martes, 2 de enero de 2007

UN VAGO RECUERDO SIN IMPORTANCIA

Miró hacia el techo y vio que aún estaba aquella dichosa gotera que acompañaba sus momentos de soledad cuando sólo era una niña. Por aquel entonces la odiaba con todas sus fuerzas, aquella maldita mancha de humedad que cubría gran parte del techo, pero ahora le gustaba. Cerró los ojos e inhaló profundamente aquel espeso olor, transportándose a su infancia, viéndose allí, sentada en el suelo, con la cabeza gacha, sintiendo una dolorosa ira en su interior, muerta de miedo, con los ojos cálidos y dibujando extrañezas en el parqué con el odioso pintalabios rojo de su madre. Las niñas de ocho años no deberían hacer esas cosas. Pero Alexia siempre fue una niña solitaria, más bien una amante de la soledad. Le gustaba sufrir, contener las lágrimas para sentir como ardían sus ojos, aquellos ojitos verdes. La soledad no es lugar para las niñas de ocho años.
La gente entraba y salía de allí. Aunque parecían tristes, Alexia estaba convencida de que sólo iban allí movidos por el morbo, por la atracción que les infundía el ver un cuerpo ahorcado. Y, más aún, si aquel cuerpo pertenecía a una joven de veintiún años, una bellísima chica de veintiún años. Eva estaba perfecta, incluso muerta era envidiada por Alexia. Eva estaba perfecta. Alexia nunca hubiera imaginado que un cuerpo se tensara hasta tal punto cuando era ahorcado.
Aquella imagen era terrible, pero Eva estaba bellísima.
Lo sublime es cautivador, lo sublime te atrapa, te aterra, te atrae... Lo sublime es cautivador. Eva era sublime.
* * *
- ¡Ales! ¡Ales! – Eva corría detrás de Alexia, con las manos embadurnadas del chocolate blanco que chorreaba derretido de aquel poco apetitoso bollo industrial que sostenía con gran ansiedad.
- Equis, equis, equis. – Murmuró a regañadientes Alexia, pero no demasiado bajo, para que Eva pudiese oírla.
- ¿Qué equis? ¿Qué dices? – Eva lamió uno a uno los chocolateados dedos de su mano derecha mientras sostenía el gran bollo con la izquierda.
- Equis, Eva, que a ver si aprendes de una vez a pronunciarla. Mi nombre es Alexia, no Alesia.
- Vale, vale... – Dijo con la boca llena. - ¿Falta mucho?
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eran amigas desde que iban al colegio y desde entonces siempre se habían tenido incondicionalmente la una a la otra, pero Álex ya se estaba cansando de su imperecedera ingenuidad y falta de madurez. Cuando eran unas alocadas adolescentes de instituto era divertido, pero con veinte años ya era una patética forma de pensar, de ser y de actuar.
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eva lo está pasando realmente mal, pensó Alexia, lo ocurrido con Héctor ha sido un durísimo golpe para ella. Álex, paciencia.
- ¿Quieres? – Le preguntó Eva, enseñándole aquel bollo como si de un exquisito manjar se tratara. La cara que puso Alexia sirvió de respuesta. – Tú te lo pierdes. Oye, ¿A dónde vamos?
Álex suspiró y dijo:
- A la sala Amós Salvador. Quiero que veas una exposición muy buena que hay ahora. Es de dibujos surrealistas acerca de la mujer. Fui ayer y me gustó mucho, he pensado que a ti también te gustará.
- ¿Hasta allí? ¡Pero si está lejísimos! Además, no me apetece, ¿Por qué no vamos a tomar algo y punto, como la gente normal?
