estos casos. Me despido con un triste guiño a la morena, antes de entrar por última vez al baño a por mi dosis diaria de este fin de semana en Melilla y luego a otro bar a por más: En busca de amor gratis de una noche… antes de ponerme (de nuevo) a estudiar.

domingo, 12 de abril de 2009

Días de fiesta (los chicos y chicas, radiantes de felicidad...)

En primer lugar quiero agradecer a todos esos votantes anónimos que prefieren que publique fotos mías desnuda a que escriba poesía. Esto me ha hecho plantearme muchas cuestiones y replantearme, de paso, mi vida. Gracias.

En segundo lugar, quiero agradecer a todos esos chicos encantadores que quieren follarme. Gracias, de verdad, pero hoy sólo quiero dance with somebody.

Nah, dejémoslo. Quiero decir que estos días de vacaciones en Logroño han resultado ser, sin duda, mis mejores vacaciones de Semana Santa. Cuando vuelva a estar triste y por ende inspirada, volveré con nuevas gilipolleces, pero hasta entonces voy a ponerme en serio con la carrera. En serio, tengo veintiún años recién cumplidos, considero que pese a medir uno setenta (por mucho que os molen más las bajitas) estoy bastante buena y encima estoy en tercero de filosofía. Venga ya, voy a dejar ahora la carrera sólo porque un cobarde de mierda no haya sido capaz de valorarme lo suficiente.

Así que nada chicos, hasta más ver. De momento podéis veros esa pedazo de animación que he colgado de la sirenita. Una auténtica maravilla.

Otra cosa que me propongo: dejar de fumar. No podéis imaginaros lo amarillo que tengo el dedo índice de la mano derecha. Mejor dejarlo antes de que el amarillo se traspase a mi encantadora sonrisa.

Un beso amigos, y ya sabéis: los setenta nunca se fueron.

viernes, 7 de noviembre de 2008

borracha a las tres

Boomp3.com
Ya no deshojo margaritas. Eso lo hacía cuando era niña, cuando se llamaban chiribitas. Porque sí, se llamaban así. Las pequeñas chiribitas, las grandes margaritas.
Lo hacía en el patio de mi abuela, que ahora es nuestro.

Me recojo el pelo en mil trenzas que arrancan la raíz. Soy calva, aunque no te des cuenta. No, no me queda un solo pelo.

Vivo en un rincón repleto de moho y vaho ennegrecido por cada segundo que paso contigo. Un vaho tan denso como la nieve que se acumula en mi bolsillo. Riego las piedras con coca cola para que revivan, porque sé que un día estuvieron vivas. Lo dicen. Me miran. Las pinto. Las coloreo con ceras, aunque su aspecto, por mi parte, cada vez sea ma´s superfluo. Sera´porque es lo único que pretendo conseguir. Algo fuera, algo fuerte.

Me miento. Miéntome y a todo el universo, porque todos quieren creer algo que no llega a lo real. Sólo es... sobrenatural. Como mis pechos. Se esta´n volviendo transparentes, como pla´stico, gelatina.

Tiemblo. Me pierdo entre hipérboles de hachís. Entre hierba que se cuela entre mis ojos. No me dejan ver.

Veo. ¿Tinieblas? No, eso que se lo coman los que dicen ser góticos y todos sus derivados. Yo escucho a Christina Rosenvinge y digo que “tu boca es mi perdición”. Aunque no me creas.

Tu boca es mi perdición. Quiero perderme.

Visto con mi camisón. Ese camisón con el que me presenté hace ya dos años en novatadas, cuando las veteranas nos mandaron bajar en pijama. Sólo yo iba con camisón. Puede que porque nunca quise ser igual que el resto, y ahora que por fin soy oficialmente diferente una parte de mí quiere ser igual, como los dema´s.

Chorradas. Son todo. Todo son estupideces, y me canso de todo. Quiero que todos sean como yo pero quiero ser distinta. No quiero que todos compartan mi opinión. Ayer salté de alegría en el salón porque Obama fue nombrado presidente. No es tan importante su color de piel, la cuestión es que es demócrata. Pero ¿qué? Parece que nos sea indiferente. Yes, we can.

Judith, que estudia enfermería, me dice que mientras un paciente esta´sedado, pero consciente, dos compañeras suyas bailotean por la habitación gritando “yes, we can”. ¿Qué piensa el paciente? Marta tiene un marcapasos.

Me miro en el espejo y no, no hay reflejo. Me duelen los pa´rpados intentando describir el acertijo. Quién es esa cosa verde que se asoma por el cristal. Ello dice ser el antigo inquilino, yo me reclino hacia atra´s, haciendo una “c” con la columna vertebral. No me duele nada que no sea el equilibrio. El miedo se ha evaporado convertido en sal. Creo que he logrado el espíritu (del viento).

Me rechinan los dientes al pensar en el delirio de la arena. En su angosta espesura al ponerse una sobre otra. Castillos derruidos por el mar. Por su sal.