- ¿Qué? Tía, te va a gustar, ya verás.- Alexia se frustró, sólo intentaba agradar a su deprimida amiga y ella no hacía más que comportarse como una niñata caprichosa y desagradecida.
- Me voy a casa.
- ¡Pues que te lo pases bien!- Dicho esto cambió el rumbo que estaba siguiendo y caminó deprisa para que Eva no la siguiese. Eva nunca se esforzaba por nada.
* * *
- ¡Álex! – Alexia levantó la cabeza y dejó a un lado su única preocupación en ese momento: hacer bailar una copa vacía de cualquier bebida, en la mesa de una terraza de cualquier bar. Ante ella, imponente pero simpático, Héctor.
Alexia sintió algo muy extraño cuando le vio. No era miedo, ella no tenía por qué temerle; tampoco era sorpresa, ella no era de las que se sorprendían fácilmente; y no eran nervios, para nada le ponía nerviosa aquella persona. Aquel personaje.
- Ah, hola Héctor– Dijo fríamente sin tan siquiera levantarse de la silla. - ¿Qué tal?
Mientras él le contestaba lo típico y le argumentaba de manera vulgar y poco creíble lo mucho que añoraba y quería a Eva, ella se amarró fuertemente a su bolso y se levantó de la silla.
- ¿Le dirás algo a Eva? Yo la quiero, Álex, no te puedes ni imaginar lo mal que estoy.
Alexia le miró a través de sus oscuras gafas de sol un momento y luego dijo:
- Pues si tanto la quieres, como tú dices, te aconsejo que la dejes en paz. Es lo mejor para ella.
- Pero ella me llama y...
- ¿Que ella te llama? No me vengas con hostias, Héctor, que nos conocemos.
Además, ya sabemos muy bien lo que ocurrió. Eva no es tonta, no te engañes, no creo que te llame después de... ¡Me das asco! – Alexia estalló. Nunca podría entender
cómo alguien podía ser así. Cómo alguien podía ser tan ruin y despreciable, como se podía carecer tan fácilmente de sentimientos y de razonamiento.
- ¿Y qué tal está?
Alexia ya estaba a más de un metro de distancia de la mesa cuando oyó aquella pregunta. Se volvió hacia él, le miró fijamente y le dijo:
- Por lo menos te has dignado a preguntármelo. No muy bien, la verdad, pero lo estará.
- Seguro que ahora se pasará el día devorando chocolate... – Héctor sonrió. – Siempre lo hace cuando está depre.- Se puso serio súbitamente. -¿Se va a...?
- ¿A operarse? Sí, bueno no sé, se lo está pensando, pero ya me encargaré yo misma de convencerla para que lo haga.
- ¿Qué? Álex, no. Álex, sabes muy bien que...
- ¿Qué? ¿Que a ti no te gusta? ¿Que a ti no te gustan las mujeres si no tienen dos tetas? – Alexia no lo soportaba, no podía. No era capaz de comprender aquella forma tan machista y arcaica de pensar de Héctor. Y, menos aún, teniendo en cuenta que la vida de Eva estaba en peligro. – Héctor, es un cáncer, estas cosas no se pueden tomar a la ligera… ¿Por qué no entiendes… por qué coño no te quieres hacer a la idea de que si no se opera…? No sé cómo tienes la cara, encima, de decir que la quieres, Héctor. Ahora, si me disculpas, debo irme.
Dicho esto, se dio media vuelta y siguió su camino indefinido, con un crispamiento superior a sus fuerzas, odiando a Héctor, odiando a Eva.
Héctor era terrible. Su manera de pensar era incomprensible.
Eva era tonta, una tonta enamorada. El amor es tonto.