Mienten los telediarios, miente mi mente, menta poleo en una taza de café. Caliente.

sábado, 10 de mayo de 2008

Yo qué sé

Estoy en casa, son mas de las dos. En teoría no es tarde, sigo borracha (bastante) y en la radio suena una de mis canciones favoritas de hace unos cuantos años: Just like a pill, de Pink. Y me descubro cantándola, porque aún me acuerdo de la letra y el recuerdo de aquellos años me impide no ser sentimental. Y me emociono con esta puta canción de Pink.
boomp3.com
Estoy borracha y a mi lado hay un bocadillo, pero no me lo quiero comer. Será que sigo siendo igual de estúpida y no soy capaz de obedecer mis propias normas.
Será que cuando estoy borracha temo perder los ojos o quedarme sin encías. Dios quiera que nunca me torturen.

Podría escribir una tesis sobre qué sienten las mujeres cuando tienen un orgasmo, pero ni siquiera yo sabría describirlo en mis propias carnes. Qué siento, si lo siento diferente dependiendo del momento. Porque a veces creo que me encuentro inconsciente. O puede que, definitivamente, sea una inconsciente. Alguien, no hace más de una semana o quince dias, me dijo que la gente no cambia. Que pueden mejorar o empeorar, pero no cambiar la esencia. No sé si es una tontería, si al los ojos de la gente con el tiempo parecemos diferentes. Yo qué sé, si al fin y al cabo no dejo de ser una puta bipolar. Creo que la gente, ni los más allegados, no me conocen. Ni siquiera sé yo quién soy. Lo mismo soy la encarnación de algo, de un Bob sentimental. Bob es algo de Twin Peaks. Estas cosas me pasan porque amo demasiado a David Lynch. Pobre Mark Frost, pienso a veces, pero es Lynch quien me tormentó y poseyó hace seis años con Mulholland Drive... o tal vez fue todo cosa de Laura Elena Harring. Ni siquiera sé cómo puedo llegar a recordar nombres propios o escribir con la cantidad de vodka que alberga mi cuerpo. No sé...

Quizá no me emborracho al beber, quizá sea al beber cuando estoy cuerda, cuando dejo de ser esa puta niña autista que no sabe abrir la boca o mirar a los ojos. No sé ni siquiera cómo alguien pudo alguna vez enamorarse de mí. No sé cómo pude estar borracha aquella noche de abril en el dos mil cuatro. Ni siquiera sé cómo puedo recordar algo de lo que no me acuerdo. No sé porqué sigo atormentándome. Lo único que me hizo sentir deseada por primera vez ocurrió una noche de febrero en dos mil seis. O dos mil cinco, no lo sé . Ya no importa lo más mínimo, ya no soy aquella Jenni-Gótica e inmadura gilipollas. O no sé, ¿lo soy? ¿Por qué aborrezco a los emos si un día fui su antecesora más significativa? Aquella idiota, aquella solitaria suicida, esa autista ninfómana.

Por qué me escapo de los sitios. No he durado más de cuatro años en el mismo sitio. Fui nómada desde el momento en qué nací. Ni siquiera sé si sé echar de menos y me sorprende que la gente me recuerde.

Necesito cambiarme el color del pelo. Necesito gritar.... Necesito gritar.

No sé si te necesito... porque a veces sienta tan bien sentirse triste. Qué asco, qué puta emo egoísta de veinte años. ¿Es que no voy a madurar nunca? ¿Es que nunca voy a poder descifrar aquello que se dice entre líneas?

Idiota, pretendes que los demás sí te entiendan a ti, maldita niñata con síndrome de hija única.

A veces me pregunto qué hubiera ocurrido si no me hubiera ido de tu pueblo, abuela. A veces me preguntó cuán diferente hubiera sido todo habiéndome quedado contigo. Por qué no lloré el día de tu entierro ni el día de tu muerte. Por qué me sigue persiguiendo tu recuerdo, porqué no tuve a la gente que quise apoyándome aquel día en el cementerio.

Ojalá pudiera creer que hay algo después y que me leas desde algún sitio. Qué pudieras comprender todo lo que estoy haciendo, y que no te avergüences de mí. Ojalá pudiera darte un beso, porque siento que no te he querido lo suficiente. Pero... es que... Es que te quiero. Y me corroe la rabia y no puedo gritar. Porqué tuve que empeñarme en seguir ticando bonos de solarium aquella tarde.

Joder. No puedo cambiar después de veinte años de silencio.

Pero intentaré ser mejor y no cagarla a la mínima, como tantas veces. Las Jennys y los emos se merecen mi más sincero respeto.

Porque, al fin y al cabo, todos somos unos gilipollas.

sábado, 5 de abril de 2008

una punki, una golfa, una macarra, una perra... y qué

Son las tres y veintitrés. No, no es por la tarde...

Es un viernes, como cualquier otro, pero de otro año. Los altavoces blue sky de pocos euros vomitan canciones de Extremoduro y Platero. Me siento como si tuviera diecisiete años, otra vez. Y me siento bien.
No me han sentado bien los veinte. Ya no tengo edad para ser una lolita.

Tabaco, más tabaco y calimocho. Olor a marihuana y vis vaporú. Escamas de algo que quizá pasó demasiado pronto.
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