Aún podía recordar con amarga inquietud el día en que Eva recibió los resultados de las pruebas.
- Alexia, he recibido una carta de sanidad. – Eva la miraba sin expresión, pero Alexia sabía lo que sentía. Tenía miedo.
- ¿Ya te han dado el resultado?
- No, me han citado para dármelos, debo ir esta tarde.
Alexia intentó tranquilizarla, no tenía por qué temer. No pasará nada malo, repetía Álex, ya verás, nada malo. Pero, en el fondo, ambas sabían que nada iba realmente bien. Desde que Eva se notó aquel impertinente bulto en su pecho derecho, nada iba realmente bien.
Aquella tarde fueron juntas al hospital. Héctor no sabía nada, ni de las pruebas, ni del bulto, ni de nada.
Llegaron a casa de Eva destrozadas. Eva ya tenía los ojos secos y enrojecidos de tanto llorar, y Alexia, empeñada como siempre en parecer fría, incluso (sobre todo) en las ocasiones más difíciles, estaba pálida y nerviosa, y ocultaba la expresión de su mirada tras sus incondicionales gafas de sol. Pero aquel día no dejaba de llover.
Héctor estaba en el salón, como siempre, viendo la tele que, como cada tarde, narraba la triste historia de una mujer asesinada a manos de su pareja.
Héctor era joven, un poco más mayor que Eva, pero tenía la mentalidad de un hombre rústico de sesenta años. Bueno, quizá esa clase de hombres incluso sean más tolerantes que Héctor, porque la reacción que tuvo cuando le comentaron lo ocurrido fue terrible, incomprensible.
- Nos han dicho que, ahora mismo, la mejor solución sería operar. – Le dijo Alexia, manteniendo la calma, como siempre.
- ¿Operar? Pero, ¿Cómo…? – Preguntó él.
- Me tendrían que amputar un pecho. – Enunció Eva, bajando la cabeza con timidez, como si le ruborizara, como si aquella salida fuese motivo de avergonzarse, como si aquello fuese indigno.
- Te habrás negado ¿no? – Le preguntó Héctor.
- ¿Qué? – Alexia perdió su característica calma por un momento. Una vez tranquila continuó. – Héctor, debe hacerlo, es la única solución.
Pronto, aquel salón se convirtió en escenario de una gran discusión. Álex argumentaba que esa era la única salida que Eva tenía, a un Héctor imposible de convencer, que se negaba sin razones convincentes a aceptar aquello. Eva sólo callaba, ni siquiera escuchaba. Estaba perdida.
- Me voy a operar. – Dijo en un murmullo. Álex y Héctor seguían gritando, no la escucharon. – Me voy a operar. – Repitió, esta vez más alto. Seguían sin oírla. – He dicho que me operaré. Voy a someterme a esa jodida operación ¿entendido? Héctor, tengo veinte años, no pienso joderme la vida por tus putos prejuicios ¿entendido?.
Álex nunca la había visto así antes. Eva siempre se había comportado como una mujer sumisa que siempre veía la decisión de su pareja como la más acertada. Porque era una tonta que se sometía al amor.
Alexia se enorgulleció de Eva.
Héctor miró a Eva con superioridad y se acercó a ella.
- ¿Qué? – Y le propinó una bofetada tan fuerte que la obligó a caer sentada sobre el sofá.
- ¡Hijo de...! – Alexia se acercó a él, imponente, pero él la apartó sin esfuerzo y la echó de su casa. Miró a Eva, que le indicó con la cabeza que se fuera de allí.
- Como quieras. – La miró con un gesto de incomprensión. A Héctor no quiso ni mirarle, y se fue de aquel apartamento con una carga de culpabilidad.
Eso pasó hacía apenas unas tres semanas. Eva ahora vivía con ella, pero aún no había decidido operarse. Quería tanto a Héctor que pensaba que, si no se operaba, todo volvería a ser como antes, que él volvería a ser el mismo.
Los días se hacían eternos en esa casa. La convivencia con Eva se hacía cada vez más insoportable para Alexia, acostumbrada a vivir sola desde hacía un par de años. Eva aún seguía siendo aquella niña caprichosa y extremadamente susceptible, aquella niña bonita e ingenua, aquella niña inconsciente que nunca sabía lo que quería, lo que tenía.
* * *
Alexia la miró una vez más, de arriba a abajo, de abajo a arriba.
Eva estaba ahí, colgada al lado de la mancha de humedad, perfecta, más guapa que nunca. Una vez más, Alexia sintió calor en los ojos. No, no iba a llorar por una necia.
Salió de aquella casa y empezó a correr; al principio no sabía a dónde ir, pero algo en su interior le iba marcando el camino. El camino para encontrarse con él, con Héctor.
Oculta en su desesperación huyó a través de los árboles que adornaban débilmente la hoy sombría Ribera del Ebro.
En su desesperada huida chocó con botellas vacías, con el hedor de las más bajas necesidades y con ciertas parejas etílicas ignorantes de corazón.
Miró hacia atrás. Sólo el Ebro, ya contaminado hasta la saciedad, y sus pequeños supervivientes, habitantes de espinas cansadas, infundían algo de tranquilidad a Alexia. Lo demás sólo era un vago recuerdo, se dijo, un vago recuerdo, sólo será eso, un vago recuerdo sin importancia.

1 comentario:

  1. Es realmente un relato fuerte y atrevido. Me ha gustado mucho. No deja indiferente a nadie. No sé cómo lo han pasado por alto otros de tus seguidores. Pero así es la lotería,¿verdad?
    Lo vampirizo para las entradas que preparo para tu blog.
    Por cierto que busco una imagen que colocar en la entrada de presentación, y no se me cuál usar. Igual tú tienes una que prefieras. Ya me lo dirás. Espero publicar la semana que viene alguno de tus trabajos, otros de una compañera que creíamos perdida, y un reconocimiento a la acogida de otra bloguera en Chile. Mientras, preparo mis habituales entradas.
    Afectusoamente:
    Preste

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